El maestro de postas
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RELATOS DEL DIFUNTO IVAN PETROVICH BELKIN

 

El maestro de postas


El humilde revisor
De la posta es dictador.

Principe Viázemski

 

¿Quién no ha maldecido a los maestros de postas, quién no les ha colmado de improperios? ¿Quién, en un arranque de cólera, no les ha exigido el libro fatal para inscribir en él su inútil queja contra las vejaciones, la zafiedad y el desorden? ¿Quién no les considera monstruos del género humano, iguales a los difuntos podiachis o, por lo menos, a los bandoleros de Múrom? Seamos, sin embargo, ecuánimes, tratemos de ponernos en su lugar y, entonces, tal vez nuestro juicio sea más indulgente. ¿Qué es el maestro de postas? Un verdadero mártir de la categoría decimocuarta, a quien su título pone únicamente a cubierto de los golpes y eso no siempre (apelo a la conciencia de mis lectores). ¿Cuál es el cargo de ese dictador, como le llama en broma el príncipe Viázemski? ¿No es una auténtica galera? El maestro de postas no conoce el descanso ni de día ni de noche. Todo el mal humor acumulado durante el tedioso viaje, los pasajeros lo descargan contra el maestro de postas. El tiempo es insoportable, el camino infernal, el cochero obstinado, los caballos apenas se arrastran, ¡la culpa es del maestro de postas! Al entrar en su pobre morada, el viajero le mira como a un enemigo; menos mal cuando puede librarse pronto del indeseado huésped, pero, ¿y si no hay caballos?... ¡Dios mío, qué improperios, qué amenazas no llueven sobre su cabeza! En tiempo de lluvia y de barro se ve impelido a correr de caballeriza en caballeriza; durante las tempestades de nieve, en los fríos días de enero, sale al zaguán para descansar un instante de los gritos y de los empellones del viajero irritado. Llega un general; el maestro de postas le entrega, temblando, las dos últimas troicas, una de ellas la del correo. El general se marcha sin darle ni siquiera las gracias. Cinco minutos después, ¡una campanilla!... y un correo oficial arroja sobre la mesa su hoja de ruta... Si nos penetramos bien de todo eso, la sincera condolencia ocupará en nuestro corazón el lugar de la cólera. Unas palabras más: en el transcurso de veinte años he cruzado Rusia en todas direcciones; me son familiares casi todos los caminos de posta; he utilizado los servicios de varias generaciones de cocheros, raro es el maestro de postas que no conozca de vista, raro aquel con quien no he tenido que tratar; confío en editar en un futuro próximo el interesante cúmulo de mis observaciones de viaje; por ahora me limitaré a decir que la opinión pública sustenta la idea más falsa del gremio de los maestros de postas. Estos maestros tan calumniados son hombres pacíficos, serviciales por naturaleza, sociables, modestos en su apetencia de honores y no demasiado codiciosos. Sus conversaciones (que en vano desdeñan los señores viajeros) encierran mucho de ameno y de instructivo. En lo que a mi se refiere, confieso que prefiero su conversación a las disquisiciones de cualquier funcionario de sexta categoría que viaje en cumplimiento de una misión.
No será difícil adivinar que tengo amigos en el honorable gremio de los maestros de postas. Efectivamente, estimo en mucho la memoria de uno de ellos. Las circunstancias nos hicieron intimar en otro tiempo, y acerca de él tengo la intención de hablar ahora a mis amables lectores.
En mayo de 1816 viajaba yo por una carretera, hoy inexistente, de la provincia de X. Era entonces un oficial de poca graduación, viajaba en caballos de posta y pagaba sólo por un tronco. En consecuencia, los maestros de postas no me trataban con miramientos y frecuentemente tenía que lograr en combate lo que, a mi parecer, correspondíame por derecho. Como era joven y fogoso, me indignaba contra la bajeza y la pusilanimidad de los maestros de postas cuando cedían a la calesa de algún dignatario los caballos que tenían ya dispuestos para mí. Igualmente me ha costado mucho acostumbrarme a que los siervos entendidos en jerarquías me pasaran por alto en los banquetes de algún gobernador. Hoy día, una y otra cosa me parecen normales. En efecto, ¿qué sería de nosotros si, en vez de la regla cómoda para todos: “respeta a las jerarquías”, se empleara otra, por ejemplo: “respeta el talento”? ¡Qué disputas estallarían entonces! ¿A quién servirían primero los criados? Pero volvamos a nuestro relato.
El día era caluroso. A unas tres verstas de la posta de X. comenzó a lloviznar, y un minuto más tarde una lluvia torrencial me había calado hasta los huesos. Al llegar a la posta, mi primer cuidado fue cambiarme de ropa; el segundo, pedir té.
— ¡Eh, Dunia! — gritó el maestro de postas —. Pon a calentar el samovar y ve a buscar crema.
A esas palabras, salió de detrás de un tabique una muchacha como de catorce años y corrió al zaguán. Su belleza me dejó atónito.
— ¿Es tu hija? — pregunté al maestro de postas.
— Sí — me respondió él con aire satisfecho —. ¡Es tan juiciosa, tan lista! ¡La copia exacta de su difunta madre!
Se puso a registrar mi hoja de ruta y yo me dediqué a contemplar los cuadros que adornaban su casa humilde, aunque aseada. Los cuadros representaban la historia del hijo pródigo: en el primero, un viejo de apariencia respetable con gorro y bata despedía a un joven inquieto, que recibía apresuradamente su bendición y una bolsa de dinero. En otro cuadro se daba a conocer con vivos colores la abyecta conducta del joven: estaba sentado ante una mesa en compañía de falsos amigos y de impúdicas mujeres. Más adelante, el joven, arruinado, harapiento y con un sombrero de tres picos, apacentaba cerdos, cuya comida compartía; su rostro expresaba arrepentimiento y profundo pesar. Por último, se representaba la vuelta al hogar paterno; el buen viejo, con el mismo gorro y la misma bata, corría a su encuentro; el hijo pródigo estaba postrado de rodillas; en perspectiva se veía al cocinero sacrificando un cebado ternerillo, y el hermano mayor preguntaba a los criados cuál era la causa de tanta alegría. Al pie de cada cuadro, pude leer unos versos alemanes adecuados al caso. Todo eso ha quedado hasta la fecha impreso en mi memoria, lo mismo que las macetas de balsamina y la cama con una cortina de colores chillones, y todos los demás objetos que entonces me rodeaban. Veo, como si lo tuviera presente ahora, al propio maestro, un cincuentón de aspecto fresco y jovial, y su larga levita verde con tres medallas colgando de descoloridas cintas.
Aún no había acabado de pagar al cochero, cuando ya regresaba Dunia con el samovar. La pequeña coqueta se dio cuenta a la segunda mirada de la impresión que me había producido y fijó en el suelo sus grandes ojos azules. Empezamos a hablar. Dunia respondía a mis preguntas con desparpajo, como una muchacha que conoce el mundo. Invité al padre a un vaso de ponche, ofrecí a Dunia una taza de té, y entre los tres comenzó una plática tan cordial, como si nos conociéramos desde hacía un siglo.
Los caballos llevaban ya enganchados mucho tiempo, pero yo no sentía el menor deseo de separarme del maestro de postas y de su hija. Por fin, despedíme de ellos; el padre me deseó buen viaje, y la hija me acompañó hasta mi carricoche. Me detuve en el zaguán y le pedí permiso para besarla. Dunia accedió... Muchos besos puedo contar,

desde que me ocupo de eso,

pero ninguno dejó en mi corazón un recuerdo tan duradero y agradable.
Transcurrieron algunos años, y las circunstancias me llevaron a aquella misma carretera y a aquellos mismos lugares. Recordé a la hija del viejo maestro de postas, y el simple pensamiento de que iba a verla de nuevo me alegró. Pero, pensé, quizá el viejo maestro de postas haya sido reemplazado; probablemente, Dunia se habrá casado ya. La idea de que el padre o la hija habrían muerto cruzó también por mi mente, y me acerqué a la posta de X. con un triste presentimiento.
Los caballos se detuvieron frente a la casa. Entré en la habitación y reconocí al punto los cuadros que representaban la historia del hijo pródigo; la mesa y la cama continuaban donde antes, pero en las ventanas no había ya flores y alrededor todo parecía vetusto y abandonado. El maestro de postas dormía arrebujado en su pelliza; despertado por mi llegada, se incorporó... Era Sansón Virin en persona, pero ¡cómo había envejecido! Mientras se disponía a registrar mi hoja de ruta, contemplé su cabeza plateada por las canas, las hondas arrugas de su rostro sin afeitar desde hacía tiempo, su espalda encorvada, y no cabía en mí de asom bro: ¿cómo tres o cuatro años habían podido transformar a un hombre animoso en un vejestorio?
— ¿No me reconoces? — le pregunté —. Somos viejos amigos.
— Es posible — me contestó sombrío —; la carretera es grande, y muchos viajeros han hecho alto en mi casa.
— ¿Tu Dunia goza de buena salud? — proseguí.
El viejo frunció las cejas.
— Sólo Dios lo sabe — repuso.
— ¿Es que se ha casado?
El viejo aparentó no haber oído mi pregunta y continuó leyendo en voz baja mi hoja de ruta. Yo dejé de hacer preguntas y le ordené que pusiese al fuego una tetera. Picado por la curiosidad, abrigaba la esperanza de que el ponche desataría la lengua de mi viejo conocido.
No me equivocaba: el viejo no rechazó el vaso que le ofrecí. Advertí que el ron disipaba su pesadumbre. El segundo vaso le hizo locuaz; me recordó o aparentó reconocermé y de sus labios supe una historia emocionante que entonces atrajo todo mi interés.
— Así pues, ¿conocía usted a mi Dunia? — comenzó —. ¿Quién no la conocía? ¡Ay, Dunia, Dunia! ¡Qué chica era! Nadie pasaba por aquí sin decirle algún cumplido; a todos gustaba. Las señoras le hacían regalos, ésta un pañuelo, aquélla unos pendientes. Los caballeros de paso se detenían con el pretexto de comer o de cenar para poder contemplarla a sus anchas. Y hasta los más irascibles se calmaban al verla y charlaban conmigo con toda amabilidad. Créame, señor mío, los correos se pasaban su buena media hora de cháchara con ella. Dunia gobernaba la casa; para hacer la limpieza, para cocinar, para todo encontraba tiempo. Y yo, viejo tonto, no me cansaba de mirarla, lleno de gozo; ¿es que no la quería, es que no colmaba de mimos a mi hijita? ¿Acaso le daba mala vida? Pero el hombre no puede librarse de la desgracia; no hay forma de rehuir lo que está escrito.
Y el viejo empezó a relatarme su desgracia con todo detalle.
Tres años atrás, en una tarde invernal, cuando el maestro de postas estaba rayando un nuevo libro de registro y la muchacha cosía en la habitación contigua, llegó una troica. El viajero, que llevaba gorro circasiano, capote militar y bufanda, entró en la habitación, exigiendo caballos. No había caballos: todos estaban de viaje. Al oírlo, el viajero levantó la voz y la fusta, pero Dunia, habituada a tales escenas, salió presurosa de la habitación y preguntó afablemente al viajero si deseaba comer algo. La aparición de Dunia produjo el efecto de siempre. La cólera del viajero si disipó; accedió a esperar los caballos y pidió la cena. Cuando se despojó del gorro peludo y mojado, del capote y de la bufanda, padre e hija pudieron ver que era un joven y apuesto húsar de bigotillo negro. Se instaló en la casa del maestro de postas y entabló conversación con él y con su hija. Fue servida la cena. Entretanto, habían llegado unos caballos, y el maestro de postas dispuso que, inmediatamente, sin darles siquiera pienso, se les enganchara a la kibitka del oficial, pero, al volver, encontró al joven tendido en un banco, casi sin conocimiento. Le había dado un mareo, le dolía la cabeza: imposible continuar el viaje... ¡Qué se le iba a hacer! El maestro de postas cedió su cama al enfermo y decidió que, si al día siguiente no se encontraba mejor, enviaría a S. por un médico.
Al otro día, el húsar se agravó. Su criado galopo a la ciudad en busca del médico. Dunia le había aplicado a la cabeza un pañuelo humedecido en vinagre y sentóse con su labor al lado de su cama. Cuando el maestro de postas entraba a verle, el enfermo exhalaba quejido tras quejido y casi no decía palabra; sin embargo, se bebió dos tazas de café y, sin dejar de lamentarse, encargó su almuerzo. Dunia no se apartaba de él. A cada instante el enfermo pedía de beber, y la muchacha ofrecíale una jarra de limonada que había preparado ella misma. El enfermo se humedecía los labios, y cada vez, al devolver la jarra, apretaba con su débil mano, en señal de gratitud, la mano de Dunia. A la hora de comer llegó el médico. Tomó el pulso del enfermo, habló con él en alemán y declaró en ruso que necesitaba únicamente tranquilidad y que al cabo de dos o tres días podría hallarse en condiciones de reanudar su viaje. El húsar le pagó veinticinco rublos por la visita y le invitó a compartir su almuerzo. El médico accedió; los dos comieron con buen apetito, se bebieron una botella de vino y separáronse muy satisfechos el uno del otro.
Pasó un día más, y el húsar se reanimó del todo. Estaba extraordinariamente alegre, bromeaba sin darse punto de reposo con Dunia y con el maestro de postas, silbaba canciones, charlaba con los viajeros, registraba sus hojas de ruta en el libro de registro, y agradó tanto al buen maestro de postas, que éste se sintió apenado cuando, a la mañana del tercer día, tuvo que despedirse del encantador huésped. Era domingo; Dunia se disponía a ir a misa. La kibitka esperaba ya al húsar. El viajero se despidió del maestro de postas, recompensándole largamente por la estancia y la manutención; despidióse también de Dunia y se ofreció a llevarla hasta la iglesia, situada en el extremo de la aldea. Dunia no sabía si aceptar o no...
¿Qué temes?— le preguntó el padre —. Su señoría no es un lobo y no te tragará; da un paseo hasta la iglesia.
Dunia tomó asiento en la kibitka, junto al húsar; el criado saltó al pescante, el cochero emitió un silbido y los caballos salieron al galope.
El pobre maestro de postas no alcanzaba a comprender cómo había permitido a su hija marchar con el húsar, cómo se había cegado, qué había nublado entonces su razón. No había transcurrido ni media hora, cuando se despertó en él tal angustia y tal desazón, que, incapaz de seguir esperando, se dirigió a la iglesia. Cerca del templo, vio que la gente se dispersaba ya. Pero no encontró a Dunia ni en el jardincillo ni en el atrio. Entró apresuradamente en la iglesia: el sacerdote descendía del altar; el sacristán apagaba las velas, dos viejecitas rezaban todavía en un rincón, pero ¡Dunia no estaba en la iglesia! El infortunado padre, haciendo un esfuerzo, se decidió a preguntar al sacristán si su hija había asistido a la misa. El sacristán le respondió que no. El maestro de postas regresó a casa más muerto que vivo. Le quedaba una sola esperanza: quizá Dunia, con esa despreocupación propia de la juventud, hubiera querido llegar a la posta siguiente, donde residía su madrina. Con dolorosa agitación esperaba el buen hombre el regreso de la troica en que había dejado marchar a su hija. El cochero tardaba en volver. Por fin, se presentó al anochecer solo y borracho, con una noticia fatal:
— Dunia ha seguido el viaje desde la otra posta, con el húsar.
El viejo no pudo resistir su desgracia; en aquel mismo instante se desplomó sobre el lecho ocupado aún la víspera por el joven seductor. Ahora, el maestro de postas, repasando todas las circunstancias del suceso, cayó en la cuenta de que la enfermedad del húsar había sido fingida. Una violenta fiebre se ensañó con el pobre viejo; le trasladaron a S. y su lugar fue ocupado interinamente por otro. Le asistió el mismo médico que había reconocido al húsar. El doctor aseguró al maestro de postas que el joven estaba completamente sano y que ya entonces había sospechado él sus protervas intenciones, aunque había callado por temor a su fusta. No sabemos si el alemán decía la verdad o si quería presumir de sagaz, pero lo cierto es que no aportó el menor consuelo al pobre enfermo. Apenas repuesto de su enfermedad, el maestro de postas pidió a su superior de S. dos meses de permiso, y, sin hablar a nadie de sus intenciones, se dirigió a pie en busca de su hija. Por el libro de registro de viajeros sabía que el capitán Minski se dirigía de Smolensk a Petersburgo. El cochero dijo que Dunia había ido llorando todo el viaje, aunque, al parecer, no iba en contra de su voluntad.
“Quizá pueda traer a casa a mi ovejita descarriada”, se dijo el maestro de postas.
Animado por este pensamiento, llegó a Petersburgo, se alojó en el cuartel del regimiento de Ismáilov, en el apartamento de un suboficial retirado, viejo compañero de servicio, y comenzó sus búsquedas. Pronto supo que el capitán Minski estaba en Petersburgo y se alojaba en la hostería de Demútov. El maestro de postas decidió visitarle.
Por la mañana temprano se presentó en el recibidor y rogó que se anunciara a Su Señoría que un viejo soldado deseaba verle. Un ordenanza militar, que estaba limpiando unas botas con las hormas puestas, le hizo saber que su señor dormía y que antes de las once no acostumbraba a recibir a nadie. El maestro de postas se fue y volvió a la hora señalada. El propio Minski salió a recibirle con bata y bonete rojo.
— ¿Qué deseas, amigo? — le preguntó.
El dolor atenazaba el corazón del viejo, las lágrimas acudieron a sus ojos, y con voz temblorosa balbuceó:
— ¡Vuestra Señoría!... ¡Hágame la merced divina...!
Minski le dirigió una rápida ojeada, enrojeció, le tomó del brazo, llevóle a su despacho y cerró la puerta.
— Vuestra Señoría — continuó el viejo —, ¡lo pasado, pasado! Devuélvame, por lo menos, a mi pobre Dunia. Usted se habrá saciado ya: no la pierda en vano.
— Ya no hay remedio — dijo el joven sumamente turbado —. Reconozco mi culpa y te suplico que me perdones, pero no pienses que puedo abandonar a Dunia: será feliz, ¡palabra de honor! ¿Para qué quieres llevártela? Me ama; ha perdido ya la costumbre de vivir como antes. Ni tú ni ella podríais olvidar jamás lo ocurrido.
Después, metiéndole algo en la bocamanga, abrió la puerta, y el maestro de postas, sin saber cómo, se encontró en la calle.
Permaneció inmóvil largo rato hasta que, por fin, vio en su bocamanga un rollo de papeles; lo sacó y, al desplegarlo, vio unos cuantos billetes arrugados de cinco y diez rublos. Las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos, ¡lágrimas de indignación! Estrujó los billetes, los arrojó al suelo, los aplastó con el pie y echó a andar... Después de recorrer unos pasos, se detuvo, quedó pensativo... y volvió hacia atrás... pero ya no estaban los billetes. Un joven elegantemente vestido, al verle, corrió hacia un coche de punto, subió apresuradamente a él y gritó:
— ¡Arrea!...
El maestro de postas no le siguió. Había decidido regresar a su casa, a su posta, pero antes quería ver, aunque fuese una vez, a su pobre Dunia. Para ello, volvió a la casa de Minski unos dos días después. Sin embargo, el ordenanza le dijo secamente que el señor no recibía a nadie y, empujándole con el pecho fuera del recibidor, cerró la puerta contra sus mismas narices. El viejo permaneció indeciso unos minutos y, por fin, se fue.
Aquel mismo día, por la tarde, cuando el maestro de postas iba a su alojamiento por la avenida Litéinaia después de hacer sus oraciones en la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores vio pasar un elegante coche y reconoció a Minski. El coche se detuvo frente a la puerta de una casa de tres pisos, y el capitán subió precipitadamente los peldaños de la entrada. Una idea feliz fulguró en la mente del maestro de postas. Volvió sobre sus pasos y, cuando estuvo junto al cochero, le preguntó:
— Dime, amigo, ¿de quién es este caballo? ¿No es de Minski?
— Suyo es — respondió el cochero —. ¿Qué se te ofrece?
— Pues verás; tu dueño me ordenó que entregara una esquelita a su Dunia, pero se me ha olvidado dónde vive.
— Aquí mismo la tienes, en el segundo piso. Has llegado tarde con tu esquela, amigo; ahora el propio Minski está con ella.
— No importa — dijo el maestro de postas cuyo corazón era presa de una emoción indescriptible —. Gracias por el servicio, pero, de todas maneras, yo cumpliré el encargo.
Y después de decir esas palabras comenzó a subir la escalera.
La puerta estaba cerrada; llamó y esperó angustiado unos segundos. La llave rechinó en la cerradura y se abrió la puerta.
— ¿Vive aquí Avdotia Sansónovna? — preguntó el viejo.
— Sí — repuso una joven doncella —. ¿Qué desea?
El maestro de postas no repuso y entró en la sala.
— ¿Qué hace usted, qué hace usted? — le gritó la doncella —. Avdotia Sansónovna tiene invitados.
Pero el maestro de postas, sin escucharla, siguió adelante. Las dos primeras habitaciones estaban a oscuras; en la tercera había luz. El viejo acercóse a la puerta entreabierta y se detuvo. En la habitación, bellamente amueblada, estaba Minski, sentado, pensativo, en un sillón. Dunia, vestida con todo el lujo de la última moda, descansaba en uno de los brazos del mueble, como una amazona en su silla inglesa, y contemplaba tiernamente a Minski, cuyos negros rizos enrollaba en sus dedos deslumbrantes. ¡Pobre maestro de las postas! ¡Nunca su hija le había parecido más bella! Involuntariamente, la admiraba.
— ¿Quién está ahí? — preguntó Dunia sin levantar la cabeza.
El viejo callaba. Al no obtener respuesta, Dunia alzó la mirada... y, lanzando un grito, se desplomó sobre la alfombra. Minski, asustado, corrió a levantarla, pero, al ver en la puerta al viejo maestro de postas, dejó a Dunia y acercóse a él, tembloroso de cólera.
— ¿A qué has venido? — le dijo apretando los dientes —. ¿Por qué me sigues furtivamente a todas partes, como un bandido? ¿Es que quieres degollarme? ¡Largo de aquí! — y, agarrando con fuerza al viejo por el cuello, le sacó a empellones a la escalera.
El viejo regresó a su alojamiento. Su amigo le aconsejó presentar una queja a las autoridades, pero el maestro de postas, después de pensarlo bien, decidió abandonar todo a la suerte. Dos días más tarde, volvía de Petersburgo a su posta, donde reanudó sus funciones.
— Y va ya para tres años — concluyó — que vivo sin Dunia, sin saber nada de ella. ¿Vive? ¿Está muerta? ¡Sólo Dios lo sabe! Todo puede ocurrir. No fue la primera ni será la última en dejarse seducir por un galán de paso, que la hace hoy su amante para luego abandonarla. En Petersburgo hay muchas de esas jovenzuelas tontas, que hoy van vestidas de raso y de terciopelo y que mañana pasearán por las calles con los descamisados de las tabernas. Cuando a veces pienso que Dunia puede correr la misma suerte, peco involuntariamente y deseo verla muerta...
Tal fue el relato de mi amigo, el viejo maestro de postas, relato interrumpido más de una vez por lágrimas que se secaba pintorescamente con el faldón del abrigo, como el solícito Teréntich en la encantadora balada de Dmitriev. Estas lágrimas eran motivadas en parte por el ponche, del que se había metido cinco vasos entre pecho y espalda en el transcurso de su relato, pero, sea como fuere, el caso es que me llegaron al corazón. Después de despedirme de él, pasé mucho tiempo sin poder olvidar al viejo maestro de postas, estuve mucho tiempo pensando en la pobre Dunia...
Hace poco, al pasar por el lugarejo de X., me acordé de mi amigo; supe que la posta que él gobernaba había sido suprimida. Cuando pregunté: “¿Vive todavía el viejo maestro de postas?”, nadie supo responderme satisfactoriamente. Decidí visitar aquellos parajes conocidos, alquilé unos caballos y me dirigí a la aldea de N.
Era en otoño. Unas nubes grisáceas cubrían el cielo; un viento frío soplaba de los campos segados, despojando de sus hojas encarnadas y amarillas a los árboles que encontraba a su paso. Llegué a la aldea cuando el sol tocaba a su ocaso y me detuve frente a la casita de la posta. En el zaguán (donde un día besárame la pobre Dunia) me acogió una mujer metida en carnes, y a mis preguntas respondió que mi viejo amigo había muerto un año antes y que la casa había sido ocupada por un fabricante de cerveza y que ella era la mujer del cervecero. Lamenté mi inútil viaje y los siete rublos gastados en vano.
— ¿Y de qué murió el viejo? — pregunté a la mujer del cervecero.
— De tanto beber, padrecito — me respondió ella.
— ¿Y dónde está enterrado?
— En las afueras de la aldea, cerca de su mujer.
— ¿No podría alguien acompañarme a su tumba?
— ¿Por qué no? ¡Eh, Vañka! Deja de jugar con la gata. Acompaña al señor hasta el cementerio y muéstrale la tumba del maestro de postas.
Un muchachuelo harapiento, tuerto y pelirrojo corrió, obediente, hacia mí y me acompañó a las afueras.
— ¿Conocías al difunto? — le pregunté por el camino.
— ¿Cómo no iba a conocerle? El me enseñó a hacer flautas. A veces (¡Dios le tenga en su gloria!) le seguíamos cuando salía de la taberna, gritándole: “¡Abuelo, abuelo, danos nueces!” Y él nos las daba. Todo el tiempo se lo pasaba con nosotros.
— Y los viajeros, ¿le recuerdan?
— Ahora hay pocos viajeros; a veces se deja caer por aquí el juez, pero a ése le preocupan poco los muertos. Este verano vino una señora. Ella sí preguntó por el viejo maestro de postas y visitó su tumba.
— ¿Qué señora? — pregunté picado por la curiosidad.
— Una señora muy guapa — me contestó el pequeñuelo —. Viajaba en un carruaje tirado por seis caballos, con tres niños, un ama de cría y un perrito negro. Cuando la gente le dijo que el viejo maestro de postas había muerto, se echó a llorar y les dijo a los niños: “Estaros quietecitos mientras voy al cementerio”. Yo me ofrecí a acompañarla. Pero la señora me dijo: “Conozco el camino”. Y me dio cinco kopeks en plata. ¡Era una señora muy buena!...
Llegamos al cementerio, un lugar desnudo, no limitado por nada, sembrado de cruces de madera, al que no daba sombra ningún árbol. En mi vida había visto un cementerio más triste.
— Esta es la tumba del viejo maestro de postas — me dijo el pequeñuelo, saltando a un montón de tierra, en el que había clavada una cruz negra con un Cristo de cobre.
— ¿Y la señora vino aquí? — pregunté.
— Sí — me respondió Vañka —. Yo la miraba desde lejos. Se echó al suelo y estuvo tendida aquí mucho rato. Luego volvió a la aldea y llamó al pope, le dio dinero y se marchó, y a mí me dio cinco kopeks en plata. ¡Simpática señora!
También yo di al muchacho cinco kopeks y no lamenté ya el viaje ni los siete rublos gastados por mí.

 

 

Оригінал твору

Бібліотека ім. О. С. Пушкіна (м. Київ).
А.С. Пушкин. Полное собрание сочинений в десяти томах

 

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