LA HIJA DEL CAPITAN
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LA HIJA DEL CAPITAN



Cuida el honor desde joven.

Proverbio


CAPITULO I


EL SARGENTO DE LA GUARDIA


— Mañana sería él de la Guardia capitán.
— No es preciso; que sirva en el ejército sujeto.
— ¡Bien dicho está! Déjalo que se vea en un aprieto...
……………………………………………………..
— Pero, ¿quién es su padre?

Kniazhnín



Mi padre, Andréi Petróvich Griniov, sirvió en su juventud a las órdenes del conde Münnich y se retiró con el grado de teniente coronel en 17... Desde entonces vivió en una aldea de su propiedad en la provincia de Simbirsk, donde se casó con Avdotia Vasílievna Y., hija de un noble lugareño venido a menos. Fuimos nueve entre hermanos y hermanas. Pero murieron todos de pequeños.
Mi madre me llevaba todavía en su seno cuando fui inscrito en el regimiento Semiónovski con el grado de sargento gracias a la protección del príncipe B., comandante de la Guardia y pariente cercano nuestro. Si mi madre, contra toda esperanza, hubiese dado a luz una niña, mi padre habría informado donde correspondía de la muerte del sargento no nato y así hubiera concluido el asunto. Se me consideraba de permiso hasta el fin de mis estudios. En aquella época no se nos educaba como ahora. A la edad de cinco años fui puesto en manos del criado de las caballerizas Savélich, ascendido a ayo mío por su sensata conducta. Bajo su tutela, a los once años, yo sabía ya leer y escribir en ruso y podía juzgar con gran discernimiento acerca de las cualidades de los galgos. Por entonces contrató mi padre para mí a un francés, monsieur Beaupré, a quien hizo venir desde Moscú con la provisión anual de vino y aceite de oliva. A Savélich le agradó muy poco su llegada. “Gracias a Dios — refunfuñaba para sus adentros —, el niño va siempre lavado, peinado y alimentado. ¡Qué falta hará gastar más dinero y contratar a un musié, como si ya no quedara gente de confianza en la casa!”
Beaupré había sido peluquero en su patria, luego soldado en Prusia y finalmente había venido a Rusia pour étre outchitel*, sin comprender mucho el sentido de esta palabra. (* Pour étre outchitel: para ser maestro. Frase mitad en francés y mitad en ruso (outchitel: maestro, en ruso, pero transcrito en francés). Era un buen muchacho, pero sumamente veleidoso y calavera. Su mayor debilidad eran las mujeres: a menudo se ganaba fuertes golpes en respuesta a sus galanterías, pasándose luego gimiendo días enteros. Además, no era (según su propia expresión) enemigo de la botella, es decir (hablando en ruso), que no le importaba tomarse un traguito de más. Pero como en nuestra casa el vino se servía únicamente con las comidas y sólo una copita, y además, por lo general, siempre se olvidaba de llenar la del maestro, mi Beaupré se acostumbró muy pronto al licor ruso y hasta comenzó a preferirlo a los vinos de su patria, por ser mucho más sano para el estómago. Nos entendimos en seguida, y aunque según el contrato estaba obligado a enseñarme el francés, el alemán y todas las ciencias, prefirió aprender de prisa conmigo a hablar de cualquier manera en ruso, ocupándonos después cada uno de nuestras cosas. Vivíamos como uña y carne. No hubiera deseado otro mentor. Pero la suerte no tardó en separarnos, y he aquí por qué.
La lavandera Palashka, una gruesa muchacha picada de viruelas, y la vaquera bizca Akulka, se pusieron un día de acuerdo para echarse a los pies de mi madre, culpándose de sus pecaminosas debilidades y quejándose entre lágrimas del musié, que se había aprovechado de sus inexperiencias. A mi madre no le gustaba tomar a broma esas cosas y se quejó a mi padre. La resolución paterna fue rápida. Mandó llamar inmediatamente al canalla francés, pero le respondieron que musié estaba dándome la lección. Entonces mi padre vino a mi cuarto. En aquel momento Beaupré dormitaba sobre la cama el sueño de los justos. Yo estaba atareado. Debe saberse que se había mandado traer de Moscú un mapa para mí, que colgaba de la pared sin ningún provecho, y hacía ya mucho tiempo que me tentaba por su tamaño y la excelente calidad del papel. Había decidido hacer con el mapa un papalote y, valiéndome del sueño de Beaupré, estaba dedicado a ese trabajo. Mi padre entró en el preciso momento en que yo pegaba el rabo de esparto al Cabo de Buena Esperanza. Al ver mis ejercicios de Geografía, me dio un tirón de orejas, luego se precipitó hacia la cama donde reposaba Beaupré, lo despertó con suma desconsideración y lo cubrió de reproches. Beaupré, todo confuso, quiso incorporarse, pero no pudo: el desgraciado francés estaba borracho como una cuba. Las pagó todas de una vez. Mi padre lo levantó, tomándolo por el cuello y lo arrojó de un empellón fuera del cuarto. Aquel mismo día lo puso de patitas en la calle, ante la indescriptible alegría, de Savélich. En eso acabó mi educación.
Yo hacía la vida de zángano, echando a volar palomas y jugando al saltacabrilla con los muchachos de la servidumbre. De tal modo llegué a cumplir los dieciséis años. A partir de entonces cambió mi destino.
Un día de otoño, mi madre preparaba dulce con miel en la sala y yo, relamiéndome, miraba las espumas crecientes. Mi padre leía junto a la ventana el Calendario de la Corte, que recibía todos los años. Este libro ejercía en él una fuerte influencia: siempre lo releía con sumo interés, y cada vez su lectura le revolvía, de una forma extraña, la bilis. Mi madre, que conocía al dedillo todos sus hábitos y costumbres, procuraba siempre esconder el desdichado libro, y así, a veces, mi padre se pasaba meses enteros sin verlo. Pero, en cambio, cuando lo hallaba por azar, no lo soltaba de entre sus manos en horas y horas. Así pues, mi padre leía el Calendario de la Corte, encogiéndose de vez en cuando de hombros y repitiendo a media voz: “¡Teniente general!... ¡Si fue sargento en mi compañía!... ¡Caballero de las dos órdenes de Rusia! ...Pues no hace mucho tiempo que los dos...” Mi padre acabó por tirar el Calendario al sofá y se abismó en sus pensamientos, lo que no auguraba nada bueno.
De repente, preguntó a mi madre:
— Avdotia Vasílievna, ¿cuántos años tiene Petrusha?
— Va para diecisiete — contestó mi madre —. Petrusha nació el mismo año en que perdió el ojo la tía Nastasia Guerásimovna y cuando...
— Bien — la interrumpió mi padre — ha llegado la hora de mandarlo al servicio militar. Basta ya de corretear por los cuartos de las criadas y de trepar a los palomares.
La idea de que pronto se separaría de mí emocionó tanto a mi madre que se le cayó la cuchara en la cazuela, y las lágrimas le corrieron por el rostro. Por el contrario, es difícil describir mi entusiasmo. Yo tenía la idea de que el servicio militar, la libertad y los placeres de la vida en Petersburgo eran todo uno. Me veía de oficial de la Guardia, lo que, a mi entender, era la cumbre de la felicidad humana.
Mi padre no gustaba de cambiar de decisión ni de aplazar su cumplimiento. Fue designado el día de mi partida. La víspera mi padre anunció que tenía el propósito de enviar conmigo una carta a mi futuro jefe y solicitó pluma y papel.
— Andréi Petrovich, no te olvides — pidió mi madre — de saludar en mi nombre al príncipe B. y de decirle que confío en que no negará su indulgencia a Petrusha.
— ¿Qué disparate es ése? — replicó, sombrío, mi padre —. ¿A santo de qué voy a escribir al príncipe B.?
— Pero ¡si tú mismo has dicho que querías escribir al jefe de Petrusha!
— Bueno, ¿y qué?
— Pues que el jefe de Petrusha es el príncipe B. Petrusha está inscrito en el regimiento Semiónovski.
— ¡Inscrito! ¿Y qué me importa que esté inscrito? Petrusha no irá a Petersburgo. ¿Qué aprenderá sirviendo en Petersburgo? ¿A despilfarrar el dinero y hacer bribonadas? No, déjale que sirva en el ejército, que arrastre su carga, que huela la pólvora, que se haga un soldado y no un haragán. ¡Inscrito en la Guardia! ¿Dónde está su pasaporte? Dámelo.
Mi madre buscó el pasaporte. Lo guardaba en la misma arca que la camisita con que fui bautizado, y se lo entregó a mi padre con mano temblorosa. Este leyó atentamente el documento, lo colocó sobre la mesa delante de sí y comenzó a escribir la carta.
La curiosidad me torturaba. ¿A dónde se me enviaría, ya que no era a Petersburgo? No apartaba los ojos de la pluma de mi padre, que se movía con bastante lentitud. Por fin, terminó de escribir la carta, la guardó con el pasaporte en un sobre, se quitó las gafas, y, después de llamarme a su lado, me dijo: “Aquí tienes una carta para Andréi Kárlovich R., mi viejo camarada y amigo. Vas a Orenburgo para servir a sus órdenes”.
¡Así pues, todas mis brillantes esperanzas se venían abajo! En lugar de la alegre vida de Petersburgo, me aguardaba el hastío en un lugar perdido y lejano. El servicio militar, en el que pensaba un minuto antes con tanto entusiasmo, me parecía ahora una gran desgracia. ¡Pero no se podía discutir! Al día siguiente, por la mañana, una kibitka me esperaba frente a la entrada; acomodaron en ella la maleta, una caja con el servicio de té y unos cuantos paquetes con panes y empanadas, los últimos indicios de los mimos caseros. Mis padres me dieron la bendición. “Adiós, Piotr — me dijo mi padre —. Sirve fielmente a quien prestes juramento; obedece a tus jefes; no te desvivas por conseguir sus favores; no te lances a ofrecer tus servicios, pero no te niegues nunca a cumplir lo que se te ordene, y recuerda siempre el proverbio: cuida el traje desde nuevo y el honor desde joven”. Mi madre, entre lágrimas, me pidió que cuidara mi salud, y a Savélich, que mirase por el niño. Me hicieron ponerme una pelliza de liebre y encima un abrigo forrado de piel de zorro. Tomé asiento con Savélich en la kibitka y me puse en camino deshecho en llanto.
La misma noche llegué a Simbirsk, donde debía permanecer un día para comprar algunas cosas necesarias, para lo cual había sido encargado Savélich. Me hospedé en una fonda. Savélich se marchó de tiendas por la mañana. Aburrido de mirar por la ventana la sucia callejuela, fui a recorrer los salones. Al entrar en la sala de billar vi a un señor alto, de unos treinta y cinco años, de largos bigotes negros, envuelto en una bata de casa, que tenía un taco en la mano y una pipa entre los dientes. Jugaba con el coime, quien, al ganar, tomaba una copa de vodka y, al perder, debía gatear por debajo de la mesa de billar. Me puse a mirar el juego. Cuanto más se prolongaba, más frecuentes se hacían los paseos a gatas, hasta que, por fin, el coime acabó quedándose inmóvil debajo de la mesa. El señor pronunció unas cuantas palabrotas a guisa de oración fúnebre y me invitó a jugar una partida con él. Me negué, alegando mi ignorancia del juego. Esto, por lo visto, le pareció muy raro. Me miró como teniendo lástima de mí. No obstante, nos pusimos a hablar. Supe que se llamaba Iván Ivánovich Zurin, que era capitán del regimiento X, de húsares, que se encontraba en Simbirsk para recibir a los reclutas y que estaba alojado en la fonda. Zurin me invitó a comer con él lo que Dios nos diera, como soldados. Acepté de buen grado. Nos sentamos a la mesa. Zurin bebía mucho y llenaba también mi vaso, diciendo que era preciso acostumbrarse al servicio militar; me contaba anécdotas del ejército que me hacían desternillarme de la risa y, al levantarnos de la mesa, éramos ya excelentes amigos. Entonces se ofreció a enseñarme a jugar al billar.
— Es indispensable para nosotros, los militares — decía —. En las maniobras, por ejemplo, llega uno a un pequeño pueblo. ¿Cómo matar el tiempo? Porque todo no va a ser apalear a los judíos. Quiera uno o no, se acabará yendo a la fonda y poniéndose a jugar al billar; ¡y para eso hay que saber jugar!
Yo quedé convencido del todo e inicié el aprendizaje con gran aplicación. Zurin me animaba en voz alta, se maravillaba de mis rápidos adelantos y, después de unas cuantas lecciones, me propuso que jugáramos por dinero, a medio kopek la partida, no para ganarnos el uno al otro, sino simplemente para no jugar por nada, lo que, según él, era la peor de las costumbres. Accedí también, y Zurin ordenó que nos trajeran un ponche y me instó a probarlo, repitiendo que debía acostumbrarme al servicio; pues, ¡qué servicio militar podría haber sin ponche! Le obedecí. Mientras tanto, nuestro juego proseguía. Conforme más bebía, más aumentaba mi audacia. Las bolas saltaban a cada instante por las bandas, me excitaba, profería insultos contra el coime, que, contando Dios sabe cómo, multiplicaba de hora en hora las puestas; en una palabra: me comporté como un chiquillo que acababa de probar la libertad. El tiempo pasó insensiblemente. Zurin echó una mirada al reloj, dejó el taco y me anunció que le debía cien rublos. Aquello me dejó un poco turbado. Mi dinero estaba en poder de Savélich. Empecé a disculparme. “¡No importa! — me interrumpió Zurin —. Ni siquiera te preocupes. Puedo esperar. Mientras tanto, vamos a casa de Arínushka”.
¿Qué hacer? Terminé el día con tanto desorden como lo había empezado. Cenamos en casa de Arínushka. Zurin llenaba mi copa a cada instante, repitiendo que era necesario para acostumbrarme al servicio militar. Al levantarme de la mesa, casi no me sostenían las piernas. A medianoche, Zurin me llevó a la fonda.
Savélich nos esperaba a la entrada. Al ver los síntomas inconfundibles de mi celo por el servicio militar, se horrorizó.
— Señor mío, ¿qué le ha pasado? — me preguntó con voz de pena —. ¿Dónde la ha cogido? ¡Ay, Dios mío, nunca había cometido ese pecado!
— ¡Calla, viejuco! — le respondí hipando —. Seguro que estás borracho, vete a dormir... y acuéstame.
Por la mañana me desperté con dolor de cabeza, recordando vagamente lo ocurrido el día anterior. Mis reflexiones fueron interrumpidas por Savélich, que entró en la habitación con una taza de té.
— Pronto, Piotr Andreich — me dijo, moviendo la cabeza —, pronto comienza a divertirse. ¿Y a quién sale? Según tengo entendido, ni su padre ni su abuelo eran borrachos; y de su madre no hay ni que hablar: desde que nació no se ha permitido llevar a la boca nada más que kvas*. ¿Y quién es el culpable de todo? El maldito musié. No hacía más que correr a donde Antípievna: “Madame, je vu pri vodkiú". ¡Aquí tienes el “je vil pri"! ¡Ni que decir tiene: le ha educado bien el hijo de perra! ¡No sé qué necesidad había de contratar de ayo a un impío, como si el señor no tuviera su propia gente!
(* Kvas: bebida rusa fermentada a base de pan de centeno.)
Yo estaba avergonzado. Me volví hacia la pared y le dije:
— Vete de aquí, Savélich; no quiero té.
Pero no era fácil detener a Savélich cuando empezaba una perorata.
— Ya ve, Piotr Andreich, lo que son las diversiones: la cabecita le pesa, no tiene ganas de comer. Un hombre que bebe no vale para nada... Tome salmuera de pepino con miel, aunque lo mejor para que se le pase a uno la borrachera es medio vasito de licor. ¿Se lo traigo?
En aquel momento entró un criado y me entregó una carta de I.I. Zurin. Después de abrir el sobre, leí las siguientes líneas:

“Querido Piotr Andreich: Ten la bondad de enviarme por mi criado los cien rublos que perdiste ayer. Tengo necesidad urgente de dinero.

Tu seguro servidor,
Iván Zurin”.

No había nada que hacer. Fingí indiferencia y, dirigiéndome a Savélich, que era el encargado del dinero, de la ropa y de los asuntos, le ordené que entregara cien rublos al criado.
— ¿Cómo? ¿Por qué? — me preguntó estupefacto, Savélich.
— Se los debo — respondí yo con la mayor frialdad posible.
— ¡Se los debe! — objetó Savélich, cuyo asombro iba en aumento —. Pero, señor, ¿cuándo ha tenido tiempo de contraer esa deuda? Aquí hay gato encerrado. Usted hará lo que quiera, señor, pero yo no doy el dinero.
Comprendí que si en aquel minuto decisivo no doblegaba la terquedad del viejo, me sería difícil después librarme de su tutela y, mirándole altivamente, le dije:
— Yo soy tu señor, y tú mi sirviente. El dinero es mío. Lo he perdido porque así se me ha antojado. Y te aconsejo que no filosofes y hagas lo que te ordeno.
A Savélich le produjeron tanta impresión mis palabras, que abrió la boca y se quedó como petrificado.
— ¿Qué haces ahí parado? — le grité iracundo.
Savélich rompió a llorar.
— Señor mío, Piotr Andreich — murmuró con voz trémula —, no me mate de dolor. ¡Luz mía! Escuche a un pobre viejo, escriba a ese bandido que todo fue una broma, que nosotros no tenemos tanto dinero. ¡Cien rublos! ¡Dios misericordioso! Dígale que sus padres no le dejan jugar más que a las nueces...
— Basta de hablar — le interrumpí severamente —, trae el dinero o te echaré a pescozones.
Savélich me miró con honda amargura y se fue por el dinero de mi deuda. Sentí pena del pobre viejo, pero yo quería respirar la libertad y demostrar que ya no era un niño. Envié el dinero a Zurin. Savélich se apresuró en sacarme de aquel maldito albergue. Volvió pronto para comunicarme que los caballos estaban preparados. Con la conciencia intranquila y un mudo arrepentimiento salí de Simbirsk, sin despedirme de mi maestro y sin pensar que alguna vez lo volvería a encontrar en la vida.


CAPITULO II



EL GUIA


Tierrecita, tierrecita mía,
Tierrecita tú, desconocida,
No llegué por mí mismo,
Ni a ti me trajo mi buen caballo.
Me trajo a mí, buen mozo,
El ardor, el varonil coraje,
Y aquella borracherita de la taberna.


Canción antigua

Mis pensamientos durante el viaje fueron poco agradables. Lo que yo había perdido, para los precios de entonces, no era una pequeña suma. En lo profundo de mi alma no podía dejar de reconocer que mi conducta en la fonda de Simbirsk había sido tonta y me sentía culpable ante Savélich. Todo eso me mortificaba. El viejo iba sentado en el pescante, dándome la espalda, sombrío y silencioso, y sólo de vez en cuando carraspeaba. Yo quería a toda costa hacer las paces con él y no sabía cómo empezar. Por fin, le dije:
— ¡Bueno, bueno, Savélich! Ya está bien, hagamos las paces, soy culpable, yo mismo veo que soy culpable. Ayer me porté mal, y te he agraviado inútilmente. Te prometo que en adelante me comportaré más juiciosamente y te haré caso. Bueno, no te enfades; hagamos las paces.
— ¡Ay, señor mío Piotr Andreich! — respondió Savélich con un hondo suspiro —. Estoy enfadado conmigo mismo; yo tengo toda la culpa. ¡Cómo se me ocurrió dejarlo solo en la fonda! Pero, ¡qué se le va a hacer! Me tentó el demonio: se me ocurrió acercarme a casa de una sacristana, comadre mía. Como se dice: ir por lana y salir trasquilado. ¡Qué desgracia tan grande! ... ¿Cómo me presentaré ante los señores? ¿Qué dirán si se enteran de que el niño bebe y juega?
Para consolar al pobre Savélich, le di palabra de que, en adelante, no dispondría de un solo kopek sin su consentimiento. Poco a poco se tranquilizó, aunque a cada rato gruñía para sí, moviendo la cabeza: “¡Cien rublos! ¡Se dice pronto!”
Me aproximaba a mi lugar de destino. Alrededor extendíanse tristes yermos, cortados por colinas y barrancos. Todo estaba cubierto de nieve. El sol declinaba. La kibitka avanzaba por un sendero estrecho, o, más exactamente, por los carriles dejados por los trineos campesinos. De pronto el cochero comenzó a mirar hacia un lado hasta que, después de quitarse el gorro, giró hacia mí y me preguntó:
— ¿Señor, no das orden de regresar?
— ¿Por qué?
— El tiempo cambia, se está levantando un poco de viento; mire cómo barre la nieve.
— ¡No tiene importancia!
— ¿Y allí? (El cochero me indicó con el látigo hacia el Este.)
— No veo nada más que la estepa blanca y el cielo despejado.
— Allí, allí: aquella nubecita.
En efecto, a lo lejos, en el horizonte, vi una nubecita blanca, que había tomado al principio por un cerro lejano. El cochero me explicó que la nubecita presagiaba una tormenta de nieve.
Yo había oído hablar de las nevascas en aquellos lugares y sabía que a veces hasta convoyes enteros habían sido sepultados por ellas. Savélich, como el cochero, pensaba que debíamos regresar. Pero me pareció que el viento no era tan fuerte; tenía la esperanza de llegar con tiempo al siguiente relevo y ordené que fuéramos más de prisa.
El cochero fustigó a los caballos, pero continuaba mirando a cada rato hacia el Este. Los caballos corrían muy a la par. El viento, entretanto, arreciaba más y más. La nubecita se había convertido en un blanco nubarrón, que se fue levantando pesadamente y se hizo más y más grande hasta envolver poco a poco todo el cielo. Empezó a caer una nieve menuda; de pronto, los copos fueron ya mayores. Silbó el viento; comenzaba la nevasca. En un instante, el sombrío cielo se confundió con el mar de nieve. Todo desapareció.
— ¡Eh, señor! — gritó el cochero —. ¡Ya está encima la desgracia: la nevasca!...
Miré fuera de la kibitka: todo eran tinieblas y remolinos. El viento ululaba con una elocuencia feroz, poco menos que humana; Savélich y yo estábamos casi cubiertos por la nieve; los caballos iban al paso y pronto se detuvieron.
— ¿Por qué te detienes? — pregunté, impaciente, al cochero.
— ¿Para qué seguir? — me respondió, descendiendo del pescante —. Cualquiera sabe dónde nos hemos metido: ya no se ve el camino y a nuestro alrededor sólo hay niebla.
Comencé a increparle, pero Savélich intercedió por él:
— No sé por qué no ha querido hacernos caso — dijo enfadado —; hubiera vuelto a la posta, bebido té y reposado hasta el amanecer, la tormenta habría pasado mientras tanto y hubiéramos seguido nuestro camino. ¿Qué prisa tenemos? ¡Ni que fuéramos de boda!
Savélich tenía razón. Pero ya no podíamos regresar. Nevaba copiosamente. En torno a la kibitka se elevaba un montón de nieve. Los caballos, quietos, con la cabeza gacha, se estremecían de vez en cuando. El cochero daba vueltas a su alrededor y, por hacer algo, arreglaba el tiro. Savélich gruñía; yo miraba hacia todas partes, esperando ver, por lo menos, un indicio de vivienda o de camino, pero no podía distinguir nada más que el turbio torbellino de la nevasca... De pronto divisé algo negro.
— ¡Eh, cochero! — grité —. Mira: ¿qué es aquello negro que se ve allí?
El cochero miró atentamente.
— Sólo Dios lo sabe, señor — dijo, sentándose en su puesto —; no creo que sea un carretón ni un árbol, y parece que se mueve. Debe ser un lobo o un hombre.
Di orden de dirigirnos hacia el objeto desconocido, que inmediatamente comenzó a venir a nuestro encuentro. Dos minutos más tarde estábamos junto a un hombre.
— ¡Eh, buen hombre! — gritó el cochero —. Di: ¿no sabes dónde está el camino?
— El camino está aquí; yo estoy sobre tierra firme — le respondió el caminante —; pero ¿de qué nos sirve?
— Oye, buen hombre — le dije entonces yo —, ¿conoces estos lugares? ¿Te comprometes a conducirme hasta algún sitio donde pueda pasar la noche?
— Los lugares me son conocidos — replicó el caminante —. Gracias a Dios, los he andado y desandado de punta a punta muchas veces. Pero ya ves qué tiempo hace: es fácil extraviarse. Vale más detenerse aquí y esperar; quizá se calme la tormenta. Entonces, cuando el cielo se aclare, encontraremos el camino guiándonos por las estrellas.
La sangre fría de aquel hombre me dio ánimos. Ya me disponía a pasar la noche en plena estepa, entregándome a la voluntad de Dios, cuando, de pronto, el viajero subió ágilmente al pescante y dijo al cochero:
— Bueno, gracias a Dios, estamos cerca de una casa; vuelve hacia la derecha, y en marcha.
— ¿Por qué tengo que volver hacia la derecha? — preguntó descontento el cochero —. ¿Ves tú el camino? ¿Dónde está? Claro, los caballos son ajenos, los arneses no son tuyos; conque, fustiga sin tregua.
Me pareció que el cochero tenía razón.
— Es cierto —asentí—: ¿por qué crees que estamos cerca de una casa?
— Porque el viento ha soplado de allí — respondió el caminante —, y siento que huele a humo: esto quiere decir que estamos cerca de una aldea.
La sagacidad y el fino olfato del hombre me sorprendieron. Di al cochero orden de partir. Los caballos caminaban con dificultad en la alta capa de nieve. La kibitka avanzaba lentamente, bien escalando un montón de nieve, bien hundiéndose en un barranco y balanceándose a uno y otro lado. El viaje recordaba la navegación de un barco por un mar tempestuoso. Savélich gemía, proyectado a cada momento contra mí. Bajé la tupida cortina, me arrebujé en mi abrigo y me adormecí, acunado por el canto de la tempestad y el balanceo de nuestra lenta marcha.
Tuve un sueño que nunca podré olvidar y al que todavía hoy otorgo cierto sentido profético cuando lo asocio a las extrañas circunstancias de mi vida. El lector me perdonará: seguramente sabe por experiencia qué propio es de la persona entregarse a la superstición, a pesar de todo el desdén por los prejuicios.
Me encontraba en ese estado de ánimo en que la realidad, cediendo el paso a la fantasía, se confunde con ella en las inciertas visiones del primer sueño. Me parecía que la tormenta hacía estragos y que aún errábamos por un desierto de nieve... De pronto veo un portón y entro en el patio señorial de nuestra casa. Mi primer pensamiento es el temor de que mi padre se irrite por mi regreso involuntario al hogar paterno y lo considere como el propósito intencionado de desobedecer su voluntad. Salto intranquilo de la kibitka y veo que mi madre me espera en la entrada con una cara de hondo dolor. “No hagas ruido — me dice —, tu padre está enfermo, al borde de la muerte, y quiere despedirse de ti”. Sobrecogido, entro tras ella en el dormitorio. Veo que la habitación está débilmente iluminada; gentes de rostros compungidos rodean el lecho. Me acerco en silencio a la cama; mi madre levanta la cortina y dice: “Andréi Petróvich, ha llegado Petrusha; ha vuelto al saber tu enfermedad; dale la bendición”. Me arrodillo y miro al enfermo. Pero ¿qué veo...? En lugar de mi padre, yace en el lecho un mujik de barbas negras que me mira alegremente. Yo, perplejo, vuelvo la cabeza hacia mi madre: “¿Qué significa esto? — le pregunto —. Ese no es mi padre. ¿Y por qué debo pedir la bendición a un mujik?” — “Es igual, Petrusha — me responde mi madre —, es tu padrino; bésale la mano, y él te dará la bendición...” Yo me oponía. Entonces, el mujik saltó del lecho, sacó un hacha que llevaba a la espalda y comenzó a agitarla a diestro y siniestro. Quise huir... y no pude; la habitación se llenó de cadáveres; yo tropezaba con ellos y resbalaba en los charcos de sangre... El horrible mujik me llamaba cariñosamente: “No temas, ven que te daré mi bendición...” El terror y el desconcierto se apoderaron de mí. Y en aquel instante desperté; los caballos se habían detenido; Savélich me tiraba de la manga, diciendo:
— Baja, señor mío: hemos llegado.
— ¿A dónde? — interrogué, frotándome los ojos.
— A una posada. Dios nos ha ayudado; hemos venido a topar justamente con la valla. Salga de prisa, señor mío, y entre en calor.
Salí de la kibitka. La nevasca seguía aún, aunque con menos fuerza. Estaba tan oscuro, que no se veía nada. El dueño nos recibió en la puerta, sosteniendo un farol bajo los faldones de su chaquetón, y me introdujo en una sala, pequeña, pero bastante limpia, alumbrada por una tea. Del muro colgaba un fusil y un gorro alto de cosaco.
El amo, un cosaco del Yaik*, era un mujik que aparentaba sesenta años, todavía fresco y animoso. Savélich entró trayendo la caja y pidió fuego para hacer el té, que nunca me había parecido tan necesario. El amo se fue a cumplir nuestras órdenes.
(* Yaík: antiguo nombre del río Ural.)
— ¿Dónde está el guía? — pregunté a Savélich.
— Aquí, su señoría — me respondió una voz desde arriba.
Eché una mirada al camastro y vi una barba negra y dos ojos brillantes.
— ¿Qué, hermano, te has helado?
— ¡Cómo no voy a helarme con este chaquetón de mala muerte! Tenía una pelliza y, ¿para qué ocultar el pecado?, la dejé ayer empeñada en la taberna: el frío no me pareció tan grande.
En aquel instante entró el dueño con el samovar hirviendo. Invité al guía a beber una taza de nuestro té; el mujik bajó del camastro. Su aspecto me pareció poco común. Tendría alrededor de cuarenta años, era de mediana estatura, delgado, ancho de hombros. En su negra barba asomaban ya algunas canas; sus ojos grandes y vivos no estaban quietos un momento. Su rostro tenía una expresión bastante agradable, aunque picara. Llevaba el cabello cortado en redondo; vestía un chaquetón desgarrado y unos pantalones anchos, como los de los tártaros. Le acerqué una taza de té; lo probó e hizo una mueca de desagrado.
— Su señoría, tenga la bondad de ordenar que me sirvan un vaso de vino; el té no es una bebida para nosotros, los cosacos.
Yo accedí de buen grado a su deseo. El dueño sacó del armario una garrafa y un vaso, se acercó al caminante y, mirándole fijamente, dijo:
— ¡Conque otra vez en nuestras tierras! ¿De dónde te ha traído Dios?
El guía guiñó significativamente un ojo y repuso con un refrán:
— Volaba por el huerto picando cáñamo y una abuela me tiró una piedra sin darme. ¿Y sus compañeros?
— ¿Mis compañeros? — respondió el dueño en el mismo tono alegórico —. Iban a tocar a vísperas, pero no lo permitió la esposa del pope: el pope está de visita y los diablos se divierten en el camposanto.
— Cállate, hombre — replicó mi vagabundo —. Cuando llueva, habrá setas; y cuando haya setas, también habrá cestos. Y ahora (el guía guiñó el ojo una vez más), tírate el hacha al hombro: anda cerca el guardabosque. Su señoría, ¡a su salud!
Después de decir esas palabras, tomó el vaso, se santiguó y lo apuró de un trago. Luego hizo ante mí una profunda reverencia en señal de agradecimiento y volvió a subir al camastro.
En aquel momento yo no pude entender nada de esa jerga del hampa; sólo más tarde me di cuenta de que los dos hombres se referían a las tropas del Yaík, en aquella época recién apaciguadas después de la revuelta de 1772. Savélich escuchaba con aspecto de gran descontento. Miraba suspicaz, bien al dueño, bien al guía. La posada, o umet, como se llama allí, estaba en un lugar solitario, en la estepa, lejos de toda aldea, y parecía una cueva de bandidos. Pero ¿qué hacer? No se podía ni pensar en seguir el viaje. La intranquilidad de Savélich me divertía. Me dispuse a pasar allí la noche y me recosté en un banco. Savélich decidió acostarse sobre el horno; el dueño se tiró en el suelo. Pronto roncaba toda la isba, y yo me quedé dormido como un muerto.
Al despertarme, bien entrada la mañana, vi que la ventisca se había calmado. El sol resplandecía. La nieve era como un manto deslumbrador sobre la estepa infinita. Los caballos estaban ya enganchados. Ajusté las cuentas con el dueño, que nos pidió una suma tan moderada que hasta el mismo Savélich no discutió ni se puso a regatear como era su costumbre, y en el acto desaparecieron de su cabeza todas las sospechas del día anterior. Llamé al guía, le agradecí el servicio que nos había prestado y ordené a Savélich que le diera cincuenta kopeks para vodka. Savélich frunció el ceño:
— ¡Cincuenta kopeks para vodka! — exclamó —. ¿Y por qué? ¿Porque ha tenido la bondad de traerle en su kibitka hasta la posada? Haga lo que quiera, señor, pero no tenemos cincuenta kopeks de sobra. Si damos a cada uno dinero para vodka, pronto tendrá que pasar hambre usted mismo.
No podía discutir con Savélich. Según mi promesa, el dinero se encontraba bajo su custodia. Sin embargo, me contrariaba no poder demostrar mi gratitud a una persona que me había salvado, si no de una desgracia, al menos de una situación bastante desagradable.
— Bien — dije tranquilamente —; si no quieres darle cincuenta kopeks, saca algo de entre mi ropa. Va muy desabrigado. Dale mi pelliza de piel de liebre.
— ¡Pero por Dios, señor mío Piotr Andreich! — objetó Savélich —. ¿Qué falta le hace su pelliza de piel de liebre? El muy canalla la cambiará por bebida en la primera taberna.
— Que la cambie por bebida o no, eso, viejo, no debe preocuparte a ti — dijo mi vagabundo —. Su señoría quiere darme su abrigo: tal es su voluntad de señor, y tu obligación de siervo es obedecer y callar.
— ¡No temes a Dios, bandido! — le respondió airadamente Savélich —. Ves que el muchacho no tiene aún malicia y te alegras de poder despojarle, valiéndote de su inexperiencia. ¿Para qué necesitas la pelliza de mi señor? Ni siquiera podrás meter tus malditos hombros en ella.
— Te ruego que no filosofes — dije a Savélich —trae ahora mismo la pelliza.
— ¡Dios todopoderoso! — gimió —. ¡Una pelliza casi nuevecita! Y si todavía fuera a alguien, pero ¡a un borracho harapiento!
Sin embargo, trajo la pelliza de piel de liebre. El mujik se la probó al momento. En efecto, si ya a mí me quedaba pequeña, para él resultaba bastante más. Pero el hombre se las arregló como pudo para ponérsela, haciendo saltar las costuras. Savélich casi gritó al oír cómo se rompían los hilos. En cuanto al vagabundo, se sentía extraordinariamente satisfecho de mi regalo. Me acompañó hasta la kibitka y me dijo, haciendo una profunda reverencia:
— ¡Gracias, su señoría! Que Dios le recompense por su bondad. Nunca olvidaré su favor.
Echó a andar por su camino y yo seguí el mío sin prestar atención al enfado de Savélich. Pronto me olvidé de la nevasca del día anterior, de mi guía y de la pelliza de piel de liebre.
En cuanto llegué a Orenburgo, me presenté al general. Vi a un hombre de alta estatura, pero ya encorvado por la vejez. Sus largos cabellos estaban completamente blancos. El viejo y descolorido uniforme recordaba a un combatiente de la época de Anna Yohánnovna, y en su conversación se notaba mucho el acento alemán. Le entregué la carta de mi padre. Al ver su nombre, me echó una rápida mirada.
— ¡Dios mío! — dijo —. Si me parece que todavía no hace mucho Andréi Petróvich tenía tus mismos años; ¡y mira ahora qué muchachote tiene! ¡Ay, el tiempo, el tiempo!
Abrió la carta y comenzó a leerla a media voz, intercalando alguna que otra observación:
— “Muy respetable señor Andréi Kárlovich: espero que Vuestra Excelencia...” ¿Qué cumplidos son éstos? ¡Cómo no le da vergüenza! Claro que la disciplina es lo primero, pero ¿acaso se escribe así a un viejo camarada...? “Vuestra Excelencia no habrá olvidado...” Hum... “y...cuando... con el difunto mariscal del campo Mün... campaña... y también... la pequeña Carolina”... ¡Ah, Bruder! ¿Así que él recuerda todavía nuestras viejas travesuras? “Ahora al grano... Le envío a mi tunante” ... Hum... “tenerle en un puño” ...¿Qué quiere decir “tenerle en un puño”? Debe ser algún refrán ruso. ¿Qué quiere decir “tenerle en un puño”? — repitió, dirigiéndose a mí.
— Eso quiere decir — respondí con el aspecto más inocente del mundo — tratarle a uno cariñosamente, no con mucha severidad, darle más libertad: eso es lo que quiere decir tener a uno en un puño.
— Hum, comprendo... “y no darle libertad” ... No, parece que tener a uno en un puño no significa eso... “Adjunto... su pasaporte”... ¿Dónde está? ¡Ah! Aquí está... “Dar de baja en el Semiónovski” ... Bien, bien; todo se hará... “Permite que te abrace sin reparar en grados y... como viejo camarada y amigo” ... ¡Ah! Por fin, se le ha ocurrido... y etcétera y etcétera... Bien, jovencito — dijo el general después de leer la carta y dejar a un lado mi pasaporte —. Todo se hará: serás destinado como oficial al regimiento X., pero, entretanto, a fin de no perder tiempo, saldrás mañana mismo para la fortaleza de Belogorsk, donde servirás a las órdenes del capitán Mirónov, un hombre bueno y honrado. Allí aprenderás el verdadero servicio militar y la disciplina. En Orenburgo no tienes nada que hacer; las distracciones son cosa malsana para un joven. Y hoy ten a bien almorzar conmigo.
“¡De mal en peor! — pensé —. ¿De qué me sirvió haber sido sargento de la Guardia todavía en el seno de mi madre? ¿A dónde me ha conducido eso? ¡Al regimiento X., a una perdida fortaleza en las fronteras de las estepas kirguisas y kaisatskas!”... Almorcé con Andréi Kárlovich; éramos tres, contando a su viejo ayudante. La severa economía alemana reinaba en su mesa, y creo que el miedo de ver alguna vez a un invitado de más a su mesa de soltero fue, en parte, la causa de que Andréi Kárlovich me alejara tan rápidamente de su lado, mandándome a la guarnición de Belogorsk. Al día siguiente me despedí del general y partí para mi lugar de destino.


CAPITULO III


LA FORTALEZA


Vivimos en el fuerte, comemos
Pan, agua bebemos,
Y cuando el enemigo con iras enconadas
A probar se acerque nuestras empanadas,
Una fiesta haremos en su honor:
De metralla cargaremos el cañón.

Canción de soldados

Son gente antigua, padrecito mío.

El niño zangolotino

La fortaleza de Belogorsk estaba a cuarenta verstas de Orenburgo. El camino seguía la escarpada orilla del Yaík. El río no se había helado todavía, y sus olas de plomo negreaban tristemente en las orillas monótonas, cubiertas de nieve. A ambos lados del río se extendían las estepas kirguisas. Me absorbí en mis pensamientos, que eran más bien tristes. La vida de guarnición me atraía poco. Trataba de imaginarme al capitán Mirónov, mi futuro jefe, y lo suponía un viejo malhumorado y severo, sólo preocupado por el servicio, dispuesto a arrestarme y a dejarme a pan y agua por cualquier nimiedad. Mientras tanto, el día tocaba a su fin. Ibamos bastante de prisa.
— ¿Está lejos la fortaleza? — pregunté al cochero.
— No lejos — respondió —. Ya está a la vista.
Miré hacia todas partes, esperando ver temibles bastiones, torres, baluartes, pero no vi otra cosa que una aldea cercada por una especie de empalizada de troncos. A un lado, había tres o cuatro almiares de heno, semicubiertos por la nieve; al otro, un molino agrietado, cuyas aspas recubiertas de corteza colgaban perezosamente.
— ¿Dónde está la fortaleza? — pregunté muy sorprendido.
— Ahí está — replicó el cochero señalando la aldea; y no hubo terminado de hablar, cuando entramos en ella. En la puerta vi un viejo cañón de hierro fundido. Las calles eran estrechas y tortuosas; las casuchas, todas muy bajas, estaban en su mayor parte techadas con paja. Ordené al cochero que se me llevara directamente al comandante, y un minuto después la kibitka se detenía ante una casita de madera, construida sobre un alto, cerca de la iglesia, también de madera.
Nadie salió a mi encuentro. Entré en el zaguán y abrí la puerta del vestíbulo. Un viejo veterano, sentado en una mesa, cosía un remiendo azul en el codo de un uniforme verde. Le ordené que anunciara mi llegada.
— Pase, señor mío — repuso el veterano —. Están en casa.
Entré en una habitación pequeña y limpia, amueblada al gusto antiguo. En un rincón había un armario con vajilla; de la pared colgaba un diploma de oficial en un cuadro de cristal; junto a él se veían unas xilografías de colores chillones que representaban la toma de Küstrin y de Ochákov, así como una petición de novia y el entierro del gato por los ratones. Junto a la ventana, una viejita con un justillo y un pañuelo a la cabeza desenredaba unas madejas, que sujetaba entre sus manos abiertas un viejo tuerto uniformado de oficial.
— ¿Qué desea, señor mío? — me preguntó ella sin interrumpir su labor.
Respondí que venía a servir en la fortaleza y deseaba, según correspondía, presentarme al señor capitán; y, al pronunciar estas palabras, me dirigí al viejo tuerto, tomándolo por el comandante de la fortaleza, pero la dueña de la casa cortó mi discurso aprendido de memoria.
— Iván Kuzmich no está en casa —dijo—; ha ido a visitar al padre Guerásim; pero no importa, yo soy su esposa. Sé bien venido. Siéntate, hijo mío.
Llamó a la criada y le ordenó que fuese a buscar al uriádnik*. El viejito me observaba curiosamente con su único ojo.
(* Uriádnik: suboficial de tropas cosacas.)
— ¿Le puedo preguntar en qué regimiento ha servido usted?
Yo complací su curiosidad.
— ¿Y puedo preguntarle — continuó el viejo — por qué ha pasado de la Guardia a una guarnición?
Repliqué que ésa era la voluntad de mis superiores.
— Seguramente por haber cometido actos indignos de un oficial de la Guardia — prosiguió el infatigable preguntón.
— Basta de tonterías — le dijo la capitana —, ¿no ves que el joven está rendido del viaje? No está para atenderte... (Estira más las manos...) En cuanto a ti, hijo mío — continuó, dirigiéndose a mí —, no te apenes que te hayan mandado a este perdido rincón. Tú no eres el primero ni serás el último. En cuanto te acostumbres, le tomarás cariño. Hace ya casi cinco años que Alexéi Ivánich Shvabrin fue trasladado aquí por haber matado a uno. Dios sabe qué demonio le cegó; él, imagínate, salió fuera de la ciudad con un teniente, cada uno llevaba consigo su espada, y ahí les tienes pinchándose el uno al otro; Alexéi Ivánich atravesó al teniente, ¡y ante dos testigos! ¿Qué se le va a hacer? Todos somos pecadores.
En aquel instante entró el uriádnik, un cosaco joven y apuesto.
— ¡Maxímich! — le dijo la capitana —. Busca al señor oficial un alojamiento, pero limpio.
— A la orden, Vasilisa Egórovna — respondió el uriádnik —. ¿Y si alojáramos a su señoría en casa de Iván Polezháev?
— No digas disparates, Maxímich — dijo la capitana —. En casa de Polezháev viven estrechos; además es mi compadre y no se olvida de que nosotros somos sus superiores. Conduce al señor oficial... ¿Cuál es su nombre y patronímico, hijo mío?
— Piotr Andreich.
— Conduce a Piotr Andreich a casa de Semión Kúzov. Ese bribón dejó entrar su caballo en mi huerto. Bueno, Maxímich, ¿está todo en orden?
— Todo está tranquilo, gracias a Dios — repuso el cosaco —; sólo el cabo Prójorov ha reñido en el baño con Ustiña Negúlina por un cubo de agua caliente.
— ¡Iván Ignátich! — ordenó la capitana al viejo tuerto —. Averigua qué ha sido lo de Prójorov con Ustiña, quién tiene razón y quién es el culpable. Y castiga a los dos. Bueno, Maxímich, ve con Dios. Piotr Andreich, Maxímich le conducirá a su alojamiento.
Me despedí. El uriádnik me llevó a una casita, situada en la alta orilla del río, en el mismo extremo de la fortaleza. La mitad de la casa estaba ocupada por la familia de Semión Kúzov; la otra me fue destinada a mí. Se componía de una pieza bastante limpia, dividida en dos por un tabique. Savélich se dedicó a sus quehaceres; yo me puse a mirar por la estrecha ventana. Ante mí se extendía, triste, la estepa. A un lado se alzaban unas pequeñas casuchas; por la calle erraban algunas gallinas. Una vieja, de pie en el portal de su casa con una artesa en la mano, llamaba a los cerdos, que le respondían gruñendo alegremente. ¡He aquí en qué rincón del mundo estaba condenado yo a pasar mi juventud! La melancolía se apoderó de mí; me aparté de la ventana y me acosté sin comer, a pesar de todos los ruegos de Savélich.
— ¡Dios todopoderoso, no quiere comer nada! — repetía desconsolado el viejo —. ¿Qué dirá la señora si el niño enferma?
Al día siguiente por la mañana, cuando empezaba a vestirme, se abrió la puerta y entró en mi cuarto un joven oficial de mediana estatura; su rostro era moreno y feo en grado sumo, pero extraordinariamente vivo.
— Dispense que venga a conocerle sin ceremonias — me dijo en francés —. Ayer me enteré de su llegada; y el deseo de ver, por fin, un rostro humano me ganó de tal manera, que no he podido resistir. Usted lo comprenderá cuando lleve aquí algún tiempo.
Adiviné que se trataba del oficial trasladado de la Guardia por haberse batido en duelo. En seguida, nos presentamos. Shvabrin no era nada tonto. Su conversación resultaba amena e ingeniosa. De la manera más divertida me describió la familia del comandante, su sociedad y la comarca adonde me había traído la suerte. Yo me reía de buena gana cuando entró el mismo veterano que estaba remendando un uniforme en la sala de la casa del comandante y, en nombre de Vasilisa Egórovna, me invitó a almorzar con ellos. Shvabrin se ofreció a acompañarme.
Cerca de la casa del comandante, en una pequeña plaza, vimos a unos veinte veteranos con largas trenzas y tricornios. Estaban en posición de firmes. Delante de ellos se encontraba el comandante, un viejo gallardo de elevada estatura, con un gorro de dormir y una bata chinesca. Al vernos, se acercó a nosotros, me dijo unas cuantas palabras amables y continuó dando órdenes. Quisimos detenernos para observar los ejercicios, pero nos rogó que fuéramos a casa de Vasilisa Egórovna, prometiendo que tardaría poco en seguirnos. “Aquí — agregó — no tienen ustedes nada que ver”.
Vasilisa Egórovna nos acogió con sencillez y cordialidad y me trató como si ya me conociera de todo un siglo. El veterano y Palashka servían la mesa.
— ¿Qué le pasa hoy a mi Iván Kuzmich, que no acaba de instruir a los soldados? — preguntó la comandanta —. Palashka, ve y dile al señor que venga a comer. ¿Y dónde está Masha?
En aquel instante entró una muchacha de unos dieciocho años, de rostro sonrosado y redondo, con los cabellos rubio-claros peinados muy lisos por detrás de las orejas, rojas como el fuego. A primera vista, no me agradó mucho. La miraba ya con prevención: Shvabrin me había pintado a Masha, o María Ivánovna, la hija del capitán, como a una perfecta tonta. María Ivánovna se sentó en un rincón y se puso a coser. Mientras tanto, trajeron la sopa de coles. Vasilisa Egórovna, al no ver a su marido, mandó otra vez por él a Palashka.
— Dile al señor que nuestros invitados esperan y que la sopa se enfría; gracias a Dios, los ejercicios no se escaparán; ya tendrá tiempo de hartarse de gritar.
El capitán tardó poco en presentarse, acompañado por el viejito tuerto.
— ¿Qué es eso, señor mío? — observó la esposa —. La comida está servida hace rato, y no hay manera de hacerte venir.
— Pero oye, Vasilisa Egórovna — repuso Iván Kuzmich —, me ha retenido el servicio: estaba instruyendo a los soldados.
— ¿Sí? — objetó la capitana —. Eso de que instruyes a los soldados no son más que cuentos: ni ellos aprenden el servicio ni tú entiendes nada de él. Mejor sería que te estuvieras en casa rezando a Dios. Queridos invitados, tengan la bondad de sentarse a la mesa.
Nos sentamos a almorzar. Vasilisa Egórovna no dejaba de hablar y de asaetearme a preguntas: quiénes eran mis padres, si estaban vivos, dónde residían y qué fortuna era la suya. Al oír que mi padre poseía trescientos campesinos siervos, exclamó:
— ¿Es posible? ¡Qué gente tan rica hay en el mundo! Y nosotros, hijo mío, tenemos una sola sierva, Palashka, pero, gracias a Dios, no vivimos mal. Sólo tenemos un contratiempo: Masha. La muchacha está ya en edad de casarse, ¿y qué dote tiene? No tiene (¡Dios me perdone!) más que la ropa que lleva puesta. Si se encuentra a una buena persona, menos mal; si no, se quedará para vestir santos.
Miré a María Ivánovna; había enrojecido y hasta unas lágrimas cayeron en su plato. Sentí lástima de ella y me apresuré a cambiar de conversación.
— He oído — dije bastante inoportunamente — que los bashkires se disponen a atacar su fortaleza.
— ¿A quién se lo has oído, hijo mío? — preguntó Iván Kuzmich.
— Me lo dijeron en Orenburgo — respondí.
— ¡Tonterías! — exclamó el comandante —. Aquí hace mucho tiempo que todo está tranquilo. Los bashkires tienen miedo, y los kirguises han recibido una buena lección. Cabe suponer que no se meterán con nosotros; y, si se meten, yo les haré pasar tal susto, que se calmarán para diez años.
¿Y usted no tiene miedo de vivir en una fortaleza expuesta a tales peligros? — pregunté a la capitana.
— Es la costumbre, hijo mío — contestó. Hace unos veinte años que vivimos aquí, separados del regimiento, ¡y Dios es testigo del temor que yo tenía antes a esos malditos paganos! Cuando veía sus gorros de piel de lince y oía sus alaridos, ¿lo crees, hijo mío?r se me helaba el corazón. Pero ahora estoy ya tan acostumbrada, que no me moveré cuando nos anuncien que los infieles merodean alrededor de la fortaleza.
— Vasilisa Egórovna es una dama muy valiente — observó Shvabrin con gravedad —. Iván Kuzmich puede dar fe.
— Sí — corroboró Iván Kuzmich —: es una mujer que no tiene nada de cobarde.
— ¿Y María Ivánovna? — pregunté —. ¿Es tan valiente como usted?
— ¿Que si es valiente Masha? — respondió su madre —. No, Masha es una miedosa. Todavía hoy no puede oír el disparo de un fusil: en cuanto lo oye, se echa a temblar. Hace dos años, Iván Kuzmich tuvo la idea de hacer disparar nuestro cañón con motivo de mi cumpleaños. Pues bien, ella, ¡pobrecita! casi se murió del susto. Desde entonces no hemos vuelto a tocar ese maldito cañón.
Nos levantamos de la mesa. El capitán y la capitana se retiraron a dormir la siesta: y yo fui a casa de Shvabrin, con el que pasé el resto del día.

CAPITULO IV


EL DUELO


Anda, ponte en postura,
Verás cómo atravieso tu figura.


Kniazhnín

Transcurrieron varias semanas. Mi vida en la fortaleza de Belogorsk se había hecho no sólo tolerable, sino hasta grata. En la casa del comandante me recibían como a un miembro de la familia. Marido y mujer eran personas muy respetables. Iván Kuzmich, que, hijo de un simple soldado, había llegado a oficial, era un hombre sencillo, honrado y bondadoso, pero sin instrucción alguna. Su mujer le dominaba, cosa que estaba de acuerdo con la despreocupación del marido. Vasilisa Egórovna consideraba los asuntos del servicio militar como los de su hogar y dirigía la fortaleza lo mismo que su casa. María Ivánovna dejó pronto de mostrárseme esquiva. Nos hicimos amigos. Descubrí en ella a una muchacha juiciosa y sensible. Sin darme cuenta, me acostumbré a esta buena familia, incluso a Iván Ignátich, el teniente tuerto de la guarnición, a quien Shvabrin acusaba de mantener relaciones ocultas con Vasilisa Egórovna, cosa en la que no había ni sombra de verdad, pero Shvabrin no se preocupaba de ello.
Fui promovido a oficial. El servicio militar no me pesaba. En aquella fortaleza, salvaguardada por Dios, no había revistas, ni instrucción, ni guardias. El comandante, a su libre arbitrio personal, solía instruir a los soldados, pero aún no había conseguido que todos distinguieran el lado derecho del izquierdo, aunque muchos de ellos, para no equivocarse, se persignaban antes de cada media vuelta. Shvabrin poseía algunos libros franceses. Comencé a leer y en mí se despertó la afición a la literatura. Por las mañanas leía, me ejercitaba en traducir y a veces escribía versos. Almorzaba casi siempre en casa del comandante, donde pasaba por lo común el resto del día. En ocasiones, hacia la noche, llegaban el padre Guerásim y su mujer, Akulina Pamfílovna, la primera que se enteraba de las noticias en toda la comarca. Naturalmente, con A. I. Shvabrin me veía a diario, aunque cada día se me hacía más insoportable su manera de hablar. Sus constantes bromas acerca de la familia del comandante no me agradaban en absoluto, principalmente las sarcásticas observaciones sobre María Ivánovna. En la fortaleza no había más que esa sociedad, pero yo no deseaba otra.
A pesar de los augurios, los bashkires no se sublevaban. Alrededor de nuestra fortaleza reinaba la calma. Sin embargo, la paz fue interrumpida por una inesperada discordia interna.
Ya he dicho que me aficioné a la literatura. Mis tanteos literarios, para aquella época, eran bastante pasables, y Alexandr Petróvich Sumarókov había de ponderarlos varios años más tarde. Un día logré escribir una poesía, de la que estaba satisfecho. Todo el mundo sabe que a veces los poetas, con el pretexto de pedir un consejo, buscan un oyente benévolo. Así, después de pasar en limpio mi poesía, se la llevé a Shvabrin, que era el único en toda la fortaleza que podía valorarla. Luego de un breve preámbulo, saqué de mi bolsillo el cuaderno y leí:

A la ilusión de amar ya renunciando,
Trato yo a Masha en vano de olvidar,
Y, en alas del olvido cabalgando,
Mi libertad espero recobrar.

Mas esos ojos que me han fascinado
Están a cada instante en mi magín.
Ellos el alma mía han conturbado
Y a mi paz han puesto fin.

Y cuando mi infortunio te sea revelado
Y sepas que ya soy prisionero de ti.
Viéndome en tan cruel estado,
Masha, ten compasión de mí.

— ¿Qué te parece? — pregunté a Shvabrin, esperando su elogio como un tributo que me correspondía obligatoriamente. Mas, con gran fastidio para mí, Shvabrin, por lo general tan indulgente, dijo tajante que mis versos no eran buenos.
— ¿Por qué? — pregunté, tratando de ocultar mi fastidio.
— Porque tus versos son dignos de mi preceptor Vásili Kirílich Trediakovski y me recuerdan mucho sus poemitas de amor.
Después tomó mi cuaderno y sometió a una crítica implacable cada verso y cada palabra, burlándose de la manera más sarcástica. Perdí la paciencia y le quité el cuaderno de las manos, diciéndole que nunca más le mostraría mis obras.
Shvabrin se rió de la amenaza.
— Veremos si cumples tu palabra — dijo —. El poeta necesita de alguien que escuche sus versos, como Iván Kuzmich necesita su garrafa de vodka antes de comer. Pero ¿quién es esa Masha a la que declaras tu tierna pasión y tus desdichas amorosas? ¿No será María Ivánovna?
— No te importa saber de qué Masha se trata — le respondí, frunciendo el ceño —. No pido ni tu juicio ni tus conjeturas.
— ¡Oh, oh! ¡Poeta con amor propio y enamorado discreto! — continuó Shvabrin, irritándome más y más —. Pero oye mi consejo de amigo: si quieres tener éxito, no te recomiendo comenzar con poemitas.
— ¿Qué quieres decir? Explícate.
— Con mucho gusto. Eso quiere decir que para que Masha Mirónova venga a verte al atardecer, regálale, en vez de tus tiernos versitos, unos aretes.
Sentí que me hervía la sangre.
— ¿Por qué tienes esa opinión de ella? — pregunté, reprimiendo difícilmente mi indignación.
— Porque conozco por experiencia su carácter y sus costumbres — respondió con una cínica sonrisa.
— ¡Mientes, infame! — grité fuera de mí —. ¡Mientes de la manera más desvergonzada!
A Shvabrin se le demudó el rostro.
— Esto no quedará así — dijo, apretándome la mano —. Tendrás que darme una satisfacción.
— ¡Con mucho gusto, cuando quieras! — respondí alegrándome. En aquel minuto le hubiera despedazado.
Fui inmediatamente a ver a Iván Ignátich y le hallé con la aguja en la mano: la comandanta le había encargado ensartar setas a fin de secarlas y guardarlas para el invierno.
— ¡Ah, Piotr Andreich! — dijo al verme —. ¡Sea bienvenido! ¿Qué viento le ha traído por aquí? ¿A qué viene usted, si puedo preguntarle?
En pocas palabras le expliqué que había reñido con Alexéi Ivánich y que le rogaba fuera mi padrino. Iván Ignátich me escuchó con atención, abriendo mucho su único ojo.
— ¿Usted dice — repitió — que desea atravesar a Alexéi Ivánich y, además, que yo sea testigo? ¿Eso es lo que usted dice, si puedo preguntarle?
— Exactamente.
— ¡Por Dios, Piotr Andreich! ¿Qué va a hacer usted? ¿Ha reñido con Alexéi Ivánich? ¡Valiente cosa! Una injuria no es una carga eterna. Si él le ha ofendido, insúltele usted; si le ha abofeteado, déle usted en una oreja, o en cualquier otra parte y después váyanse cada uno por su lado, nosotros ya procuraremos que vuelvan a ser amigos. Pero, ¿cree usted que es una buena acción atravesar a un semejante, me atrevo a preguntarle? Y menos mal si usted le atraviesa a él. ¡Váyase con Dios ese Alexéi Ivánich! Yo no le tengo mucha simpatía. Pero ¿y si es él quien le atraviesa a usted? ¿Qué ocurrirá entonces? ¿Quién se quedará con un palmo de narices, me atrevo a preguntar?
Los cuerdos razonamientos del cabal teniente no me hicieron vacilar y seguí firme en mi decisión.
— Como usted quiera — dijo Iván Ignátich —; haga lo que mejor le parezca. ¿Pero por qué tengo yo que ser testigo? ¿A santo de qué? Dos hombres se pelean, ¿qué hay de extraño en ello, me atrevo a preguntar? Gracias a Dios, estuve en las campañas contra los suecos y contra los turcos: he visto de todo.
Comencé a explicarle mal que bien cuál era el papel del padrino en un duelo, pero Iván Ignátich no podía comprenderme.
— Allá usted — dijo —. Si tengo forzosamente que intervenir en este asunto, ¿no sería mejor que fuera a ver a Iván Kuzmich y le informase, según disponen las ordenanzas, de que en la fortaleza está tramándose un crimen contrario a los intereses del Estado? ¿No tendrá a bien el señor comandante de la fortaleza tomar las medidas correspondientes...?
Me asusté y pedí a Iván Ignátich que no dijese nada al comandante. Con grandes esfuerzos pude convencerle; me dio palabra de callar y decidí prescindir de él.
Pasé la tarde, según mi costumbre, en casa del comandante. Me esforzaba por aparentar alegría y naturalidad para no despertar ninguna sospecha y evitar preguntas inoportunas, pero confieso que no tenía esa sangre fría de que hacen gala casi siempre los que han estado en situación semejante. Aquella tarde me sentía predispuesto a la ternura. María Ivánovna me gustaba más que nunca. La idea de que quizá la viera por última vez le daba ante mis ojos un atractivo conmovedor. Shvabrin llegó en seguida. Le aparté y. le comuniqué mi conversación con Iván Ignátich.
— ¿Para qué necesitamos padrinos? — me preguntó secamente —. Nos arreglaremos sin ellos.
Acordamos batirnos detrás de los almiares de heno próximos a la fortaleza y encontrarnos allí al día siguiente, entre los seis y las siete de la mañana. Por lo visto, hablábamos tan amigablemente, que, en su alegría, Iván Ignátich se fue de la lengua.
— ¡Por fin! — me dijo con satisfacción —. Una mala paz es mejor que una buena riña, y si uno no es honrado, por lo menos es sano.
— ¿Qué dices, Iván Ignátich? — preguntó la comandanta, que estaba echando las cartas en un rincón —. No he oído bien.
Iván Ignátich, al ver mis muestras de disgusto y recordando su promesa, se turbó y no supo qué contestar. Shvabrin salió en su ayuda.
— Iván Ignátich — dijo — aprueba que haya hecho las paces.
— ¿Y con quién te has peleado, hijo mío?
— Piotr Andreich y yo hemos tenido una discusión muy seria.
— ¿Por qué motivo?
— Por una verdadera insignificancia: por una poesía, Vasilisa Egórovna.
— ¡Vaya por lo que se pelean! ¡Por un poemita!... Pero ¿cómo ha sido eso?
— Muy sencillo: Piotr Andreich ha escrito hace poco una poesía y hoy me la dijo, pero yo inicié mi canción predilecta:

Hija del capitán,
A medianoche no salgas a pasear.

Entonces nos pusimos a discutir. Piotr Andreich, al principio, se enfadó conmigo, pero luego pensó que cada uno es libre de cantar lo que más le guste. Y así terminó la cosa.
El cinismo de Shvabrin estuvo a punto de sacarme de quicio, pero nadie, excepto yo, había podido captar sus burdas alusiones: por lo menos, nadie había prestado atención. De los versos, la conversación pasó a los poetas, y el comandante manifestó que todos ellos eran unos libertinos y unos borrachos empedernidos, y me aconsejó afectuosamente que dejara la poesía, como cosa contraria al servicio militar y que no podía conducir a nada bueno.
La presencia de Shvabrin me era insoportable. Pronto me despedí del comandante y de su familia. Al llegar a casa, examiné mi espada, comprobé su punta y me acosté, después de ordenar a Savélich que no me despertara antes de las seis.
Al día siguiente, estaba ya a la hora señalada detrás de los almiares de heno esperando a mi adversario. Llegó sin tardanza.
— Pueden sorprendernos — me dijo —. Debemos darnos prisa.
Nos despojamos de las guerreras, quedándonos en mangas de camisa, y desenvainamos las espadas. En aquel instante Iván Ignátich salió de detrás de un almiar con cinco veteranos. Traía orden de llevarnos al comandante. Nos sometimos de mala gana; los soldados nos rodearon y fuimos hacia la fortaleza detrás de Iván Ignátich, que marchaba triunfal, digno y solemne, a la cabeza de nuestro grupo.
Entramos en la casa del comandante. Iván Ignátich abrió la puerta, anunciando con gravedad:
— ¡Los traigo!
Vasilisa Egorovna nos acogió con estas palabras:
— ¡Ah, hijos míos! ¿Pero qué es esto? ¿Cómo puede ser? ¿Perpetrar homicidios en nuestra fortaleza? ¡Iván Kuzmich, arréstales inmediatamente! ¡Piotr Andreich! ¡Alexéi Ivánich! Entreguen aquí sus espadas, entréguenlas, entréguenlas. Palashka, lleva estas espadas a la despensa. ¡Piotr Andreich! No esperaba yo esto de ti. ¿Cómo no te da vergüenza? Esto es perdonable en Alexéi Ivánich: ha sido expulsado de la Guardia por homicidio y ni siquiera cree en Dios. Pero ¿tú? ¿Por qué te metes?
Ivan Kuzmich, de acuerdo en todo con su esposa, agregó:
— ¿Oyes? Vasilisa Egórovna dice la verdad. Los duelos están prohibidos por las ordenanzas militares.
Mientras tanto, Palashka había recogido nuestras espadas y las había llevado a la despensa. Yo no pude contener la risa. Shvabrin conservaba su aire digno.
— A pesar de todo el respeto que me merece — dijo tranquilamente a Vasilisa Egórovna —, no puedo por menos de decir que se toma usted en vano la molestia de juzgarnos. Deje eso para Iván Kuzmich: es asunto de él.
— ¡Ay, hijo mió! — objetó la comandanta —. ¿Acaso marido y mujer no son una sola alma y un solo cuerpo? ¡Iván Kuzmich! ¿A qué esperas? Enciérrales ahora mismo en distintos rincones a pan y agua: así se les pasarán esas tonterías. Y di al padre Guerásim que les ponga penitencia y les obligue a pedir perdón a Dios y a arrepentirse ante los hombres.
Iván Kuzmich no sabía qué hacer. María Ivánovna estaba extraordinariamente pálida. Poco a poco fue amainando la tormenta. La comandanta, más tranquila, nos obligó a abrazarnos. Palashka nos trajo las espadas. Al salir de casa del comandante, parecíamos reconciliados. Iván Ignátich nos acompañó.
— ¿Cómo no le ha dado vergüenza de denunciarnos al comandante después de haberme prometido callar? —le pregunté furioso.
— Dios es testigo de que no dije nada a Iván Kuzmich — replicó —. Fue Vasilisa Egórovna quien me lo sacó todo, palabra por palabra. Ella misma tomó las medidas sin conocimiento del comandante. Y gracias a Dios que todo ha terminado así.
Después dobló hacia su casa, y Shvabrin y yo quedamos solos.
— Nuestra disputa no puede terminar así —le dije.
— Indudablemente — respondió Shvabrin —. Usted pagará con su propia sangre el atrevimiento que ha tenido, pero seguramente ahora nos vigilarán. Tendremos que fingir durante algunos días. ¡Hasta la vista! — y nos separamos como si no hubiera ocurrido nada.
Volví a la casa del comandante y, siguiendo mi costumbre, me senté junto a María Ivánovna. Iván Kuzmich no se hallaba en la casa; Vasilisa Egórovna estaba ocupada en sus quehaceres. Hablábamos en voz baja. María Ivánovna me reprochó dulcemente la inquietud que había producido en todos mi querella con Shvabrin.
— Yo me quedé sobrecogida — dijo — cuando nos anunciaron que tenían ustedes la intención de batirse a espada. ¡Qué raros son los hombres! Por una palabra, que seguramente olvidarán al cabo de una semana, ya están dispuestos a matarse y a sacrificar no sólo su propia vida, sino también la tranquilidad y el bienestar de quienes... Pero estoy convencida de que usted no ha sido el que inició la pelea. Seguramente el culpable es Alexéi Ivánich.
— ¿Por qué lo cree usted así, María Ivánovna?
— Porque... ¡es tan burlón! No me gusta Alexéi Ivánich. Me es muy antipático; y lo raro es que por nada del mundo quisiera yo serle tan antipática a él. Esto me inquietaría enormemente.
— ¿Y qué cree usted, María Ivánovna? ¿Le agrada usted a él o no?
María Ivánovna, ruborizada, se turbó:
— A mí me parece... yo creo... que le gusto.
— ¿Por qué se lo parece?
— Porque ha pedido mi mano.
— ¡Su mano! ¿Ha pedido su mano? ¿Cuándo?
— El año pasado. Unos dos meses antes de su llegada.
— ¿Y usted no aceptó?
— No acepté, como usted puede ver. Claro que Alexéi Ivánich es un hombre inteligente, de buena familia, con fortuna, pero sólo de pensar que deberíamos besarnos ante todo el mundo en la iglesia... ¡Por nada del mundo! ¡Por ningún bienestar!
Las palabras de María Ivánovna me abrieron los ojos y me explicaron muchas cosas. Comprendí las continuas murmuraciones de que la cubría Shvabrin. Probablemente había notado nuestra mutua simpatía y se esforzaba por separarnos. Las palabras que habían originado nuestra querella me parecieron ahora más viles al ver que, en vez de una burla grosera e indigna, se trataba de una calumnia premeditada. El deseo de castigar al insolente difamador se hizo todavía más imperioso en mí. Esperaba con impaciencia el momento propicio.
No tuve que esperar mucho. Al día siguiente, cuando estaba escribiendo una elegía y mordisqueaba mi pluma en espera de la rima, Shvabrin golpeó en mi ventana. Dejé la pluma, tomé la espada y salí a la calle.
— ¿Para qué esperar más? — me dijo Shvabrin —. No nos vigilan. Bajemos al río. Allí no nos molestará nadie.
Caminábamos en silencio. Descendimos por un abrupto sendero, nos detuvimos en la orilla del río y desenvainamos las espadas. Shvabrin tenía más habilidad, pero yo era más fuerte y más valiente; además, monsieur Beaupré, que en algún tiempo había sido soldado, me había dado unas cuantas lecciones de esgrima, que supe aprovechar. Shvabrin no esperaba encontrar un adversario tan peligroso. Durante largo rato no pudimos causarnos daño alguno; por último, al ver que las fuerzas de Shvabrin se debilitaban, comencé a atacar con viveza y casi le obligué a meterse en el río. De pronto oí pronunciar mi nombre en voz alta. Volví la cabeza y divisé a Savélich, que corría hacia mí, sendero abajo... En aquel mismo instante sentí una fuerte punzada en el pecho, debajo del hombro derecho, y me desplomé sin conocimiento.


CAPITULO V


EL AMOR



¡Oh, zagala linda,
No te cases, zagala joven!
¡Pregunta antes a tus padres,
A tus padres y a toda la familia!
Zagala, acumula sabiduría,
Sabiduría y dote.


Canción popular

Si encuentras a alguien mejor que yo, has de
olvidarme.
Si encuentras a alguien peor que yo, has de
recordarme.


Canción popular

Cuando recobré el conocimiento, por unos segundos, no comprendí qué me había ocurrido. Estaba acostado en una habitación desconocida y sentía una gran debilidad. Ante mí se hallaba Savélich con una vela en la mano. Alguien quitaba cuidadosamente las vendas que envolvían mi pecho y mi hombro. Poco a poco se fueron esclareciendo mis ideas. Recordé el duelo y comprendí que estaba herido. En aquel momento chirrió la puerta.
— ¿Qué? ¿Cómo está? — susurró una voz que me hizo estremecer.
— Siempre lo mismo — respondió Savélich con un suspiro —. Sigue sin conocimiento, y hoy es ya el quinto día.
Quise volverme, pero no pude.
— ¿Dónde estoy? ¿Quién está aquí? — pregunté con esfuerzo.
María Ivánovna se aproximó al lecho y se inclinó sobre mí.
— ¿Qué? ¿Cómo se siente usted? — inquirió.
— Bien, gracias a Dios — respondí yo con una voz débil —. ¿Es usted, María Ivánovna? Dígame-
No tuve fuerzas para pronunciar una palabra más y callé.
Savélich lanzó una exclamación. Su rostro reflejaba alegría.
— ¡Ha vuelto en sí! ¡Ha vuelto en sí! — repetía —. ¡Gracias a ti, Señor! ¡Ay, señor mío, Piotr Andreich, qué susto me ha dado! No es para menos. ¡Cinco días!...
María Ivánovna le interrumpió:
— No hable mucho con él, Savélich — le dijo —. Está débil aún.
Salió cerrando suavemente la puerta. Mis pensamientos se agitaban. Así pues, estaba en la casa del comandante, y María Ivánovna venía a verme. Quise interrogar a Savélich, pero el viejo sacudió la cabeza y se tapó los oídos. Cerré los ojos, descontento, y poco después me quedé aletargado.
Al despertarme, llamé a Savélich y, en su lugar, vi ante mí a María Ivánovna, que me saludaba con su voz angelical. No podría describir el dulce sentimiento que se apoderó de mí en aquel instante. Tomé su mano y la llevé a mis labios, cubriéndola de tiernas lágrimas. Masha no la retiró... y, de pronto, sus suaves labios rozaron mi mejilla. Sentí su beso fresco y ardiente. Una oleada de fuego recorrió todo mi ser.
— Mi buena, mi dulce María Ivánovna — le dije —, sé mi esposa, accede a hacerme feliz.
— Cálmese por amor a Dios — replicó, retirando su mano —. Usted corre peligro todavía: su herida se puede volver a abrir. Piense en su salud, aunque sólo sea por mí.
Después de pronunciar esas palabras, salió dejándome embriagado de entusiasmo. “¡Será mía! ¡Me quiere!” La felicidad me hacía revivir y llenaba todo mi ser.
A partir de aquel día empecé a mejorar de hora en hora. Me curaba el barbero del regimiento, ya que en la fortaleza no había médico y, gracias a Dios, no se las daba de listo. La juventud y mi naturaleza aceleraron el restablecimiento. Toda la familia del comandante me atendía. María Ivánovna no se apartaba de mi lado. Por supuesto, a la primera oportunidad continué mi declaración interrumpida, y ella me escuchó esta vez con más paciencia. Sin afectación alguna, confesó que sentía atracción por mí y que sus padres, indudablemente, estarían muy contentos de su felicidad.
— Pero piénsalo bien — agregó —. ¿No pondrán inconvenientes tus padres?
Quedé pensativo. No dudaba de la ternura de mi madre, pero, conociendo el carácter y el modo de pensar de mi padre, comprendía que mi cariño no le conmovería apenas y que no vería en él más que un capricho de juventud. Con toda sinceridad confesé mis dudas a María Ivánovna, pero decidí escribir a mi padre lo más persuasivo posible, pidiéndole su bendición. Mostré la carta a María Ivánovna y ella la encontró tan convincente y enternecedora, que no dudó de su éxito y se entregó a los sentimientos de su dulce corazón con toda la confianza de la juventud y del amor.
Me reconcilié con Shvabrin en los primeros días de mi convalecencia. Iván Kuzmich, después de reprenderme por el duelo, me dijo:
— ¡Ay, Piotr Andreich! Debería arrestarte, pero ya estás castigado. En cambio, Alexéi Ivánich sigue encerrado en el granero, y Vasilisa Egórovna tiene guardada su espada bajo llave. Que reflexione y se arrepienta.
Me sentía demasiado feliz para guardar algún sentimiento de rencor en el corazón. Intercedí por Shvabrin, y el buen comandante de la fortaleza, con la aprobación de su esposa, decidió ponerlo en libertad. Shvabrin vino a verme. Manifestó su profundo pesar por lo que había ocurrido entre nosotros; reconoció que toda la culpa era de él y me rogó que olvidara lo pasado. Como no soy rencoroso por naturaleza, le perdoné sinceramente tanto la disputa como la herida que había recibido de su mano. En sus calumnias vi el despecho del amor propio ofendido y de un cariño rechazado. Perdoné generosamente a mi infeliz rival.
Poco tiempo después, ya restablecido, me pude trasladar a mi casa. Esperaba con impaciencia la respuesta a mi carta. No me atrevía a hacerme ilusiones y trataba de sofocar mis tristes presentimientos. Todavía no había hablado con Vasilisa Egórovna y su marido, pero mi petición no había de sorprenderles. Ni María Ivánovna ni yo tratábamos de ocultar nuestro amor y contábamos de antemano con su consentimiento.
Por fin, una mañana entró Savélich en mi cuarto con una carta en la mano. Se la arranqué nervioso. La dirección estaba escrita por mi padre, lo que constituía un síntoma de gravedad, ya que era mi madre quien siempre escribía las cartas y él sólo agregaba algunas líneas al final. Durante un rato no abrí el sobre, leyendo y releyendo la solemne inscripción: “A mi hijo Piotr Andréievich Griniov, en la provincia de Orenburgo, fortaleza de Belogorsk”. Trataba de adivinar por la letra el estado de ánimo de mi padre al escribir la carta: por fin, decidí abrirla y desde las primeras líneas comprendí que todo estaba perdido. El texto de la carta era el siguiente:

“Piotr, hijo mío: Hemos recibido el 15 de este mes tu carta, en la que nos pides la bendición paternal y nuestro consentimiento para casarte con María Ivánovna, hija de Mirónov. Lejos de tener el propósito de darte mi bendición y mi consentimiento, me dispongo a darte una lección como a un niño, por tus travesuras a pesar de tu grado de oficial. Porque has demostrado que no eres aún digno de ceñir la espada que te ha sido dada para defender la patria y no para batirte en duelo con otro tunante como tú. Escribiré inmediatamente a Andréi Kárlovich, rogándole que te traslade lo más lejos posible de la fortaleza de Belogorsk para que se te quite esa tontería de la cabeza. Tu madre, al enterarse del duelo y saber que estabas herido, ha enfermado de pena y ahora está en cama. ¿Qué será de ti? Ruego a Dios que te corrijas, aunque no me atrevo a tener mucha confianza en su gran misericordia. Tu padre, A. G.”

La lectura de esta carta despertó en mí sentimientos diversos. Me ofendieron profundamente los hirientes términos que mi padre empleaba tan pródigamente. La indiferencia con que mencionaba a María Ivánovna me pareció tan inconveniente como injusta. En fin, la idea de mi traslado de la fortaleza de Belogorsk me horrorizaba, pero lo que más me afligió fue la noticia de la enfermedad de mi madre. Estaba furioso contra Savélich, dando por seguro que mis padres se habían enterado del duelo por su medio. Después de ir y venir durante algún tiempo por mi estrecho cuarto, me detuve ante Savélich y le dije mirándole terriblemente:
— Ya se ve que no te basta que me encuentre herido por tu culpa y haya estado todo un mes al borde de la sepultura; también quieres matar a mi madre.
Savélich se sintió como fulminado por un rayo.
— ¡Por Dios, señor mío! — exclamó casi sollozando —. ¿Qué es lo que dice? ¿Que tengo la culpa de su herida? ¡Dios es testigo de que corría a defenderlo con mi pecho de la espada de Alexéi Ivánich! Si no llegué a tiempo fue porque me lo impidió mi maldita vejez. ¿Y qué le he hecho a su madrecita?
— ¿Que qué le has hecho? — repetí —. ¿Quién te pidió que escribieras informando de lo que hago? ¿Acaso te han puesto para espiarme?
— ¿Yo? ¿Que he escrito acerca de usted? — replicó Savélich con lágrimas en los ojos —. ¡Oh, Dios, rey de los cielos! Tenga a bien leer lo que me escribe el señor: verá si le he delatado.
Savélich sacó una carta del bolsillo y leí lo siguiente:

“Vergüenza debía darte, perro viejo, de no haberme tenido al corriente de las andanzas de mi hijo Piotr Andréie-vich, a pesar de mis severas órdenes y de que personas extrañas se hayan visto obligadas a informarme de sus travesuras. ¿Así cumples los deberes de tu cargo y la voluntad de tu señor? Yo te enviaré, ¡viejo perro!, a cuidar cerdos, por haberme ocultado la verdad y haber protegido a ese jovencito. Al recibo de estas líneas, te ordeno que me escribas inmediatamente diciendo cómo está de salud y si es verdad, según me escriben, que ha mejorado; dime también en qué parte del cuerpo exactamente fue herido y si le han atendido bien.”

Estaba claro que Savélich decía la verdad y que yo le había calumniado injustamente con mis reproches y sospechas. Le pedí perdón, pero el viejo estaba inconsolable.
— ¡A lo que he llegado! — repetía —. ¡Vaya unas mercedes que he ganado de mis señores! ¡Que soy un perro viejo y un porquero, y, encima, el culpable de su herida! No, señor mío, Piotr Andreich, no soy yo, sino el maldito musie el culpable de todo. ¡El fue quien le enseñó a pinchar a la gente con esas saetas de hierro y a golpear con el pie en el suelo, como si pinchando y dando golpes pudiera librarse de una mala persona! ¡No sé qué falta hacía traer a un musié y gastar tanto dinero!
¿Quién, pues, habría informado a mi padre acerca de mi comportamiento? ¿El general? No parecía ocuparse mucho de mí; en cuanto a Iván Kuzmich, no había considerado necesario dar parte del duelo. Me perdía en conjeturas. Mis sospechas se detuvieron en Shvabrin. Sólo él podía sacar partido de una denuncia cuyo resultado tal vez fuese mi alejamiento de la fortaleza y mi ruptura con la familia del comandante. Fui a contárselo todo a María Ivánovna. Me recibió en el porche.
— ¿Qué le pasa? — exclamó al verme —. ¡Qué pálido está usted!
— ¡Todo ha terminado! — respondí, y puse en sus manos la carta de mi padre.
Ella palideció a su vez. Después de leer la carta, me la devolvió con mano trémula y me dijo, demudada la voz:
— Por lo visto, no es mi sino... Sus padres no me quieren en su familia. ¡Que se cumpla la voluntad de Dios! El sabe mejor que nosotros lo que nos es necesario. No podemos hacer nada, Piotr Andreich; por lo menos, que sea usted feliz...
— ¡Eso es imposible! — exclamé, tomando vivamente su mano —: tú me quieres; yo estoy dispuesto a todo. Vamos, arrojémonos a los pies de tus padres; son gentes sencillas y no unos crueles orgullosos... Ellos nos darán su bendición, nos casaremos... y después, con el tiempo, estoy seguro de que ablandaremos el corazón de mi padre; mi madre estará de nuestra parte y él me perdonará...
— No, Piotr Andreich — repuso Masha —, no me casaré contigo sin la bendición de tus padres. Sin su bendición, no serás dichoso. Acatemos la voluntad de Dios. Si un día encuentras a la que te está destinada, si amas a otra, que Dios te proteja, Piotr Andreich. Yo... por vosotros dos...
Rompió en sollozos y se fue de mi lado; quise seguirla, pero sentí que no sería capaz de dominarme y regresé a casa.
Estaba sumido en profundas meditaciones cuando, de pronto, Savélich interrumpió mis pensamientos.
— Tome, señor mío — dijo, entregándome una hoja de papel escrito —. Mire si he denunciado a mi señor y si trato de enemistar al hijo con el padre.
Era la respuesta de Savélich a la carta que había recibido. Hela aquí, palabra por palabra:

“Señor Andréi Petróvich, nuestro misericordioso padre.
He recibido su generosa carta, en la que se ha dignado enojarse conmigo, siervo suyo, diciéndome que debería darme vergüenza de no cumplir las órdenes de mi señor. Pero yo no soy un perro viejo, sino su fiel servidor, cumplo las órdenes de mi señor y le he servido siempre con celo y así he vivido hasta cubrirme de canas. En cuanto a la herida de Piotr Andreich, no le escribí nada para no asustarles en vano. He sabido que la señora, nuestra madre Avdotia Vasílievna, ha caído en cama del susto y rezaré a Dios por su salud. Piotr Andreich fue herido debajo del hombro derecho, en el pecho, bajo el mismo hueso, y su herida tenía vershok* y medio de profundidad. Guardó cama en la casa del comandante de la fortaleza, a donde le llevamos desde la orilla del río, y le curó Stepán Paramónov, el barbero de aquí. Ahora, Piotr Andreich, gracias a Dios, está sano, y de él sólo se pueden escribir cosas buenas. Sus superiores, según dicen, están satisfechos de él, y para Vasilisa Egórovna es como un verdadero hijo. Si le ha ocurrido este incidente, es propio de un joven ser arrebatado. Hasta el caballo, con sus cuatro patas, tropieza. Y usted se ha dignado escribir que me enviaría a cuidar los cerdos. Pues bien, que se haga su voluntad. Sin más, se inclina humildemente su fiel siervo,
Arjip Savéliev”.

(* Vershok: antigua medida rusa de longitud equivalente a 4,4 cm)


No pude dejar de sonreír varias veces leyendo la carta del buen viejo. Me sentía incapaz de responder a mi padre y, para tranquilizar a mi madre, la carta de Savélich me pareció suficiente.
A partir de aquel día mi situación cambió. María Ivánovna no me hablaba casi y procuraba rehuirme por todos los medios. La casa del comandante perdió todo su encanto para mi, y poco a poco me fui acostumbrando a la soledad de mi habitación. Al principio, Vasilisa Egórovna me recriminaba, pero luego, al ver mi obstinación, me dejó tranquilo. A Iván Kuzmich le veía sólo para asuntos del servicio. Con Shvabrin hablaba raras veces y a disgusto, tanto más cuanto notaba en él una secreta hostilidad que confirmaba mis sospechas. La vida se me hizo insoportable. Me entregué a sombrías meditaciones, que alimentaban el ocio y la soledad. Mi amor, avivado por el aislamiento, se convertía más y más en una tortura. Perdí el gusto por la lectura y la poesía. Mis ánimos decayeron. Tenía miedo de volverme loco o de caer en el libertinaje. Sucesos inesperados que debían tener graves repercusiones en toda mi vida dieron de pronto a mi alma una conmoción fuerte y bienhechora.


CAPITULO VI


LA INSURRECCION DE PUGACHOV

Vosotros, jóvenes, escuchad,
Lo que nosotros, viejos, os contaremos.


Canción

Antes de iniciar la descripción de los extraños sucesos de que fui testigo, debo decir algunas palabras acerca de la situación en que se hallaba la provincia de Orenburgo a fines de 1773.
Esta vasta y rica provincia estaba habitada por numerosos pueblos semisalvajes, que sólo poco antes habían sido sometidos a la autoridad de los soberanos rusos. Sus frecuentes revueltas, su ignorancia de las leyes y de la vida civilizada, su inconstancia y su crueldad exigían una vigilancia incesante por parte del gobierno a fin de tenerlos sometidos. Se construían fortalezas en los lugares considerados más a propósito, donde habitaban fundamentalmente cosacos, antiguos dueños de las orillas del Yaík. Pero los cosacos del Yaík, que debían mantener la paz y la seguridad de estos parajes, eran de algún tiempo a esta parte súbditos intranquilos y peligrosos para el gobierno. En 1772 estalló una revuelta en su principal ciudadela. Originaron la revuelta las rigurosas medidas tomadas por el mayor general Traubenberg para establecer la disciplina entre las tropas. El resultado fue el bárbaro asesinato de Traubenberg, el establecimiento de un mando de cosacos y, en fin, la represión de la revuelta con metralla y crueles castigos.
Esto había ocurrido poco antes de mi llegada a la fortaleza de Belogorsk. Todo estaba ya tranquilo o, al menos, así lo parecía. Las autoridades creyeron con demasiada ligereza en el falso arrepentimiento de los astutos insurrectos, que guardaban un secreto rencor y esperaban el momento propicio para recomenzar los desórdenes.
Vuelvo a mi relato.
Una noche (esto fue a comienzos de octubre de 1773), estaba yo solo en mi casa, oyendo el rugido del viento otoñal y mirando por la ventana las nubes que corrían ante la luna, cuando vinieron a llamarme de parte del comandante. Inmediatamente me puse en camino. En la casa del comandante encontré a Shvabrin, a Iván Ignátich y al uriádnik cosaco. En la habitación no estaban ni Vasilisa Egorovna ni María Ivánovna. El comandante me saludó con aspecto de preocupación. Cerró la puerta, nos hizo sentar a todos, menos al uriádnik, que permaneció de pie junto a la puerta, sacó un papel del bolsillo y nos dijo:
— ¡Señores oficiales, hay una importante novedad! Escuchen lo que escribe el general.
Se puso las gafas y nos leyó lo siguiente:

“Al señor comandante de la fortaleza de Belogorsk, capitán Mirónov.
Secreto

Por la presente pongo en su conocimiento que Emelián Pugachov, cosaco del Don y cismático que estaba detenido, se ha escapado de la prisión y cometido la imperdonable desvergüenza de adoptar el nombre del difunto emperador Pedro III. Ha reunido una banda de facinerosos, provocado una revuelta en los poblados del Yaík, tomado y devastado ya varias fortalezas, cometiendo por doquier saqueos y asesinatos. Por lo tanto, al recibir la presente, deberá usted, señor capitán, tomar con rapidez las medidas pertinentes para rechazar a dicho bandido e impostor y, si es posible, incluso para su absoluto aniquilamiento en caso de atacar la fortaleza confiada a su mando”.

— ¡Tomar las medidas pertinentes! — repitió el comandante, después de quitarse las gafas y doblar el papel —. ¡Es fácil decirlo! El malvado, por lo visto, es fuerte, y nosotros tenemos en total ciento treinta hombres, sin contar a los cosacos, que son poco seguros, y no es un reproche para ti, Maxímich. (El uriádnik sonrió.) Sin embargo, señores oficiales, ¡qué vamos a hacer! Estén ustedes preparados, designen las guardias y las rondas nocturnas; en caso de ataque, cierren el portón y hagan salir a los soldados. Tú, Maxímich, vigila bien a tus cosacos. Revisen el cañón y limpíenlo bien. Pero, sobre todo, mantengan esto en secreto para que nadie pueda en la fortaleza enterarse antes de tiempo.
Después de habernos transmitido sus órdenes, Iván Kuzmich nos dejó marchar. Salí con Shvabrin, hablando de lo que acabábamos de oír.
— ¿En qué crees que terminará todo esto? — le pregunté.
— Sólo Dios lo sabe — me contestó —; veremos. Todavía no hay nada grave... Pero si... — quedó pensativo y comenzó a silbar distraído un aria francesa.
A pesar de todas las precauciones, la noticia de la aparición de Pugachov recorrió la fortaleza. Iván Kuzmich, aunque respetaba mucho a su mujer, no le hubiera revelado por nada del mundo un secreto concerniente a su servicio. Al recibir la carta del general, Iván Kuzmich encontró un medio muy ingenioso para lograr que Vasilisa Egórovna saliera de la casa. El padre Guerásim, le dijo, había recibido noticias extraordinarias de Orenburgo y las guardaba en riguroso secreto. Vasilisa Egórovna quiso instantáneamente visitar a la popesa, y, aconsejada por Iván Kuzmich, se llevó a Masha para que no se aburriera sola.
Al quedarse en calidad de amo completo de la casa, Iván Kuzmich nos mandó llamar sin demora; en cuanto a Palashka, la encerró en la despensa para que no pudiera oír nuestra conversación.
Vasilisa Egórovna volvió a su casa sin obtener nada de la popesa, pero se enteró de que, en su ausencia, Iván Kuzmich había celebrado una reunión y que Palashka había sido encerrada. Comprendió el engaño de su marido y se dispuso a hacerle hablar. Pero Iván Kuzmich estaba preparado para rechazar el ataque. Ni siquiera se inmutó y respondió airosamente a su curiosa mitad:
— ¿Sabes, madrecita? A nuestras mujeres se les ha ocurrido encender los hornos con paja y, como puede ocurrir alguna desgracia, he dado la orden rigurosa de que en lo sucesivo no los enciendan más así, sino con ramas.
— Entonces, ¿por qué has encerrado a Palashka? — preguntó la comandanta —. ¿Por qué la pobre muchacha ha estado en la despensa hasta que llegamos?
Iván Kuzmich no esperaba esa pregunta; se turbó y balbuceó algo incoherente. Vasilisa Egórovna comprendió la perfidia de su marido, pero sabiendo que no sacaría nada en limpio de él, le dejó de preguntar y empezó a hablar de los pepinos salados, que Akulina Pamfílovna preparaba de una manera especial. Durante toda la noche Vasilisa Egórovna no logró conciliar el sueño, preguntándose qué ocultaría su marido en la cabeza que ella no pudiera saber.
Al día siguiente, cuando regresaba de misa, Vasilisa Egórovna vio que Iván Ignátich sacaba del cañón trapos, piedras, astillas, tablas y toda la basura que habían ido metiendo allí los niños.
“¿Qué significarán esos preparativos militares? — pensó la comandanta —. ¡No se esperará un ataque de los kirguises? Pero ¿será posible que Iván Kuzmich me oculte una tontería así?”
Vasilisa Egórovna llamó a Iván Ignátich con la firme intención de arrancarle el secreto que martirizaba su curiosidad de mujer.
Le hizo varias observaciones referentes a la casa, como el juez que inicia una investigación con preguntas alejadas del asunto para envolver la disposición del interrogado. Después de guardar silencio algunos minutos, Vasilisa Egórovna suspiró profundamente y dijo, moviendo la cabeza:
— ¡Ay, Dios mío! ¡Fíjate qué novedades! ¿Qué ocurrirá?
— ¡No se preocupe, madrecita! — replicó Iván Ignátich —. Dios es misericordioso: tenemos bastantes soldados y mucha pólvora, yo mismo he limpiado el cañón. Quizá rechacemos a Pugachov. Si Dios no nos abandona, el lobo no nos comerá.
— ¿Y qué hombre es ese Pugachov? — preguntó la comandanta.
Iván Ignátich comprendió entonces que había hablado de más y se mordió la lengua. Pero ya era tarde. Vasilisa Egórovna le obligó a confesarlo todo, dándole palabra de no contárselo a nadie.
Vasilisa Egórovna cumplió su promesa y no dijo una palabra a nadie excepto a la mujer del pope, y eso sólo porque su vaca pastaba en la estepa, donde podía ser robada por los malhechores.
Al poco tiempo todo el mundo hablaba de Pugachov. Los comentarios eran diversos. El comandante mandó al uriádnik a los pueblos y fortalezas vecinas para informarse detalladamente. El uriádnik regresó a los dos días, anunciando que en la estepa, a unas sesenta verstas de la fortaleza, había visto muchas fogatas y que los bashkires le habían dicho que se acercaba una fuerza terrible. En realidad, no pudo decir nada preciso porque había tenido miedo de ir más lejos.
Entre los cosacos de la fortaleza se observaba una agitación poco común; en cada calle se veían grupos que hablaban en voz baja entre sí y se separaban al ver a algún dragón o soldado de la guarnición. Se enviaron espías a sus filas. Yulái, un kalmuko converso, hizo una importante declaración al comandante. Según sus palabras, los informes del uriádnik eran falsos; al regreso, el astuto cosaco manifestó a sus compañeros que había estado con los rebeldes, que se había presentado a su mismo jefe, el cual le había permitido besar su mano y con quien había hablado largo rato. El comandante de la fortaleza mandó a arrestar inmediatamente al uriádnik y designó a Yulái en su cargo. Esta noticia fue recibida por los cosacos con manifiesto descontento. Murmuraban en voz alta, e Iván Ignátich, el ejecutor de la orden, les había oído decir: “¡Ya te tocará lo tuyo, rata de guarnición!” El comandante pensaba interrogar aquel mismo día a su prisionero, pero el uriádnik huyó, probablemente ayudado por cómplices.
Una nueva circunstancia aumentó la inquietud del comandante. Había sido atrapado un bashkir que distribuía hojas subversivas. Por este motivo el comandante decidió reunir nuevamente a sus oficiales y, para ello, intentó alejar otra vez a Vasilisa Egórovna buscando algún pretexto adecuado. Pero como Iván Kuzmich era un hombre muy abierto y sincero, no halló otro medio que el que ya había empleado.
— Escucha, Vasilisa Egórovna — comenzó carraspeando —, dicen que el padre Guerásim ha recibido de la ciudad...
— Deja de mentir, Iván Kuzmich — le interrumpió la comandanta —; por lo visto, quieres celebrar una reunión y hablar de Emilián Pugachov en mi ausencia, pero esta vez no me engañarás.
Iván Kuzmich abrió desmesuradamente los ojos.
— ¡Bueno, madrecita! — exclamó —. Puesto que ya lo sabes todo, quédate, si quieres; hablaremos delante de ti.
— Eso es otra cosa, padrecito — respondió ella —; tú sabes que la astucia no es tu fuerte. Manda llamar a los oficiales.
Nos reunimos otra vez, Iván Kuzmich, en presencia de su mujer, nos leyó el llamamiento de Pugachov, escrito por algún cosaco semianalfabeto. El bandido anunciaba su intención de avanzar inmediatamente sobre nuestra fortaleza; invitaba a los cosacos y a los soldados a enrolarse en su banda; a los jefes les aconsejaba no oponer resistencia, amenazándoles con la muerte en caso contrario. El llamamiento estaba escrito en términos groseros pero enérgicos, y debía causar una peligrosa impresión en el espíritu de las gentes sencillas.
— ¡Qué canalla! — exclamó la comandanta —. ¡Ven lo que se atreve a proponernos! ¡Que salgamos a su encuentro y coloquemos nuestras banderas a sus pies! ¡Ay, hijo de perra! ¿Acaso no sabe que llevamos cuarenta años de servicio y que, gracias a Dios, hemos visto ya de todo? ¿Será posible que haya jefes capaces de obedecer a ese bandolero?
— En realidad, no debería haberlos — respondió Iván Kuzmich —. Sin embargo, dicen que el malhechor ha tomado ya muchas fortalezas.
— Parece que, en efecto, se ha hecho fuerte —observó Shvabrin.
— Ahora sabremos su verdadera fuerza — replicó el comandante —. Vasilisa Egórovna, dame la llave del granero. Iván Ignátich, conduce aquí al bashkir y ordena a Yulái que traiga los látigos.
— ¡Espera, Iván Kuzmich! — dijo la comandanta, levantándose de su asiento —. Deja que me lleve a Masha fuera de la casa; si no, oirá los gritos y se asustará. Yo misma, a decir verdad, no soy aficionada a los interrogatorios. Quédense ustedes en paz.
La tortura estaba tan arraigada antiguamente en los procedimientos judiciales, que el benéfico decreto que la suprimió no fue aplicado durante mucho tiempo. Se creía que la confesión del criminal era indispensable para su acusación formal. Idea no sólo infundada, sino, además, contraria en absoluto al buen sentido jurídico, porque si la retractación del acusado no se admite como prueba de su inocencia, su confesión debe todavía menos ser la prueba de su culpabilidad. Aún hoy escucho a viejos jueces lamentarse de la supresión de esa bárbara costumbre. En nuestra época nadie dudaba de la necesidad de la tortura: ni los jueces ni los acusados. Así pues, la orden del comandante no extrañó ni inquietó a nadie. Iván Ignátich fue en busca del bashkir — la comandanta lo tenía bajo llave en el granero —, y a los pocos minutos el prisionero fue conducido al vestíbulo. El comandante ordenó que lo hicieran pasar a su presencia.
El bashkir traspuso con dificultad el umbral de la puerta (estaba encadenado) y, quitándose su alto gorro, se detuvo en la entrada. Le miré y me estremecí. Jamás olvidaré a aquel hombre. Representaba más de setenta años. No tenía nariz ni orejas y su cabeza estaba rapada. Algunos raros pelos grises se asomaban en lugar de la barba; era de baja estatura, flaco y encorvado, pero en sus ojos mongólicos todavía brillaba el fuego.
— ¡Ah! — exclamó el comandante, reconociendo en él, por sus horribles extirpaciones, a uno de los insurrectos castigados en 1741 —. Se ve que eres un lobo viejo que ya has caído en nuestros cepos. No es la primera vez que te sublevas, puesto que tienes la cabeza rapada. Acércate más y dime quién te ha enviado.
El viejo bashkir guardaba silencio y miraba al comandante estúpidamente.
— ¿Por qué callas? — continuó Iván Kuzmich —. ¿O no entiendes ni palabra de ruso? Yulái, pregúntale en su lengua quién lo ha enviado a nuestra fortaleza.
Yulái repitió en tártaro la pregunta de Iván Kuzmich. Pero el bashkir le miró con la misma expresión y no respondió una sola palabra.
— Yakshí* — dijo el comandante —, ya te haré hablar. ¡Muchachos! Quítenle esa ridicula bata a rayas y cósanle la espalda. Fíjate, Yulái: ¡pégale bien!
(*Yakshí: en bashkiro, bien.)
Dos veteranos comenzaron a desnudar al bashkir. El rostro del desgraciado reveló inquietud. Miraba hacia todos los lados como una bestia acorralada. Uno de los veteranos le tomó por las manos y, colocándoselas junto al cuello, le alzó sobre sus hombros, mientras Yulái levantaba el látigo y lo hizo restallar. El bashkir gimió con voz débil y suplicante: meneó la cabeza y abrió la boca, en la que, en lugar de lengua, se movía un pequeño trozo de carne informe.
Cuando recuerdo que eso ocurrió en mi tiempo y que he llegado al pacífico reinado del emperador Alejandro, no puedo dejar de maravillarme de los rápidos adelantos de la instrucción y de la difusión de los sentimientos humanitarios. ¡Joven! Si mis apuntes caen en tus manos, recuerda que los cambios mejores y más seguros son los que se producen a consecuencia de la mejora de las costumbres, sin ninguna conmoción violenta.
Todos nos quedamos atónitos.
— Bien — dijo el comandante —; por lo visto, no sacaremos nada en limpio de él. Yulái, lleva al bashkir al granero. Nosotros, señores, tenemos todavía que hablar.
Comenzamos a discutir acerca de nuestra situación, cuando Vasilisa Egórovna, toda jadeante, con el rostro extraordinariamente alarmado, entró de pronto en la sala.
— ¿Qué te ha ocurrido? — interrogó, sorprendido, el comandante.
— ¡Padrecito, una desgracia! — repuso Vasilisa Egórovna —. La fortaleza de Nizhneozérnaia ha sido tomada hoy por la mañana. El criado del padre Guerásim acaba de llegar de allá. El ha visto cómo la asaltaban. El comandante y todos los oficiales han sido ahorcados. Los soldados fueron hechos prisioneros. Los malhechores pueden estar aquí en seguida.
La inesperada noticia me causó gran impresión. Al comandante de la fortaleza de Nizhneozérnaia, un joven silencioso y modesto, le conocía: dos meses antes había pasado, camino de Orenburgo, con su joven esposa, y parado en la casa de Iván Kuzmich. Nizhneozérnaia se hallaba a unas veinticinco verstas de nuestra fortaleza. De un momento a otro debíamos esperar el ataque de Pugachov. En el acto me imaginé claramente la suerte que correría María Ivánovna y se me heló el corazón.
— ¡Escúcheme, Iván Kuzmich! — dije al comandante —. Nuestro deber es defender la fortaleza hasta el último aliento; no hay ni que hablar de ello. Pero debemos pensar en la seguridad de las mujeres. Envíelas a Orenburgo, si el camino está libre aún, o a alguna fortaleza más apartada y más segura, a la que no puedan llegar los bandidos.
Iván Kuzmich se volvió hacia su mujer y le dijo:
— Oye, madrecita, ¿no sería mejor, en efecto, que las enviase más lejos, mientras nosotros ajustamos las cuentas a los insurrectos?
— ¡Qué tonterías! — respondió la comandanta —. ¿Dónde hay una fortaleza que no puedan alcanzar las balas? ¿Por qué la fortaleza de Belogorsk es menos segura? Gracias a Dios, hace ya veinte y un años que vivimos en ella. ¡Hemos visto a los bashkires y a los kirguises! ¡Quizá nos salvaremos también de Pugachov!
— Bueno, madrecita — accedió Iván Kuzmich —, quédate, ya que confías en nuestra fortaleza. Ahora bien, ¿qué haremos con Masha? No ocurrirá nada si rechazamos el ataque o si recibimos refuerzos, pero, ¿y si los malhechores toman la fortaleza?
— Bueno, entonces... — Vasilisa Egórovna se detuvo. Su rostro revelaba extraordinaria inquietud.
— No, Vasilisa Egórovna — prosiguió el comandante al notar que sus palabras habían surtido efecto, quizá por primera vez en su vida —. Masha no se debe quedar aquí. La enviaremos a Orenburgo, a casa de su madrina. Allí hay tropas y cañones suficientes y la muralla es de piedra. En cuanto a ti, te aconsejaría que fueras con ella. Es verdad que ya eres vieja, pero imagínate qué sería de ti si tomasen la fortaleza por asalto.
Bien — asintió la comandanta —; de acuerdo, enviaremos a Masha. Pero a mí no me lo pidas ni siquiera en sueños: no me iré. No tengo por qué separarme de ti en el umbral de la vejez y buscar una tumba solitaria en tierras desconocidas. Juntos hemos vivido, juntos moriremos.
— Tienes razón — dijo el comandante —. Bueno, no hay tiempo que perder. Ve a preparar las cosas de Masha para el viaje. Saldrá mañana, a primera hora, y le daremos una escolta, aunque no nos sobra gente. ¿Pero dónde está Masha?
— En casa de Akulina Pamfílovna — respondió la comandanta —. Se desmayó al oír la noticia de la toma de Nizhneozérnaia; temo que se enferme. ¡Dios todopoderoso, en qué tiempos vivimos!
Vasilisa Egórovna se fue a preparar el viaje de su hija. En la casa del comandante se prolongó la conversación, pero yo no podía ya intervenir en ella ni oía nada. María Ivánovna, pálida y llorosa, llegó a la hora de la cena. Cenamos en silencio y nos levantamos de la mesa antes que de costumbre; nos despedimos de toda la familia y nos dirigimos cada cual a su casa. Pero yo olvidé intencionadamente mi espada y volví a buscarla: tenía el presentimiento de que hallaría sola a María Ivánovna. Efectivamente, me esperaba en la puerta y me entregó la espada.
— ¡Adiós, Piotr Andreich! — me dijo con lágrimas en los ojos —. Me envían a Orenburgo. Quede usted con vida y sea feliz. Quizá Dios nos depare la alegría de vemos otra vez; si no...
Y se deshizo en sollozos.
Yo la estreché entre mis brazos.
— ¡Adiós, ángel mío — le dije —, adiós, mi adorada! ¡Ocurra lo que me ocurra, ten la seguridad de que mi último pensamiento y mi última oración serán para ti!
Masha sollozaba, reclinando su cabeza contra mi pecho. La besé ardientemente y me apresuré a salir de la habitación.



CAPITULO VII


EL ASALTO


Cabecita, cabecita mía,
Cabeza de soldado veterano,
Sirvió mi cabecita
Justo treinta y tres años.
¡Ah!, no se ganó mi cabecita
Riquezas ni alegrías,
Ni una palabra buena,
Ni un elevado rango.
Sólo se ganó mi cabecita
Dos altos palos,
Y un buen travesano de arce
Y una soguita de seda.

Canción popular


Aquella noche ni me desnudé ni dormí. Tenía la intención de ir al amanecer a la puerta de la fortaleza por la que debía salir María Ivánovna y despedirme de ella por última vez. Notaba en mí un gran cambio: la agitación de mi alma me pesaba mucho menos que la melancolía en que había caído, poco antes. Se fundían en mi ser, con la tristeza de la separación, unas vagas ilusiones, aunque dulces; la impaciente espera del peligro y un sentimiento de noble ambición. La noche transcurrió insensiblemente. Ya me disponía a salir cuando se abrió la puerta: el cabo venía a decirme que nuestros cosacos, por la noche, habían abandonado la fortaleza, llevándose por la fuerza a Yulái, y que en torno a ésta cabalgaban hombres desconocidos. La idea de que María Ivánovna no tuviera tiempo de salir me horrorizó; di rápidamente algunas órdenes al cabo y me precipité a la casa del comandante.
Amanecía ya. Volaba más que corría por la calle cuando de pronto oí que alguien me llamaba. Me detuve.
— ¿A dónde va usted? — me preguntó Iván Ignátich, dándome alcance —. Iván Kuzmich está en el bastión y me ha enviado en su busca. Ha llegado Pugachov.
— ¿Ha partido María Ivánovna? — pregunté con el corazón latiéndome anhelante.
— No le ha dado tiempo — respondió Iván Ignátich —. El camino de Orenburgo ha sido cortado y la fortaleza está cercada. ¡Mal van las cosas, Piotr Andreich!
Nos encaminamos hacia el bastión, una altura formada por la naturaleza, donde una estacada servía de fortificación. Allí se congregaban ya todos los habitantes de la fortaleza. La guarnición estaba preparada para hacer fuego. El cañón había sido trasladado allí la víspera. El comandante de la fortaleza iba y venía ante su poco numerosa tropa. La proximidad del peligro comunicaba al viejo combatiente unos ánimos extraordinarios. Por la estepa, a no mucha distancia de la fortaleza, caracoleaban unos veinte jinetes. Parecían cosacos, pero entre ellos había también bashkires, fáciles de distinguir por sus gorros de piel de lince y sus aljabas. El comandante pasó revista a los soldados y les dijo:
— Bien, hijitos, hoy defenderemos a la madrecita soberana y demostraremos a todo el mundo que somos hombres bravos y fieles a la fe jurada.
Los soldados asintieron en voz alta. Shvabrin estaba a mi lado y escrutaba fijamente al enemigo. Los hombres que cabalgaban por la estepa, al observar movimiento en la fortaleza, se agruparon y comenzaron a hablar entre sí. El comandante ordenó a Iván Ignátich que apuntara el cañón contra el grupo y él mismo encendió la mecha. La bala del cañón zumbó y pasó volando sobre ellos, sin causar ningún daño. Los jinetes se dispersaron y desaparecieron inmediatamente. La estepa quedó desierta.
En aquel momento apareció en el bastión Vasilisa Egorovna, seguida de Masha, que no se había querido separar de ella.
— ¿Qué tal? — preguntó la comandanta —. ¿Cómo va la batalla? ¿Dónde está el enemigo?
— El enemigo no está lejos — replicó Iván Kuzmich —. Si Dios quiere, todo terminará felizmente. ¿Qué, Masha? ¿Tienes miedo?
— No, papá — contestó María Ivánovna —; más miedo me da estar sola en casa.
Me miró e hizo un esfuerzo para sonreírme. Apreté inconscientemente el puño de mi espada como para defender a mi amor, al recordar que anoche la había recibido de sus manos. Mi corazón ardía. Me imaginaba ser su caballero. Sediento de probarle que era digno de su confianza, me puse a esperar con impaciencia el minuto decisivo.
En aquel instante, en lo alto de una colina, aparecieron nuevos grupos de jinetes. Se hallaban a media versta de la fortaleza y pronto toda la estepa estuvo sembrada de un sinnúmero de hombres con lanzas y aljabas. En medio de ellos cabalgaba, a lomo de un caballo blanco, un hombre vestido con un caftán rojo que blandía su sable desenvainado: era Pugachov en persona. Se detuvo; todos le rodearon y, al parecer por orden suya, cuatro hombres se separaron del grupo y galoparon hasta la misma fortaleza. Reconocimos a nuestros traidores. Uno de ellos alzaba por encima de su gorro una gran hoja de papel; otro enarbolaba una lanza con la cabeza de Yulái, que sacudió violentamente y arrojó hasta nosotros por encima de la empalizada. La cabeza del pobre kalmuko cayó a los pies del comandante. Los traidores gritaban.
— ¡No disparen; salgan a recibir al soberano! ¡El soberano está aquí!
— ¡Aquí tiene mi recibimiento! — gritó Iván Kuzmich —. ¡Muchachos, disparen!
Nuestros soldados hicieron una descarga. El cosaco que sostenía el mensaje osciló sobre su caballo y se desplomó; los otros galoparon en retirada. Eché una mirada a María Ivánovna. Atónita al ver la cabeza ensangrentada de Yulái, ensordecida por la descarga, parecía sin conocimiento. El comandante ordenó a un cabo que arrancara la hoja de papel de la mano del cosaco muerto. El cabo salió al campo y volvió, llevando de la rienda el caballo del muerto. Entregó el papel al comandante. Iván Kuzmich lo leyó para sí y lo rompió en pedazos. Mientras tanto, los insurrectos, por lo visto, se preparaban a atacar. Pocos minutos más tarde las balas comenzaron a silbar junto a nuestros oídos, y unas cuantas flechas se clavaron alrededor de nosotros en la tierra y en la empalizada.
— ¡Vasilisa Egórovna! — exclamó el comandante —. Esto no es cosa de mujeres; llévate a Masha. Fíjate: está más muerta que viva.
Vasilisa Egórovna, a la que las balas habían hecho callar, observó la estepa, en la que se notaba una gran agitación; luego se dirigió a su marido y le dijo:
— Iván Kuzmich, Dios es dueño de la vida y de la muerte; bendice a Masha. Masha, acércate a tu padre.
La muchacha, pálida y temblorosa, se aproximó a Iván Kuzmich, se arrodilló ante él y se inclinó profundamente. El viejo comandante la bendijo tres veces; luego la levantó y, besándola, le dijo con voz trémula de emoción:
— Bueno, Masha, que seas feliz. Reza a Dios. No te abandonará. Si encuentras a un hombre honrado, que Dios les dé amor y concordia. Vivan como hemos vivido Vasilisa Egórovna y yo. Bueno, adiós, Masha. Vasilisa Egorovna, llévatela. (Masha se arrojó a su cuello y prorrumpió en sollozos.)
— Besémonos también nosotros — dijo, llorando, la comandanta —. Adiós, mi Iván Kuzmich. ¡Perdóname si te he ofendido en algo!
— ¡Adiós, adiós, madrecita! — dijo el comandante abrazando a su vieja —. ¡Bueno, basta! Márchense, márchense a casa; y si tienes tiempo, ponle un sarafán a Masha*.
(* Sarafán era en aquellos tiempos una prenda de las campesinas. Iván Kuzmich recomienda a ponerla a Masha para que los cosacos no la tomaran por la hija del comandante de la fortaleza.)
La comandanta y su hija se retiraron. Mis ojos siguieron a María Ivánovna; ella se volvió y me hizo una señal con la cabeza. Iván Kuzmich se unió a nosotros, y a partir de entonces toda su atención estuvo concentrada en el enemigo. Los insurrectos rodeaban a su jefe y de pronto comenzaron a bajar de los caballos.
— Ahora esperen a pie firme — dijo el comandante —; empieza el asalto...
En aquel momento se oyeron alaridos y gritos horribles: los insurrectos corrían hacia la fortaleza. Nuestro cañón ya estaba cargado. El comandante dejó acercarse al enemigo hasta la mínima distancia y disparó otra vez. La metralla cayó en el mismo centro de la muchedumbre. Los rebeldes se apartaron a los lados y retrocedieron. Su jefe quedó solo delante... Blandía el sable y parecía alentar ardientemente a sus hombres... Los gritos y los alaridos, que habían cesado un instante, se reanudaron en el acto.
— Bueno, muchachos — dijo el comandante —, ahora, abran la puerta y toquen el tambor. ¡Muchachos, adelante, al ataque, síganme!
El comandante, Iván Ignátich y yo nos encontramos en un abrir y cerrar de ojos al otro lado del bastión, pero la guarnición, intimidada, no se movió de su sitio.
— ¿Por que se quedan ahí? — gritó Iván Kuzmich —. Si hay que morir, moriremos. ¡Así es el servicio militar!
En aquel instante los insurrectos se abalanzaron sobre nosotros e irrumpieron en la fortaleza. El tambor calló; la guarnición arrojó los fusiles; yo fui derribado, pero pude levantarme en seguida y entré en la fortaleza con los insurrectos. El comandante, herido en la cabeza, estaba de pie en medio de un grupo de malhechores que le exigían las llaves. Me lancé en su ayuda: varios cosacos muy corpulentos se apoderaron de mí y me ataron con sus cinturones, diciéndome:
— ¡Ya recibirás tú merecido por no obedecer al zar!
Nos arrastraron por las calles; la población salía de las casas con el pan y la sal. Tañía la campana. De pronto alguien gritó entre la muchedumbre que el soberano esperaba en la plaza a los prisioneros para tomarles juramento. La gente se precipitó hacia la plaza; nosotros fuimos conducidos también allí.
Pugachov estaba sentado en un sillón, en el porche de la casa del comandante. Vestía un rojo caftán con galones. Un alto gorro de marta cebellina con borlas de oro le caía sobre los chispeantes ojos. Su rostro me pareció conocido. Los jefes cosacos le rodeaban. El padre Guerásim, pálido y tembloroso, se hallaba frente al porche con la cruz en la mano y parecía implorar en silencio el perdón para los desgraciados que tenía ante sí. En la plaza montaban rápidamente una horca. Al acercarnos nosotros, los bashkires apartaron a la gente y nos llevaron a presencia de Pugachov. La campana había enmudecido; reinaba un profundo silencio.
— ¿Quién es el comandante? — preguntó el impostor.
Nuestro uriádnik salió de la muchedumbre y señaló a Iván Kuzmich. Pugachov miró severo al anciano y le dijo:
— ¿Cómo has osado hacerme frente a mí, a tu soberano?
El comandante, muy debilitado por sus heridas, concentró sus últimas fuerzas y respondió con voz firme:
— Tú no eres mi soberano, ¿oyes? Tú eres un infame y un impostor.
Pugachov, sombrío, frunció el ceño y agitó un pañuelo blanco. Varios cosacos se apoderaron del viejo capitán y lo arrastraron hacia la horca. En su travesaño apareció a horcajadas el bashkir mutilado a quien habíamos interrogado. Sostenía en sus manos una cuerda, y un minuto más tarde vi al pobre Iván Kuzmich suspendido en el aire. Entonces Iván Ignátich fue conducido ante Pugachov.
— ¡Presta juramento al soberano Piotr Fiódorovich! — le ordenó Pugachov.
— Tú no eres nuestro soberano — contestó Iván Ignátich, repitiendo las palabras de su capitán —. ¡Tú eres un infame y un impostor!
Pugachov agitó otra vez el pañuelo, y el buen teniente quedó colgado junto a su viejo jefe.
Llegó mi turno. Miraba valientemente a Pugachov, dispuesto a repetir la respuesta de mis nobles compañeros. Entonces, para mi indescriptible asombro, vi entre los jefes insurrectos a Shvabrin, con el cabello cortado en redondo y revestido de un caftán cosaco. El traidor se acercó a Pugachov y le dijo algo al oído.
— ¡Colgadle! — dijo Pugachov, ya sin mirarme.
Me echaron la cuerda al cuello. Comencé a rezar mentalmente una oración, ofreciendo a Dios el sincero arrepentimiento de todos mis pecados y rogándole que salvara a todos los seres queridos por mí. Fui llevado bajo la horca.
— No temas, no temas — repetían mis verdugos, que tal vez deseaban, en realidad, darme ánimos.
De pronto oí gritar:
— ¡Esperad, malditos! ¡Esperad!...
Los verdugos se detuvieron. Miré: Savélich estaba tirado a los pies de Pugachov.
— ¡Padre querido! — decía el pobre viejo —. ¿Qué ganas con la muerte del niño de mi señor? Suéltale, te pagarán un buen rescate; y para ejemplo y escarmiento de la gente, ordena mejor que me ahorquen a mí.
Pugachov hizo una señal e inmediatamente los verdugos me desataron y me dejaron libre.
— Nuestro padrecito te perdona — me decían.
No hubiera podido decir en aquel momento si me alegraba mi salvación; tampoco diré que la lamentaba. Mis sentimientos eran demasiado confusos. Se me condujo otra vez al impostor y se me obligó a hincar las rodillas ante él. Pugachov me tendió su mano nudosa.
— ¡Besa la mano, besa la mano! — decía la gente junto a mí.
Pero yo hubiera preferido el suplicio más espantoso a aquella infame humillación.
— ¡Señor mío Piotr Andreich! — susurraba detrás de mí Savélich, empujándome —. ¡No se obstine! ¿Qué le cuesta? Bese la mano al band... (¡uf!) y escupa después, pero bésele la mano.
Yo no me moví de mi sitio. Pugachov retiró la mano, diciendo burlonamente:
— Se ve que Su Señoría se ha quedado tonto de felicidad. ¡Levantadle!
Me alzaron y me dejaron en libertad. Seguí siendo testigo de la horrible comedia.
La población comenzó a prestar juramento. Los habitantes desfilaban uno tras otro, besaban el crucifijo y luego se arrodillaban ante el impostor. Los soldados de la guarnición estaban también allí. El sastre de la compañía, armado de sus tijeras mal afiladas, les cortaba las trenzas. Los soldados sacudían la cabeza y se acercaban después a besar la mano de Pugachov, que les concedía su perdón y les admitía en su banda. Todo aquello duró cerca de tres horas. Por último, Pugachov se levantó de su sillón y bajó los escalones del porche, acompañado de sus jefes cosacos. Le trajeron su caballo blanco, ricamente enjaezado. Dos cosacos levantaron a Pugachov por las axilas y le sentaron en la montura. Pugachov anunció al padre Guerásim que comería en su casa. En aquel instante resonó un grito de mujer. Varios bandidos arrastraron hasta el porche a Vasilisa Egórovna, desmelenada y completamente desnuda. Uno de los bandoleros se había puesto ya su justillo. Otros sacaban los colchones de pluma, las arcas, la vajilla del té, la ropa y toda clase de objetos.
— ¡Padrecitos! — gritaba la pobre vieja —. ¡Déjenme la vida! Padrecitos queridos, llévenme con Iván Kuzmich.
De pronto echó una mirada a la horca y reconoció a su marido.
— ¡Asesinos! — clamó con frenesí —. ¿Qué han hecho de él? ¡Luz mía, Iván Kuzmich, cabecita valiente de soldado! ¡No te tocaron antes ni las bayonetas prusianas ni las balas turcas; y ahora no has dejado tu vida en una lucha honrada, sino que la has perdido a manos de un presidiario fugitivo!
— ¡Haced callar a la vieja bruja! — ordenó Pugachov.
Un joven cosaco golpeó a Vasilisa Egórovna en la cabeza con su sable. La mujer se desplomó muerta en los escalones del porche. Pugachov abandonó la plaza; el pueblo se precipitó tras él.



CAPITULO VIII


UN VISITANTE NO INVITADO


El visitante no invitado es peor que un tártaro.

Proverbio

La plaza quedó desierta. Yo seguía en el mismo sitio, sin poder coordinar mis pensamientos, turbado por los horrores que acababa de presenciar.
Lo que más me atormentaba era la incertidumbre de la suerte de María Ivánovna. ¿Dónde estaba? ¿Qué habría sido de ella? ¿Habría tenido tiempo de ocultarse? ¿Sería seguro su refugio?... Lleno de angustia, entré en la casa del comandante... Todo se hallaba vacío; las sillas, las mesas, las arcas estaban rotas; la vajilla, hecha añicos; todo había sido saqueado. Subí apresuradamente la pequeña escalera que conducía a su cuarto y por primera vez en mi vida entré en la habitación de María Ivánovna. Vi su lecho revuelto por los bandidos. El armario había sido forzado y vaciado; una lamparilla ardía aún ante el vacío retablo de los iconos. También había escapado al saqueo un espejíto colgado en el entrepaño... ¿Dónde estaría la dueña de aquella apacible celda virginal? Una idea terrible cruzó por mi mente: imaginé a Masha en brazos de los bandoleros... Se me oprimió el corazón. Lloré amargamente, muy amargamente, y pronuncié en voz alta el nombre de mi amada. En aquel instante oí un ligero ruido y de detrás del armario salió Palashka, pálida y temblorosa.
— ¡Ay, Piotr Andreich! — exclamó, juntando las manos —. ¡Vaya un día! ¡Qué espanto!..
— ¿Y María Ivánovna? — pregunté impaciente —. ¿Qué ha sido de María Ivánovna?
— La señorita está viva — respondió Palashka —. Está oculta en casa de Akulina Pamfílovna.
— ¡En casa del pope! — grité horrorizado —. ¡Dios mío, si allí está Pugachov!...
Me lancé fuera de la habitación; en un abrir y cerrar de ojos estuve en la calle y corrí a la casa del sacerdote, sin ver ni sentir nada. Allí resonaban gritos, carcajadas y canciones... Pugachov estaba de festín con sus amigos. Palashka había corrido también detrás de mí. La envié a buscar sigilosamente a Akulina Pamfílovna. Un minuto más tarde, la mujer del pope salió al zaguán con una jarra vacía en la mano.
— ¡Por amor de Dios! ¿Dónde está María Ivánovna? — pregunté con una emoción imposible de explicar.
— La palomita está acostada en mi cama, detrás de un tabique — repuso la popesa —. ¡Ay, Piotr Andreich! Ha estado a punto de ocurrir una desgracia, pero, gracias a la bondad de Dios, todo ha terminado bien: el bandido acababa de sentarse a comer cuando la pobrecita se despertó y empezó a gemir... Yo me quedé fría. El la oyó: “¿Quién gime allí, vieja?” — “Mi sobrina, señor — dije yo, arrodillándome ante el infame —, está enferma; hace ya casi dos semanas que guarda cama”. — “¿Y es joven tu sobrina?” — “Es joven, señor”. — “Muéstrame, vieja, a tu sobrina”. Sentí una punzada en el corazón. Sin embargo, ¿qué hacer? “Como quieras, señor, pero la muchacha no puede levantarse y venir a tu presencia”. — “No importa, vieja, yo mismo iré a verla”. Y el condenado pasó al otro lado del tabique, ¿te das cuenta?, descorrió la cortina, miró con sus ojos de gavilán... y no pasó nada... ¡Dios nos salvó¡ Y, ¿puedes creerlo?, mi marido y yo nos preparábamos ya para morir como mártires. Por fortuna, ella, mi palomita, no le reconoció. ¡Dios todopoderoso, qué tiempos han llegado! ¡Qué horror! ¡Pobre Iván Kuzmich! ¿Quién lo hubiera pensado?... ¿Y Vasilisa Egórovna? ¡E Iván Ignátich? ¿A él, por qué?... ¿Y cómo han tenido clemencia con usted? ¿Y qué dice usted de Alexéi Ivánich Shvabrin? ¡Se ha cortado el cabello en redondo y ahora está de festín con ellos en nuestra casa! ¡Ni que decir tiene que es muy astuto! En cuanto hablé de mi sobrina enferma, él, ¿quieres creerlo?, me miró como si me atravesara con un cuchillo, pero no me delató. Por lo menos, eso tenemos que agradecerle.
En aquel instante se oyeron los ebrios gritos de los invitados y la voz del padre Guerásim. Los invitados exigían vino; el pope llamaba a su mujer. La popesa se precipitó a servirles.
— Márchese a su casa, Piotr Andreich — me dijo, toda agitada, Akulina Pamfilovna —; no tengo tiempo para ocuparme de usted; los infames están de borrachera. Ocurrirá una desgracia si cae usted ahora en sus manos. Adiós, Piotr Andreich. Que suceda lo que deba suceder. ¡Quizá Dios no nos desampare!
La popesa se marchó. Algo más tranquilo, me encaminé a mi casa. Al pasar por la plaza, vi a algunos bashkires alrededor de la horca: estaban arrancando las botas a los ahorcados; reprimí con dificultad un impulso de cólera, comprendiendo que hubiera sido inútil intervenir. Por toda la fortaleza se veía ir y venir a los bandidos que desvalijaban las casas de los oficiales. En todas partes se oían los gritos de los insurrectos borrachos.
Llegué a mi casa. Savélich me esperaba en el umbral.
— ¡Loado sea Dios! — exclamó al verme —. Pensaba que los salteadores le habían atrapado otra vez. ¡Ay, señor mío Piotr Andreich! ¿Sabe? Los ladrones nos lo han quitado todo: los trajes, la ropa, los enseres, la vajilla; no han dejado nada. ¡Pero qué vamos a hacer! ¡Gracias a Dios que le han perdonado la vida! ¿Reconoció al atamán, señor?
— No, no le he reconocido. ¿Quién es?
— ¿Cómo, señor mío? ¿Se ha olvidado del borracho que le sacó la pelliza en el albergue? Una pellicita de piel de liebre que estaba completamente nueva y que el muy bruto descosió toda al ponérsela.
Me quedé atónito. En efecto, Pugachov se parecía extraordinariamente a aquel guía. Me convencí de que Pugachov y él eran una misma persona y entonces comprendí por qué había tenido piedad de mí. No podía dejar de asombrarme el extraño encadenamiento de las circunstancias: ¡una pelliza de niño, regalada a un vagabundo, me había salvado del nudo corredizo, y un beodo, que vagabundeaba de posada en posada, asediaba fortalezas y estremecía todo el país!
— ¿No quiere comer? — preguntó Savélich, fiel a sus costumbres —.No hay nada en casa, pero voy a registrarlo todo, por si acaso, y le prepararé algo.
Al quedarme solo, me sumí en mis pensamientos. ¿Qué debía hacer? Quedarme en la fortaleza, que estaba en manos del bandido, o seguir a su banda era deshonroso para un oficial. El deber exigía que me presentase allí donde mis servicios pudieran ser todavía útiles a la patria en las difíciles circunstancias presentes... Pero el amor me aconsejaba con insistencia seguir donde se encontraba María Ivánovna y ser su defensor, su protector. Aunque estaba seguro de que pronto todo cambiaría sin duda alguna, no podía dejar de temblar pensando en los peligros que ella corría.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por la llegada de un cosaco que vino corriendo a avisarme: “El gran soberano exige tu presencia”.
— ¿Dónde está? — pregunté, dispuesto a obedecer.
— En la casa del comandante — respondió el cosaco —. Después de la comida, el padrecito fue al baño y ahora descansa. Sí, señor mío, se ve por todo que es un gran personaje: en la comida se engulló él solo dos lechones fritos y toma el baño tan caliente, que ni Tarás Kúrochkin ha podido resistirlo. Ni que decir tiene: ¡todos sus modales son de un gran personaje!... Y cuentan que en el baño mostró los signos de zar que lleva en el pecho: a un lado, un águila bicéfala del tamaño de una moneda de cinco kopeks, y al otro, su propia efigie.
No creí necesario discutir la opinión del cosaco y le seguí hasta la casa del comandante. Me imaginaba de antemano mi entrevista con Pugachov y me esforzaba por adivinar cómo terminaría. El lector podrá suponer con facilidad que yo no estaba totalmente tranquilo.
Empezaba a declinar la tarde cuando llegué a la casa del comandante. La horca, con sus víctimas, resaltaba terriblemente negra. El cuerpo de la pobre comandanta seguía tirado bajo el porche, donde dos cosacos montaban la guardia. El cosaco que me había traído fue a anunciar mi llegada y volvió al instante para hacerme pasar en la misma habitación donde ayer me había despedido tan tiernamente de María Ivánovna.
Un cuadro extraordinario se ofreció a mis ojos. Alrededor de la mesa, cubierta por un mantel y llena de vasos y botellas, estaban sentados Pugachov y unos diez jefes cosacos, con los gorros puestos y vestidos con camisas de colores, enardecidos por el alcohol, los rostros enloquecidos y los ojos brillantes. Entre ellos no se hallaban ni Shvabrin ni nuestro uriádnik, los dos traidores recientes.
— ¡Ah, su señoría! — exclamó Pugachov —. Sea bienvenido. Hágasele sitio.
Los cosacos se estrecharon y yo me senté sin decir nada en el extremo de la mesa. Mi vecino, un joven cosaco, esbelto y bien parecido, me sirvió un vaso de vodka, al que no llegué a acercar los labios. Miré a los reunidos con curiosidad. Pugachov estaba sentado en el sitio de más honor, con los codos apoyados en la mesa y la negra barba descansando sobre su ancho puño. Los rasgos de su rostro, correctos y bastante agradables, no tenían nada de cruel. Con frecuencia se dirigía a un hombre de unos cincuenta años, a quien llamaba conde, o Timofeich, y, a veces, “tío”. Todos se trataban entre sí como camaradas y no parecían demostrar ninguna deferencia especial por su jefe. La conversación giraba sobre el asalto de la mañana, el éxito de la revuelta y las operaciones futuras. Cada uno se jactaba, daba su opinión y contradecía libremente a Pugachov. En aquel extraño consejo de guerra se decidió marchar sobre Orenburgo: ¡movimiento audaz, a punto de ser coronado por un trágico éxito! El día siguiente fue señalado como inicio de la campaña.
— Bueno, hermanos — dijo Pugachov —, antes de dormir cantemos mi canción predilecta. ¡Chumakov, empieza!
Mi vecino inició con voz aguda y acoplada una melancólica canción de sirgadores, que todos repitieron a coro:

No murmures, madrecita arbolada, no murmures.
No me impidas a mí, buen mozo, pensar mis pensamientos,
Que mañana yo, buen mozo, debo ir a rendir cuentas
Ante mi terrible juez, ante el zar mismo.
Y el soberano zar se pondrá a interrogarme:
“Dime tú, muchachote, hijo de campesino,
Cómo, con quién robaste, con quién has saqueado
Y si iban muchos compañeros contigo".
Yo te diré, esperanza mía, zar cristiano,
Toda la verdad, la verdad por completo.
Que iban conmigo cuatro compañeros:
Mi primer compañero fue la negra noche.
El segundo fue mi cuchillo de acero;
Si quieres el tercero conocer: fue mi caballo,
Y el cuarto compañero, mi arco tenso,
Y mensajeros eran mis flechas bien templadas.
Y dirá entonces la esperanza mía, el zar cristiano:
“Gloria a ti, muchachote, hijo de campesino,
Que has sabido robar y responder;
Por todo eso, muchachote, voy a honrarte
Con un alto palacio construido en el campo:
Dos palos rectos y encima un travesaña”.

Es imposible describir el efecto que me produjo esa canción popular acerca de la horca, cantada por hombres condenados a ella. Sus rostros amenazadores, sus voces armoniosas, la lúgubre expresión que daban a las palabras, ya bastante expresivas de por sí, todo me conmovía con una especie de poético terror.
Los invitados bebieron cada uno un vaso más antes de levantarse de la mesa y se despidieron de Pugachov. Yo quise hacer otro tanto, pero éste me dijo:
— Siéntate, tengo que hablar contigo.
Nos quedamos solos.
Nuestro silencio duró varios minutos. Pugachov me miraba fijamente, entornando a veces el ojo izquierdo con una extraordinaria expresión de picardía y de burla. Por último, se echó a reír con una alegría tan franca, que yo, mirándole, comencé también a reírme sin saber por qué.
— ¿Qué, su señoría? — me preguntó —. Confiesa que tuviste miedo cuando mis valientes te echaron la soga al cuello. Seguramente la camisa no te llegaba al cuerpo... Ahora estarías colgado si no hubiera sido por tu criado. Reconocí en seguida al viejo gruñón. ¿Qué? ¿Pensaste entonces, su señoría, que el hombre que te condujo hasta la posada era el gran soberano en persona? (Al decir esas palabras, Pugachov tomó un aire importante y misterioso.) Tú eres culpable ante mí — continuó —, pero te he otorgado la gracia del indulto a causa de tu bondad, porque me prestaste un buen servicio cuando me veía obligado a ocultarme de mis enemigos. ¡Y esto no será todo! ¡Ya verás cómo te recompenso una vez que recupere mi Estado! ¿Prometes servirme con lealtad?
La pregunta del bribón y su insolencia me parecieron tan divertidas, que no pude dejar de sonreír.
— ¿Qué te hace reír? — me preguntó frunciendo el ceño —. ¿O acaso no crees que yo soy el gran soberano? Respóndeme francamente.
Me sentí confuso. Reconocer como soberano a un vagabundo me parecía una imperdonable cobardía. Decirle en la cara que era un impostor significaba la muerte, y lo que, en el primer arrebato de mi indignación, yo había estado dispuesto a hacer al pie de la horca ante todo el pueblo, me parecía ahora una jactancia inútil. Yo dudaba. Pugachov esperaba, sombrío, mi respuesta. Por último ((todavía hoy recuerdo ese minuto con verdadera satisfacción), el sentimiento del deber venció en mí sobre la debilidad humana y respondí a Pugachov:
— Escúchame; voy a decirte toda la verdad. Juzga tú mismo: ¿puedo reconocer en ti al soberano? Eres un hombre de buen sentido: en el acto advertirás que mi reconocimiento no es más que una astucia.
— ¿Quién, pues, soy yo, según tú?
— Sólo Dios lo sabe, pero, seas quien seas, estás embarcado en un juego sumamente peligroso.
Pugachov me lanzó una rápida mirada.
— ¿De modo que no crees — me preguntó — que soy el soberano Piotr Fiódorovich? Bien, bien. Pero, ¿no acompaña la suerte a los audaces? ¿Acaso en la antigüedad no reinó Grishka Otrépiev? Piensa de mí lo que quieras, pero no te me separes. ¿Qué otra cosa puede importarte? El nombre no importa. Sírveme con lealtad y honradez y yo te haré mariscal y príncipe. ¿Qué decides?
— ¡No! — repliqué con firmeza —. Yo soy noble de cuna; he prestado juramento a la emperatriz; no puedo ser tu servidor. Si, realmente, deseas hacerme algún bien, déjame marchar a Orenburgo.
Pugachov quedó pensativo.
— Y si te dejo marchar — me dijo —, ¿prometes, al menos, no luchar contra mí?
— ¿Cómo te puedo hacer tal promesa? — respondí —. Tú mismo sabes que no soy libre de hacer mi voluntad: si se me ordena que luche contra ti, no tendré más remedio que luchar. Tú mismo eres ahora jefe; tú mismo exiges que tus hombres te obedezcan. ¿Qué se pensaría de mí si negase mis servicios cuando fueran necesarios? Mi cabeza está entre tus manos: si me dejas libre, te quedaré reconocido; si me ejecutas, Dios será tu juez; pero yo te habré dicho la verdad.
Mi sinceridad sorprendió a Pugachov.
— ¡Bueno, así sea! — dijo, dándome una palmada en el hombro —. De perdonar, perdonar por completo. Márchate adonde te parezca y haz lo que se te antoje. Ven mañana a despedirte de mí, y ahora voy a dormir. Tengo sueño.
Me despedí de Pugachov y salí a la calle. Era una noche serena y fría. La luna y las estrellas brillaban, iluminando la plaza y la horca. En la fortaleza todo estaba tranquilo y oscuro. Sólo en la taberna ardía una luz y se oían los gritos de los bebedores retrasados. Eché una mirada a la casa del sacerdote. Las contraventanas y la puerta estaban cerradas. Parecía que todo se hallaba en calma.
Llegué a mi casa y encontré a Savélich desasosegado por mi ausencia. La noticia de mi libertad le causó una alegría inenarrable.
— ¡Gracias a ti, Todopoderoso! — exclamó, santiguándose —. Con la primera luz del día abandonaremos la fortaleza y marcharemos adonde nos lleven nuestros ojos. Le he preparado alguna cosita; coma, señor mío, y duerma hasta el amanecer, como si estuviera en gracia de Dios.
Seguí su consejo y, después de cenar con gran apetito, me dormí sobre el suelo desnudo, rendido de cuerpo y alma.


CAPITULO IX


LA SEPARACION


Dulce fue, oh, mi hermosa seductora,
Contigo el encontrarse,
Y es triste, triste despedirse ahora.
Triste, como del alma separarse.


Jeráskov

Por la mañana temprano me despertó el tambor. Fui al lugar de reunión. Las huestes de Pugachov se alineaban ya cerca de la horca, de donde colgaban aún las víctimas del día anterior. Los cosacos estaban montados, los soldados tenían el fusil al hombro. Ondeaban las banderas. Varios cañones, entre los que reconocí también el nuestro, estaban colocados sobre sus ajustes de campaña. Todos los vecinos se encontraban allí, esperando al impostor. Ante el porche de la casa del comandante, un cosaco tenía de las riendas a un magnífico caballo blanco de raza kirguisa. Busqué con los ojos el cadáver de la comandanta. Había sido apartado un poco y cubierto con una estera de esparto. Por fin, Pugachov salió del zaguán. La gente se quitó los gorros. Pugachov se detuvo en el porche y saludó a todos. Uno de los jefes le entregó un saquito lleno de monedas de cobre y él comenzó a tirarlas a puñados. La gente, gritando, se lanzó a recogerlas, y aquello no terminó sin alguna desgracia. Rodearon a Pugachov sus principales cómplices. Entre ellos estaba Shvabrin. Nuestras miradas se cruzaron; en la mía, pudo leer todo mi desprecio. Volvió la cabeza con una expresión de odio sincero y de simulada ironía. Pugachov, al verme entre la muchedumbre, me hizo un ademán con la cabeza, llamándome a su lado.
— Escucha — me dijo —. Sal ahora mismo para Orenburgo y anuncia en mi nombre al gobernador y a todos los generales que me esperen allí dentro de una semana. Recomiéndales que me reciban con obediencia y cariño filial; de otro modo, no se salvarán de una muerte terrible. ¡Feliz viaje, su señoría!
Luego se dirigió a la gente y dijo, señalando a Shvabrin.
— Aquí tenéis, hijos, al nuevo comandante. Obedecedle en todo, que él responde ante mí de vosotros y de la fortaleza.
Escuché horrorizado esas palabras: Shvabrin pasaba a ser el jefe de la fortaleza. ¡María Ivánovna quedaba en su poder! ¡Dios mío! ¿Qué iba a ser de ella? Pugachov descendió del porche. Acercaron el caballo y saltó ágilmente a él, sin esperar a que los cosacos le ayudasen a montar.
En aquel momento vi que Savélich, saliendo del gentío, se acercaba a Pugachov y le tendía una hoja de papel. No podía imaginarme cómo terminaría aquello.
— ¿Qué es esto? — preguntó gravemente Pugachov.
— Lee y tendrás el gusto de saberlo — repuso Savélich.
Pugachov tomó el papel y lo examinó largo rato con aire importante:
— ¿Qué escribes aquí de manera tan incomprensible? — preguntó por fin —. Nuestros preclaros ojos no pueden descifrar nada de esto. ¿Dónde está mi primer secretario?
Un joven con uniforme de cabo corrió, solícito, hacia Pugachov.
— Lee en voz alta — ordenó el impostor, entregándole la hoja.
Yo tenía una curiosidad extraordinaria por saber qué se le había ocurrido a mi ayo escribir a Pugachov. El primer secretario comenzó a deletrear en voz alta:
“Dos batines, una de calicó y otra de seda rayada, seis rublos”.
— ¿Qué significa eso? — inquirió Pugachov, frunciendo el ceño.
— Da orden de continuar la lectura — respondió tranquilamente Savélich.
El primer secretario prosiguió:
“Un uniforme de paño verde fino, siete rublos.
Un par de pantalones blancos de paño, cinco rublos.
Doce camisas de hilo de Holanda con puños, diez rublos.
Una caja con el servicio de té, dos rublos y medio...”
— ¿Qué tonterías son ésas? — interrumpió Pugachov —. ¿Qué me importan a mí los servicios de té y los pantalones con puños?
Savélich carraspeó y empezó a explicar:
— Esto, padrecito, es, como puedes ver, la lista de los bienes de mi señor que han robado los bandidos...
— ¿Qué bandidos? — preguntó, terrible, Pugachov.
— Perdona, me he equivocado — repuso Savélich —. No sé si son bandidos, pero tus muchachos han revuelto y se lo han llevado todo. No te enfades: hasta el caballo, con sus cuatro patas tropieza. Da orden de terminar la lectura.
— Lee hasta el final — dispuso Pugachov.
El secretario continuó:
“Una colcha de percal y otra de tafetán y algodón, cuatro rublos.
Un abrigo de lana fina roja, forrado de piel de zorro, cuarenta rublos.
Además, una pelliza de piel de liebre, regalada a su majestad en la posada, quince rublos”.
—¿Qué significa eso? — vociferó Pugachov, echando fuego por los ojos.
Confieso que sentí temor por mi pobre ayo. Savélich quiso volver a sus explicaciones, pero Pugachov le interrumpió:
—¿Cómo te has atrevido a importunarme con esas pequeñeces? — gritó, arrancando el papel de manos del secretario y arrojándoselo a Savélich a la cara —. ¡Viejo imbécil! ¡Que les han robado: vaya una desgracia! Lo que deberías hacer, viejuco, es rezar eternamente a Dios por mí y por mis muchachos, agradeciendo que tanto tú como tu señor no estéis ahora colgados ahí en compalñía de los que me han desobedecido... ¡Una pelliza de piel de liebre!... ¡Verás qué pelliza de piel de liebre te voy a dar! ¿Tú no sabes que puedo ordenar que te desuellen vivo para hacer una pelliza con tu piel?
—Como mandes — respondió Savélich —, pero yo soy un siervo y debo responder de los bienes de mi señor.
Pugachov estaba, al parecer, en un momento de generosidad. Dio media vuelta y partió sin añadir una palabra más.
Shvabrin y los jefes le siguieron. Toda la banda partió de la fortaleza en buen orden. El pueblo salió a despedir a Pugachov. Me quedé solo en la plaza con Savélich. Mi ayo tenía su factura en la mano y la observaba con una expresión de profunda pena.
Advirtiendo mis buenas relaciones con Pugachov, el viejo había querido aprovecharlas, pero sus cuerdos propósitos no habían tenido éxito. Empecé a reprenderle por su inoportuno celo sin poder contener la risa.
— Ríase, señor mío, ríase — contestó Savélich —, pero cuando tengamos que reponer todas nuestras ropas veremos si se ríe.
Me apresuré a ir a la casa del sacerdote para ver a María Ivánovna. La popesa me acogió con una triste noticia: por la noche, María Ivánovna había tenido un violento acceso de fiebre y ahora deliraba sin conocimiento. Akulina Pamfílovna me condujo a su habitación. Me aproximé silenciosamente a su lecho. El cambio operado en el semblante de Masha me dejó estupefacto. La enferma no me reconoció. Estuve largo rato ante ella, sin oír al padre Guerásim ni a su bondadosa mujer, que, según parece, se esforzaban por consolarme. Sombrías ideas agitaban mi mente. La situación de la pobre huérfana indefensa, abandonada entre los feroces insurrectos, y mi propia impotencia me empavorecían. ¡Shvabrin, Shvabrin era quien me atormentaba más! Investido de poder por el impostor, siendo ahora el jefe de la fortaleza donde quedaba la desgraciada muchacha — víctima inocente de su odio —, se podría tal vez decidir a todo. ¿Qué debía hacer yo? ¿Cómo ayudar a Masha? ¿Cómo librarla de las manos del malvado? No había más que una solución: decidí partir inmediatamente para Orenburgo a fin de apresurar la liberación de la fortaleza de Belogorsk y contribuir a ella en todo lo posible. Me despedí del sacerdote y de Akulina Pamfílovna, a quien encomendé ardorosamente a la que ya consideraba mi esposa. Tomé la mano de la pobre muchacha y la cubrí de besos y de lágrimas.
— Adiós — me dijo la popesa, acompañándome hasta la puerta —, adiós, Piotr Andreich. Quizá volvamos a vernos en mejores tiempos. No nos olvide y escríbanos con frecuencia. La pobre María Ivánovna no tiene ahora más amparo ni más protector que usted.
Llegué a la plaza y me detuve un minuto, contemplando la horca. Me incliné ante las víctimas y salí de la fortaleza. Tomé el camino de Orenburgo seguido de Savélich, que no se separaba de mí.
Iba absorto en mis pensamientos cuando, de pronto, oí detrás de mí un galopar de caballos. Me volví: desde la fortaleza venía al galope un cosaco, que llevaba de las riendas un caballo bashkir y me hacía señas de lejos. Me detuve y reconocí en seguida a nuestro uriádnik. Llegó hasta nosotros, descendió de su caballo y me dijo, entregándome las riendas del otro:
— ¡Su señoría! Nuestro padre le regala este caballo y una pelliza suya (a la montura venía atada una pelliza de piel de oveja). Y, además — añadió entrecortadamente el uriádnik —, le da a usted... cincuenta kopeks... pero se me han perdido por el camino, perdóneme.
Savélich le miró de reojo y gruñó:
— ¡Que se te han perdido en el camino! ¿Y qué es lo que te suena en el pecho? ¡Desvergonzado!
— ¿Que qué me suena en el pecho? — replicó sin inmutarse el uriádnik —. Dios sea contigo, viejo. Lo que me suena es la brida y no los cincuenta kopeks.
— Bueno — dije yo, cortando la discusión —. Dale las gracias en mi nombre al que te envía; y trata de encontrar en el camino, de vuelta los cincuenta kopeks que has perdido para que los gastes en vodka.
— Muy agradecido, su señoría — respondió el uriádnik, volviendo grupas a su caballo —; rezaré a Dios eternamente por usted.
Después de decir esas palabras, picó espuelas, con una mano puesta sobre el pecho, y un minuto más tarde desapareció de nuestra vista.
Me puse la pelliza y monté a caballo, sentando a Savélich detrás de mí.
— ¿Ves, señor? — me dijo el viejo —. No en vano presenté la demanda al bribón: el malvado ha sentido vergüenza y, aunque este penco bashkir y esta pelliza de oveja no valen ni la mitad de lo que los bribones nos han robado, ni lo que tú mismo te dignaste regalarle, nos rendirán, de todas formas, servicio. Más vale poco que nada.


CAPITULO X


EL SITIO DE LA CIUDAD


Después de los prados y los montes ocupar,
Desde la cumbre, como águila, echó una vista a la ciudad.
Ordenó construir, detrás del campamento, la movediza torre,
Y ocultando allí los truenos, a la ciudad llevarlos por la noche.

Jeráskov

Al acercarnos a Orenburgo vimos a una muchedumbre de presidiarios de cabezas rapadas y rostros desfigurados por las tenazas del verdugo. Trabajaban en las inmediaciones de la fortaleza, bajo la vigilancia de los inválidos de la guarnición. Unos sacaban en carretillas la basura que llenaba el foso; otros cavaban la tierra con palas; en el bastión los albañiles llevaban ladrillos y reparaban la muralla de la ciudad. En la puerta los centinelas nos detuvieron y exigieron nuestros salvoconductos. En cuanto el sargento supo que venía de la fortaleza de Belogorsk, me condujo directamente a la casa del general.
Le encontré en el jardín. Estaba examinando unos manzanos desnudos de hojas por el hálito del otoño y, con la ayuda de un viejo jardinero, los envolvía cuidadosamente en unas fundas de paja. Su rostro reflejaba tranquilidad, benevolencia y salud. Se alegró al verme y me hizo toda clase de preguntas acerca de los terribles sucesos de que había sido testigo. Le relaté todo. El anciano me escuchaba con atención y, mientras hablaba, seguía cortando las ramas secas.
— ¡Pobre Mirónov! — dijo cuando terminé mi triste historia —. Me da mucha pena: era un excelente oficial. Y madame Mirónov era una dama de buen corazón, ¡qué maestra en salar setas! ¿Y qué ha sido de Masha, la hija del capitán?
Le respondí que había quedado en la fortaleza, al cuidado de la mujer del pope.
— ¡Ay, ay, ay! — exclamó el general —. Eso está mal, muy mal. No puede uno confiar de ninguna manera en la disciplina de los bandidos. ¿Qué será de la pobre muchacha?
Le contesté que la fortaleza de Belogorsk no distaba mucho de Orenburgo y que seguramente Su Excelencia tardaría poco en mandar tropas en socorro de sus pobres habitantes. El general movió, dubitativo, la cabeza.
— Veremos, veremos — dijo —. Sobre eso aún tenemos tiempo de hablar. Te ruego que vengas a tomar una taza de té conmigo: hoy celebro consejo de guerra. Tú puedes darnos informes fidedignos acerca del tuno de Pugachov y de su tropa. Por ahora ve a descansar.
Fui al alojamiento que se me había destinado, donde Savélich trajinaba ya, y aguardé con impaciencia la hora señalada. El lector comprenderá fácilmente que no falté a ese consejo que iba a tener tanta importancia en mi destino. A la hora señalada estaba ya en la casa del general.
Hallé con él a uno de los funcionarios de la ciudad. Recuerdo que era el director de la aduana, un viejo gordo y sonrosado con un caftán de brocado. Comenzó a interrogarme acerca de la suerte de Iván Kuzmich, al que llamaba compadre, e interrumpía frecuentemente mi relato con preguntas complementarias y observaciones moralizadoras, que, si no revelaban en él a un hombre ducho en el arte militar, por lo menos denotaban inteligencia natural y viveza de espíritu. Entretanto, fueron llegando los demás invitados. Entre ellos, a excepción del propio general, no había ningún militar. Cuando todos estuvieron sentados y les fue servida una taza de té, el general expuso la situación en forma sumamente clara y extensa.
— Ahora, señores — continuó —, es necesario resolver cómo debemos actuar contra los rebeldes: ipasamos a la ofensiva o a la defensiva? Cada uno de estos métodos tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La ofensiva ofrece más esperanzas de liquidar rápidamente al adversario; la defensiva es más segura y menos peligrosa... Por lo tanto, escuchemos las opiniones según el orden establecido, es decir, comenzando por los grados inferiores. ¡Señor alférez! — dijo el general, dirigiéndose a mí —. Tenga a bien exponernos su opinión.
Me puse de pie. En breves palabras, describí primero a Pugachov y a su banda. Luego afirmé que el impostor no podría resistir un ataque de tropas regulares.
Mi opinión fue recibida con evidente desagrado por los funcionarios. Veían en ella la ligereza y la audacia de un joven. Se alzó un murmullo y oí claramente la palabra “inexperto”, pronunciada por alguien a media voz. El general se volvió hacia mí con una sonrisa y me dijo:
— Señor alférez: en los consejos militares las primeras opiniones son siempre en favor de la ofensiva: es una regla establecida. Ahora continuemos recogiendo opiniones. Señor consejero, díganos la suya.
El viejito del caftán de brocado apuró de un trago su tercera taza de té, pródigamente regado de ron, y respondió al general:
— Excelencia, a mí me parece que no se debe pasar ni a la ofensiva ni a la defensiva.
— ¿Cómo es eso, señor consejero? — replicó, estupefacto, el general —. La táctica no nos ofrece ningún otro método: o la ofensiva o la defensiva...
— Su Excelencia puede operar también mediante el soborno.
— ¡Ah, ah! Esa opinión es muy sensata. La táctica permite los movimientos de soborno, y nosotros seguiremos su consejo. Se podrá ofrecer por la cabeza del bribón... unos setenta rublos o incluso cien... de los fondos secretos...
— En tal caso — interrumpió el director de la aduana —, yo seré un carnero kirguis y no un consejero, si esos ladrones no nos entregan a su atamán atado de pies y manos.
— Todavía hemos de pensar y analizar más esta cuestión — contestó el general —. Sin embargo, hace falta, de todos modos, tomar también medidas militares. Señores, sigan dando sus opiniones según el orden establecido.
Todas ellas resultaron contrarias a la mía. Los funcionarios hablaron de la poca seguridad que ofrecían las tropas, de la incertidumbre del éxito, de la precaución y de otras cosas por el estilo. Todos estimaban que era más razonable permanecer al abrigo de los cañones tras los sólidos muros de piedra que probar en campo abierto la suerte de las armas. Por último, el general, después de haber oído todas las opiniones, sacudió la ceniza de su pipa y pronunció el siguiente discurso:
— Señores míos: debo anunciarles que, por mi parte, estoy completamente de acuerdo con el punto de vista del señor alférez, ya que su opinión está basada en todas las reglas de la verdadera táctica, que casi siempre prefiere la ofensiva a la defensiva.
Al llegar a ese punto el general se detuvo y comenzó a llenar su pipa. Mi amor propio triunfaba. Miré orgulloso a los funcionarios que cuchicheaban entre sí con una expresión de descontento y de inquietud.
— Pero, señores míos — agregó el general, lanzando, a la vez que un hondo suspiro, una espesa bocanada de humo —, yo no me atrevo a asumir una responsabilidad tan grande cuando se trata de la seguridad de las provincias que me ha confiado Su Majestad Imperial, mi magnánima soberana. Por lo tanto, me sumo al voto de la mayoría, que se ha manifestado en favor de lo más razonable y menos peligroso: esperar el asedio entre los muros de la ciudad y rechazar los ataques del enemigo con la artillería y (si es posible) con salidas de la infantería.
Los funcionarios me miraron ahora burlonamente. Se dio por terminado el consejo. No pude por menos de lamentar la debilidad del venerable militar que, en contra de sus propias convicciones, había decidido seguir la opinión de gentes ignorantes e inexpertas.
Pocos días después de este famoso consejo, supimos que Pugachov, fiel a su promesa, se aproximaba a Orenburgo. Desde lo alto de las murallas de la ciudad vi a las tropas de los rebeldes. Me pareció que su número se había decuplicado a partir del último ataque presenciado por mí. Ahora tenían artillería, conquistada por Pugachov en las pequeñas fortalezas que ya había sometido. Recordando la decisión del consejo, previ una larga reclusión entre las murallas de Orenburgo y casi lloré de despecho.
No voy a describir el sitio de Orenburgo, cosa que pertenece a la historia y no a unos apuntes íntimos. Diré brevemente que ese sitio, por la imprevisión del mando, fue desastroso para sus habitantes, que sufrieron hambre y calamidades de todo género. Es fácil imaginarse que la vida en Orenburgo era por demás insoportable. Todo el mundo esperaba abatido el desenlace de su suerte; la gente se quejaba del encarecimiento de la vida, que, en efecto, era horrible. Los habitantes se habían acostumbrado a las balas de cañón, que caían en las calles; incluso los ataques de Pugachov no atraían ya la curiosidad general. Me moría de tedio. El tiempo pasaba. No recibía cartas de la fortaleza de Belogorsk. Todos los caminos estaban interceptados. Se me hacía más penoso cada día vivir separado de María Ivánovna. Sobre todo, me torturaba la incertidumbre de su destino. Mi única distracción consistía en cabalgar. Por gracia de Pugachov, yo era dueño de un buen caballo, con el que compartía mi pobre comida y en el que salía cotidianamente de la ciudad para tirotearme con los jinetes de Pugachov. En estas escaramuzas generalmente llevaban las de ganar los malhechores, empachados, borrachos y montados en buenos caballos. La escuálida caballería de la ciudad no podía vencerles. A veces salía al campo nuestra famélica infantería, pero la altura de la nieve le impedía combatir eficazmente contra los jinetes dispersos. La artillería tronaba inútilmente desde lo alto de las murallas, y en el campo se hundía, incapaz de avanzar por el agotamiento de los caballos. ¡Tales eran nuestras operaciones militares! ¡Tal era lo que los funcionarios de Orenburgo llamaban prudencia y buen sentido!
Un día en que logramos, de todos modos, dispersar y poner en fuga a un grupo bastante numeroso de rebeldes, llegué cabalgando hasta un cosaco que se había quedado a la zaga de sus compañeros, y ya me disponía a dejar caer sobre él mi sable turco, cuando, de repente, se quitó el gorro y me gritó:
— ¡Buenos días, Piotr Andreich! ¿Cómo le trata la suerte?
Me fijé en él y reconocí a nuestro uriádnik. Al verle sentí una alegría inenarrable.
— Buenos días, Maxímich — le dije —. ¿Hace mucho que has salido de Belogorsk?
— No hace mucho, señor mío Piotr Andreich; salí ayer mismo. Tengo una carta para usted.
— ¿Dónde está? — grité, estallando de impaciencia.
— Aquí — respondió Maxímich, metiendo la mano en el pecho —. Le prometí a Palashka que de una manera u otra la haría llegar a su poder.
El uriádnik me entregó un papelito doblado y partió inmediamente al galope. Yo desdoblé la carta y leí trémulo las siguientes líneas.

“Dios quiso privarme a la vez de mi padre y mi madre: no tengo en la tierra ni parientes ni protectores. Me dirijo a usted porque sé que siempre me ha deseado bien y está constantemente dispuesto a ayudar a quien lo necesite. ¡Ruego a Dios que esta carta llegue a usted de alguna manera! Maxímich me ha prometido que se la entregará. Palashka ha oído decir a Maxímich que le ve a usted con frecuencia desde lejos en las salidas de la fortaleza y que no tiene usted ninguna precaución ni piensa en los que rezan llorando a Dios por usted. He estado enferma largo tiempo, pero, al reponerme, Alexéi Ivánich, que manda ahora aquí en lugar de mi difunto padre, ha obligado al padre Guerásim a que me entregara a él, amenazándole con denunciarle a Pugachov. Vivo en nuestra casa bajo custodia. Alexéi Ivánich me obliga a casarme con él. Dice que me salvó la vida al no denunciar a Akulina Pamfílovna cuando dijo a los malhechores que yo era su sobrina. Pero yo preferiría morir a ser la esposa de un hombre como Alexéi Ivánich. Me trata con mucha crueldad y me amenaza, si no me decido y no doy mi conformidad, con llevarme al campamento del malhechor, en cuyo caso, me dice, habrá de ocurrirme lo mismo que a Lisaveta Járlova. Le he pedido a Alexéi Ivánich que me deje algún tiempo para reflexionar. Ha accedido a esperar tres días más, pero si, terminado este tiempo, no me caso con él, no tendrá ninguna consideración conmigo. Su Señoría Piotr Andreich: usted es mi único protector, ¡defiéndame! Ruegue al general y a todos los jefes que nos envíen socorro cuanto antes y venga usted mismo, si puede. Le queda muy agradecida una pobre huérfana

María Mirónova".

Al leer la carta estuve a punto de volverme loco. Me lancé a la ciudad, espoleando implacablemente a mi pobre caballo. Por el camino ideaba miles de proyectos para salvar a la pobre muchacha, pero todos me parecían imposibles. Cuando llegué a la ciudad, fui derecho a ver al general y entré como una tromba en su casa.
El general se paseaba de un extremo a otro de su habitación, fumando su pipa de espuma de mar. Al verme, se detuvo. Mi aspecto debió sorprenderle y me preguntó afablemente las razones de mi inesperada irrupción.
— Me dirijo a Su Excelencia — le contesté —, como a mi propio padre. Por amor de Dios, no rechace mi súplica; está en juego la felicidad de toda mi vida.
— ¿Qué ocurre? — preguntó sorprendido el anciano —. ¿Qué puedo hacer por ti? Habla.
— Excelencia, ordéneme que me ponga a la cabeza de una compañía de soldados y de medio centenar de cosacos y déjeme que vaya a limpiar de enemigos la fortaleza de Belogorsk.
El general me observaba fijamente, suponiendo, al parecer, que me había vuelto loco (en lo que no se equivocaba mucho).
— ¿Cómo? ¿Limpiar de enemigos la fortaleza de Belogorsk? — interrogó, por fin.
— Le garantizo el éxito — le respondí con ardor —. Pero permítame marchar.
— No, joven — me respondió, moviendo la cabeza —. A una distancia tan grande le será fácil al adversario cortarte las comunicaciones con el principal punto estratégico y obtener una victoria absoluta sobre ti. Una comunicación interceptada...
Me asusté al verle embarcarse en disquisiciones militares y me apresuré a interrumpirle.
— La hija del capitán Mirónov — le dije — me ha escrito una carta en demanda de ayuda; Shvabrin la obliga a casarse con él.
— ¿Será posible? ¡Oh! Ese Shvabrin es un grandísimo Schelm*. Si llega a caer en mis manos, ordenaré que le juzguen en veinticuatro horas ¡y le fusilaremos en el parapeto de la fortaleza! Pero, por ahora, hay que armarse de paciencia...
(* Schelm: granuja (alem.))
— ¡Armarse de paciencia! — grité fuera de mí —. ¡Y, mientras tanto, él se casará con María Ivánovna!...
— ¡Oh! — replicó el general —. Eso no es tan grave: vale más que ella sea de momento la esposa de Shvabrin; él puede prestarle ahora su protección; y luego, cuando le fusilemos, ya se encontrarán novios para ella, si Dios quiere. Las viuditas jóvenes y guapas no se quedan para vestir santos; quiero decir que una viuda joven encuentra novio antes que una muchacha.
— ¡Mejor la muerte — repliqué furioso — que cedérsela a Shvabrin!
— ¡Bah, bah, bah! — dijo el viejo —. Ahora me doy cuenta de qué se trata: por lo visto, estás enamorado de María Ivánovna. ¡Eso es otra cosa! ¡Pobre muchacho! Pero yo no puedo darte una compañía de soldados y medio centenar de cosacos. Esta expedición sería imprudente y no puedo tomarla bajo mi responsabilidad.
Bajé la cabeza; me embargaba la desesperación. De pronto una idea cruzó por mi cerebro: en qué consistía esa idea es cosa que verá el lector en el capítulo siguiente, como dicen los antiguos novelistas.


CAPITULO XI


LA VILLA DE LOS REBELDES


En aquel momento el fiero león estaba ahíto.
Por qué hasta mi guarida a venir te has atrevido? ”,
Preguntó dulcemente.


A. Sumarókov



Dejé al general y me apresuré a ir a mi casa. Savélich me recibió con sus acostumbradas recriminaciones.
— ¡No sé cómo le dan ganas, señor mío, de tener esos encuentros con bandidos borrachos! ¿Es eso cosa de señores? No lo quiera Dios: puede morir por menos de nada. Y si fuera combatiendo contra los turcos o los suecos, menos mal, pero si hasta es pecado decir con quién se bate.
Interrumpí su discurso, preguntándole:
— ¿Cuánto dinero me queda?
— Lo suficiente — me respondió con satisfacción —. Aunque los malhechores lo registraron todo, yo tuve tiempo de esconder el dinero.
Después de pronunciar esas palabras, sacó de su bolsillo una larga bolsa de punto, llena de monedas de plata.
— Bien, Savélich — le dije —, dame ahora la mitad; lo demás guárdatelo para ti. Salgo para la fortaleza de Belogorsk.
— ¡Señor mío, Piotr Andreich! — exclamó el buen ayo con voz temblorosa —. No hay que tentar a Dios. ¡Cómo va a ponerse en camino con las cosas como están, los bandoleros lo tienen ocupado todo! Apiádese, al menos, de sus padres, ya que no se apiada de sí mismo. ¿A dónde quiere ir? ¿Y para qué? Espere un poquito: llegarán las tropas, atraparán a los bribones, y entonces podrá marcharse a donde se le antoje.
No obstante, mi resolución era firme.
— Ya es tarde para discutir — contesté al viejo —. Debo partir; no puedo dejar de ir. No te aflijas, Savélich: Dios es misericordioso; quizá volvamos a vernos. No repares en gastos y no seas tacaño. Compra todo lo que necesites, aunque sea al triple de su precio. Te regalo ese dinero. Si no regreso dentro de tres días...
— ¿Pero qué dice, señor mío? — me interrumpió Savélich —. ¿Cree que voy a dejarlo marchar solo? No me lo pida ni en sueños. Si usted ha decidido partir, yo le seguiré, aunque sea a pie, pero no puedo abandonarlo. ¿Acaso podría quedarme sin usted al amparo de estos muros de piedra? ¿Es que me he vuelto loco? Haga lo que quiera, señor mío, pero no me aparto de usted.
Sabía que era inútil discutir con Savélich y le permití que se preparase para el camino. Media hora más tarde montaba ya mi buen caballo, y Savélich cabalgaba el flaco y renco matalón que le había vendido por nada un habitante de la ciudad, falto de medios para alimentarlo. Llegamos a las puertas de la ciudad; los centinelas nos dejaron pasar; salimos de Orenburgo.
Comenzaba a caer la tarde. Mi ruta pasaba por la villa de Berda, sede de Pugachov. El camino recto había sido borrado por la nieve, pero en toda la estepa se divisaban las huellas de los caballos, renovadas cada día. Mi caballo trotaba alegremente. Savélich apenas podía seguirme a distancia y me gritaba sin cesar:
— Más despacio, señor mío, por amor de Dios, más despacio. Mi maldito penco no puede seguir a su rápido diablo. ¿Por qué tiene tanta prisa? Si fuéramos a un festín... ¡pero, si nos descuidamos, podemos topar con la muerte!... ¡Piotr Andreich..., señor mío, Piotr Andreich!... ¡No me mate!... ¡Dios todopoderoso, el hijo de mi señor se va a perder!
Pronto brillaron las luces de Berda. Nos aproximamos a unos barrancos, fortificaciones naturales de la villa. Savélich no se apartaba de mí, sin interrumpir sus quejumbrosos ruegos. Yo esperaba que podríamos bordear sin contratiempos la villa, pero de pronto divisé en la penumbra, delante de mí, a unos cinco mujiks armados de mazas: era la avanzada de la sede de Pugachov. Nos dieron el alto. Como yo no conocía el santo y seña, quise pasar de largo sin contestar; sin embargo, los mujiks me cercaron rápidamente y uno de ellos sujetó mi caballo de las bridas. Desenvainé el sable y le golpeé en la cabeza; le salvó el gorro, pero el mujik, tambaleándose, soltó las riendas. Los demás se asustaron y echaron a correr. Aproveché el momento para espolear al caballo y salir al galope.
La oscuridad de la noche inminente podía haberme salvado de todo peligro, pero de pronto miré hacia atrás y vi que Savélich no me seguía. El pobre viejo no había podido escapar a los bandidos en su caballo cojitranco. ¿Qué debía hacer? Le esperé unos minutos y, convencido de que mi ayo había sido hecho prisionero, volví en su auxilio.
Al aproximarme al barranco, oí ruido, gritos y la voz de Savélich. Espoleé al caballo y en seguida me hallé de nuevo entre los mujiks de la guardia que me habían detenido poco antes. Savélich estaba con ellos. Los mujiks habían arrancado al viejo de la silla de su rocín y se disponían ya a maniatarle. Mi llegada les alegró. Se lanzaron gritando sobre mí, y en un abrir y cerrar de ojos me hicieron desmontar del caballo. Uno de ellos, al parecer el principal, anunció que nos llevaría inmediatamente a presencia del soberano.
— Nuestro padrecito — agregó — es libre de ordenar lo que le parezca: colgarlos ahora mismo o aguardar la luz del día.
No opuse resistencia. Savélich siguió mi ejemplo, y la guardia nos condujo triunfalmente.
Cruzamos el barranco y entramos en la villa. En todas las casuchas brillaban luces. Por dondequiera se oían gritos y bullicio. En la calle hormigueaba la gente, pero en la oscuridad nadie reparó en nosotros ni reconoció en mí a un oficial de Orenburgo. Fuimos conducidos directamente a una casa que se alzaba en una encrucijada. Junto a la puerta había unos cuantos toneles de vino y dos cañones.
— He aquí el palacio — dijo uno de los mujiks —; ahora daremos parte de vosotros.
Entró en la casa. Eché una mirada a Savélich; el viejo se santiguaba, mientras bisbiseaba una oración. Esperé largo rato. Por fin, volvió el mujik.
— Vamos — me dijo —; nuestro padrecito ha dado orden de hacer pasar al oficial.
Penetré en la casa o en el palacio, como la llamaban los mujiks. Estaba iluminada por dos velas de sebo y tenía las paredes empapeladas con papel dorado, pero los bancos, la mesa, el lavamanos colgado de una cuerda, la toalla en su clavo, el hurgón en un ángulo, el amplio vasar lleno de pucheros, todo recordaba una isba corriente. Pugachov estaba sentado bajo los iconos, vestido con un caftán rojo y tocado con un gorro alto, sacando el pecho con aire importante. Varios de sus principales compañeros le rodeaban, fingiendo servilismo. Se veía que la noticia de la llegada de un oficial de Orenburgo había despertado gran curiosidad entre los insurrectos y se preparaban a recibirme solemnemente. Pugachov me reconoció en el acto. Inmediatamente desapareció su fingida gravedad.
— ¡Ah, su señoría! — me dijo vivamente —. ¿Qué tal estás? ¿A qué te ha traído Dios por aquí?
Contesté que viajaba por asuntos particulares y que sus hombres me habían detenido.
— ¿Qué asuntos? — me interrogó.
No supe qué responder. Entonces Pugachov, creyendo que no quería hablar ante testigos, ordenó a sus compañeros que se retiraran. Todos obedecieron, salvo dos, que no se movieron de sus sitios.
— Puedes hablar francamente — me dijo Pugachov —; no tengo secretos para ellos.
Miré de reojo a los cómplices del impostor. Uno de ellos, un anciano flaco y encorvado de blancas barbas, no tenía nada de extraordinario, a no ser una banda azul celeste que le cruzaba el pecho por encima de su armiak* gris. (* Armiak: antiguo abrigo campesino de sayal.) Pero en la vida olvidaré a su compañero. Era de alta estatura, corpulento y ancho de espaldas; me pareció que tendría unos cuarenta y cinco años. Su espesa barba pelirroja, sus relucientes ojos grises, su nariz sin aletas y unas manchas rojizas en la frente y en las mejillas daban a su ancho rostro picado de viruelas una expresión indefinible. Vestía una camisa roja, una hopalanda kirguisa y unos anchos pantalones bombachos, como los que usan los cosacos. El primero (según supe después) era Beloborodov, un cabo desertor; el segundo, Afanasi Sokolov (apodado Jlopusha), era un criminal desterrado, evadido tres veces de las minas de Siberia. A pesar de la extraordinaria agitación que me embargaba, distraía poderosamente mi atención la sociedad en que había caído de manera tan casual. Pero Pugachov me hizo volver a la realidad con esta pregunta:
— Dime: ¿qué asunto te ha hecho salir de Orenburgo?
Entonces me vino a la mente una extraña idea: se me ocurrió que la Providencia, que me había puesto por segunda vez en presencia de Pugachov, me ofrecía la oportunidad de poner en práctica mis propósitos. Decidí aprovecharla y, sin tener tiempo para reflexionar mi decisión, contesté a la pregunta de Pugachov:
— Iba a la fortaleza de Belogorsk a liberar a una huérfana que está siendo maltratada allí.
Los ojos de Pugachov centellearon.
— ¿Quién de mis hombres se atreve a maltratar a una huérfana? — gritó —. Aunque tenga siete dedos de frente, no escapará a mi justicia. Habla: ¿quién es el culpable?
— El culpable es Shvabrin — respondí —. Tiene cautiva a la muchacha que viste enferma en la casa de la mujer del pope y quiere casarse con ella por la fuerza.
— Yo daré una lección a Shvabrin — dijo, amenazador, Pugachov —. Va a saber lo que significa obrar por su cuenta y agraviar al pueblo. Lo colgaré.
— Permíteme pronunciar una palabra — dijo Jlopusha con voz ronca —. Te apresuraste en designar a Shvabrin comandante de la fortaleza y ahora te apresuras a ahorcarlo. Ya has ofendido a los cosacos, poniéndoles de jefe a un noble; no atemorices ahora a los nobles, ejecutando a uno de los suyos a la primera maledicencia.
— ¡No hay por qué tener lástima de ellos, ni recompensarlos! — irrumpió el viejecito de la banda azul celeste —. Que se ejecute a Shvabrin es cosa que no tiene importancia, pero no estaría de más interrogar debidamente al señor oficial: que nos diga para qué se ha dignado venir hasta aquí. Si no te reconoce como soberano, no tiene por qué pedirte justicia, y si te reconoce, ¿por qué ha estado hasta el día de hoy en Orenburgo entre tus enemigos? ¿Da la orden de que lo lleven a la cancillería y le calienten allí como es debido las plantas de los pies? Opino que su señoría ha sido enviado por los jefes de Orenburgo.
La lógica del viejo bandido no dejó de parecerme convincente. Un escalofrío me recorrió el cuerpo al pensar en qué manos me hallaba. Pugachov observó mi confusión.
— ¿Qué dice su señoría? — preguntó, guiñándome un ojo —. Parece que mi mariscal de campo está en lo justo. ¿No es verdad?
El acento burlón de Pugachov me devolvió los ánimos. Contesté tranquilamente que me hallaba en su poder y que él tenía plena libertad de hacer conmigo lo que creyera conveniente.
— Bien — dijo Pugachov —. Ahora dinos: ¿cuál es la situación de la ciudad?
— Gracias a Dios — contesté —, todo está en orden.
— ¿En orden? —repitió Pugachov—. ¡Y la gente se muere de hambre!
El impostor decía la verdad, pero yo, fiel a mi juramento, quise convencerle de que se trataba de falsos rumores y de que en Orenburgo había una reserva suficiente de provisiones de toda clase.
— ¿No ves — interrumpió el viejito — que te está engañando en tus propias narices? Todos los fugitivos sin excepción confiesan que en Orenburgo hay hambre y peste, que la gente come allí carroña y lo considera un honor; y su señoría asegura que hay de todo en abundancia. Ya que piensas colgar a Shvabrin, cuelga de la misma horca a este joven para que no se tengan envidia.
Las palabras del maldito viejo parecieron hacer dudar a Pugachov. Por fortuna, Jlopusha empezó a contradecir a su compañero.
— Basta ya, Naúmich — le dijo —. Tú no piensas más que en ahorcar y acuchillar. ¡Vaya con el titán! Si se te mira bien, no se sabe de qué pende tu vida. Estás ya con un pie en la sepultura, y todavía matas a la gente. ¿No tienes bastante sangre sobre la conciencia?
— ¿Desde cuándo eres tú un santo? — replicó Beloborodov —. ¿De dónde te viene tanta piedad?
— Naturalmente — respondió Jlopusha —, también yo soy pecador y esta mano (cerró el puño sarmentoso y, arremangándose, descubrió su brazo velludo) es culpable de haber hecho correr sangre cristiana. Pero yo he dado muerte a los enemigos y no a los huéspedes, les he dado muerte en las encrucijadas, a campo abierto, y en los bosques oscuros, y no en casa, sentado junto al horno; con arma y garrote, y no con maledicencias de mujer.
El anciano volvió la cabeza y masculló:
— ¡Narices rotas!...
— ¿Qué ocultas ahí, vejancón? — le increpó Jlopusha —. Ya te enseñaré lo que son las narices rotas. Aguarda, aguarda; también a ti te llegará el turno; si Dios quiere, tu también olerás las tenazas... Y por ahora ten cuidado, ¡no sea yo quien te arranque la barbita!
— ¡Señores generales! — exclamó gravemente Pugachov —. Dejad vuestras rencillas. No está mal que todos los perros de Orenburgo pataleen bajo la misma horca, pero sí está mal que nuestros mastines se muerdan entre sí. Venga, haced las paces.
Jlopusha y Beloborodov, sin decir una palabra, se miraron sombríos. Comprendí la necesidad de dar otro giro a aquella conversación que podía terminar de manera muy poco favorable para mí y dije alegremente a Pugachov:
— ¡Ah! Casi me olvidaba ya de darte las gracias por el caballo y la pelliza. Si no hubiera sido por ti, no hubiese llegado hasta la ciudad y me habría helado en el camino.
Mi estratagema tuvo éxito. Pugachov se alegró.
— Amor con amor se paga — me dijo, guiñando los ojos y entornándolos —. Ahora dime, ¿tú qué tienes que ver con la muchacha maltratada por Shvabrin? ¿No será la preferida de tu joven corazón, eh?
— Es mi novia — respondí a Pugachov, notando el cambio favorable que se operaba en él y no creyendo necesario ocultarle la verdad.
— ¡Tu novia! — exclamó Pugachov —. ¿Cómo no lo has dicho antes? ¡Vamos a casarte y todos festejaremos tu boda! — Luego, dirigiéndose a Beloborodov, agregó —: Oye, mariscal, su señoría y yo somos viejos amigos. Sentémonos a comer. La noche es buena consejera. Mañana veremos qué se hace con él.
Con mucho gusto hubiera declinado ese honor, pero no era posible. Dos muchachas cosacas, hijas del dueño de la casa, cubrieron la mesa con un blanco mantel, trajeron pan, sopa de pescado y varias jarras con vino y cerveza, y así me encontré, por segunda vez, sentado a la misma mesa que Pugachov y sus terribles camaradas.
La orgía, de la que fui testigo involuntario, se prolongó hasta muy entrada la noche. Por último, la embriaguez se fue apoderando de mis interlocutores. Pugachov empezó a cabecear sentado en su silla; sus compañeros se levantaron y me hicieron una señal para que le dejásemos solo. Salimos de la habitación. Por orden de Jlopusha, un centinela me condujo a la casucha que servía de cancillería, donde encontré a Savélich. Los dos fuimos encerrados allí. El ayo estaba tan estupefacto por todo lo que había ocurrido, que no me hizo ninguna pregunta. Se acostó a oscuras y estuvo suspirando largo tiempo: por último, comenzó a roncar. Me entregué a mis pensamientos, que no me dejaron conciliar el sueño en toda la noche.
Al amanecer, vinieron a buscarme de parte de Pugachov. Me presenté a él. Ante su puerta aguardaba una kibitka, a la que habían sido enganchados tres caballos tártaros. La gente se aglomeraba en la calle. Hallé a Pugachov en el zaguán: estaba vestido para viajar, todo cubierto de pieles y tocado con un gorro kirguis. Los dos interlocutores de ayer le rodeaban con un aire servil que contradecía por completo todo lo que yo había visto el día anterior. Pugachov me saludó alegremente y me ordenó que tomase asiento en su kibitka.
Nos acomodamos.
— ¡A la fortaleza de Belogorsk! — dijo Pugachov al tártaro de anchos hombros que conducía de pie el vehículo. El corazón empezó a latirme fuertemente. Los caballos se pusieron en marcha, sonaron los cascabeles, la kibitka salió disparada...
— ¡Alto, alto! — se oyó una voz que yo conocía de sobra, y vi a Savélich que corría a nuestro encuentro. Pugachov dio orden de detener los caballos.
— ¡Señor mío Piotr Andreich! — gritaba —. No me abandone a mis años en medio de estos bri...
— ¡Ah, viejuco! — le dijo Pugachov —. Otra vez te pone Dios ante mis ojos. Ven, sube al pescante.
— ¡Gracias, soberano, gracias, padre querido! — exclamó Savélich, instalándose —. Que Dios te dé cien años de vida por haber recogido y consolado a este viejo. Rogaré a Dios por ti toda mi vida y nunca más te recordaré la pelliza de liebre.
La pelliza de liebre pudo acabar haciendo que Pugachov se enfadara en serio. Pero felizmente, el impostor no oyó la alusión o no le quiso dar importancia. Los caballos partieron al galope; en las calles, la gente se detenía y se inclinaba hasta casi rozar el suelo con la frente. Pugachov saludaba con la cabeza a derecha e izquierda. Un minuto más tarde habíamos salido ya de la villa y marchábamos veloces por un camino llano.
Es fácil imaginar mis sentimientos en aquel instante. Dentro de algunas horas vería a la que consideraba ya perdida para mí. Me representaba el minuto de nuestro encuentro... Pensaba también en el hombre que tenía mi destino entre sus manos y que estaba inexplicablemente relacionado conmigo por un raro cúmulo de circunstancias. Recordaba la irreflexiva crueldad y los sanguinarios hábitos del que se había brindado a ser el salvador de mi amada. Pugachov no sabía que se trataba de la hija del capitán Mirónov, y Shvabrin, irritado, podía descubrirlo todo; Pugachov podía conocer también la verdad por otros medios... ¿Qué le ocurriría, entonces, a María Ivánovna? Un escalofrío me recorrió el cuerpo y los cabellos se me erizaron...
De pronto, Pugachov interrumpió mis pensamientos:
— ¿En qué piensa su señoría? — me preguntó.
— ¿Cómo no pensar? — respondí —. Soy oficial y, además, pertenezco a la nobleza; todavía ayer luchaba contra ti y hoy viajo contigo en la misma kibitka, y la felicidad de toda mi vida depende de ti.
— ¿Y qué? ¿Te da miedo? — volvió a preguntar Pugachov.
Yo le respondí que, como ya había recibido su gracia una vez, contaba no sólo con su perdón, sino también con su ayuda.
— Y tienes razón, ¡por Dios que tienes razón! — exclamó el impostor —. Tú has visto que mis compañeros te miraban con malos ojos. Todavía esta mañana el viejo me aseguraba que eras un espía y que se te debía someter a tormento y colgarte. Pero yo no he estado de acuerdo — añadió Pugachov bajando la voz para que Savélich y el tártaro no pudieran oírle —, porque no he olvidado tu vaso de vodka y tu pelliza de liebre. Como ves, no soy un hombre tan sanguinario, según dice de mí tu gente.
Recordé la toma de la fortaleza de Belogorsk, pero no me pareció oportuno contradecirle y no contesté nada.
— ¿Qué se dice de mí en Orenburgo? — interrogó Pugachov después de un corto silencio.
— Pues se dice que es bastante difícil vencerte. No hay nada que decir: te has dado bien a conocer.
El rostro del impostor adquirió una expresión de amor propio satisfecho.
— ¡Cierto! — confirmó alegremente —. Yo sé combatir. ¿Conocen en Orenburgo la batalla de Yuzéievaia? Cuarenta generales muertos, cuatro ejércitos hechos prisioneros... ¿Tú qué opinas? ¿Podría el rey de Prusia medir sus fuerzas conmigo?
La jactancia del bandido me pareció divertida.
— ¿Y tú qué opinas? — le pregunté —. ¿Vencerías a Federico?
— ¿A Fiódor Fiódorovich? ¿Por qué no? He vencido a vuestros generales, y ellos lo habían vencido antes a él. Hasta ahora mis armas tienen suerte. Dame un tiempo, y aún verás lo que ocurre cuando marche sobre Moscú.
— ¿Piensas marchar sobre Moscú?
El impostor quedó pensativo unos instantes y repuso a media voz:
— No lo sé. Mi calle es estrecha; mi libertad, poca. Mis muchachos se pasan de listos. Son unos bribones. Debo tener el oído alerta; al primer fracaso, entregarán mi cabeza para salvar su cuello.
— ¡Precisamente! — dije a Pugachov —. ¿No sería mejor que tú mismo te desembarazases a tiempo de ellos y recurrieras a la clemencia de la soberana?
Pugachov sonrió amargamente.
— No —respondió —; ya es tarde para arrepentirme. No habría perdón para mí. Continuaré lo mismo que he empezado. ¿Quién sabe? ¡Quizá salga bien! No olvides que Grishka Otrépiev reinó en Moscú.
— ¿Y tú sabes cómo terminó? ¡Le arrojaron por una ventana, le acuchillaron, quemaron los trozos y con sus cenizas se cargó un cañón y se hizo fuego!
— Escucha — dijo Pugachov con cierta inspiración feroz —. Te contaré un cuento que me relató de niño una vieja kalmuka. Un día el águila preguntó al cuervo: “Dime, pájaro cuervo, ¿por qué vives tú trescientos años y yo sólo treinta y tres?” — “Porque tú, padrecito — repuso el cuervo —, bebes sangre fresca y yo me alimento de carroña”. El águila pensó: probaré a alimentarme de lo mismo. Pues bien. Volaron el águila y el cuervo. De pronto vieron un caballo muerto y se posaron sobre él. El cuervo comenzó a picar y a elogiar la carne. El águila picó una vez, picó otra, aleteó y dijo al cuervo: “No, hermano cuervo; en vez de alimentarme de carroña trescientos años, prefiero beber sangre fresca una sola vez, ¡y sea lo que Dios quiera!” Bien, ¿qué te parece el cuento de la kalmuka?
— Ingenioso — le respondí —, pero a mí me parece que vivir del saqueo y del asesinato equivale a alimentarse de carroña.
Pugachov me miró sorprendido y no respondió. Los dos callamos, absortos cada uno en nuestras cavilaciones. El tártaro inició una canción melancólica; Savélich, medio dormido, se balanceaba en el pescante. La kibitka volaba por el llano camino invernal... De pronto vi una aldea en la abrupta orilla del Yaík, con una empalizada y un campanario; un cuarto de hora más tarde entrábamos en la fortaleza de Belogorsk.


CAPITULO XII


LA HUERFANA

Lo mismo que nuestro manzanito,
Que copa no tiene ni tiene ramitas,
Tampoco ella tiene, nuestra princesita.
Ni padre ni madre,
Ni nadie que en la boda la vista.
Ni nadie que la bendiga.


Canción de boda

La kibitka se detuvo delante del portal de la casa del comandante. El pueblo había reconocido las campanillas de Pugachov, y detrás de nosotros corría toda una muchedumbre . Shvabrin recibió al impostor en el porche. Vestía a lo cosaco y se había dejado crecer la barba. El traidor ayudó a Pugachov a descender del carruaje, expresando con vil servilismo su alegría y su celo. Al verme, se desconcertó, pero se repuso en seguida, y, tendiéndome la mano, me dijo:
— ¿Tú también eres de los nuestros? ¡Al fin te has decidido!
Yo le volví la espalda sin contestar.
El corazón se me contrajo cuando entré en aquella habitación que yo conocía tan bien y en la que aún colgaba de la pared el diploma del difunto comandante, epitafio triste del pasado. Pugachov se sentó en el sofá donde solía cabecear Iván Kuzmich, adormecido por el refunfuñar de su esposa. Shvabrin en persona le trajo vodka. Pugachov bebió una copa y le dijo, señalándome:
— Invita también a su señoría.
Shvabrin se me acercó con su bandeja, pero yo le di la espalda por segunda vez. Shvabrin estaba alterado. Con su natural inteligencia había advertido, indudablemente, el descontento de Pugachov. Sentíase acobardado ante él y me observaba con desconfianza. Pugachov se informó sobre el estado de la fortaleza, pidió noticias acerca de las tropas enemigas y otras cosas por el estilo y preguntó de improviso:
— Dime, hermanito, ¿qué muchacha es la que tienes bajo custodia? Muéstramela.
Shvabrin se quedó lívido como un cadáver.
— Señor — balbuceó con voz temblorosa — ...Señor, no se halla bajo custodia... está acostada en la habitación de arriba.
— Condúceme, pues, a donde se encuentra — dijo el impostor levantándose de su asiento.
No había forma de negarse. Shvabrin condujo a Pugachov a la habitación de María Ivánovna. Yo les seguí.
Shvabrin se detuvo en la escalera.
— ¡Soberano! — exclamó —. Tienes poder para exigir de mí todo cuanto desees, pero no permita que una persona extraña entre en el dormitorio de mi esposa.
Yo me estremecí.
— ¡Conque te has casado! — grité a Shvabrin, dispuesto a despedazarle.
— ¡Calma! — me interrumpió Pugachov —. Este es asunto mío. En cuanto a ti — continuó dirigiéndose a Shvabrin —, no te pases de listo ni te hagas de rogar: sea tu esposa o no lo sea, yo conduciré hasta ella a quien desee. Sígame, su señoría.
Frente a la puerta de la habitación, Shvabrin se detuvo de nuevo y dijo con voz entrecortada:
— Señor, le advierto que tiene una fiebre altísima; hace ya tres días que no cesa de delirar.
— ¡Abre! — ordenó Pugachov.
Shvabrin rebuscó en sus bolsillos y dijo que no había traído la llave. Pugachov dio una patada a la puerta, saltó la cerradura y entramos.
Eché una mirada y me quedé petrificado. María Ivánovna, pálida , delgada, los cabellos despeinados, estaba sentada en el suelo con un roto vestido de campesina. Tenía delante un cántaro de agua, cubierto con un trozo de pan. Al verme, profirió un grito. No recuerdo lo que pasó por mí en aquel instante.
Pugachov miró a Shvabrin y le dijo con amarga ironía:
— ¡Vaya un lazareto que tienes!
Luego se aproximó a María Ivánovna y le preguntó:
— Dime, palomita, ¿por qué te castiga así tu marido? ¿Qué mal le has hecho?
— ¡Mi marido! — repitió ella —. No es mi marido. ¡Yo no seré jamás su mujer! Ya he decidido que es mejor morir, y moriré si no se me pone en libertad.
Pugachov miró terriblemente a Shvabrin.
— ¡Y tú te has atrevido a engañarme! — le dijo —. ¿Sabes, holgazán, lo que te mereces?
Shvabrin cayó de rodillas... En aquel instante el desprecio ahogó en mí todos los sentimientos de odio y de cólera. Miré con repugnancia a aquel noble que se arrastraba a los pies de un cosaco evadido. Pugachov se ablandó.
— Te perdono por esta vez — dijo a Shvabrin —, pero has de saber que, a la primera falta, se te tendrá también esto en cuenta. — Luego se dirigió a María Ivánovna y le dijo dulcemente —: Sal de aquí, hermosa muchacha, te hago don de la libertad. Yo soy el soberano.
María Ivánovna le miró rápidamente y adivinó que tenía delante de sí al asesino de sus padres. Se cubrió el rostro con las dos manos y se desmayó. Me precipité hacia ella, pero en aquel momento entró resueltamente en la habitación mi vieja conocida Palashka y se puso a atender a su señorita. Pugachov salió, y los tres descendimos a la sala.
— ¿Qué te parece, su señoría? — me preguntó, riéndose, Pugachov —. ¡Hemos salvado a tu beldad! ¿No crees que lo mejor sería llamar al pope y obligarle a casar a su sobrina? Yo haré de padrino y Shvabrin de testigo. ¡Bailaremos y beberemos hasta no poder más!
Sucedió lo que temía. Shvabrin, al oír la proposición de Pugachov, se puso fuera de sí.
— ¡Señor! — gritó frenético —. Yo soy culpable, le he mentido, pero Griniov le engaña también. Esta muchacha no es la sobrina del pope de aquí: es la hija de Iván Mirónov, ejecutado el día que se tomó la fortaleza.
Pugachov dirigió hacia mí sus ojos de fuego.
— ¿Qué significa esó? — me preguntó perplejo.
— Shvabrin te ha dicho la verdad — respondí con firmeza.
— No me habías dicho eso — observó Pugachov con el rostro ensombrecido.
— Tú mismo comprenderás — repliqué — que no se podía decir ante tu gente que la hija de Mirónov estaba viva. La hubieran despedazado. ¡Nada habría podido salvarla!
— También eso es cierto — asintió, riéndose, Pugachov —. Mis borrachos no hubiesen tenido piedad de la pobre muchacha. Hizo bien la popesa al engañarlos.
— Escucha — continué al ver su favorable predisposición —. No sé qué nombre darte, ni quiero saberlo... Pero Dios es testigo de que estoy dispuesto a pagarte con mi vida lo que has hecho por mí. Ahora bien, no exijas nada que sea contrario a mi honor y a mi conciencia de cristiano. Tú eres mi bienhechor. Termina, pues, como has empezado: déjame marchar con la pobre huérfana por el camino que Dios nos señale. Nosotros, estés donde estés y te ocurra lo que te ocurra, rogaremos a Dios cada día por la salvación de tu alma pecadora...
Parecía que el alma severa de Pugachov se había conmovido.
— ¡Hágase según tu deseo! — accedió —. O ejecutar o perdonar: tal es mi costumbre. Toma a tu beldad; llévatela a donde quieras y que Dios os dé amor y concordia.
Después, se dirigió a Shvabrin y le ordenó que me entregara un salvoconducto para todos los puestos y fortalezas que dependían de él. Shvabrin, completamente aniquilado, parecía de piedra. Pugachov se fue a recorrer la fortaleza. Shvabrin le acompañó y yo me quedé con el pretexto de prepararme para la partida.
Corrí a la habitación de Masha. La puerta estaba cerrada. Llamé.
— ¿Quién es? — preguntó Palashka.
Me anuncié. Detrás de la puerta oí la adorable voz de María Ivánovna:
— Espere, Piotr Andreich. Estoy cambiándome de ropa. Vaya a la casa de Akulina Pamfílovna; en seguida iré a reunirme allí con usted.
Obedecí y me encaminé a la casa del padre Guerásim. El pope y su mujer salieron corriendo a mi encuentro. Savélich les había anunciado ya mi llegada.
— Buenos días, Piotr Andreich — dijo la popesa —. Dios ha querido que nos veamos otra vez. ¿Cómo está usted? Nosotros le recordábamos cada día. ¡Y María Ivánovna, mi palomita, qué no habrá sufrido en su ausencia! Pero, explíquenos, ¿cómo se ha entendido usted con Pugachov? ¿Cómo es posible que no le haya matado? Menos mal, todavía hay que dar las gracias al malvado por esto..
— Basta, ya, vieja — interrumpió el padre Guerásim — No hables tanto. El mucho hablar no conduce al cielo Entre usted, Piotr Andreich, se lo rogamos. Hace mucho, mucho tiempo que no nos hemos visto.
Mientras me agasajaba con todo lo que tenía a mano, la popesa hablaba sin interrupción. Me contó de qué manera Shvabrin les había obligado a entregarle a María Ivánovna; que María Ivánovna lloraba y no quería abandonarles; que María Ivánovna había estado todo el tiempo en relación con ella a través de Palashka (joven osada, que tenía en un puño hasta al uriádnik); que era ella quien había aconsejado a María Ivánovna que me escribiese una carta, etcétera. Yo, por mi parte, relaté brevemente toda mi historia. El pope y su mujer se santiguaron al oír que Pugachov conocía la verdad.
— ¡El Señor nos ampare! — decía Akulina Pamfílovna —. Que Dios haga pasar la nube. ¡Vaya un Alexéi Ivánich! ¡Buen zorro ha resultado!
En aquel momento la puerta se abrió y entró María Ivánovna con una sonrisa flotando en su rostro pálido. Había dejado sus ropas de campesina y vestía como antes, con agradable sencillez.
Tomé su mano entre las mías y durante largo tiempo no pude pronunciar palabra. Los dos callábamos: ¡tan rebosantes de sentimientos se hallaban nuestros corazones! Los dueños de la casa comprendieron que estaban de más y se retiraron. Quedamos solos. Nos olvidamos de todo. Hablábamos, hablábamos, y no podíamos acabar. María Ivánovna me relató todo lo que le había ocurrido desde la toma de la fortaleza; me describió todo el horror de su situación, todas las pruebas a que el vil Shvabrin la había sometido. También evocamos los felices tiempos de antes... Lloramos juntos... Por último, me puse a explicarle mis proyectos. Era imposible que ella permaneciese en la fortaleza sometida a Pugachov y gobernada por Shvabrin. Tampoco había que pensar en Orenburgo, que estaba sufriendo todas las calamidades de un asedio. Ella no tenía en el mundo a ningún familiar. Debía ir, le dije, a la aldea de mis padres. Al principio, María Ivánovna vaciló: sabía que mi padre estaba mal dispuesto hacia ella y tenía miedo. La tranquilicé. Estaba seguro de que mi padre se sentiría feliz y obligado a admitir en su casa a la hija de un combatiente de mérito, muerto por la patria.
— ¡Querida María Ivánovna! — dije al fin —. Yo te considero mi esposa. Extrañas circunstancias nos han unido para siempre: nada en el mundo podrá ya separarnos.
María Ivánovna me escuchó sencillamente, sin fingida timidez y sin afectaciones caprichosas. Sentía que su suerte estaba ya vinculada a la mía. Pero repitió que no quería ser mi esposa sin el consentimiento de mis padres. No la contradije. Nos besamos con sincero ardor, y todo quedó decidido así.
Una hora más tarde el uriádnik me trajo el salvoconducto, firmado con los garabatos de Pugachov, y me ordenó en su nombre que fuera a verle. Hallé a Pugachov dispuesto a ponerse en camino. No puedo explicar qué sentimientos me dominaban al separarme de aquel hombre terrible, de aquel monstruo, de aquel malhechor para con todo el mundo, menos conmigo. ¿Por qué ocultar la verdad? En aquel minuto me atraía hacia él una gran simpatía. Deseaba apasionadamente arrancarle del medio de malhechores que capitaneaba y salvar su cabeza antes que fuera demasiado tarde. Shvabrin y la multitud que se aglomeraba a nuestro lado me impidieron expresarle todo lo que sentía mi corazón.
Nos separamos como amigos. Pugachov, al descubrir entre la muchedumbre a Akulina Pamfílovna, la amenazó con un dedo y le guiñó expresivamente un ojo; luego subió a la kibitka, dio orden de partir para Berda, y, cuando los caballos se pusieron en marcha, sacó la cabeza por la ventanilla y me gritó:
— ¡Adiós, su señoría! Acaso nos volvamos a ver alguna vez.
Sí, nos volvimos a ver, ¡pero en qué circunstancias!...
Pugachov partió. Durante largo rato estuve contemplando la blanca estepa por la que volaban sus caballos. La gente se fue. Shvabrin desapareció. Volví a la casa del sacerdote. Todo estaba listo para nuestro viaje; no quise demorar la partida ni un minuto más. Nuestros equipajes habían sido colocados en el viejo carruaje del comandante. Los cocheros engancharon en un segundo los caballos. María Ivánovna fue a despedirse de las tumbas de sus padres, enterrados detrás de la iglesia. Yo quise acompañarla, pero me rogó que la dejara sola. Volvió pocos minutos después, llorando en silencio. El carruaje estaba listo. El padre Guerásim y su mujer salieron al porche. Subimos los tres al carruaje: María Ivánovna, Palashka y yo. Savélich se sentó en el pescante.
— ¡Adiós, María Ivánovna, mi palomita! ¡Adiós, Piotr Andreich, nuestro preclaro halcón! — decía la buena mujer del pope —. ¡Feliz viaje y que Dios les dé felicidad!
Partimos. En la ventanita de la casa del comandante vi a Shvabrin de pie. Su rostro reflejaba un odio sombrío. No quise jactarme de mi victoria ante el enemigo derrotado y volví la vista. Por fin, traspusimos la puerta de la fortaleza y abandonamos Belogorsk para siempre.

CAPITULO XIII


EL ARRESTO


No se enfade, señor; según mi cargo me convida,
Enviarlo a la cárcel debo yo en seguida.
— Cuando quiera, mas tengo la esperanza al punto
De que antes habré de dejarle explicado el tan asunto.


Kniazhnín

Unido tan inesperadamente a la adorable joven por cuya suerte había estado tan inquieto aquella misma mañana, no podía dar crédito a lo ocurrido y me imaginaba que todo era un simple sueño. María Ivánovna miraba pensativa bien al camino, bien a mí. Parecía que aún no había vuelto en sí. Callábamos. Nuestros corazones estaban excesivamente fatigados. Sin darnos cuentá nos hallamos al cabo de dos horas en la próxima fortaleza, también sometida a Pugachov. Allí cambiamos los caballos. Por la rapidez con que los enganchaban y la servicial deferencia del cosaco barbudo que Pugachov había nombrado comandante de la fortaleza, comprendí que, gracias a la locuacidad de nuestro cochero, se me tomaba por el favorito del jefe.
Seguimos nuestro viaje. Anochecía. Nos aproximábamos a una pequeña ciudad, en la que, según el barbudo comandante de la fortaleza, se hallaba un fuerte destacamento que iba a sumarse a las tropas del impostor. Nos detuvieron los centinelas. A la pregunta de: “¿Quién vive?”, el cochero respondió en voz alta:
— Un compadre del soberano con su mujer.
De pronto, un grupo de húsares nos rodeó, blasfemando horriblemente.
— ¡Sal de ahí, compadre del diablo! — me ordenó un bigotudo sargento de caballería Te darán un buen remojón con tu mujer.
Bajé de la kibitka y exigí que se me condujera a presencia del jefe. Al ver mi uniforme de oficial, los soldados dejaron de proferir insultos y blasfemias. El sargento de caballería me llevó a un comandante. Savélich, que no me abandonaba, decía para sí: “¡Vaya con el compadre del soberano! Hemos salido del fuego para metemos en las llamas... ¡Dios todopoderoso! ¿Cómo terminará esto?”
La kibitka nos seguía al paso.
A los cinco minutos llegamos a una casita brillantemente iluminada. El sargento de caballería me dejó custodiado y entró a dar parte de mí. Volvió en seguida y me dijo que su señoría no tenía tiempo de recibirme, pero que había ordenado que me condujeran a la prisión y que la mujer fuese llevada a su presencia.
— ¿Qué significa eso? — grité enfurecido —. ¿Es que se ha vuelto loco?
— No lo sé, su señoría — respondió el sargento —. Sólo sé que el comandante ha dado orden de que su señoría sea conducido a la cárcel y que la dama sea llevada a su presencia.
Me precipité hacia el porche de la casa. Los centinelas ni siquiera pensaron en detenerme y entré directamente en una habitación donde seis oficiales de húsares jugaban al faraón. El comandante tenía la banca. ¡Cuál no sería mi sorpresa al reconocer en él a Iván Ivánovich Zurin, el mismo que me había ganado una vez en una fonda de Simbirsk!
— ¿Será posible? — exclamé —. ¡Iván Ivánovich! ¿Eres tú?
— ¡Ah, ah, ah, Piotr Andreich! ¿Qué viento te trae por aquí? ¿De dónde vienes? Bienvenido, hermano. ¿No quieres jugar una partida?
— No, gracias. Mejor será que des orden de que me busquen alojamiento.
— ¿Para qué quieres alojamiento? Quédate conmigo.
— No puedo; no estoy solo.
— Bueno, pues trae aquí también a tu compañero.
— No es un compañero, sino... una dama.
— ¡Una dama! ¿Dónde la has enganchado? ¡Vaya, hermano! (Y, al decir eso, Zurin silbó tan expresivamente, que todos se echaron a reír. Yo estaba muy turbado.)
— Bueno — continuó Zurin —, será como deseas. Se te encontrará alojamiento. Pero es una pena... Lo hubiéramos festejado como en tiempos... ¡Eh! ¡Muchachos! ¿Por qué no traen aquí a la comadre de Pugachov? ¿O es que se resiste? Díganle que no tema, que el señor es muy bueno y no la ofenderá en nada, y, al mismo tiempo, denle un buen empujón.
— ¿Pero qué dices? — pregunté a Zurin —. ¿De qué comadre de Pugachov hablas? Es la hija del difunto capitán Mirónov. La he sacado del cautiverio y la acompaño ahora a la aldea de mi padre, donde tengo la intención de dejarla.
— ¡Cómo! ¿Entonces es de ti de quien acaban de informarme? ¡Válgame el cielo! ¿Qué significa esto?
— Luego te lo explicaré todo. Pero ahora, por amor de Dios, ve a tranquilizar a la pobre muchacha. Tus húsares la tienen muerta de miedo.
Zurin se apresuró a dar órdenes y salió en persona a la calle para excusarse ante María Ivánovna por la confusión involuntaria. El sargento de caballería recibió orden de buscarle el mejor alojamiento de la ciudad. Yo me quedé a pasar la noche con Zurin.
Cenamos, y, al quedarnos solos, le relaté mis aventuras. Zurin me escuchaba con gran atención. Cuando terminé, meneó la cabeza y me dijo:
— Todo eso, hermano, está bien. Sólo una cosa está mal: ¿por qué diablos quieres casarte? Yo, como oficial honrado, no quiero engañarte: créeme, casarse es una tontería. ¿Qué necesidad tienes de preocuparte de tu mujer y cuidar de los niños? Vamos, renuncia a esa idea. Hazme caso, deshazte de la hija del capitán. El camino de Simbirsk ha quedado limpio de tropas enemigas por mis hombres y es una ruta segura. Envíala mañana mismo, sola, a casa de tus padres y tú quédate en mi destacamento. No tienes por qué volver a Orenburgo. Si vuelves á caer en manos de los insurrectos, será poco probable que te salves de nuevo. De esta manera, tu enamoramiento pasará por sí solo y todo acabará bien.
Aunque no estaba plenamente de acuerdo con él, sentía, sin embargo, que el honor militar exigía mi presencia en las tropas de la emperatriz. Decidí, pues, seguir el consejo de Zurin: enviar a María Ivánovna a la aldea y quedarme en su destacamento.
Cuando Savélich se presentó para desnudarme, le expliqué que al día siguiente debía ponerse en camino con María Ivánovna. Al principio, se resistió.
—¿Pero qué dice, señor mío? ¿Cómo podría abandonarle? ¿Quién cuidará de usted? ¿Qué dirían sus padres?
Conocedor de la obstinación de mi ayo, opté por persuadirle recurriendo a la dulzura y a la sinceridad.
— ¡Mi querido amigo Arjip Savélich! — le dije —. No te niegues, sé mi bienhechor. Aquí no necesitaré sirviente, pero no estaré tranquilo si María Ivánovna se pone en camino sin ti. Al servirle a ella, me sirves a mí, porque estoy firmemente decidido a casarme con María Ivánovna en cuanto las circunstancias nos lo permitan.
Savélich abrió los brazos con una indescriptible expresión de asombro.
— ¡Casarse! — repitió —. ¡El niño quiere casarse! ¿Y qué dirá su padre, qué pensará su madre?
— Lo consentirán, seguro que lo consentirán cuando conozcan a María Ivánovna — le respondí —. Cuento también contigo. Mis padres tienen confianza en ti. ¿Verdad que tú intercederás por nosotros?
El viejo estaba conmovido.
— ¡Ay, señor mío Piotr Andreich! — contestó —. Aunque ha pensado demasiado pronto en casarse, también es verdad que María Ivánovna es una señorita tan buena que sería un pecado perder esta oportunidad. ¡Que sea como usted quiera! Acompañaré a ese ángel de Dios hasta la casa de sus padres y les comunicaré obedientemente que una novia así ni siquiera necesita dote.
Di las gracias a Savélich y me acosté en la habitación de Zurin. Como estaba muy excitado y me embargaba la emoción, me mostré sumamente locuaz. Al principio, Zurin hablaba conmigo con mucho gusto, pero, poco a poco, sus palabras se hicieron más raras e incoherentes hasta que, por último, en lugar de responder a no sé qué pregunta, roncó y emitió un silbido. Me callé, pues, y al poco rato seguí su ejemplo.
A la mañana siguiente, fui a ver a María Ivánovna. Le expuse mi proyecto. Ella lo encontró razonable y estuvo en todo de acuerdo conmigo. El destacamento de Zurin debía salir de la ciudad aquel mismo día. No había, pues, tiempo que perder. Allí mismo me separé de María Ivánovna después de confiársela a Savélich y de entregarle una carta para mis padres. María Ivánovna lloraba.
— ¡Adiós, Piotr Andreich! — me dijo en un susurro —. Sólo Dios sabe si hemos de vernos aún, pero no le olvidaré en toda mi vida. Hasta la muerte será el único en mi corazón.
No pude contestarle nada. Nos rodeaba la gente, y no quise, en presencia de testigos, entregarme a los sentimientos que me embargaban. Por último, María Ivánovna partió. Volví a la casa de Zurin, triste y silencioso. Este quiso alegrarme; yo mismo tenía intención de distraerme; pasamos el día de manera ruidosa y agitada, y al anochecer nos pusimos en marcha: empezaba la campaña.
Esto ocurría a finales de febrero. El invierno, que había obstaculizado las operacions militares, declinaba ya, y nuestros generales preparaban una acción conjunta. Pugachov seguía ante las puertas de Orenburgo. Mientras tanto, nuestros destacamentos se iban concentrando a su alrededor y se aproximaban de todas partes al nido de malhechores. Las aldeas insurrectas se sometían a la llegada de nuestras tropas; las bandas de facinerosos huían por doquier y todo presagiaba un desenlace próximo y feliz.
Pronto, el príncipe Golitsin derrotó a Pugachov en las inmediaciones de la fortaleza de Tatíschev, dispersó a sus tropas, liberó Orenburgo y, al parecer, asestó al levantamiento el último golpe decisivo. Por aquel tiempo, Zurin había sido enviado contra una banda de bashkires insurrectos que se dieron a la fuga antes de que nosotros pudiéramos verles. La primavera nos retuvo en una aldea tártara. Los ríos se habían desbordado y los caminos estaban intransitables. Nos consolaba en nuestra inactividad la idea de que aquella guerra aburrida y de poca monta contra bandoleros y salvajes estaba a punto de terminar.
Sin embargo, Pugachov no había sido capturado. Se presentó en las fábricas de Siberia, reunió allí nuevos contingentes y comenzó otra vez sus fechorías. De nuevo corrió el rumor de sus éxitos. Conocimos la devastación de las fortalezas de Siberia. Poco más tarde, la noticia de la toma de Kazán y de la marcha del impostor sobre Moscú alarmó a nuestros jefes militares, que dormían despreocupadamente confiando en la impotencia del despreciable insurrecto. Zurin recibió orden de cruzar el Volga.
No voy a detenerme en la descripción de nuestra campaña y del final de la guerra. Diré brevemente que las calamidades llegaron al máximo. Atravesábamos aldeas asoladas por los insurrectos y, a pesar de nuestra voluntad, despojábamos a sus pobres habitantes de lo poco que habían podido salvar. Las autoridades habían dejado de existir en todas partes; los terratenientes se ocultaban en los bosques. Las bandas de saqueadores hacían de las suyas por doquier; los jefes de los destacamentos dispersos abusaban de su poder para castigar y perdonar; la situación de toda aquella vasta comarca, asolada por el incendio, era horrorosa... ¡No quiera Dios que vuelva a ocurrir una revuelta rusa, tan insensata e implacable!
Pugachov huía, perseguido por Iván Ivánovich Mijelsón. Poco más tarde supimos que había sido completamente derrotado. Y, por fin, Zurin recibió la noticia de que el impostor había sido capturado y, al mismo tiempo, la orden de detenerse. La guerra había concluido. ¡Al fin me podía marchar a la casa de mis padres! La idea de abrazarles, de ver a María Ivánovna, de la que no había recibido ninguna noticia, me llenaba de entusiasmo y me hacía saltar como un niño. Zurin se reía y exclamaba encogiéndose de hombros:
— ¡No, tú acabarás mal! Te casarás, ¡y hombre al agua!
Mientras tanto, un extraño sentimiento emponzoñaba mi alegría: el recuerdo del infame, salpicado por la sangre de tantas víctimas inocentes, y la idea del suplicio que le esperaba me alarmaban a pesar mío. “¡Pugachov, Pugachov! — pensaba yo contrariado — ¿por qué no te habrá atravesado una bayoneta, por qué no habrás caído bajo la metralla? No podría haberte sucedido nada mejor”. ¿Qué podía hacer yo? Me era imposible pensar en él sin recordar los favores que me había hecho en un terrible minuto de su vida y la liberación de mi prometida de las manos, del execrable Shvabrin.
Zurin me concedió un permiso. Pocos días después debía encontrarme nuevamente entre mis familiares, vería otra vez a mi María Ivánovna... De repente, una tormenta imprevista se abatió sobre mí.
El día señalado para mi partida, en el mismo instante en que ya me disponía a ponerme en camino, Zurin, extraordi nanamente preocupado, entró en mi casa con un papel en la mano. Sentí una punzada en el corazón y me asusté sin saber yo mismo por qué. Zurin hizo salir a mi ordenanza y me anunció que tenía que hablarme.
— ¿Qué ocurre? — le pregunté con inquietud.
— Un pequeño contratiempo — respondió, entregándome el papel —. Toma, lee lo que acabo de recibir.
Me puse a leer: se trataba de una orden secreta dirigida a todos los jefes de unidades para que me detuvieran donde me encontrasen y me enviaran inmediatamente bajo custodia a Kazán, ante la Comisión Investigadora encargada de instruir la causa contra Pugachov. Casi dejé caer el papel de las manos.
— ¡Qué se le va a hacer! — dijo Zurin —. Mi deber es cumplir la orden. Probablemente ha llegado de algún modo al gobierno el rumor de tus relaciones amistosas con Pugachov. Confío en que el asunto no tendrá ninguna consecuencia y en que te podrás justificar ante la comisión. No desesperes, y ponte en camino.
Mi conciencia estaba tranquila, y no temía al juicio, pero me aterrorizaba la idea de aplazar el instante del dulce encuentro, de aplazarlo quizá por varios meses. Se carro aguardaba. Zurin me despidió afectuosamente. Se sentaron junto a mí dos húsares con el sable desenvainado, y nos pusimos en marcha por el camino real.


CAPITULO XIV


EL JUICIO


Como las olas del mar,
El rumor viene y se va.


Proverbio

Yo estaba persuadido de que la causa de todo era mi ausencia no autorizada de Orenburgo. Podía justificarme fácilmente: las salidas de una ciudad asediada, lejos de estar prohibidas, eran estimuladas por todos los medios. Se me podía acusar de fogosidad, pero no de desobediencia. Pero mis buenas relaciones con Pugachov podrían ser demostradas por muchos testigos y parecerían, al menos, sumamente sospechosas. Durante todo el camino, fui pensando en el interrogatorio que me esperaba y preparando mis respuestas. Decidí confesar toda la verdad a los jueces convencido de que este método de defensa era el más simple y seguro.
Llegué a Kazán, asolada y casi reducida a cenizas por el incendio. En las calles, en lugar de casas, había montones de escombros abrasados y se alzaban muros negros de humo, sin tejados y sin ventanas. ¡Tal era la huella de Pugachov! Me condujeron a la fortaleza. Había quedado indemne en el centro de la ciudad incendiada. Los húsares me entregaron al oficial de servicio. Este mandó llamar a un herrero. Me pusieron una cadena en los pies y la cerraron remachándola. Luego fui conducido a la prisión y se me recluyó en una celda estrecha y tenebrosa de paredes desnudas, con una ventanilla protegida por barrotes de hierro.
Semejante principio no me auguraba nada bueno. Sin embargo, no perdí ni mi valor ni mi esperanza. Recurrí al consuelo de todos los que sufren y, saboreando por primera vez la dulzura de la plegaria que emana de un corazón inocente, aunque lacerado, me dormí apaciblemente, sin pensar qué sería de mí.
El carcelero me despertó a la mañana siguiente y me anunció que la comisión reclamaba mi presencia. Dos soldados me llevaron a través del patio hasta la casa del comandante, se detuvieron en el vestíbulo y me hicieron entrar solo en las habitaciones interiores.
Penetré en una sala bastante espaciosa. Dos hombres estaban sentados ante una mesa cubierta de papeles: un general entrado en años, de aspecto severo y frío, y un joven capitán de la Guardia, que representaba tener unos veintiocho años, de aspecto muy agradable y maneras desenvueltas. Ante una mesa especial, junto a la ventana, estaba el secretario con una pluma detrás de la oreja, inclinado sobre el papel y dispuesto a tomar nota de mi declaración. Comenzó el interrogatorio. Después de preguntárseme el nombre y la graduación, el general quiso saber si yo era hijo de Andréi Petróvich Griniov y, al oír mi respuesta afirmativa, exclamó severamente:
— ¡Es una pena que un hombre tan honorable tenga un hijo tan indigno de él!
Respondí tranquilamente que cualesquiera que fuesen las acusaciones que pesaran sobre mí, esperaba rebatirlas con una sincera exposición de la verdad. Mi aplomo no agradó al viejo general.
— Tú, amiguito, eres muy osado — me dijo frunciendo el ceño —, pero nosotros los hemos visto más todavía.
Entonces el joven me preguntó en qué circunstancias y cuándo había entrado al servicio de Pugachov y en qué misiones me había utilizado.
Contesté, indignado, que yo era noble y oficial y que, por lo tanto, no podía haber entrado al servicio de Pugachov ni aceptar de él misión alguna.
— ¿Cómo, pues, se explica — objetó el que me interrogaba — que ese noble y oficial sea perdonado él solo por el impostor cuando todos sus camaradas han sido asesinados ferozmente? ¿Cómo se explica que ese mismo noble y oficial pueda compartir amigablemente los festines de los rebeldes y aceptar regalos del malhechor principal, a saber, una pelliza, un caballo y cincuenta kopeks? ¿Qué ha motivado tan extraña amistad y en qué se funda, si no es en la traición o, por lo menos, en una pusilanimidad criminal y abominable?
La palabras del oficial de la Guardia me ultrajaron profundamente, y comencé a defenderme con ardor. Relaté cómo había conocido a Pugachov en la estepa un día de nevasca; cómo durante la toma de la fortaleza de Belogorsk me reconoció y me concedió su perdón. Dije también que no había tenido inconveniente en aceptar la pelliza y el caballo del impostor, pero que había defendido hasta mis últimas energías la fortaleza de Belogorsk contra el infame. Por último, invoqué a mi general, que podría dar fe de mi celo durante el infortunado sitio de Orenburgo.
El severo anciano tomó de la mesa un sobre abierto, sacó un papel y comenzó a leer en voz alta:

“En respuesta a la demanda de Vuestra Excelencia a propósito del alférez Griniov, que según parece, está encartado en la insurrección actual a consecuencia de haber entrado en contacto con el bandido, acción reprobada por el servicio y contraria al deber del juramento, tengo el honor de poner en su conocimiento que el alférez Griniov sirvió a mis órdenes, en Orenburgo, desde principios de octubre de 1773 hasta el 24 de febrero del corriente año, en cuya fecha se ausentó de la ciudad, y desde entonces no se presentó más a mi mando. Por los evadidos se ha sabido que estuvo en la villa de Berda, con Pugachov, y que salió con él para la fortaleza de Belogorsk, en cuya guarnición había servido anteriormente; en cuanto a su comportamiento, puedo decir...”

Aquí el general interrumpió la lectura y preguntó con acritud:
— ¿Qué dirás ahora para defenderte?
Quise continuar como había comenzado y exponer mis relaciones con María Ivánovna tan sinceramente como todo lo demás. Pero, de pronto, sentí una repugnancia invencible. Me cruzó por la mente la idea de que, si la nombraba a ella, sería convocada por la comisión, y la terrible idea de mezclar su nombre con las viles calumnias de los bandidos y de imponerle un careo con ellos, me pareció tan odiosa, que comencé a tartamudear y no dije más que frases incoherentes.
Mis jueces, que al parecer habían empezado a escuchar mis respuestas con cierta benevolencia, se sintieron otra vez prevenidos contra mí al observar mi confusión. El oficial de la Guardia pidió un careo con el principal denunciante. El general ordenó que se llamara al infame de ayer. Me volví rápidamente hacia la puerta, esperando la aparición de mi acusador. Unos minutos más tarde resonaron unas cadenas, se abrió la puerta y entró... Shvabrin. Me quedé atónito al ver el cambio operado en él. Estaba terriblemente delgado y pálido. Sus cabellos, no hacía mucho aún negros como la pez, eran ahora completamente blancos; su larga barba estaba toda enmarañada. Repitió sus acusaciones con voz débil, pero firme. Según sus palabras, yo había sido enviado como espía a Orenburgo por Pugachov; diariamente salía de la fortaleza para transmitir a los insurrectos noticias por escrito de todo cuanto ocurría en la ciudad; por último, me había entregado en cuerpo y alma al impostor y viajaba con él de fortaleza en fortaleza, tratando por todos los medios de perder a mis compañeros de traición para ocupar sus puestos y aprovecharme de las mercedes que repartía el impostor. Le escuché en silencio y quedé satisfecho de una sola cosa: el nombre de María Ivánovna no había sido pronunciado por el infame criminal, bien porque su amor propio sufría al recuerdo de la que le rechazara con desdén, bien porque su corazón ocultaba alguna chispa del mismo sentimiento que me había obligado a callar a mí. De una manera o de otra, el caso es que el nombre de la hija del comandante de Belogorsk no fue mencionado ante la comisión. Yo me afirmé más aún en mi decisión de callar y, cuando mis jueces me preguntaron cómo podría refutar las declaraciones de Shvabrin, contesté que insistía en mi primera declaración y no podía añadir nada más en mi defensa. El general dio orden de hacernos salir. Shvabrin y yo abandonamos la sala al mismo tiempo. Le miré tranquilamente, pero no le dije nada. El sonrió con una sonrisa malvada y, levantando sus cadenas, se me adelantó acelerando el paso. Otra vez fui conducido a la prisión, y nunca más me llamaron a declarar.
No fui testigo de todo lo que me queda por relatar al lector, pero tantas veces he oído hablar de ello, que hasta los detalles más ínfimos han quedado impresos en mi memoria y tengo la impresión de que yo mismo he asistido a todo eso.
María Ivánovna fue acogida por mis padres con esa cordial hospitalidad que distinguía a las personas del viejo tiempo. Consideraban como una bendición del cielo habérseles presentado la oportunidad de ofrecer asilo y calor a una pobre huérfana. Muy pronto se encariñaron realmente con ella, porque era imposible conocerla sin amarla. Ya no le parecía a mi padre que mi amor era un capricho, y mi madre deseaba una sola cosa: que su Petrusha se casara con la bondadosa hija del capitán.
La noticia de mi detención conmocionó a toda mi familia. María Ivánovna había relatado tan sencillamente mis extrañas relaciones con Pugachov, que mis padres, lejos de intranquilizarse, se reían con frecuencia de buena gana. Mi padre no quería admitir que yo estuviese complicado en un pérfido levantamiento, cuyo fin era derrocar a la emperatriz y acabar con la nobleza, e interrogó severamente a Savélich. Mi ayo no ocultó que su señor hubiera visitado a Pugachov y que el bandido fuera generoso con él, pero juró que no había oído hablar de ninguna traición. Los viejos se tranquilizaron y comenzaron a esperar con impaciencia noticias más consoladoras. María Ivánovna vivía en un sobresalto continuo, pero guardaba silencio, porque estaba dotada en sumo grado de prudencia y modestia.
Pasaron varias semanas... De pronto, mi padre recibió de Petersburgo una carta de nuestro pariente el príncipe B. Le hablaba de mí. Después de las fórmulas de cortesía al uso, le anunciaba que, por desgracia, las sospechas de mi participación en la conjura de los rebeldes eran demasiado convincentes, que, en justicia, se me debería haber condenado a la pena capital, pero que la soberana, en atención a los méritos de mi padre y a su edad avanzada, había decidido otorgar su gracia al hijo criminal y, librándole de un suplicio infamante, había ordenado tan sólo que se le exilara para el resto de su vida a un apartado rincón de Siberia.
El inesperado golpe estuvo a punto de matar a mi padre. Su firmeza natural le abandonó, y su dolor (generalmente mudo) se tradujo en amargas lamentaciones.
— Pero ¿como? — repetía perdiendo los estribos —. ¡Mi hijo ha participado en las maquinaciones de Pugachov! ¡Dios santo, lo que he llegado a ver! La soberana le concede la gracia de la vida, ¿pero acaso será eso más llevadero para mí? Lo terrible no es el suplicio: mi tatarabuelo pereció en el patíbulo defendiendo la causa que él veneraba en el santuario de su conciencia; mi padre también fue reprimido con Volinski y Jruschiov. ¡Pero que un noble traicione su juramento, que se alíe a bandidos, a asesinos, a siervos fugitivos!... ¡Es un oprobio y un deshonor para toda nuestra familia!...
Mi madre, asustada por la desesperación de mi padre, no se atrevía a llorar en su presencia y se esforzaba por animarle, hablándole de la incertidumbre de los rumores y de la inestabilidad de las opiniones humanas. Pero mi padre estaba inconsolable.
María Ivánovna era la que más sufría de todos. Persuadida de que yo podía haberme defendido — hubiera bastado mi deseo —, adivinaba la verdad y se sentía culpable de mi desdicha. Ocultaba a los ojos de todos sus lágrimas y su dolor, y, entretanto, no dejaba de pensar en los medios que podrían salvarme.
Una tarde, mi padre, sentado en el sofá, hojeaba el Calendario de la Corte, pero sus pensamientos estaban muy lejos y la lectura no le producía el efecto de costumbre. Silbaba una vieja marcha militar. Mi madre hacía punto en silencio y, de vez en cuando, una lágrima caía sobre su labor. De pronto, María Ivánovna, que también hacía lo mismo, anunció a mis padres que le era absolutamente indispensable ir a Petersburgo y les rogó que le ayudasen a cumplir su propósito. Mi madre se sintió muy afligida.
— ¿Qué quieres hacer en Petersburgo? — le preguntó —. ¿Acaso tú también, María Ivánovna, tienes la intención de abandonarnos?
María Ivánovna respondió que todo su porvenir dependía de aquel viaje y que, como hija de un hombre que había perecido en el cumplimiento de su deber, iba a buscar ayuda y protección en poderosos personajes.
Mi padre bajó la cabeza: cada palabra que le recordaba el delito imaginario de su hijo le era dolorosa como un punzante reproche.
— Vete, muchacha — dijo a Masha con un profundo suspiro —. No queremos ser un obstáculo para tu felicidad. Que Dios te dé por novio a un hombre honrado y no a un traidor cubierto de infamia.
Y levantándose de su asiento, mi padre salió de la habitación.
Al quedarse a solas con mi madre, María Ivánovna le expuso en parte su proyecto. Mi madre la abrazó llorando y pidió a Dios que su idea terminara bien. María Ivánovna se preparó para el viaje, y pocos días más tarde se puso en camino con su fiel Palashka y el leal Savélich, que, separado forzosamente de mí, se consolaba, por lo menos, con la idea de que servía a mi prometida.
María Ivánovna llegó sin novedad a Sofía y, al saber en la estación de postas que la corte se hallaba en Tsárskoie Seló, decidió detenerse allí. En dicho lugar se le dio un cuartito detrás de un tabique. La mujer del maestro de postas entabló en seguida conversación con ella. Era, le dijo, sobrina de un deshollinador de la corte y la inició en todos los secretos de la vida cortesana. Le relató a qué hora se despertaba habitualmente la emperatriz y a qué hora tomaba su café; cuándo paseaba; qué ilustres la acompañaban; qué se había dignado decir el día anterior durante la comida; a quién había recibido por la tarde. En una palabra, la conversación de Anna Vlásievna equivalía a varias páginas de apuntes históricos y hubiera sido de mucho valor para la posteridad. María Ivánovna la escuchaba con la mayor atención. Después las dos mujeres fueron a pasear por el jardín. Anna Vlásievna le contó la historia de cada alameda y de cada puentecito y, después de pasear hasta sentirse fatigadas, volvieron a la estación de postas muy satisfechas la una de la otra.
Al día siguiente, María Ivánovna se despertó muy temprano; después de vestirse salió sin hacer ruido al jardín. Era una radiante mañana; el sol iluminaba las cimas de los tilos, ya teñidos de amarillo por el fresco hálito del otoño. Las aguas del vasto lago resplandecían inmóviles. Los cisnes, que ya se habían despertado, salían majestuosamente de entre los arbustos que enmarcaban la orilla. María Ivánovna siguió a lo largo de un hermoso prado, donde acababa de erigirse un monumento conmemorativo de las últimas victorias del conde Piotr Alexándrovich Rumiántsev. Súbitamente, un perrillo blanco de raza inglesa le salió ladrando al encuentro. María Ivánovna, asustada, se detuvo. En aquel momento oyó una agradable voz femenina:
— No tema, no le morderá.
María Ivánovna vio a una dama sentada en un banco, frente al monumento, y se sentó en el extremo opuesto del banco. La dama la observaba atentamente, y María Ivánovna, por su parte, después de haberle dirigido unas cuantas miradas de soslayo, tuvo tiempo de examinarla desde la cabeza hasta los pies. Vestía un blanco peinador matinal, un gorro de dormir y un justillo. A Masha le pareció que tendría unos cuarenta años. Su rostro, lleno y sonrosado, expresaba calma y gravedad, y sus ojos azules y su leve sonrisa tenían un encanto inexplicable. La dama fue la primera en romper el silencio.
— ¿Usted seguramente no es de aquí? — preguntó.
— En efecto, sólo ayer he llegado de provincias.
— ¿Ha venido usted con sus padres?
— No, señora. He vinido sola.
— ¡Sola! Pero si es usted tan joven...
— No tengo padre ni madre.
— ¿Seguramente le ha traído aquí algún asunto?
— Sí. He venido a presentar una solicitud a la soberana.
— Usted es huérfana: ¿seguramente viene a quejarse de alguna injusticia o de alguna ofensa?
— De ninguna manera. He venido a solicitar gracia y no justicia.
— Permítame que le pregunte: ¿quién es usted?
— Soy la hija del capitán Mirónov.
— ¡Del capitán Mirónov! ¿Del que fue comandante de una fortaleza cerca de Orenburgo?
— El mismo.
La dama parecía conmovida.
— Perdóneme que me inmiscuya en sus asuntos — dijo con una voz más afectuosa aún —, pero yo frecuento la corte. Explíqueme en qué consiste su demanda y tal vez pueda ayudarle en algo.
María Ivánovna se puso de pie y le dio las gracias con mucho respeto. Todo en aquella dama incógnita la atraía involuntariamente y le inspiraba confianza. María Ivánovna sacó de su bolsillo un papel doblado y se lo entregó a su desconocida protectora, que comenzó a leerlo para sí.
Al principio leía con atención y benevolencia, pero, de repente, su rostro se transformó, y María Ivánovna, que seguía atentamente cada uno de sus movimientos, observó asustada la severa expresión de aquel rostro, tan agradable y sereno hacía sólo un instante.
— ¿Usted intercede por Griniov? — preguntó la dama con una expresión glacial —. La emperatriz no puede perdonarle. Griniov no se ha sumado al impostor por ignorancia o por ligereza. Su conducta ha sido la de un infame peligroso e inmoral.
— ¡Oh, eso no es verdad! — exclamó María Ivánovna.
— ¿Cómo que no es verdad? — replicó, estallando, la dama.
— ¡No es verdad, por Dios que no es verdad! Yo lo sé todo y le voy a contar toda la historia. El se ha expuesto sólo por mí a todo lo que le ha ocurrido. Y si no se ha defendido ante los jueces, ha sido seguramente por temor a mezclar mi nombre en este asunto.
Y María Ivánovna refirió apasionadamente todo lo que ya conoce el lector.
La dama escuchó el relato con atención.
— ¿Dónde se aloja usted? — preguntó luego y, al oír el nombre de Anna Vlásievna, añadió con una sonrisa —: Sí, ya sé... Adiós, no hable a nadie de nuestra entrevista. Confío en que no esperará usted mucho tiempo la respuesta a su solicitud.
Con estas palabras, la dama se levantó y desapareció por una alameda umbría. María Ivánovna regresó a la casa de Anna Vlásievna con el corazón rebosante de jubilosa esperanza.
Anna Vlásievna la regañó por su temprano paseo. Los paseos matinales en otoño, según ella, eran perjudiciales para la salud de una joven. Trajo el samovar, y cuando, después de sentarse a tomar té, se disponía a comenzar sus interminables historias acerca de la corte, se detuvo de repente ante el portal una carroza de palacio y entró un lacayo para anunciar que la soberana se dignaba invitar a su presencia a la joven Mirónova.
Anna Vlásievna se asombró al oír la noticia y ya no pudo estarse quieta en un sitio.
— ¡Ay, Dios mío! — gritaba —. La soberana se digna llamarla a palacio. ¿Cómo ha podido oír hablar de usted? ¿Y cómo se presentará usted, señorita, ante la emperatriz? Me imagino que ni siquiera sabe andar como se anda en palacio... ¿No sería mejor que yo la acompañase? Porque, a pesar de todo, podría hacerle alguna advertencia. ¿Y cómo va a ir con su vestido de viaje? ¿No sería mejor mandar a casa de la comadrona por su vestido amarillo adornado con tafetán?
El lacayo dijo que la soberana deseaba que María Ivánovna fuera sola y con la ropa que llevase puesta. No había más remedio que obedecer: María Ivánovna subió a la carroza y salió para palacio, acompañada de los consejos y de las bendiciones de Anna Vlásievna.
María Ivánovna presentía la solución de nuestro destino; el corazón le latía fuertemente. Minutos más tarde la carroza se detuvo ante el palacio. María Ivánovna subió temblorosa las escaleras. Las puertas se abrían de par en par ante ella. Precedida del lacayo, recorrió una larga fila de magníficas habitaciones desiertas. Por fin, al llegar a una puerta cerrada, el lacayo dijo que la iba a anunciar y la dejó sola.
La idea de ver cara a cara a la emperatriz la intimidaba tanto, que sentía temblar sus piernas. Al cabo de un minuto se abrió la puerta, y María Ivánovna entró en el gabinete de la soberana.
La emperatriz estaba sentada ante su tocador. Algunos cortesanos la rodeaban y se apartaron respetuosamente para dejar pasar a María Ivánovna. La soberana se volvió afable hacia ella, y María Ivánovna reconoció a la dama con quien había hablado tan sinceramente poco antes. La soberana le hizo un gesto para que se acercara y le dijo con una sonrisa:
— Estoy contenta de haber podido cumplir mi palabra y de satisfacer su petición. Su asunto ha terminado. Estoy persuadida de la inocencia de su novio. He aquí una carta que usted se tomará la molestia de llevar a su futuro suegro.
María Ivánovna tomó la carta con mano vacilante, prorrumpió en sollozos y cayó a los pies de la emperatriz, que, levantándola, le dio un beso.
La soberana habló luego con ella.
— Sé que usted no es rica — le dijo —, pero yo estoy en deuda con la hija del capitán Mirónov. No se inquiete por su porvenir. Yo me encargo de arreglar su situación.
Después de haber departido cordialmente con la pobre huérfana, la soberana la dejó marchar. María Ivánovna partió en la misma carroza de palacio que la había traído. Anna Vlásievna, que aguardaba impaciente su regreso, la asaeteó a preguntas, a las que María Ivánovna contestaba de cualquier manera. Aunque Anna Vlásievna estaba descontenta de la poca memoria de su conocida, lo atribuyó a la timidez provinciana y la perdonó generosamente. María Ivánovna, sin tomarse la curiosidad de ver Petersburgo, salió aquel mismo día para la aldea...

* * *

Aquí terminan los apuntes de Piotr Andréievich Griniov. Se sabe, por la tradición de la familia, que fue puesto en libertad a finales de 1774 en virtud de una orden imperial y que asistió a la ejecución de Pugachov, quien le reconoció entre la muchedumbre y le hizo una señal con la cabeza, la misma cabeza que un minuto más tarde, cercenada y sangrienta, fue mostrada al pueblo. Poco después, Piotr Andréievich se casó con María Ivánovna. Sus descendientes prosperan en la provincia de Simbirsk.
A treinta verstas de X. hay un pueblo que pertenece a diez terratenientes. En la casa señorial de uno de ellos se muestra una carta de puño y letra de Catalina II, guardada en un cuadro con marco y cristal. Está dirigida al padre de Piotr Andréievich y en ella se puede leer la justificación de la conducta de su hijo y alabanzas para la inteligencia y el buen corazón de la hija del capitán Mirónov. El manuscrito de Piotr Andréievich Griniov nos ha sido facilitado por uno de sus nietos al saber que estábamos trabajando en una obra referente a la época descrita por su abuelo. Con la autorización de la familia, lo hemos decidido publicar, después de buscar un epígrafe adecuado para cada capítulo y de .permitirnos cambiar algunos nombres propios.

EL EDITOR

19 de octubre de 1836.


 

Оригінал твору

Бібліотека ім. О. С. Пушкіна (м. Київ).
А.С. Пушкин. Полное собрание сочинений в десяти томах