El disparo
Твори О.С. Пушкіна. Переклад іспанською мовою. > El disparo

 

RELATOS DEL DIFUNTO IVAN PETROVICH BELKIN

 

El disparo



Nos batimos en duelo.
Baratinski

Yo juré matarle en mi derecho de
duelo (quedaba aún pendiente mi
disparo).

Una tarde en el vivac

I

 

Estábamos acantonados en la pequeña localidad de X. La vida de un oficial del ejército es conocida de sobra. Por la mañana, instrucción, picadero, almuerzo en casa del jefe del regimiento o en el figón de algún judío; por la noche, el ponche y las cartas. En X. no había ni una sola reunión de buena sociedad, ni una sola muchacha casadera; nos reuníamos los unos en casa de los otros y no veíamos nada que no fueran nuestros propios uniformes.
Sólo un hombre pertenecía a nuestra sociedad sin ser militar. Tendría alrededor de treinta y cinco años, por lo que nosotros le considerábamos ya un viejo. La experiencia le confería muchas ventajas sobre nosotros; por otra parte, su carácter eternamente sombrío, sus modales bruscos y su mala lengua ejercieron siempre gran influencia sobre nuestras jóvenes cabezas. Cierto misterio envolvía su destino. Parecía ruso, pero tenía un nombre extranjero. En otro tiempo había servido en húsares e incluso con fortuna, pero nadie conocía los motivos que le habían inducido a pedir el retiro y a instalarse en aquella pobre localidad, donde vivía, a la vez, en la pobreza y en el despilfarro: solía ir a pie, vestido con una usada levita negra, y, sin embargo, tenía la mesa siempre puesta para todos los oficiales de nuestro regimiento. Cierto, su comida constaba solamente de dos o tres platos, guisados por un soldado retirado del servicio, pero el champaña corría allí a chorros. Nadie conocía sus bienes ni su renta, y nadie osaba preguntarle a este respecto. Tenía libros, en su mayor parte militares, y novelas. Los prestaba de buen grado y no los reclamaba nunca; a su vez, jamás devolvía él a su dueño el libro que hubiera pedido. Su ejercicio favorito consistía en disparar con pistola. Las paredes de su habitación, pespunteadas por las balas, estaban tan llenas de agujeros, que parecían panales de abejas. Una rica colección de pistolas era el único lujo de la pobre casita de adobes en que vivía. La habilidad que había alcanzado era extraordinaria, y si hubiese querido disparar sobre una pera colocada sobre la gorra de alguno de nosotros, en nuestro regimiento nadie hubiera dudado en poner su cabeza. Nuestras conversaciones giraban con frecuencia en torno a los duelos; Silvio (así le llamaré) nunca tomaba parte en ellas. Cuando se le preguntaba si se había batido alguna vez, respondía secamente que sí, pero no daba más detalles y era visible que ese género de cuestiones le desagradaba. Suponíamos que debía pesar sobre su conciencia alguna víctima infortunada de su tremenda habilidad. Jamás se nos hubiera ocurrido sospechar en él algo semejante a timidez. Hay hombres cuyo solo aspecto disipa tales sospechas. Un hecho casual nos dejó estupefactos a todos.
Una vez comíamos unos diez oficiales en la casa de Silvio. Bebimos como de costumbre, es decir, muchísimo; después de la comida empezamos a convencer al dueño de la casa de jugar a las cartas y de que él fuese el banquero. Durante largo rato rehusó, porque no jugaba casi nunca; al fin, dio orden de que le trajeran los naipes, arrojó sobre la mesa medio centenar de billetes de diez rublos y se puso a dar las cartas. Nosotros le rodeamos y el juego comenzó. Silvio tenía la costumbre de guardar absoluto silencio mientras jugaba; jamás discutía ni daba explicaciones. Si un punto se equivocaba en la suma, inmediatamente pagaba lo que faltaba o anotaba lo sobrante. Nosotros conocíamos ya su costumbre y le dejábamos hacer. Pero aquella noche se hallaba entre nosotros un oficial trasladado hacía poco a nuestro regimiento. Mientras jugaba, el joven oficial marcó distraídamente un punto de más. Silvio tomó la tiza y rectificó el error, según su hábito. El oficial, creyendo que se había equivocado, comenzó a dar explicaciones. Silvio seguía dando las cartas en silencio. El oficial perdió la paciencia, tomó el cepillo y borró lo que le parecía apuntado sin motivo. Silvio tomó la tiza y restableció la cifra. Enardecido por el vino, el juego y la risa de sus compañeros, el oficial se consideró terriblemente agraviado y, levantando con furia un candelabro de cobre que había sobre la mesa, lo arrojó contra Silvio, que apenas pudo rehuir el golpe. Nosotros nos quedamos sobrecogidos. Silvio se levantó, pálido de rabia, y dijo con los ojos fulgurantes:
— Muy señor mío, dígnese salir, y agradezca a Dios que esto haya ocurrido en mi casa.
Nosotros no poníamos en duda las consecuencias del incidente y dábamos ya por muerto a nuestro nuevo camarada. El oficial abandonó la casa después de decir que estaba dispuesto a responder de la ofensa como tuviera a bien el señor banquero. El juego se prolongó varios minutos más, pero, notando que el dueño de la casa no estaba para jugar, fuimos levantándonos uno a uno y nos marchamos a nuestras casas, departiendo sobre la próxima vacante.
Al día siguiente, nos preguntábamos en el picadero si estaría vivo aún el pobre teniente cuando se presentó él en persona y le hicimos la misma pregunta. Nos contestó que hasta entonces no había tenido ninguna noticia de Silvio. Aquello nos sorprendió. Fuimos a la casa de Silvio y le encontramos en el patio, ocupado en meter bala sobre bala en el as de una baraja que había pegado a la puerta. Nos recibió como de costumbre, sin decir una palabra acerca del incidente del día anterior. Pasaron tres días, y el teniente continuaba vivo. Nosotros nos interrogábamos sorprendidos si sería posible que Silvio no se batiera. Silvio no se batió. Conformóse con una explicación muy ligera e hizo las paces.
Aquello le perjudicó extraordinariamente en nuestra opinión. La falta de valor es lo que menos perdonan los jóvenes, que ven generalmente en la bravura la cumbre de las virtudes humanas y la justificación de toda clase de vicios. Sin embargo, todo fue olvidándose poco a poco, y Silvio recuperó su antigua influencia.
Sólo yo no podía acercarme ya a él. Dotado de una imaginación romántica, me había encariñado más que nadie con aquel hombre cuya vida era un enigma y en el que veía al protagonista de alguna novela misteriosa. El me estimaba; por lo menos, sólo conmigo abandonaba su brusca maledicencia habitual y hablaba de diferentes cosas con sencillez y extraordinaria amenidad. Pero, después de aquella noche desgraciada, la idea de que su honor estaba manchado y no había sido lavado por su propia voluntad no se me iba de la cabeza y me impedía tratarle como antes; me daba vergüenza mirarle a la cara. Silvio era demasiado inteligente y experto para no advertirlo y no adivinar la causa. Parecía que mi actitud le apenaba; por lo menos, noté una o dos veces que deseaba explicarse conmigo, pero yo rehuía estas ocasiones, y Silvio se apartó de mí. Desde entonces no le veia más que en presencia de otros camaradas, y nuestras sinceras conversaciones de antes tuvieron fin.
Los distraídos habitantes de la capital no tienen la menor idea de muchas impresiones tan conocidas de los habitantes de las aldeas o de los pueblos, como, por ejemplo, la espera del día de correo. Los martes y los viernes la cancillería de nuestro regimiento estaba llena de oficiales: unos esperaban dinero, otros cartas, otros periódicos. Los sobres eran abiertos allí mismo, los oficiales se comunicaban mutuamente las noticias, y la cancillería ofrecía un cuadro animadísimo. Silvio recibía sus cartas dirigidas a las señas de nuestro regimiento, y, por lo general, se hallaba también allí. Un día le entregaron un sobre, del que arrancó los sellos con extraordinaria impaciencia. Al recorrer la carta, sus ojos centelleaban. Los oficiales, ocupados cada uno con su propio correo, no observaron nada.
— Señores — les dijo Silvio —, las circunstancias exigen mi marcha inmediata. Parto esta misma noche. Espero que no me negarán ustedes el favor de comer conmigo por última vez. Le espero también a usted — agregó volviéndose a mí —; le espero sin falta.
Dicho esto, salió rápidamente, y nosotros, después de convenir que nos veríamos en la casa de Silvio, nos fuimos cada uno por nuestro lado.
Llegué a la casa de Silvio a la hora fijada y encontré allí reunidos a casi todos los oficiales del regimiento. Sus bártulos estaban ya recogidos. No quedaban más que las paredes desnudas y agujereadas. Nos sentamos a la mesa. Nuestro anfitrión estaba de excelentísimo humor, y al poco tiempo su alegría se comunicó a todos; los corchos de las botellas saltaban continuamente; los vasos burbujeaban sin cesar, y nosotros deseamos a Silvio de todo corazón buen viaje y toda suerte de felicidades. Al levantarnos de la mesa, era ya noche avanzada. Cuando cada uno buscaba su gorra, Silvio, que se despedía de todos, me tomó del brazo y me detuvo en el mismo instante en que yo me disponía a salir.
— Necesito hablar con usted — me dijo en voz baja.
Yo me quedé.
Los invitados se habían ido; estábamos solos. Sentados el uno frente al otro, encendimos en silencio nuestras pipas. Silvio parecía preocupado; ya no quedaban ni huellas de su convulsiva alegría. Su sombría palidez, sus ojos resplandecientes y el espeso humo que salía de su boca, le daban un aspecto en verdad diabólico. Pasaron varios minutos, y Silvio rompió el silencio.
— Quizá no nos veamos más — me dijo —; antes de marcharme quisiera darle una explicación. Usted habrá podido observar que yo respeto poco la opinión ajena, pero le estimo y siento que me sería muy penoso dejar en su recuerdo una impresión injusta.
Comenzó a llenar su pipa consumida; yo callaba bajando los ojos.
— A usted le ha parecido raro — continuó — que no exigiera una satisfacción de ese borracho extravagante de R. Usted reconocerá que, teniendo yo derecho a elegir las armas, su vida estaba en mis manos; en cambio, la mía se hallaba casi segura. Podría atribuir mi moderación tan sólo a mi magnanimidad, pero no quiero mentir. Si hubiera podido castigar a R. sin exponer en absoluto mi vida, no le hubiese perdonado por nada del mundo.
Yo miraba a Silvio con sorpresa. Tal confesión me había dejado completamente perplejo. Silvio prosiguió:
— Así es: yo no tengo derecho a exponerme a la muerte. Hace seis años recibí una bofetada, y mi enemigo vive aún.
Mi curiosidad se hallaba sumamente excitada.
— ¿Usted no se batió con él? — pregunté—.¿Tal vez las circunstancias les distanciaron?
— Yo me batí con él — replicó Silvio —, y he aquí el recuerdo de nuestro duelo.
Silvio se levantó, sacó de una caja una gorra roja con galones y una borla dorada (lo que los franceses llaman un bonnet de police) y se la puso. El gorro tenía un orificio de bala una pulgada más arriba de la frente.
— Usted sabe — continuó Silvio — que yo he servido en el regimiento de húsares de X. Mi carácter ya le es conocido: estoy acostumbrado a ser en todo el primero, pero, de joven, esto era mi verdadera pasión. En nuestros tiempos estaban en moda los escándalos: yo era el primer alborotador del ejército. Nos enorgullecíamos de nuestras borracheras: le gané en beber al famoso Burtsov, cantado por Denis Davídov. En nuestro regimiento había duelos a cada minuto: en todos ellos yo era testigo o actor. Mis camaradas me adoraban, y los jefes de regimiento, que cambiaban constantemente, veían en mí un mal imprescindible.
Yo gozaba tranquilamente (o más bien intranquilamente) de mi gloria cuando llegó a nuestro regimiento un joven de familia rica y noble (no quiero nombrarle). ¡En mi vida he encontrado a un hombre tan afortunado y tan brillante! Imagínese usted: juventud, inteligencia, belleza, la alegría más desbordante, la valentía más despreocupada, un nombre conocido, dinero sin cuento que no se agotaba jamás, e imagínese la impresión que produjo entre nosotros. Mi supremacía estaba en peligro. Seducido por mi fama, quiso buscar mi amistad; pero yo le recibí fríamente, y él se apartó de mí sin ninguna aflicción. Le odié. Su éxito en el regimiento y entre las mujeres me desesperaba. Comencé a buscar pendencia con él; a mis epigramas contestaba con epigramas, que siempre me parecían más sorprendentes y agudos que los míos y que eran, indudablemente, mucho más alegres: él bromeaba y yo saltaba de rabia. Por fin, una noche, durante un baile en la casa de un terrateniente polaco, al verle objeto de la atención de todas las damas y, en particular, del ama de la casa, con quien yo tenía relaciones, le dije al oído no sé qué insulto muy ordinario. El estalló y me dio una bofetada. Echamos mano a los sables; las damas empezaron a desmayarse; nos separaron, y aquella misma noche fuimos a batirnos.
Era al amanecer. Yo estaba en el lugar señalado con mis tres padrinos y esperaba la llegada de mi adversario desasosegado por una inexplicable impaciencia. Ya había salido el sol primaveral y empezaba a hacer calor. Le vi desde lejos. Venía a pie, con la guerrera colgada del sable, en compañía de un solo padrino. Fuimos a su encuentro. El se aproximó con su gorra llena de guindas. Los padrinos midieron doce pasos entre nosotros. Yo debía disparar el primero, pero la emoción engendrada por el rencor era tan fuerte en mí, que no tuve confianza en la infalibilidad de mi mano y, para dar tiempo a calmarme, le cedí el primer disparo. Mi adversario no aceptó. Decidimos echarlo a suertes: él, sempiterno favorito dé la fortuna, sacó el primer número. Apuntó y me atravesó la gorra. Llegó mi turno. Su vida hallábase, por fin, entre mis manos; yo le miraba ávidamente, tratando de captar en él aunque no fuera más que una sombra de inquietud... Estaba a merced de mi pistola, eligiendo en su gorra las guindas maduras y escupiendo los huesos, que llegaban hasta mí. Su indiferencia me hizo perder los estribos. ¿Qué gano yo, pensé, privándole de la vida si él no la aprecia en absoluto? Una idea malvada pasó por mi mente. Bajé la pistola.
— Parece que no tiene usted ahora tiempo de verse con la muerte — le dije —. Usted se digna desayunar. No quiero molestarle...
— No me molesta usted en absoluto — replicó él —. Tenga a bien disparar, o, si no, haga lo que mejor le parezca: nadie le quita su derecho al disparo. Estaré siempre a su disposición.
Me volví a los padrinos, diciéndoles que en aquel momento no tenía intención de disparar, y así terminó nuestro duelo.
Me retiré del servicio y vine a este lugarejo. Desde entonces, no ha transcurrido un solo día sin que yo dejara de pensar en la venganza. Hoy ha llegado mi hora...
Silvio sacó del bolsillo la carta que había recibido por la mañana y me la dio a leer. Alguien (el encargado de sus asuntos al parecer) le escribía desde Moscú que cierta persona debía casarse en breve con una muchacha joven y hermosa.
— Usted adivinará — dijo Silvio — quién es esa cierta persona. Voy a Moscú. ¡Veremos si antes de su boda recibe la muerte con tanta indiferencia como la esperó aquel día comiendo guindas!
Después de decir esas palabras, Silvio se levantó, tiró su gorra al suelo y empezó a recorrer su habitación de un extremo a otro, como un tigre en su jaula. Yo le había escuchado inmóvil; sentimientos extraños y contradictorios embargaban todo mi ser.
Entró el criado y anunció que los caballos estaban enganchados ya. Silvio me estrechó con fuerza la mano y nos abrazamos. Subió al carricoche, donde habían sido cargadas sus dos maletas, una con las pistolas y otra con sus bártulos. Nos despedimos una vez más, y los caballos arrancaron al galope.

II


Pasaron varios años. Circunstancias domésticas me obligaron a instalarme en una pobre aldehuela del distrito de N. Ocupado en los asuntos de la hacienda, no dejaba de suspirar calladamente al recuerdo de mi antigua vida frívola y bulliciosa. Lo más difícil era acostumbrarme a pasar las veladas de otoño y de invierno en absoluta soledad. Hasta la hora de la comida todavía mataba el tiempo de algún modo, departiendo con el síndico, vigilando los trabajos o recorriendo las nuevas instalaciones, pero, en cuanto declinaba la tarde, ya no sabía qué hacer. Los pocos libros que había encontrado debajo de los armarios y en la despensa, me los sabía de memoria. El ama de llaves Kirílovna me había repetido ya todos los cuentos que podía recordar; las canciones de las mujeres me angustiaban. Empecé a beber el “licor amargo”, pero me causaba dolor de cabeza; y, además, confieso que tenía miedo a convertirme en “un borracho para olvidar penas”, es decir, el borracho más “empedernido”, de los que yo veía numerosos ejemplos en nuestro distrito. No tenía vecinos cercanos, a excepción de dos o tres de esos “empedernidos”, cuya conversación estribaba, la mayoría de las veces, en hipos y suspiros. La soledad era más soportable.
A cuatro verstas de mi casa extendíase una rica hacienda, perteneciente a la condesa B., pero únicamente el administrador la habitaba. La condesa no había visitado su hacienda más que una vez, el primer año de casada, y había vivido allí sólo un mes. Un día, en la segunda primavera de mi vida retirada, corrió el rumor de que la condesa vendría con su marido a pasar el verano en su aldea. En efecto, llegaron a principios de junio.
La llegada de un vecino rico es un acontecimiento señalado para los que viven en el campo. Los terratenientes y su servidumbre hablan de ello unos dos meses antes y unos tres años después. En lo que a mí respecta, confieso que la noticia de la llegada de una vecina joven y hermosa me causó fuerte impresión; ardía en deseos de verla y así, el primer domingo siguiente a su llegada, me dirigí, después de comer,— a la aldea X. para presentarme a sus señorías como el vecino más cercano y seguro servidor.
El lacayo me introdujo en el despacho del conde y fue a anunciarle mi llegada. El amplio despacho estaba amueblado con todo el lujo imaginable; a lo largo de las paredes había armarios llenos de libros y, sobre cada armario, un busto de bronce; encima de la chimenea de mármol veíase un ancho espejo; el piso estaba tapizado de paño verde y cubierto de alfombras. Desacostumbrado al lujo en mi pobre casa y no habiendo visto desde hacía largo tiempo ninguna riqueza ajena, me intimidé y esperé al conde con cierto nerviosismo, igual que un solicitante provinciano aguarda la salida del ministro. Se abrió la puerta y apareció un hombre de unos treinta y dos años, de muy buena presencia. El conde se acercó a mí con un gesto franco y amistoso; yo trataba de recobrarme y había comenzado ya a presentarme ceremoniosamente, pero él no me dejó seguir. Tomamos asiento. Su conversación, libre y afable, disipó en el acto mi timidez nacida en aquel rincón perdido. Había empezado ya a sentirme como de costumbre, cuando, de pronto, entró la condesa y volví a sentirme turbado. En efecto, era una belleza. El conde me presentó. Quise parecer desenvuelto, pero, por más esfuerzos que hacía para parecer desenvuelto, más torpe me sentía. A fin de darme tiempo a sosegarme y habituarme a ellos, comenzaron a hablar entre sí, tratándome sin ceremonias como a un buen vecino. Mientras tanto, yo empecé a andar de un lado a otro, examinando los libros y los cuadros. Aunque no soy entendido en pintura, un cuadro llamó mi atención. Representaba algún paisaje de Suiza, pero lo que me maravilló no era la pintura, sino el hecho de que el cuadro estuviera perforado por dos balas, que habían penetrado una encima de la otra.
— ¡Qué buen disparo! — elogié, volviéndome hacia el conde.
— Sí — respondió —, es un magnífico disparo. ¿Y usted tira bien?
— Bastante bien — respondí, alegrándome de que la conversación tocara, por fin, un tema que me era familiar —. A treinta pasos no dejaré de dar en un naipe, pero se entiende que con pistolas conocidas.
— ¿De verdad? — preguntó la condesa con gran atención —. ¿Y tú, amigo mío, acertarías en un naipe a treinta pasos de distancia?
— Habrá que probar algún día — respondió el conde —. En mis tiempos yo no tiraba mal, pero hace ya cuatro años que no he tenido una pistola en mis manos.
— ¡Oh! — observé —. En tal caso le aseguro a Vuestra Excelencia que no acertará en un naipe ni siquiera a veinte pasos: la pistola exige un ejercicio cotidiano. Lo sé por experiencia. En mi regimiento yo era tenido por uno de los mejores tiradores. Una vez tuve que estar todo un mes sin tocar una pistola: mis armas estaban en reparación. ¿Y sabe lo que ocurrió, Excelencia? El primer día que disparé después de eso fallé cuatro veces seguidas tirando contra una botella a veinticinco pasos. Estaba con nosotros un capitán de caballería, un hombre bromista y gracioso; vio cómo fallaba y me dijo: “Ya se ve, hermanito, que no eres capaz de levantar la mano contra una botella”. No, Excelencia, usted no debe descuidar este ejercicio si no quiere perder por completo el hábito. El mejor tirador que yo he conocido disparaba cada día, por lo menos tres veces antes de la comida. Eso era ya para él tan obligatorio como la copita de vodka.
El conde y la condesa parecían muy satisfechos de que yo hubiera roto a hablar.
— ¿Y qué tal tirador era él? — me preguntó el conde.
— Pues mire, Excelencia: si veía posarse una mosca en la pared (¿se ríe usted, condesa? Palabra de honor que es verdad), si veía una mosca, gritaba: “¡Kuzka, la pistola!” y Kuzka le traía la pistola cargada. El ipum! y dejaba la mosca incrustada en la pared.
— ¡Es extraordinario! — dijo el conde —. ¿Cómo se llamaba?
— Silvio, Excelencia.
— ¡Silvio! — exclamó el conde, levantándose de un salto —. ¿Usted conocía a Silvio?
— ¿Cómo no conocerle, Excelencia? Fuimos amigos; le habíamos acogido en nuestro regimiento lo mismo que a un hermano, pero ya hace unos cinco años que no tengo noticias de él. Entonces, ¿también Vuestra Excelencia le ha conocido?
— Le he conocido, ya lo creo que le he conocido. ¿No le refirió él un caso muy raro? Pero no, no creo...
— ¿No será, Excelencia, la historia de una bofetada que un pendenciero le dio a Silvio en un baile?
— ¿Y no le dijo a usted el nombre del pendenciero?
— No, Excelencia, no me lo dijo... ¡Ah, Excelencia! — proseguí, comenzando a adivinar la verdad —. Perdone... yo no podía suponer... ¿será usted...?
— Yo mismo — respondió, afligido, el conde — y el cuadro agujereado es el recuerdo de nuestro último encuentro...
— ¡Ah, amigo mío! — suplicó la condesa —. Por Dios, no lo cuentes; me da miedo oírlo.
— No — protestó el conde —, debo contarlo. El conoce la ofensa que infligí a su amigo. Que conozca también ahora cómo se vengó Silvio de mí.
El conde me acercó un sillón y yo escuché con el más vivo interés el siguiente relato.
— Me casé hace cinco años. El primer mes, the honeymoon (La luna de miel (ingl.)), lo pasé aquí, en esta aldea. A esta casa debo los mejores instantes de mi existencia y uno de los más tristes recuerdos.
Una tarde cabalgábamos juntos mi mujer y yo; el caballo de ella se puso terco. Mi mujer se asustó, me entregó las riendas y decidió volver andando a casa. Yo la precedí. En el patio vi un carricoche de viaje, me dijeron que en mi despacho me esperaba un hombre. No había querido decir cómo se llamaba. Sencillamente, había dicho que venía a verme traído por un asunto. Entré en esta misma habitación y distinguí en la oscuridad a un hombre cubierto de polvo y con la barba crecida; estaba aquí, cerca de la chimenea. Me aproximé a él, tratando de recordar sus rasgos. “¿No me reconoces, conde?”— me preguntó con voz temblorosa. “¡Silvio!” — grité, y confieso que en aquel momento sentí erizárseme los cabellos. “Exactamente — continuó él —. Tengo derecho a un disparo, y he venido a descargar mi pistola. ¿Estás dispuesto?” La pistola le asomaba por uno de los bolsillos laterales. Medí doce pasos y me coloqué en aquel rincón, rogándole que disparase en seguida, antes de que volviera mi esposa. El no se apresuraba; pidió luz. Se trajo velas. Yo cerré la puerta, di orden de que no entrara nadie, y le rogué una vez más que disparase. El sacó la pistola y apuntó... Yo contaba los segundos... pensaba en ella... ¡Fue un minuto terrible! Silvio bajó la mano. “Lamento — dijo — que mi pistola no esté cargada con huesos de guinda... Una bala es pesada. Y a mí se me antoja que esto no es un duelo, sino un asesinato; no estoy habituado a apuntar sobre una persona inerme. Comencemos de nuevo; echemos a suertes para ver quién debe disparar primero”. La cabeza me daba vueltas... Creo recordar que me negué... Por fin, cargamos una pistola más; doblamos dos papelitos; él los guardó en la misma gorra agujereada por mí de un tiro; de nuevo saqué el primer número. “Tú, conde, eres terriblemente afortunado” — dijo Silvio con una sonrisa que no olvidaré jamás. No comprendo qué me ocurrió entonces y de qué manera pudo él obligarme a ello..., pero disparé y di en este cuadro. (El conde me señaló con un dedo el cuadro agujereado; le ardía el rostro como si fuera de fuego; la condesa estaba más pálida que su pañuelo. Yo no pude dejar de lanzar una exclamación.)
— Disparé — continuó el conde — y, gracias a Dios, fallé; entonces Silvio... (en aquel minuto estaba verdaderamente horroroso) Silvio empezó a apuntar sobre mí. De repente se abrió la puerta, entró precipitadamente Masha y se echó a mi cuello, exhalando un grito. Su presencia me devolvió todo mi valor. “Querida — le dije —, ¿acaso no ves que estamos bromeando? ¡Cómo te has asustado! Anda, bebe un vaso de agua, y luego ven con nosotros; te presentaré a mi viejo amigo y camarada”. Masha no estaba segura aún. “Contésteme ¿dice la verdad mi marido? — preguntó, volviéndose al terrible Silvio —. ¿Es verdad que están ustedes bromeando?” — “El siempre está de broma, condesa — le respondió Silvio —. Un día me dio en broma una bofetada; otro día me agujereó en broma de un tiro esta gorra, en broma acaba de fallar disparando sobre mí; ahora soy yo quien tiene ganas de bromear...” Después de pronunciar esas palabras, quiso apuntar sobre mí... ¡en presencia de ella! Masha se arrojó a sus pies. “¡Levántate, Masha, qué vergüenza! — grité yo, enfurecido —. Y usted, muy señor mío, ¿dejará de burlarse de una pobre mujer? ¿Piensa usted disparar o no?” — “No — replicó Silvio —, ya estoy satisfecho; he visto tu desconcierto y tu temor; te he obligado a disparar sobre mí. Esto me basta. Ahora tendrás que recordarme. Te confío a tu conciencia”. Iba ya a salir, pero se detuvo en la puerta, miró el cuadro que yo había perforado, disparó sobre él casi sin apuntar y desapareció. Mi esposa se había desmayado; la servidumbre no se atrevió a detenerle, contemplándole con verdadero terror. El salió a la terracilla, llamó a su cochero y se marchó antes de que yo hubiera tenido tiempo de volver en mí.
El conde calló. Así me enteré del final de la historia cuyo principio me había impresionado tanto una vez. A su protagonista no le vi ya más. Se dice que Silvio, durante la insurrección de Alejandro Ypsilantis, mandaba una sección de Hetería y fue muerto en la batalla de Skuliany.


 


 

Оригінал твору

Бібліотека ім. О. С. Пушкіна (м. Київ).
А.С. Пушкин. Полное собрание сочинений в десяти томах

 

return_links(); BufConvert(); ?>