DUBROVSKI
Твори О.С. Пушкіна. Переклад іспанською мовою. > DUBROVSKI

 

DUBROVSKI


TOMO PRIMERO

 

CAPITULO I

Años atrás vivía en Pokróvskoie, en una de sus fincas, Kirila Petróvich Troekúrov, gran señor ruso de rancio abolengo. Su riqueza, noble alcurnia y relaciones hacían que fuera persona de mucho peso en las provincias donde se encontraban sus propiedades. Los señores vecinos acataban gustosamente hasta el menor de sus caprichos; los funcionarios del contorno se estremecían al oír su nombre, y Kirila Petróvich consideraba aquellas pruebas de servilismo como un merecido tributo. Su casa estaba siempre llena de invitados prestos a distraer su señorial ociosidad participando en ruidosas y, a veces, alocadas diversiones. Nadie osaba rehusar una invitación suya o dejar de presentarle sus respetos en los días señalados.
En la vida familiar, Kirila Petróvich mostraba todos los vicios propios de un hombre de escasa cultura. Mimado en exceso por todo lo que le rodeaba, era en él costumbre dejarse llevar de los arrebatos de su violento carácter y de todas las extravagancias de su bastante limitado intelecto. A pesar de la extraordinaria fortaleza de su organismo, solía padecer indigestiones dos veces por semana y se embriagaba cada noche. En un pabellón de la casona vivían dieciséis doncellas, dedicadas a las labores propias de su sexo. Las ventanas del pabellón estaban obstruidas con barrotes de madera, y las puertas cerrábanse con candados cuyas llaves guardaba Kirila Petróvich. A una hora fija, las jóvenes cautivas salían a dar un paseo por el jardín, bajo la custodia de dos viejas. De tiempo en tiempo, Kirila Petróvich casaba a algunas y las reemplazaba inmediatamente por otras. Trataba a sus labradores y a sus criados con dureza y arbitrariedad; pese a ello, le eran fieles: les halagaba que su dueño fuera tan rico y renombrado, y, confiando en su poderosa protección, se permitían muchas licencias con los vecinos.
Las ocupaciones habituales de Troekúrov consistían en recorrer sus vastos dominios, entregarse a interminables festines y gastar bromas pesadas, que ideaba todos los días, y de las que hacían víctima a algún nuevo conocido, si bien tampoco se libraban de ellas sus viejos amigos, a excepción de Andréi Gavrilovich Dubrovski.
Dubrovski, teniente de la Guardia retirado, era su vecino más cercano y dueño y señor de setenta almas. Troekúrov, que trataba con altivez a los más encumbrados personajes, estimaba a Dubrovski, a pesar de su escasa fortuna. Habían sido compañeros de regimiento, y Troekúrov sabía, por experiencia, que su amigo era orgulloso y decidido. Las circunstancias los separaron por mucho tiempo. Dubrovski, cuya fortuna había sufrido gran quebranto, se vio obligado a pedir el retiro y a instalarse en la última aldea que le quedaba. Al saberlo, Kirila Petróvich le brindó su protección, pero Dubrovski le dio las gracias y no quiso aceptarla, prefiriendo la pobreza y la independencia. Años más tarde, Troekúrov, general retirado, resolvió vivir en su finca de Pokróvskoie. Los dos amigos se alegraron mucho de volver a encontrarse. Desde entonces, veíanse a diario, y Kirila Petróvich, que jamás en su vida había dignado a nadie con su visita, frecuentaba la pobre casa de su viejo compañero. De la misma edad, hijos de la misma clase y educados en los mismos principios, se asemejaban, en parte, por su carácter y sus inclinaciones. En algunos aspectos, también su vida ofrecía ciertas semejanzas: los dos se habían casado por amor, habían enviudado pronto y tenían un solo retoño. El hijo de Dubrovski estudiaba en Petersburgo; la hija de Kirila Petróvich crecía bajo la mirada de su padre, y Troekúrov decía con frecuencia a Dubrovski:
— Oye, hermano Andréi Gavrilovich: si de tu Volodia sale un hombre de provecho, casaré con él a Masha; no importa que no tenga más que lo puesto.
Andréi Gavrilovich denegaba con un movimiento de cabeza y respondía invariablemente:
— No, Kirila Petróvich, mi Volodia no es partido para María Kirílovna. Un aristócrata pobre como él hace mejor casándose con una joven de su misma condición y siendo dueño en su casa, que convirtiéndose en criado de una mujercita mimada.
Todos envidiaban la concordia reinante entre el altivo Troekúrov y su modesto vecino y se asombraban de la audacia de éste cuando, sentado a la mesa de Kirila Petróvich, exponía claramente su opinión, sin preocuparse de si contradecía la del dueño de la casa. Algunos trataron de imitarle y de franquear los límites de la debida sumisión, pero Kirila Petróvich les metió hasta tal punto el susto en el cuerpo que les quitó para siempre las ganas de reincidir. Dubrovski continuó siendo la única excepción de la regla. Pero el azar vino a desbaratarlo y trastocarlo todo.
Una vez, a comienzos del otoño, Kirila Petróvich disponíase a salir de caza. La víspera se había ordenado a los perreros y a los caballerizos que estuvieran dispuestos para las cinco de la madrugada. La tienda de campaña y la cocina habían sido previamente enviadas al sitio donde Kirila Petróvich debía almorzar.
El señor y sus invitados fueron a ver las perreras, en las que vivían, ahítos y calientes, más de quinientos perros de caza, cantando loas, en su lengua canina, a la generosidad de Kirila Petróvich. Allí había también un hospital para los perros enfermos, que dirigía el médico de regimiento Timoshka, y un local especial en el que las linajudas perras parían y daban de mamar a sus cachorros. Kirila Petróvich sentíase orgulloso de la soberbia institución y no perdía oportunidad de jactarse de ella ante sus invitados, cada uno de los cuales la había visto ya, por lo menos, unas veinte veces.
Aquella vez se paseaba por la perrera rodeado de sus huéspedes y acompañado de Timoshka y de los perreros principales; se detenía ante algunas de las casetas para preguntar por la salud de los enfermos, hacer observaciones más o menos severas y justas o llamar a los perros que conocía, a los que hablaba cariñosamente. Los invitados se consideraban obligados a manifestar su admiración por la perrera de Kirila Petróvich. Sólo Dubrovski callaba, frunciendo el ceño. Era un cazador apasionado, pero, como su fortuna no le permitía tener más que dos perros de busca y una jauría de galgos, no podía reprimir cierta envidia al ver aquella espléndida institución.
— ¿Por qué estás enfurruñado, hermano? — le preguntó Kirila Petróvich —. ¿Es que no te gusta mi perrera?
— Sí — repuso secamente Dubrovski —. La perrera es maravillosa, y dudo de que sus criados vivan tan bien como sus perros.
Uno de los monteros se ofendió y dijo:
— Gracias a Dios y al amo, no tenemos queja. Pero la verdad es que algún señor ganaría cambiando su finca por cualquier caseta de aquí. Comería mejor y no pasaría frío.
Kirila Petróvich soltó la carcajada al oír la insolente observación de su siervo, y los invitados le hicieron coro, aunque comprendían que las palabras del montero podían referirse también a ellos. Dubrovski palideció y no dijo ni palabra. En aquel momento trajeron a Kirila Petróvich unos cachorros recién nacidos. Se apresuró a tomarlos, escogió dos y ordenó que ahogasen a los demás. Mientras tanto, Andréi Gavrilovich desapareció sin que nadie lo advirtiera.
Al regresar de la perrera con sus invitados y sentarse a cenar, Kirila Petróvich notó la ausencia de Dubrovski y preguntó por él. Sus criados le dijeron que Andréi Gavrilovich se había marchado a casa. Troekúrov ordenó que le dieran alcance y le hiciesen volver sin falta. Nunca salía de caza sin Dubrovski, gran conocedor de los perros y árbitro infalible en todas las discusiones cinegéticas. El criado que había partido a caballo en busca suya regresó cuando los invitados estaban aún cenando y dijo a su señor que Andréi Gavrilovich no le había hecho caso y no quería volver. Kirila Petróvich, que se hallaba ya, como de costumbre, bastante achispado, montó en cólera y envió por segunda vez al mismo criado para que dijese a Andréi Gavrilovich que, si no volvía inmediatamente a pasar la noche en Pokróvskoie, rompería con él para toda la vida. El criado partió de nuevo a caballo. Kirila Petróvich se levantó, dio las buenas noches a sus invitados y se fue a acostar.
Lo primero que Kirila Petróvich preguntó a la mañana siguiente fue si Andréi Gavrilovich había vuelto. Por toda respuesta, le entregaron una carta plegada en triángulo. Kirila Petróvich mandó a su escribano que se la leyera, y oyó lo siguiente:

Muy señor mío:
No pienso volver a Pokróvskoie en tanto no envíe usted al montero Paramoshka a pedirme perdón; además, yo quedaré libre de castigarlo o de perdonarlo. No estoy dispuesto a tolerar bromas de sus siervos ni de usted mismo, porque no soy un bufón, sino un noble de rancia estirpe.

Su humilde servidor, Andréi Dubrovski".


Según entendemos hoy la urbanidad, la carta habría podido parecer una impertinencia; pero lo que enojó a Kirila Petróvich no fue lo extraño del estilo ni el tono de la epístola, sino su contenido.
— ¡Cómo! — exclamó Troekúrov con voz de trueno, saltando descalzo del lecho —. ¿Que le envíe a mis criados para que le pidan perdón? ¿Que él sea libre de perdonarlos o castigarlos? ¿Cómo se le ha podido ocurrir tal cosa? ¿Ese no sabe con quién se la juega! Yo le haré ver... ¡Va a maldecir la hora en que se le ha ocurrido oponerse a Troekúrov!
Kirila Petróvich se vistió y salió de caza con el boato de ordinario, pero la montería fue desafortunada. En todo el día no saltó más que una liebre, y aun ella se escapó. La comida en el campo, bajo la tienda de campaña, tampoco tuvo mejor éxito, o, por lo menos, no fue del gusto de Kirila Petróvich, que pegó al cocinero, colmó de improperios a sus invitados y, de regreso, pasó a intento, con todo su cortejo, por los campos de Dubrovski.
Transcurrieron unos días, y la enemistad entre los dos vecinos no amenguaba. Andréi Gavrilovich no volvió a Pokróvskoie, Kirila Petróvich se aburría sin él, y su despecho traducíase en las expresiones más ultrajantes, que, gracias al celo de los señores del contorno, llegaban a oídos de Dubrovski corregidas y aumentadas. Un nuevo incidente vino a disipar la última esperanza de reconciliación.
Un día, Dubrovski visitaba sus pequeños dominios; al aproximarse a un bosque de abedules, oyó golpes de hacha y a poco, el crujido de un árbol al abatirse. Andréi Gavrilovich se precipitó hacia el bosque y descubrió que unos mujiks de Pokróvskoie estaban robándole la leña como si tal cosa. Al verle, los mujiks echaron a correr. Dubrovski, ayudado por su cochero, logró atrapar a dos de ellos y los condujo, atados, a su casa. Tres caballos propiedad del adversario quedaron también en manos del vencedor. Dubrovski estaba enojadísimo: hasta entonces, los mujiks de Troekúrov, bandidos redomados, no osaban cometer fechorías en sus dominios, conocedores de la amistad que le unía a su señor. Comprendió que se aprovechaban de la ruptura y resolvió, contra todas las reglas del derecho de guerra, dar una buena lección a sus prisioneros, utilizando para ello unas varas que habían recogido allí mismo, en el bosque, y quedarse con los caballos para que trabajaran en su finca.
La noticia del incidente llegó aquel mismo día a oídos de Kirila Petróvich, sacándolo de sus casillas. Lo primero que le dictó su cólera fue que debía caer con todos sus criados sobre Kisteniovka (así se llamaba el lugarejo de su vecino), arrasarlo y sitiar al terrateniente en su casa señorial. Tal proeza no habría sido una novedad para Troekúrov. Sin embargo, sus pensamientos tomaron pronto otra dirección.
Andando y desandando pesadamente la sala, su mirada se posó por azar en la ventana y vio una troica detenida ante el portalón. Un hombrecillo con gorro de cuero y capote de frisa se apeó del vehículo y echó a andar hacia el pabellón en que vivía el administrador; Troekúrov reconoció al asesor Shabashkin y lo mandó llamar. Apenas habría pasado un minuto, cuando Shabashkin estaba ya ante Kirila Petróvich, haciendo profundas reverencias y esperando, la veneración pintada en el rostro, las órdenes del señor.
— Buenos días... ¿Cómo dices que te llamas? — lo saludó Troekúrov —. ¿Qué te trae por aquí?
— Iba a la ciudad, Excelencia — respondió Shabashkin —, y me he acercado a ver a Iván Demiánov por si había alguna orden de vuecencia.
— Has venido muy a propósito... ¿Cómo me has dicho que te llamabas? Necesito de ti. Toma un vaso de vodka y escúchame.
Tan afectuosa acogida sorprendió agradablemente al asesor, que no quiso beber y se dispuso a escuchar a Kirila Petróvich con la mayor atención.
— Tengo un vecino que es un pobre diablo muy grosero, y quisiera quedarme con sus tierras... ¿Qué opinas tú de ello?
— Si vuecencia tiene documentos o...
— No digas sandeces, hermano. ¿Qué documentos quieres que tenga? Si fuera así, recurriría a la justicia. La gracia está en quitarle sus tierras sin tener ningún derecho a ello. Pero escucha. Esas tierras fueron nuestras en tiempos. Las compramos a un tal Spitsin y se las vendimos después al padre de Dubrovski. ¿No podría utilizarse esta circunstancia?
— Difícil va a ser, Excelencia. Seguramente, la venta se hizo según todos los requisitos de la ley.
— Piénsalo y busca bien, hermano.
— Si vuecencia pudiera, por ejemplo, procurarse de una manera u otra el acta de venta, en virtud de la cual su vecino posee las tierras, entonces, naturalmente...
— Te comprendo, pero la desgracia es que todos esos papeles desaparecieron en un incendio.
— ¿Cómo? ¿Qué dice vuecencia? ¿Los papeles se han quemado? ¡Eso nos viene de perlas! En tal caso, dígnese proceder con arreglo a las leyes y, sin duda alguna, verá colmados sus deseos.
— ¿Tú crees? Mira bien. Yo confío en tu celo. En cuanto a mi agradecimiento, puedes estar seguro de él.
Shabashkin hizo una reverencia tan profunda, que casi rozó el suelo con la cabeza, y se retiró. Aquel mismo día empezó a hacer gestiones, y, gracias a su diligencia, Dubrovski recibió al cabo de unas dos semanas una citación para que fuera inmediatamente a la ciudad y diese explicaciones de con qué derecho poseía el lugarejo de Kisteniovka.
Sorprendido por la inesperada demanda, Andréi Gavrilovich escribió aquel mismo día una carta en la que declaraba, en términos bastante groseros, que el lugarejo de Kisteniovka lo había heredado de su difunto padre y lo poseía por derecho de herencia; que Troekúrov no tenía nada que ver con él, que toda pretensión a su propiedad era una intriga y una superchería.
La carta produjo una impresión muy satisfactoria al asesor Shabashkin. Vio, en primer lugar, que Dubrovski no tenía idea de los procedimientos judiciales; en segundo lugar, que a un hombre tan vehemente y atolondrado podría, sin dificultad, colocársele en la más embarazosa postura.
Cuando se hubo serenado, Andréi Gavrilovich examinó de nuevo la demanda del asesor y comprendió que era necesario responder con mayor detalle. Escribió una protesta bastante bien redactada, pero insuficiente, según habría de probar la marcha del tiempo.
El pleito se iba prolongando. Seguro de la razón que le asistía, Andréi Gavrilovich no se inquietaba gran cosa; no tenía ni deseo ni posibilidad de esparcir dinero en torno, y, aunque solía burlarse de la venal conciencia de la tribu de los chupatintas, no se imaginaba que pudiera ser víctima de una superchería. Por su parte, Troekúrov tampoco se preocupaba de ganar el pleito que había iniciado. Shabashkin hacía por él todas las gestiones, obraba en nombre suyo, intimidaba o sobornaba a los jueces y tergiversaba los ukazes, si le convenía. Fuera como fuere, el caso es que el 9 de febrero de 18... Dubrovski recibió, por mediación de la jefatura de policía de la ciudad, una citación en la que le invitaba a presentarse ante el Tribunal del zemstvo de X. para oír la sentencia dictada en el litigio por cuestiones de tierras entre el teniente Dubrovski y el general Troekúrov y firmarla en señal de aceptación o desacuerdo. Dubrovski salió para la ciudad aquel mismo día. Troekúrov se le adelantó por el camino. Los rivales se miraron con altivez, y Dubrovski advirtió una sonrisa maligna en el semblante de su adversario.

CAPITULO II


Al llegar a la ciudad, Andréi Gavrilovich se detuvo en la casa de un comerciante conocido suyo y pasó allí la noche. A la mañana siguiente se presentó en el Tribunal. Nadie reparó en su presencia. Instantes después llegó Kirila Petrovich. Los escribanos se levantaron, poniéndose las plumas tras la oreja. Los jueces lo recibieron dando muestras de adulador servilismo y le ofrecieron una poltrona, en atención a su rango, edad y corpulencia. Kirila Petróvich sentóse, a la vista de todo el mundo. Andréi Gavrilovich, de pie, se apoyó en la pared, y, en medio de un profundo silencio, el secretario leyó con voz sonora el veredicto del Tribunal.
Lo reproducimos punto por punto, suponiendo que agradará a todo el mundo conocer uno de los medios por los que en Rusia podemos vernos privados de tierras a cuya posesión tenemos derecho indiscutible.

El 27 de octubre del año 18..., el tribunal comarcal vio la causa incoada contra el teniente de la Guardia Andréi Gavrilov hijo de Dubrovski por la posesión ilícita de una finca perteneciente al general en jefe Kirila Petrov hijo de Troekúrov sita en la aldea de Kisteniovka, provincia de... y compuesta de... almas del sexo masculino y... desiatinas de tierra, incluidos prados y otros predios. De la causa se ve: el mencionado general en jefe Troekúrov el 9 de junio de 18... presentó ante este tribunal una demanda en la que especificaba que su difunto padre, el asesor colegiado y caballero Piotr Efimov hijo de Troekúrov, el 14 de agosto de 17..., sirviendo a la sazón de secretario provincial de la cancillería virreinal, compró al oficinista de procedencia noble Fadéi Egórov hijo de Spitsin una finca que se encontraba en la comarca de... en la mencionada aldea de Kisteniovka '(aldea que, entonces, según el censo de... se llamaba Kisteniovskie Víselki), en la que había, según el censo 4o,... almas del sexo masculino, con todos sus bienes campesinos, la heredad, con sus tierras labradas y no labradas, bosques, herbazales, apostales en el río Kisteniovka y todos los terrenos pertenecientes a dicha finca y la casa señorial de madera, resumiendo, absolutamente todo lo que tocó en herencia y poseía después de la muerte de su padre, el jefe de policía, de procedencia noble, Egor Teréntiev hijo de Spitsin, hasta la última alma y hasta la última fanegada, por valor de 2.500 rublos, lo que quedó consignado en el correspondiente documento, extendido aquel mismo día en la sala judicial de ..., y entonces, en agosto mismo, el día 26, el tribunal del zemstvo de ... confirió los derechos de posesión a su padre y formalizó la transferencia. Por último, el 6 de septiembre de 17... el padre murió, por voluntad del Señor, y mientras el demandante, el general en jefe Troekúrov, se hallaba desde 17... casi desde su tierna infancia haciendo el servicio militar y la mayoría del tiempo en campañas en el extranjero, por lo que no podía tener noticia de la muerte del padre ni de la finca que había heredado. Actualmente, al pedir el retiro y regresar a las posesiones del padre en las provincias y comarcas de ... y en distintas aldeas, con un total de 3.000 almas, ve que una de esas fincas anteriormente mencionadas — ... almas (de las que según el censo último hay en esa aldea tan sólo...), con la tierra y todos los predios — la posee, sin ningún fundamento legal, el teniente de la Guardia Andréi Dubrovski, por lo cual, adjuntando a esta demanda la auténtica acta de compra extendida a su padre por el vendedor, Spitsin, pide que se retire la mencionada aldehuela de la ilícita posesión de Dubrovski y se ponga, tal como corresponde, a su plena disposición de Troekúrov. Por la apropiación ilícita y por haber utilizado los ingresos obtenidos, cuya suma se habrá de establecer, se impondrá a Dubrovski que le pague a él, a Troekúrov, la restitución que fije la ley.
Las investigaciones llevadas a cabo por el tribunal del zemstvo de... en relación con esta demanda han descubierto: que el mencionado anteriormente propietario de la finca en litigio teniente de la Guardia Dubrovski dio personalmente al asesor letrado de la nobleza la explicación de que la finca que hoy posee, compuesta, en la señalada aldehuela de Kisteniovka, de... almas con tierras y predios que le tocó después de la muerte de su padre, el teniente de artillería Gavrila Evgráfov hijo de Dubrovski, a quien pasó por haberla comprado al padre del demandante, antes ex secretario provincial y luego asesor colegiado Troekúrov, por poderes otorgados por él el 30 de agosto de 17... y registrados en el tribunal comarcal de..., al consejero titular Grigori Vasíliev hijo de Sóbolev, para que éste extendiera a su padre un acta notarial de compra, porque en ella se decía que él, Troekúrov, toda la finca que había comprado al oficinista Spitsin, con ... almas y las tierras, la había vendido a su padre, al padre de Dubrovski, y el dinero que le correspondía, 3.200 rublos, lo había recibido hasta el último kopek de su padre sin retorno y pedía al notario Sóbolev que entregara a su padre el señalado título de propiedad. Además, en los poderes en cuestión se indicaba que por haber pagado toda la suma, poseía la finca que había comprado y en adelante dispondría de ella, hasta que se extendiera el acta notarial, como verdadero dueño, y que el vendedor, Troekúrov, en adelante no tendría derecho a disponer de la hacienda. Pero él, Andréi Dubrovski, no sabía exactamente ni cuándo ni dónde — en qué institución — el notario Sóbolev había entregado la mencionada acta a su padre, pues por el entonces se hallaba en la más completa minoría de edad y después de la muerte de su padre no logró encontrar el acta y suponía que había ardido con otros papeles y toda la finca durante el incendio que se había producido en la casa en 17..., cosa que conocían los habitantes de la aldea. Y que la finca desde el día en que Troekúrov se la había vendido o el notario Sóbolev les había extendido el acta, es decir, desde 17... y hasta la muerte de su padre en 17... y hasta la fecha, los Dubrovski la habían poseído, sin que nadie lo disputara, esa cosa que atestiguaban los habitantes del contorno, en total 52 personas, que en el interrogatorio habían declarado bajo juramento que, efectivamente, en cuanto podían recordar, la finca en litigio la poseían los susodichos señores Dubrovski desde hacía unos 70 años, sin que nadie lo disputara, pero no sabían en virtud de qué acta o documento. No recordaban si el mencionado anterior comprador de la finca, el ex secretario provincial Piotr Troekúrov, había poseído alguna vez la finca en cuestión. La casa de los señores Dubrovski ardió durante un incendio que tuvo lugar en la aldea durante la noche unos 30 años atrás, con la particularidad de que personas no interesadas estiman que la finca en litigio puede reportar, contando desde aquel tiempo, año por año, no menos de 2.000 rublos anuales.
Por otra parte, el general en jefe Kirila Petrov hijo de Troekúrov presentó el 3 de enero de este año en este tribunal una demanda de que, aunque el susodicho teniente de la Guardia Andréi Dubrovski presentó durante la instrucción del sumario el certificado de posesión de la finca comprada que su difunto padre Gavrila Dubrovski extendió al notario Sóbolev para, que pudiera disponer de la heredad, no presentó ni el acta notarial de compra verdadera ni ninguna prueba clara de acuerdo con el vigente reglamento general, capítulo 19, y con el ukaz del 29 de noviembre de 1752. Por lo tanto, hoy el certificado, cuando ha muerto el propio donador, su padre, pierde toda validez de acuerdo con el ukaz del día... de mayo de 1818. Además, se ha dispuesto que las fincas en litigio se pongan en posesión según las correspondientes actas de propiedad, y de no existir éstas, tras de hacer las investigaciones pertinentes.
De que la finca pertenecía a su padre presentó el correspondiente documento, del que se sigue que sobre la base de las mencionadas leyes hay que poner fin a la posesión ilícita de la finca por Dubrovski, quitándosela, y entregársela a él por derecho de herencia. Y como los terratenientes mencionados, poseyendo la finca que no les pertenece sin ningún fundamento legal, la usufructuaron sin derecho a ello, así como los ingresos que no les pertenecían, se deberá exigir por la fuerza la suma cuando haya sido establecida al terrateniente Dubrovski y entregada a él, Troekúrov, dando satisfacción a su demanda. Tras de ver la causa en cuestión y los materiales dimanantes de ella y los extractos de las leyes, el tribunal comarcal determina:
Como de la causa se ve que el general en jefe Kirila Petrov hijo de Troekúrov sobre la finca en litigio, hoy en posesión del teniente de la Guardia Andréi Gavrilov hijo de Dubrovski, que se encuentra en la aldehuela de Kisteniovka y tiene, según el censo vigente, ... almas del sexo masculino, con tierras y predios, presentó la auténtica acta notarial de venta de la finca a su difunto padre, secretario provincial, que luego fue asesor colegiado, en 17..., por el oficinista de procedencia noble Fadéi Spitsin; además de lo cual el comprador, Troekúrov, como lo evidencia la anotación hecha en la mencionada acta, fue puesto aquel mismo año por el tribunal del zemstvo en posesión, por haberle sido ya cedida la finca, y aunque en contra de ello por parte del teniente de la Guardia Andréi Dubrovski se han presentado los poderes dados por el difunto comprador Troekúrov al consejero titular Sóbolev para que redactara un acta de compra a nombre de su padre, del padre de Dubrovski, está prohibido terminantemente, por un ukaz, no sólo confirmar tales transacciones inmobiliarias, sino incluso entrar en posesión provisionalmente, añadiéndose a ello que los propios poderes los invalida la muerte del firmante. Pero por parte de Dubrovski no han sido presentadas desde que se inició la instrucción del sumario pruebas claras de dónde y cuándo se extendió el acta notarial de compra de la mencionada finca en litigio. Por esa razón, este tribunal estima que la mencionada finca, con ... almas, tierras y predios, pase a pertenecer, de acuerdo con el acta de compra presentada, al general en jefe Troekúrov; que deje de disponer de la finca el teniente de la Guardia Dubrovski, que se ponga en posesión de ella a Troekúrov y que el tribunal del zemstvo disponga que pase a ser suya como recibida por herencia. Aunque, además de esto, el general en jefe Troekúrov pide que el teniente de la Quardia Dubrovski restituya los ingresos obtenidos de la ilícita posesión de su finca hereditaria. Pero como dicha finca, según declaran viejos vecinos del lugar, se halló varios años en posesión indiscutida de los señores Dubrovski, y por los materiales de la instrucción no se ve que por parte del señor Troekúrov hubiera hasta ahora demandas contra la mencionada posesión ilícita de la finca señalada por Dubrovski; además, los reglamentos disponen que si alguien siembra tierra ajena o cerca una finca y contra tal apropiación se presenta demanda y se establece la verdad, se entregue la indicada tierra al que tenga la razón con el cereal sembrado y la finca con la cerca y la casa.
Por ello se rechaza la demanda presentada por el general en jefe Troekúrov contra el teniente de la Guardia Dubrovski, ya que la finca que le pertenece le es reintegrada sin quitarle nada. Y si al ser puesto en posesión algo resultara faltar, el general en jefe Troekúrov, si tiene para tal pretensión pruebas claras y legítimas, puede dirigirse a donde corresponda. Tal decisión será puesta en conocimiento tanto del demandante como del demandado, que, sobre bases legales, por apelación, serán llamados a esta corte para escuchar la sentencia y firmar su conformidad o desconformidad a través de la policía.
Firman la sentencia todos los componentes del tribunal.


El secretario dio fin a la lectura, el asesor se levantó y, acompañando sus palabras de una profunda reverencia, invitó a Troekúrov a firmar el documento. Troekúrov tomó con aire triunfal la pluma que le ofrecían y suscribió la sentencia, haciendo constar que estaba de completo acuerdo con ella.
Ahora debía firmar Dubrovski. El secretario le presentó la sentencia, pero Dubrovski, inmóvil, inclinó la cabeza.
El secretario le repitió la invitación a que hiciera constar su completa conformidad o reprobación si creía, en conciencia, que le asistía la razón y abrigaba el propósito de apelar ante las instancias correspondientes en el plazo prescrito por la ley. Dubrovski seguía callado... De pronto levantó la cabeza, sus ojos relampaguearon, dio con el pie en el suelo, empujó al secretario con tanta violencia que le hizo caer y, echando mano de un tintero, lo arrojó a la cabeza del asesor. Todos quedaron horrorizados. Dubrovski gritó:
— ¡No respetáis la Casa de Dios! ¡Largo de aquí, raza de Cam!
Añadió dirigiéndose a Kirila Petróvich:
— ¿Dónde se ha visto, Excelencia, que los perreros lleven sus canes a la Casa de Dios! ¡Los perros corren por la iglesia! Espere, que yo le daré una buena lección...
Al ruido acudieron alguaciles, que se vieron y desearon para sujetarlo. Lo sacaron a la calle y lo montaron en su trineo. Troekúrov salió detrás de él, acompañado de todo el Tribunal. La súbita demencia de Dubrovski le había impresionado sobremanera, envenenando su triunfo.
Los jueces, que esperaban su agradecimiento, no le oyeron ni una palabra cordial. Aquel mismo día, Kirila Petróvich salió para Pokróvskoie. Mientras, Dubrovski se hallaba postrado en la cama. El médico del distrito, que no era, por fortuna, un perfecto ignorante, le aplicó sanguijuelas y cantáridas. Al anochecer, el enfermo mejoró, recobrando el conocimiento. A la mañana siguiente lo llevaron a Kisteniovka, que ya casi no le pertenecía.

CAPITULO III


Pasó algún tiempo, pero la salud del pobre Dubrovski continuaba siendo precaria. Verdad es que los ataques de locura no se repetían, pero cada día se le notaba más débil. Olvidaba sus viejas ocupaciones, rara vez salía del dormitorio y se pasaba los días absorto en sus reflexiones. Egórovna, bondadosa anciana que antaño cuidara de su hijo, hízose ahora su niñera. Lo atendía como a un pequeñuelo, recordándole las horas de comer y de dormir, le servía la comida y lo acostaba. Andréi Gavrilovich obedecía sumisamente a la anciana y no hablaba con nadie más que con ella. No se encontraba en condiciones de pensar en sus asuntos ni de gobernar la hacienda, y Egórovna estimó necesario informar de todo lo ocurrido al joven Dubrovski, que servía en un regimiento de infantería de la Guardia, entonces de guarnición en Petersburgo. Así, arrancando una hoja del dietario, dictó a Jaritón el cocinero — el único letrado de Kisteniovka — una carta que aquel mismo día envió a la ciudad para que la echaran al correo.
Pero es hora ya de que el lector conozca al verdadero héroe de nuestra historia.
Vladimir Dubrovski había estudiado en la Escuela de Cadetes, de la que fuera promovido con el grado de alférez de la Guardia. Su padre no escatimaba nada para sostenerlo decorosamente, y el joven recibía de su casa más de lo que hubiera podido esperar. Derrochador y ambicioso, se permitía antojos caros, jugaba a las cartas y contraía deudas, sin preocuparse del futuro, confiado en que, tarde o temprano, lograría casarse con una mujer rica, sueño este de todos los jóvenes pobres.
Una noche en que se hallaban en su casa algunos oficiales, tendidos en los divanes y fumando pipas con boquilla de ámbar, Grisha, su ayuda de cámara, le entregó una carta. Como le chocaron el sello y la letra del sobre, abrió éste precipitadamente y leyó:
“Dueño y señor nuestro Vladimir Andréievich: Yo, tu vieja niñera, me tomo la libertad de informarte de la salud de tu padre. Está muy mal, a veces desvaría y se pasa el día como un niño sin juicio, y sólo Dios es quien dispone de la vida y de la muerte. Ven a casa, halcón preclaro, que nosotros te enviaremos un carruaje a Pesóchnoie. Se dice que el Tribunal del zemstvo va a venir a nuestra casa para darnos de amo a Kirila Petróvich Troekúrov, porque, según cuentan, le pertenecemos. Pero nosotros somos vuestros de toda la vida y nunca habíamos oído nada semejante. Tú, que vives en Petersburgo, podrías decírselo todo a nuestro padrecito el zar, que no consentiría tal atropello. Queda tu fiel esclava la niñera

Arina Egórovna Buziriova.

Envío mi bendición maternal a Grisha. ¿Te sirve bien? Hace ya más de una semana que llueve aquí, y el pastor Rodia murió el día de San Nicolás”.

Vladimir Dubrovski leyó varias veces seguidas, con gran emoción, esas deslabazadas líneas. Había quedado sin madre muy pronto y apenas conocía a su padre, pues a los siete años escasos había sido llevado a Petersburgo. Sin embargo, tenía mucho cariño a su progenitor y amaba tanto más la vida de familia por cuanto había gozado escasamente de sus plácidas alegrías.
La idea de que podía perder a su padre desgarrábale dolorosamente el corazón, y el estado del pobre enfermo, que discernía por la carta de la niñera, lo horrorizaba. Se imaginaba a su padre abandonado en un lugarejo perdido, al cuidado de una vieja ignorante y de los criados, amenazado por una desgracia y extinguiéndose, sin ayuda, entre sufrimientos físicos y morales. Vladimir se reprochaba como un crimen su negligencia. Llevaba mucho tiempo sin noticias de su padre y ni siquiera se le había ocurrido interesarse por él, suponiendo que se hallaría de viaje o entregado a la administración de su finca.
Resolvió que iría a verle e incluso pediría el retiro si la enfermedad del padre requería su presencia. Los camaradas, viéndole tan preocupado, se marcharon. Al quedarse solo, Vladimir escribió una solicitud, pidiendo un permiso, encendió su pipa y se sumió en hondas meditaciones.
Aquel mismo día, emprendió las gestiones para obtener el permiso, y tres días después se hallaba ya en camino.
Vladimir Andréievich aproximábase a la casa de postas de la que debería torcer hacia Kisteniovka. Un triste presentimiento le oprimía el corazón: temía no encontrar vivo a su padre. Se imaginaba la tediosa vida que le aguardaba en el campo, la soledad, la pobreza y las inquietudes de la administración, de la que no tenía la menor idea. Al llegar a la posta, pidió caballos de refresco. El maestro de postas preguntó adonde se dirigía y le dijo que hacía ya tres días que lo esperaban unos caballos enviados de Kisteniovka. No tardó en presentarse a Vladimir Andréievich el viejo cochero Antón, que en tiempos le mostrara la cuadra y cuidara de su potrillo. Antón derramó unas lágrimas al verle, se inclinó ante él en una profunda reverencia y, luego de decirle que el viejo señor vivía aún, corrió a enganchar los caballos. Vladimir Andréievich rehusó el almuerzo que le ofrecían y apresuró la partida. Antón lo llevó por caminos de atajo, y pronto los dos hombres entablaban conversación.
— Dime, Antón, ¿qué ha ocurrido entre mi padre y Troekúrov?
— ¡Dios lo sabrá, padrecito Vladimir Andréievich!... El señor regañó con Kirila Petróvich, y éste se quejó a la justicia, aunque las más de las veces es él mismo quien hace de juez. No es cosa de los siervos meternos en los asuntos de los señores, pero yo juraría que su padre hubiera ganado más de no haberse enemistado con Kirila Petróvich. Siempre quiebra por lo más delgado.
— A lo que se ve, ese Kirila Petróvich hace aquí lo que le viene en gana.
— Así es, señor. El asesor no es nadie para él, y al jefe de policía lo tiene de recadero. Los señores del contorno acuden todos a su casa a rendirle homenaje. Bien dice el refrán: “¡En habiendo artesa, cerdos habrá que vengan a hozar!”
— ¿Es cierto que quiere quitarnos la finca?
— ¡Ay, señor, ese rumor corre! Hace unos días, el sacristán de Pokróvskoie dijo en un bautizo, en casa de nuestro síndico: “Se acabó la buena vida; Kirila Petróvich sabrá teneros las riendas bien tirantes”. Mikita el herrero le replicó: “Vamos, Savélich, no entristezcas al compadre ni soliviantes a los invitados. Kirila Petróvich es Kirila Petróvich, y Andréi Gavrilovich, Andréi Gavrilovich, y todos nosotros somos de Dios y del zar”. Pero bien dice el refrán que nadie puede poner punto en boca ajena.
— Entonces, ¿no queréis pertenecer a Troekúrov?
— ¿Pertenecer a Kirila Petróvich? ¡Dios nos libre! Si los suyos lo pasan a veces mal, cuando caigan en sus manos los de otro, ¡no digo ya la piel, la carne ha de arrancarles! Sí, que Dios dé muchos años de vida a Andréi Gavrilovich, y si lo llama a su lado, no queremos otro amo que tú, señor y padre nuestro. No nos abandones, que nosotros sabremos defenderte.
Al decir esas palabras, Antón agitó el látigo, tiró de las riendas, y los caballos corrieron al trote.
Conmovido por la fidelidad del viejo cochero, Dubrovski guardó silencio y se entregó de nuevo a sus meditaciones. Cosa de una hora más tarde, Grisha le sacó súbitamente de ellas al exclamar:
— ¡Ahí está Pokróvskoie!
Dubrovski levantó la cabeza. En aquel momento pasaba por la orilla de un anchuroso lago, del que partía un riachuelo que serpeaba a lo lejos, entre las colinas. En una de ellas veíase, sobre un festón de tupida fronda, el verde tejado y la torrecilla de un enorme edificio de ladrillo, y en otra, una iglesia de cinco cúpulas y un viejo campanario; en torno se hallaban esparcidas las isbas de los campesinos, con sus huertos y sus pozos. Dubrovski reconoció aquellos parajes. Recordaba que en aquella misma colina solía jugar con la pequeña Masha Troekúrova, que era dos años más joven que él y ya entonces prometía ser muy bonita. Quiso preguntar por ella al cochero, pero una timidez inexplicable le contuvo.
Al pasar ante la mansión señorial, vio fugazmente un vestido blanco entre los árboles del parque. En aquel instante, Antón descargó unos latigazos a los caballos y, con ese orgullo común a los cocheros aldeanos y los de la ciudad, cruzó al galope el puente y la aldea. Al salir de lugar, subieron a la colina, y Vladimir divisó un soto de abedules y, a la izquierda, en una explanada, una casita gris de tejado rojo. El corazón le latió tumultuosamente; ante sus ojos tenía Kisteniovka y la humilde morada de su padre.
Diez minutos después entraba en el patio de la casa paterna. Miró en derredor con emoción indescriptible. Llevaba doce años sin ver sus lares. Los abedules plantados junto a la valla cuando él vivía allí, habían crecido y eran ya árboles altos y frondosos. El patio, donde en tiempos hubiera tres simétricos macizos de flores, entre los que discurría una ancha avenida, siempre muy limpia, se había convertido en verde pradera, en la que pacía un caballo trabado. Los perros empezaron a ladrar, pero, al reconocer a Antón, se callaron, agitando sus greñudas colas. Los criados salieron de sus isbas y rodearon al joven señor, exteriorizando ruidosamente su alegría. Vladimir se abrió paso con dificultad por entre aquella celosa multitud y subió casi a la carrera a la vieja terracilla. En el zaguán esperábale Egórovna, que le abrazó llorando.
— Buenos días, buenos días, niñera mía — exclamó Vladimir, estrechando contra su pecho a la buena anciana —. Y mi padre, ¿dónde está? ¿Qué tal se encuentra?
En aquel momento entró en la sala, arrastrando trabajosamente las piernas, un viejo alto, pálido y flaco, que vestía batín y se tocaba con un bonete.
— ¡Buenos días, Volodia! — dijo con voz apagada, y Vladimir abrazó apretadamente a su padre. La alegría del encuentro fue tan grande para el enfermo, que perdió sus fuerzas, se le doblaron las rodillas y hubiera caído de no sostenerle el hijo.
— ¿Por qué te has levantado de la cama? — le reprochó Egórovna —. No puedes tenerte de pie y te crees tan sano como los demás.
Llevaron al viejo a su dormitorio. Se esforzaba por hablar con su hijo, pero las ideas se ie embrollaban en el cerebro, y sus palabras eran por demás incoherentes. A poco se calló, como amodorrado. El estado del anciano impresionó mucho a Vladimir. El joven se instaló en el dormitorio de su padre y pidió que lo dejaran solo con él. Los domésticos obedecieron, y todos juntos se llevaron a Grisha al cuarto de la servidumbre, donde lo agasajaron con esa cordialidad propia de los aldeanos, mientras lo agobiaban a preguntas y abrazos.

CAPITULO IV


En la mesa que tantos manjares
ofreciera, un féretro yace.

Días después de su llegada, el joven Dubrovski quiso ocuparse de los asuntos de la hacienda, pero su padre no se encontraba en estado de darle las explicaciones necesarias y, además, no tenía administrador. Examinando los papeles, Vladimir halló únicamente la primera carta del asesor y el borrador de la respuesta. Aquello no le bastó para hacerse una idea clara del pleito y resolvió esperar las consecuencias, confiando en el triunfo de la razón.
Entretanto, la salud de Andréi Gavrilovich empeoraba de hora en hora. Vladimir presentía el pronto fin y no se apartaba del anciano, que había caído en la infancia.
Expiró, durante ese tiempo, el plazo fijado por la ley para presentar la apelación: Kisteniovka pertenecía ya a Troekúrov. Shabashkin se presentó a verle, entre reverencias y felicitaciones, le preguntó cuándo Su Excelencia tendría a bien entrar en posesión de su nueva propiedad y si lo haría en persona o se dignaría delegar en alguien. Kirila Petrovich se turbó. No era codicioso por naturaleza, el afán de venganza le había llevado excesivamente lejos y sentía remordimientos de conciencia. Sabía en qué estado se hallaba su adversario, viejo camarada de la juventud, y la victoria no alegraba su corazón. Miró con dureza a Shabashkin, buscando un pretexto para descargar su enojo sobre él, pero, al no encontrarlo dijo irritado:
— Lárgate; no estoy como para tratar contigo.
Shabashkin, advirtiendo el malhumor de Kirila Petróvich, hizo una reverencia y se retiró. Una vez solo, Troekúrov púsose a andar y desandar el salón, silboteando Suene el trueno de la victoria, lo que era en él indicio inequívoco de suma agitación.
Por fin, Kirila Petróvich ordenó que enganchasen un carruaje ligero, se abrigó bien, pues septiembre tocaba ya a su fin, y, empuñando él mismo las riendas, salió de su casona.
Pronto apareció la morada de Andréi Gavrilovich, y sen- timientos contradictorios invadieron el alma de Troekúrov. La satisfacción de. haberse vengado y el orgullo ahogaban hasta cierto punto sentimientos más nobles, pero éstos acabaron triunfando. Resolvió hacer las paces con su viejo vecino, borrar todo rastro de la querella y devolverle su hacienda. Aliviado su corazón por tan buen propósito, Kirila Petróvich lanzó los caballos al trote, y pronto entraba en el patio de los Dubrovski.
En aquel instante, el enfermo estaba sentado a la ventana de su dormitorio. Reconoció a Kirila Petróvich, y una terrible turbación se reflejó en su rostro: manchas rojas sustituyeron la habitual lividez de sus mejillas, los ojos le relampaguearon, y su boca emitió unos sonidos ininteligibles. Vladimir, que se encontraba allí mismo estudiando los libros de la hacienda, levantó la cabeza y quedó aterrado al ver el cambio que se había producido en su padre. El enfermo señalaba con el dedo en dirección al patio, y toda su figura expresaba cólera y terror. Recogiendo apresuradamente los faldones de su batín, hizo un esfuerzo y se puso de pie, pero cayó al punto. Vladimir se precipitó hacia su padre. El anciano yacía sin sentido y no respiraba. Le había dado un ataque de apoplejía.
— ¡Pronto, pronto, a la ciudad por un médico! — gritó Vladimir.
— Kirila Petróvich pregunta por usted — anunció un criado.
Vladimir le lanzó una mirada terrible.
— ¡Dile a Kirila Petróvich que se largue antes de que mande echarle de aquí! ¿Me oyes?
El criado corrió, gozoso, a cumplir la orden de su señor. Egórovna hizo un ademán de desesperación.
— Padrecito — dijo con voz llorosa —, ¡te vas a perder! Kirila Petróvich se nos tragará.
— Calla, Egórovna — replicó, enojado, Vladimir —. Dile a Antón que vaya inmediatamente a la ciudad por un médico.
Egórovna salió. En la antesala no había nadie. Todos los criados se habían congregado en el patio para ver a Kirila Petróvich. Egórovna asomó a la terracilla y oyó al criado dar la respuesta del joven señor. Kirila Petróvich la escuchó sin apearse de su carruaje. Su rostro tomó una expresión más sombría que la noche, sonrió con desprecio, miró amenazador a los criados y salió al paso. Cuando cruzaba el patio, alzó los ojos hacia la ventana donde poco antes había visto a Andréi Gavrilovich, pero ya no estaba allí. La vieja niñera seguía en la terracilla, olvidada de la orden del joven señor. Los criados comentaban bulliciosamente lo ocurrido. De pronto, apareció Vladimir y dijo con voz entrecortada:
— El médico no hace falta. Mi padre ha muerto.
La noticia produjo gran consternación. Los criados se precipitaron al dormitorio del viejo señor. El anciano aparecía en un sillón, al que le había llevado Vladimir. Su mano derecha pendía, rozando el piso; tenía la cabeza abatida sobre el pecho, y no se notaba el menor indicio de vida en aquel cuerpo, aun tibio, pero deformado ya por la muerte. Egórovna lanzó un alarido. Los criados rodearon el cadáver, lo lavaron, le pusieron el uniforme, hecho en 1797, y lo depositaron en la misma mesa en que a lo largo de tantos años habían servido a su señor.


CAPITULO V


El entierro fue dos días después. El cuerpo del pobre anciano yacía sobre la mesa, cubierto con un sudario y rodeado de cirios. El comedor estaba lleno de criados. Se disponían a sacar el ataúd. Vladimir y tres domésticos lo levantaron. El pope echó a andar delante, acompañado del sacristán, que cantaba los responsos. El señor de Kisteniovka salió por última vez de su casa. Llevaron el ataúd por el bosque, tras el que se hallaba la iglesia. El día era claro y frío. De los árboles se desprendían las hojas otoñales.
Al salir del bosque, vieron el edificio de troncos de la iglesia de Kisteniovka y el cementerio, sombreado por añosos tilos. Allí descansaban los restos mortales de la madre de Vladimir; allí, al lado de su tumba, había sido cavada la víspera la nueva fosa.
La iglesia estaba llena de campesinos de Kisteniovka, que habían acudido a rendir el postrer homenaje a su señor. El joven Dubrovski se detuvo junto al coro. No lloraba ni rezaba al cielo, pero la expresión de su rostro era aterradora. Terminó la triste ceremonia. Vladimir se acercó a dar el último adiós al cadáver, y todos los criados le siguieron. Trajeron la tapa del ataúd y la clavaron. Las mujeres lloraban a gritos; los mujiks se enjugaban con los puños sus parcas lágrimas. Vladimir y los tres criados que le auxiliaban llevaron el ataúd al cementerio, acompañados de toda la aldea. Bajaron el féretro a la hoya; todos los presentes echaron en ella un puñado de tierra, la taparon luego, inclináronse ante la tumba y, por fin, se dispersaron. Vladimir se alejó apresuradamente, adelantándose a todos, y se perdió en el bosque de Kisteniovka.
Egórovna invitó, en nombre de su dueño, al pope y a los demás servidores de la iglesia a la comida funeral, anunciando que el joven señor no pensaba asistir a ella. El padre Antón, Fedótovna, su mujer, y el sacristán se dirigieron a pie a la casa señorial, hablando con Egórovna de las virtudes del muerto y del destino que, según todas las probabilidades, esperaba a su heredero. (La visita de Troekúrov y la recepción que se le había dispensado eran la comidilla de todo el contorno, y los políticos locales pronosticaban graves consecuencias.)
— Lo que haya de ser, será — sentenció la mujer del pope —, pero yo lamentaría tener otro amo que Vladimir Andréievich. Es un bravo muchacho, sin duda alguna.
— ¿Y quién, si no él, puede ser amo en nuestra casa? — le interrumpió Egórovna —. Y mal hace Kirila Petróvich en ponerse fiero. No da con un cobarde: mi halcón sabrá defenderse y, con la ayuda de Dios, tendrá protectores. Muy orgulloso es Kirila Petróvich, pero bien que se largó con el rabo entre las piernas cuando mi Grisha le gritó: “¡Fuera de aquí, perro viejo, lárgate!”
— ¡Ay, Egórovna! — exclamó el sacristán —. ¿Cómo ha podido tu Grisha pronunciar esas palabras? Yo hubiera preferido ladrar al obispo que mirar de reojo a Kirila Petróvich. En cuanto uno lo ve, se pone a temblar de miedo, siente un sudor frío, y el espinazo se le dobla, se le dobla...
— ¡Vanidad de vanidades! — observó el pope —. A Kirila Petróvich también le cantarán el réquiem, como se le ha cantado hoy a Andréi Gavrilovich. Sólo el entierro será más lujoso y habrá más invitados, pero ¿acaso a Dios no le da eso lo mismo?
— ¡Ay, padre! También nosotros pensábamos invitar a todo el contorno. Sin embargo, Vladimir Andréievich no ha querido. Tenemos de sobra para agasajar a la gente, pero ¿qué se le va a hacer? Y ya que no hay nadie más, por lo menos a vosotros, queridos invitados, os trataré a cuerpo de rey.
Tan sugestiva promesa y la esperanza de comer un buen pastel aceleraron el paso de la compañía, que llegó sin novedad a la casona, donde la mesa estaba ya servida y la vodka llenaba las jarras.
Mientras tanto, Vladimir se internaba en la espesura para que el cansancio de una buena caminata le hiciera sentir con menor agudeza el hondo dolor que invadía su alma. Caminaba al azar; las ramas se enganchaban a cada paso en su ropa y lo arañaban; los pies hundíanse en los cenagales, pero él no se daba cuenta de nada. Por fin llegó a un pequeño valle rodeado de bosque. Un riachuelo zigzagueaba silencioso al pie de los árboles, a los que el otoño había arrancado parte de su ropaje. Vladimir se detuvo, sentóse sobre el frío césped, y pensamientos a cual más sombrío se agolparon en su cerebro... Sentía vivamente su soledad. El futuro se le aparecía envuelto en negros nubarrones. La enemistad con Troekúrov le vaticinaba nuevas desgracias. Su pobre patrimonio podía pasar a manos ajenas, y en tal caso lo aguardaba la miseria. Mucho tiempo permaneció inmóvil en aquel sitio, contemplando la dulce corriente del riachuelo, que arrastraba hojas amarillas y le parecía una fiel semblanza de la vida. Vladimir advirtió, al cabo, que empezaba a oscurecer, se levantó y buscó el camino para volver a su casa, pero estuvo largo tiempo errando por el bosque ignoto hasta dar con un sendero que le llevó directamente al portalón de la finca.
A su encuentro iban el pope y su séquito. La idea de que aquello podía ser un mal presagio cruzó por la mente de Vladimir. Dio inconscientemente un rodeo y se ocultó tras un árbol. Ellos no le vieron y pasaron de largo, hablando con animación.
— Huirás del mal y harás el bien — decía el pope a su mujer —. Nosotros no tenemos nada que ver aquí. El asunto no nos afecta, termine como termine...
La mujer le respondió, pero Vladimir no pudo oír sus palabras.
Al acercarse a la casona, el joven vio una nutrida muchedumbre: campesinos y criados se agolpaban en el patio. Vladimir oyó desde lejos un ruido extraordinario y rumor de voces. Junto a la leñera estaban detenidas dos troicas. En la terracilla, unos desconocidos de uniforme parecían conversar.
— ¿Qué quiere decir esto? — preguntó con enojo a Antón, que había corrido a su encuentro —. ¿Quiénes son esos hombres? ¿Qué han venido a hacer aquí?
— ¡Ay, padrecito Vladimir Andréievich! — repuso, jadeante, el anciano —. Ha venido la justicia. ¡Nos entregan a Troekúrov y nos separan de tu merced!...
Vladimir bajó la cabeza; los criados rodearon a su desventurado señor.
— Padre — gritaban, besándole las manos —, no queremos más señor que tú. Una palabra tuya, señor, y acabaremos con esta gente. Moriremos antes de hacerte traición.
Vladimir los miró, agitado por extraños sentimientos.
— Estaos quietos — dijo —, yo hablaré con los funcionarios.
— Habla, padrecito — gritó alguien entre la multitud —. Avergüenza a esos malditos.
Vladimir se acercó a los funcionarios. Shabashkin, la gorra puesta y los brazos en jarras, miraba arrogantemente en torno... El jefe de policía, un cincuentón alto y gordo, de cara apoplética y bigotuda, al ver acercarse a Dubrovski, carraspeó y dijo con voz ronca:
— Así pues, os repito lo que ya os he dicho: según la sentencia del Tribunal del distrito, desde hoy pertenecéis a Kirila Petróvich Troekúrov, a quien representa aquí el señor Shabashkin. Obedecedle en todo cuanto mande, y vosotras, las mujeres, queredle y respetadle, pues os tiene mucha afición.
El jefe de policía rió su picante chanza, y Shabashkin y los demás funcionarios le hicieron coro. Vladimir bullía de indignación.
— Permítame preguntarle qué significa esto — dijo con forzada calma al alegre jefe de policía..
— Pues significa — replicó el locuaz funcionario — que hemos venido a dar posesión de todo esto a Kirila Petróvich Troekúrov y a pedir a todos los demás que se larguen' por las buenas.
— Sin embargo, me parece que usted hubiera podido dirigirse a mí antes que a mis campesinos y comunicar al señor la decisión de las autoridades...
— ¿Quién eres tú? — inquirió Shabashkin, mirándolo con insolencia —. El antiguo señor, Andréi Gavrilovich, hijo de Dubrovski, ha muerto por voluntad de Dios, y a usted no le conocemos ni queremos conocerle.
— Vladimir Andréievich es nuestro joven señor — dijo una voz entre la multitud.
— ¿Quién ha osado abrir la boca? — gritó amenazador el jefe de policía —. ¿Qué señor? ¿Qué Vladimir Andréievich? Vuestro señor es Kirila Petróvich Troekúrov. ¿Os enteráis, mostrencos?
— ¡Sí, sí! — replicó con socarronería la misma voz.
— ¡Esto es un motín! — gritó el jefe de policía —. ¡Eh, síndico, ven aquí!
El síndico se acercó.
— ¡Tráeme ahora mismo al que ha osado contestarme, que yo le arreglaré las cuentas!
El síndico se volvió hacia la multitud, preguntando quién había hablado. Pero nadie le respondió; en las filas últimas se alzó a poco un rumor que fue cobrando intensidad hasta convertirse en terrible alboroto. El jefe de policía bajó el tono y trató de hacer entrar en razón a la gente...
— ¿No os parece que ya les hemos mirado bastante? — gritaron los criados —. ¡Por ellos, muchachos! — y toda la muchedumbre dio unos pasos adelante.
Shabashkin y los demás funcionarios se retiraron precipitadamente al zaguán y cerraron la puerta.
— ¡Amarrémoslos, muchachos! — gritó la misma voz, y la multitud comenzó a empujar la puerta.
— ¡Deteneos! — ordenó Dubrovski —. ¡Tontos! Pero ¿qué estáis haciendo? Vais a perderos y me vais a perder a mí. Volved a vuestras casas y dejadme en paz. No temáis, el soberano es bueno, y yo recurriré a él. No permitirá que se nos atropelle. Todos somos hijos suyos. Pero ¿cómo va a interceder por vosotros, si os amotináis y os conducís igual que bandidos?
Las palabras del joven Dubrovski, su briosa voz y su aspecto imponente produjeron el efecto deseado. La muchedumbre se apaciguó y no tardó en dispersarse, dejando vacío el patio. Los funcionarios seguían cerrados en el zaguán. Por fin, Shabashkin abrió temerosamente la puerta y, con obsequiosas reverencias, agradeció a Vladimir su magnánima intervención. Dubrovski lo escuchó con desprecio y no se digno responderle.
— Hemos decidido — prosiguió el asesor — pasar aquí la noche, si usted nos lo permite, pues ha oscurecido ya y sus mujiks pueden atacarnos por el camino. Tenga la bondad de ordenar que echen unas brazadas de heno en el salón. En cuanto amanezca, nos marcharemos.
— Hagan lo que les venga en gana — respondió secamente Dubrovski —. Ya no soy el amo.
Dichas estas palabras, Vladimir se retiró a la alcoba de su padre, cerrando tras de sí la puerta.

CAPITULO VI


“Todo ha terminado — pensó Vladimir —. Esta mañana aún tenía hogar y un pedazo de pan. Mañana habré de abandonar la casa donde nací y donde ha muerto mi padre para dejarla al culpable de su muerte y de mi pobreza”.
Los ojos de Vladimir quedaron fijos en un retrato de su madre. El pintor la había representado de codos sobre una balaustrada, con un vestido blanco de mañana y una rosa purpúrea en los cabellos.
“Este retrato caerá también en manos del enemigo de mi familia — se dijo Vladimir —. Lo dejarán tirado en un desván, entre sillas rotas, o lo colgarán en cualquier recibimiento, donde será objeto de las burlas y las chacotas de sus perreros. Y en la habitación de mi madre, en la habitación... donde mi padre ha muerto, se alojará el administrador o instalará Troekúrov su harén. ¡No, no, tampoco será para él la triste casa de donde me expulsa!”
Vladimir apretó los dientes: terribles pensamientos cruzaban por su mente. Las voces de los funcionarios llegaban hasta él: disponían como dueños, pedían tan pronto una cosa como otra, y lo distraían desagradablemente de sus tristes reflexiones. Por fin, todo quedó en silencio.
Vladimir abrió las cómodas y los cajones y se puso a examinar los papeles del difunto. En su mayor parte eran cuentas de la casa y correspondencia relacionada con los asuntos de la hacienda. Vladimir rompió los papeles sin leerlos. Entre ellos halló un paquete con una inscripción: “Cartas de mi mujer”. Impelido por una honda emoción, Vladimir se puso a leerlas. Escritas durante la guerra contra los turcos, estaban dirigidas al ejército desde Kisteniovka. La madre describía en ellas su vida solitaria y sus ocupaciones domésticas, se quejaba con tiernas expresiones de la separación e instaba a su marido a que volviese al hogar, a los brazos de su buena compañera. En una carta expresaba su desasosiego por la salud del pequeño Vladimir. En otra, se alegraba de su precoz inteligencia y le predecía un porvenir brillante y feliz. Vladimir se enfrascó en la lectura de las cartas y se olvidó de todo; sumida su alma en el mundo de la dicha familiar, perdió la noción del tiempo. El reloj de pared dio las once. Vladimir se guardó las cartas en un bolsillo, tomó una vela y salió de la alcoba. Los funcionarios dormían en el salón, tendidos en el suelo. Sobre la mesa estaban los vasos que habían apurado, y un penetrante olor a ron flotaba en la estancia. Vladimir pasó de largo con repugnancia y se dirigió a la antesala. Encontró la puerta cerrada. No pudo dar con la llave. Volvió al salón. La llave estaba sobre la mesa. Vladimir abrió la puerta y se dio de manos a boca con un hombre agazapado en un rincón; en las manos del desconocido brilló un hacha. Vladimir fue hacia él, vela en mano, y reconoció al herrero Arjip.
— ¿Qué haces aquí? — preguntó Dubrovski.
— ¿Es usted, Vladimir Andréievich? — interrogó, a su vez, el herrero. ¡Sálvenos el Señor misericordioso! ¡Menos mal que venía usted con la vela!
Vladimir lo miró sorprendido.
— ¿Por qué estabas ahí agazapado? — preguntó al herrero.
— Quería... venía... a ver si estaban todos en casa — respondió Arjip quedamente, tartamudeando.
— ¿Y para qué llevas el hacha?
— ¿Para qué? ¿Cómo salir sin un hacha? Esos funcionarios son más malos que la peste, y si uno se descuida...
— Estás borracho. Deja el hacha y vete a dormir.
— ¿Yo borracho; Padrecito Vladimir Andréievich, Dios es testigo de que no he bebido ni gota... ¿Está uno ahora para pensar en el vino? ¡Jamás se ha visto cosa igual! Esos alguaciles quieren ser nuestros amos, echan de la casa a nuestros señores... Oiga cómo roncan los malditos; habría que acabar con todos de una vez, y adivina quién te dio.
Dubrovski arrugó el entrecejo.
— Mira, Arjip — dijo tras un breve silencio —, deja esa idea. Ellos no tienen la culpa. Enciende un farol y sígueme.
Arjip tomó la vela que le tendía su amo, encontró un farol detrás de la estufa, lo encendió, y los dos bajaron de la terracilla y echaron a andar por el patio. El guardián golpeó su plancha de hierro, los perros rompieron a ladrar.
— ¿Quién está de guardia? — preguntó Dubrovski.
— Nosotros, padrecito — contestó una voz frágil —, Vasilisa y Lukeria.
— Marchaos a casa — les dijo Dubrovski —. Aquí no hacéis falta.
— ¡Se acabó la guardia! — barbotó Arjip.
— Gracias, padrecito — dijeron las mujeres a Dubrovski, y se marcharon apresuradamente.
Dubrovski prosiguió su ronda. Dos hombres se acercaron a él y le llamaron por su nombre. Dubrovski reconoció las voces de Antón y de Grisha.
— ¿Por qué no dormís? — les preguntó.
— ¿Acaso podemos dormir? — replicó Antón —. ¡A lo que hemos llegado! ¡Quién hubiera podido pensar...!
— ¡Mas bajo! — le interrumpió Dubrovski —. ¿Dónde está Egórovna?
— En la casa del señor, en su cuarto — contestó Grisha.
— Anda, tráela aquí y haz salir de la casa a todos los nuestros. Que no quede dentro ni un alma, salvo los funcionarios. Y tú, Antón, engancha la telega.
Grisha se alejó para volver al instante con su madre. La anciana no se había desnudado aquella noche. Excepto los funcionarios, nadie en la casa había pegado ojo.
— ¿Estáis todos aquí? — preguntó Dubrovski —. ¿No ha quedado nadie en la casa?
— Nadie, excepto los alguaciles — respondió Grisha.
— Traed unas brazadas de heno o de paja — ordenó Dubrovski.
Los criados corrieron a la cuadra y regresaron poco después con unas brazadas de heno.
— Ponedlas bajo la terracilla. ¡Muy bien! ¡Ea, muchachos, fuego!
Arjip abrió el farol, y Dubrovski encendió una tea.
— Espera — dijo Vladimir a Arjip —, me parece que con las prisas he cerrado la puerta de la antesala. Ve en un vuelo y ábrela.
Arjip entró corriendo en el zaguán y halló abierta la puerta. El herrero hizo girar la llave, diciendo a media voz: “¡Sí, sí! ¡Como no la abra otro, lo que es yo...!”, y volvió junto a Dubrovski.
Vladimir acercó la tea, el heno empezó a arder, y se levantó una llama que iluminó todo el patio.
— ¡Ay! — exclamó, plañidera, Egórovna —. ¿Qué haces, Vladimir Andréievich?
— Cállate — ordenó Dubrovski —. Bueno, hijos míos, ¡adiós! Me voy a donde el Señor quiera llevarme. Sed felices con vuestro nuevo amo.
— ¡Padre, sostén nuestro! — respondieron los criados —. ¡Preferimos morir a abandonarte! Nosotros vamos contigo.
La telega esperaba. Dubrovski subió a ella con Grisha y dijo a sus servidores que los aguardaba en el bosque de Kisteniovka. Antón hizo restallar el látigo, y la telega salió del patio.
Empezó a soplar el viento. Las llamas se propagaron en un instante a toda la casa. Una humareda roja ondulaba sobre el tejado. Los cristales crepitaban y saltaban en mil pedazos; las vigas, llameantes, se venían abajo. Oyóse un alarido quejumbroso, y, luego, gritos.
— ¡Socorro, socorro! — clamaban en el interior de la casa.
— ¡Sí, sí! ¡Ahora mismo! — dijo Arjip, observando el incendio con sonrisa maligna.
— Arjip — le pidió Egórovna —, salva a esos malditos, y Dios te lo pagará.
— ¡Sí, sí! ¡Ahora mismo! — respondió el herrero.
En aquel instante, los funcionarios aparecieron en una ventana. Pugnaban por hacer saltar el doble marco, pero el techo se desplomó estrepitosamente, y los gritos cesaron.
Pronto, todos los criados salieron al patio. Las mujeres se precipitaban, entre gritos, a salvar sus pobres bienes. Los niños saltaban regocijados, contemplando el incendio. Las chispas volaban en ígnea ventisca, y las isbas empezaron también a arder.
— Ahora todo marcha bien — observó Arjip —. ¡Cómo arde! ¿Eh? Desde Pokróvskoie debe dar gusto contemplarlo.
Apenas había acabado el herrero de decir esas palabras, cuando un nuevo incidente atrajo su atención. Un gato corría por el tejado de una leñera en llamas, buscando un sitio donde refugiarse: el fuego lo rodeaba. El pobre animal maullaba lastimero, pidiendo auxilio. Los chicos se morían de risa al ver su desesperación.
— ¿De qué os reís, diablejos? — les reprochó con enojo el herrero —. ¡Habéis perdido el temor de Dios! ¡Perece una criatura suya, y vosotros, majaderos, lo echáis a risa!
Arjip apoyó una escalera en el tejado en llamas y subió por el gato. El animal comprendió su intención y, con precipitado agradecimiento, se agarró a una de sus mangas. Medio chamuscado, el herrero descendió con su botín, y dijo a los asombrados campesinos:
— Adiós, muchachos. Yo aquí no tengo nada que hacer. Vivid feliz y no guardéis mala memoria de mí.
El herrero se marchó. El incendio siguió todavía algún tiempo, hasta que, por fin, se extinguió. Montones de brasas resplandecían en la oscuridad de la noche. En torno erraban los vecinos de lo que antes del siniestro fuera la aldea de Kisteniovka.

CAPITULO VII


La noticia del incendio se difundió al día siguiente por el contorno. Todos hablaban del suceso haciendo mil conjeturas y suposiciones. Unos decían que los criados de Dubrovski, ebrios después del entierro, habían incendiado la casa por descuido; otros acusaban a los funcionarios, que habían bebido con exceso; y muchos afirmaban que Dubrovski mismo había muerto abrasado con los funcionarios y con toda su servidumbre. Algunos intuían la verdad y aseguraban que el culpable del terrible siniestro era el propio Dubrovski, movido por la cólera y la desesperación.
Al día siguiente, Troekúrov acudió al lugar del incendio para indagar personalmente las causas. Resultó que el jefe de policía, el asesor del Tribunal del zemstvo, su ayudante y el escribano, así como Vladimir Dubrovski, la vieja niñera Egórovna, el criado Grisha, el cochero Antón y el herrero Arjip habían desaparecido. Todos los aldeanos declaraban que los funcionarios habían muerto abrasados al derrumbarse el techo. Y así era: se encontraron sus esqueletos calcinados. Las aldeanas Vasilisa y Lukeria refirieron que habían visto a Dubrovski y al herrero Arjip momentos antes de que estallara el incendio. Todos decían que el herrero estaba vivo y, probablemente, era el principal culpable, si no el único, del incendio. Había grandes sospechas contra Dubrovski. Kirila Petróvich envió al gobernador una relación detallada de lo sucedido, y comenzó un nuevo proceso.
Bien pronto otras noticias pasaron a ser la comidilla del contorno. En X. habían aparecido unos bandidos que eran el terror de toda la comarca. Las medidas tomadas contra ellos por las autoridades resultaron infructuosas. Los robos, a cual más extraordinario, se sucedían sin interrupción. Ni en las carreteras ni en los pueblos podía uno considerarse seguro. Varias troicas ocupadas por bandidos recorrían a la luz del día la provincia, detenían a los viajeros y el correo, entraban en las aldeas, saqueaban las casas de los terratenientes y les prendían fuego. El jefe de la banda tenía fama de inteligente, intrépido y generoso. Se contaban de él verdaderas maravillas. El nombre de Dubrovski estaba en labios de todo el mundo. Se tenía la seguridad de que no podía ser otro el capitán de los arrojados malhechores. Pero una circunstancia producía asombro: los bandidos respetaban las posesiones de Troekúrov: no habían vaciado ninguno de sus graneros ni detenido una sola de sus carretas. Con su orgullo habitual, Troekúrov atribuía esa excepción al temor que sabía inspirar en la provincia y a la excelente policía que había organizado en sus aldeas. Al principio, los vecinos se reían de la arrogancia de Troekúrov y esperaban que un día u otro los bandidos visitaran Pokróvskoie, donde encontrarían pingüe botín; pero, al fin y a la postre, tuvieron que dar la razón a Kirila Petróvich y reconocer que también los bandidos le tenían un respeto inexplicable... Troekúrov estaba eufórico, y cada vez que oía de alguna nueva fechoría de Dubrovski se burlaba cruelmente del gobernador, de los jefes de policía y de los oficiales de la guarnición, de los que Dubrovski escapaba siempre sano y salvo.
Entretanto, llegó el 1 de octubre, día de la fiesta patronal en la aldea de Troekúrov. Pero, antes de describir los festejos y los acontecimientos ulteriores, debemos presentar al lector algunos personajes nuevos y también los que nos limitamos a mencionar, de pasada, al comienzo de nuestro relato.

CAPITULO VIII


El lector habrá, probablemente, adivinado ya que la hija de Kirila Petróvich, de la que hasta ahora sólo hemos dicho unas palabras, es la heroína de nuestra novela. En la época que describimos, tenía diecisiete años, y su hermosura estaba en flor. Su padre la quería con locura, pero también en su trato con ella ponía de manifiesto su extraño carácter, procurando unas veces satisfacer todos sus antojos y asustándola otras con sus maneras rudas e incluso crueles. Kirila Petróvich estaba seguro del afecto de su hija, pero no había logrado ganarse su confianza. La joven se había acostumbrado a ocultarle sus sentimientos y sus ideas, pues nunca sabía a ciencia cierta cómo serían acogidos. No tenía amigas y había crecido en la soledad. Las mujeres y las hijas de los terratenientes vecinos iban rara vez a Pokróvskoie, ya que las conversaciones y los entretenimientos de Kirila Petróvich requerían la compañía de hombres y no la presencia de damas. Nuestra beldad se mostraba rara vez a los invitados que gozaban de la mesa y los vinos de Kirila Petróvich. Una inmensa biblioteca, compuesta en su mayoría de libros de escritores franceses del siglo XVIII, había sido puesta a su disposición. El padre, que jamás había leído nada que no fuera La perfecta cocinera\ no podía ayudarla a elegir sus lecturas, y Masha, después de leer obras de toda clase, acabó, naturalmente, dando preferencias a las novelas. De tal modo completaba su educación, iniciada en tiempos bajo los auspicios de mademoiselle Mimí, a la que Kirila Petróvich profesaba mucha confianza y simpatía, aunque, en fin de cuentas, se vio obligado a enviarla, medio en secreto, a otra de sus fincas, cuando las consecuencias de esa amistad se hicieron demasiado visibles. Mademoiselle Mimí no había dejado mal recuerdo. Era una buena muchacha y nunca había abusado de la influencia que, por lo visto, ejercía sobre Kirila Petróvich, circunstancia esta que la distinguía de las demás favoritas, que se sucedían vertiginosamente. Al parecer, Kirila Petróvich no había estimado tanto a ninguna, y un travieso chiquillo ojinegro de nueve años, con las facciones meridionales de mademoiselle Mimí, se educaba en la casa y había sido reconocido como hijo suyo por el señor, a pesar de que bajo sus ventanas jugaban muchos chicos que se consideraba hijos de la servidumbre y se parecían a él como una gota de agua a otra. Kirila Petróvich había hecho venir de Moscú, para su pequeño Sasha, a un preceptor francés, que llegó a Pokróvskoie justamente cuando ocurrían los acontecimientos que estamos describiendo.
El preceptor agradó a Kirila Petróvich por su buena presencia y su sencillez. Presentó a Troekúrov los certificados de estudios y una carta de un pariente suyo, en cuya casa había servido de ayo durante cuatro años. Kirila Petróvich examinó los papeles, y lo único que le disgustó en el francés fue su excesiva juventud, no porque estimase ese agradable defecto reñido con la paciencia y el saber, tan necesarios en la desgraciada profesión de preceptor, sino porque abrigaba ciertas dudas que trató de esclarecer inmediatamente. Para ello, hizo llamar a su hija (Kirila Petróvich no hablaba el francés, y ella le servía de intérprete).
— Ven aquí, Masha. Dile a este musiú que de acuerdo: lo tomo. Pero con una condición: que no se atreva a hacer la corte a las chicas de la casa, pues, de lo contrario, al hijo de perra le... Tradúceselo, Masha.
Masha enrojeció y, dirigiéndose al preceptor, le dijo en francés que su padre confiaba en su modestia y en su honesta conducta.
El francés se dobló en una profunda reverencia y respondió que esperaba hacerse acreedor de la estimación del señor aun si no se granjeaba su simpatía.
Masha tradujo la respuesta del francés palabra por palabra.
— Está bien, está bien — dijo Kirila Petróvich —; no hay que quererle ni que estimarle. Su obligación es cuidar de Sasha y enseñarle la gramática y la geografía. Tradúceselo.
María Kirílovna suavizó al traducir los groseros términos de su padre, y Kirila Petróvich dejó que el francés se retirara a la habitación que le habían destinado en un pabellón de la casa.
Masha no prestó la menor atención al joven francés. Educada en los prejuicios aristocráticos, un preceptor era para ella una especie de criado o de artesano, y un artesano o un criado no le parecía un hombre. La joven no advirtió tampoco la impresión que había producido a monsieur Desforges, ni su turbación, ni su temblor, ni su voz alterada. Después lo vio con frecuencia varios días seguidos, sin otorgarle mayor atención. Un acontecimiento inesperado debía hacer que le mirase con otros ojos.
Kirila Petróvich solía tener en el patio unos cuantos oseznos, que constituían una de las diversiones predilectas del señor de Pokróvskoie. Mientras los oseznos eran pequeñitos, los llevaban todos los días al salón, donde Kirila Petrovich se pasaba las horas muertas haciéndolos pelear con gatos o perraznos. Cuando eran ya mayores, los sujetaban a una cadena, en espera de un verdadero acoso. A veces, llevaban a alguno de ellos ante las ventanas de la casa señorial y le ponían delante un barril vacío, erizado de clavos. El oso lo olfateaba y después lo tocaba suavemente. Al pincharse las patas, se enfurecía, empujaba de nuevo el barril, esta vez con más fuerza, y se hacía más daño aún. Por fin poseído de verdadero furor, el pobre animal se lanzaba rugiendo sobre el barril, hasta que le quitaban de delante el objeto de su necia ira. Otras veces se enganchaba un par de osos a una telega y, quisiéranlo o no, se hacía montar en ella a algunos invitados y se los soltaba a la buena de Dios... Pero la broma preferida' de Kirila Petróvich consistía en lo que sigue. Se encerraba a un oso hambriento en una habitación vacía, sujetándolo con una soga a un grillete empotrado en la pared. La soga tenía casi la longitud de la habitación, de modo que sólo en el ángulo opuesto se podía estar a salvo de los ataques de la terrible fiera. Se conducía como por casualidad a algún novato a la puerta de la habitación, se le empujaba adentro, se cerraba con llave y se dejaba a la infeliz víctima a solas con el oso. El pobre invitado, con los faldones de la levita desgarrados y cubierto de sangrantes arañazos, hallaba pronto el salvador rincón, pero a veces tenía que permanecer tres horas largas mirando a la fiera enfurecida, que, a dos pasos de él, rugía, daba brincos, se alzaba sobre las patas traseras, tiraba de la soga y se esforzaba por alcanzarle. ¡Tales eran las nobles diversiones de aquel gran señor ruso!
A los pocos días de haber llegado el preceptor, Troekúrov se acordó de él y quiso hacerle conocer la habitación del oso. A tal fin, lo llamó una mañana y lo llevó por oscuros pasillos. De repente se abrió una puerta lateral, dos criados empujaron al francés y cerraron con llave. Al recobrarse de su sorpresa, el preceptor vio al oso atado. La fiera se puso a resoplar, olfateando de lejos a su visitante y, súbitamente, alzándose de manos, se dirigió hacia él... El francés no se inmutó: plantado en su sitio, esperaba la acometida. El oso se acercaba más y más. Desforges sacó del bolsillo una pequeña pistola, la aplicó al oído del hambriento animal y oprimió el gatillo. El oso se desplomó. Todos los que estaban en la casa acudieron corriendo, la puerta se abrió, y entró Kirila Petróvich, asombrado del desenlace de su jugarreta.
Troekúrov quería a toda costa poner en claro quién había advertido a Desforges de la broma y por qué el preceptor llevaba en el bolsillo una pistola cargada. Mandó llamar a Masha, que se presentó al instante y tradujo ai francés las preguntas de su padre.
— Yo no sabía nada del oso — respondió Desforges —, pero llevo siempre encima mis pistolas, porque no estoy dispuesto a tolerar ultrajes por los que, dado mi modesto origen, no pueda exigir satisfacción.
Masha contempló admirada al preceptor y tradujo sus palabras al padre. Kirila Petróvich no replicó, mandó sacar el oso de la habitación y desollarlo y dijo luego a los suyos:
— ¡Qué valiente! ¡No le ha dado miedo, vive Dios que no le ha dado miedo!
A partir de entonces, sintió afecto por Desforges y no volvió a pensar en ponerlo a prueba.
Pero el suceso referido produjo todavía mayor impresión a María Kirílovna. Quedó pasmada cuando vio al oso muerto y a Desforges, ante la fiera, hablando tranquilamente con ella. Comprendió que el valor y el orgullo no eran patrimonio exclusivo de una clase, y desde aquel instante sintió por el joven preceptor una estima que fue aumentando día tras día. Sus relaciones se hicieron más cordiales. Masha tenía bonita voz y grandes aptitudes para la música. Desforges se ofreció a darle lecciones. Después de ello, al lector no le será difícil adivinar que Masha se enamoró del francés, sin confesárselo aún a sí misma.

TOMO SEGUNDO

CAPITULO IX

La víspera de la fiesta empezaron a llegar los invitados. Unos se alojaron en la casona señorial y en los pabellones, otros en los aposentos del administrador, y otros, por último, en la casa del pope o en las isbas de los campesinos más acomodados. Las cuadras estaban abarrotadas de caballos de los invitados, y en los patios y los cobertizos se hacinaban carruajes de toda clase.
A las nueve de la mañana siguiente, las campanas anunciaron el santo oficio, y todos se dirigieron a la iglesia de ladrillo construida por Kirila Petróvich y cada año embellecida merced a sus donaciones. Se habían congregado tantos creyentes de alcurnia, que los humildes lugareños no encontraron cabida en la iglesia y tuvieron que permanecer en el pórtico y en la plazoleta del templo. La misa no había comenzado aún: se esperaba a Kirila Petróvich. Llegó, por fin, en una calesa tirada por seis caballos, y, con muy grave empaque, se dirigió a su sitio, acompañado de María Kirílovna. Hombres y mujeres posaron en la joven sus miradas: ellos, extasiados ante su hermosura; ellas, para examinar atentamente su vestido. Comenzó el oficio. Cantaba un coro de domésticos. Kirila Petróvich se sumaba a él de vez en cuando, rezaba sin mirar a los lados y se inclinó con orgullosa humildad cuando el sacristán mencionó con voz de trueno el nombre del fundador del templo.
La misa terminó. Kirila Petróvich fue el primero en besar la cruz que tendía el pope. Todos le imitaron, y luego los terratenientes vecinos acercáronse a presentarle sus respetos. Las damas rodearon a María Kirílovna. Al salir de la iglesia, Kirila Petróvich invitó a todos a comer, montó en la calesa y volvió a su mansión. Los invitados le siguieron en sus carruajes.
Las habitaciones se llenaron de visitantes. A cada momento llegaban nuevos invitados, a los que costaba gran trabajo abrirse paso hasta el anfitrión. Las señoras, vestidas un tanto a la antigua, con trajes costosos, pero usados, y cubiertas de perlas y brillantes, sentáronse ceremoniosamente en semicírculo. Los caballeros se agolpaban junto al caviar y al vodka, charlando con desacorde algarabía. En el comedor servían una mesa para ochenta cubiertos. Los criados iban y venían disponiendo botellas y garrafas y alisando los manteles. Por fin, el mayordomo anunció que la mesa estaba servida, y Kirila Petróvich entró el primero, seguido de las damas, que ocuparon gravemente sus asientos observando cierto orden jerárquico. Las señoritas se agruparon como un rebaño de tímidas ovejitas y se instalaron todas juntas. Los hombres se acomodaron frente a ellas. A un extremo de la mesa sentóse el preceptor, con el pequeño Sasha.
Los criados se pusieron a pasar platos, empezando por los comensales de mayor rango, guiándose casi infaliblemente, en caso de duda, por conjeturas a lo Lavater. El ruido de los cubiertos y los platos se fundía con el alboroto de la conversación. Kirila Petróvich contemplaba satisfecho su mesa, gozando plenamente de la dicha de buen anfitrión. En aquel instante, una calesa tirada por seis caballos entró en el patio.
— ¿Quién es? — preguntó Kirila Petróvich.
— Antón Pafnútich — respondieron algunas voces.
La puerta se abrió, y Antón Pafnútich Spitsin, grueso cincuentón de cara redonda picada de viruelas, que adornaba una papada triple, introdujo su obesa humanidad en el comedor, sonriendo y disponiéndose ya a presentar sus excusas...
— ¡Un cubierto más! — gritó Kirila Petróvich —. Ten, Antón Pafnútich, la bondad de sentarte y explícanos a qué se debe que hayas faltado a nuestra misa y llegado tarde al banquete. Eso no entra en tus costumbres, pues eres devoto y te gusta comer bien.
— Perdona — respondió Antón Pafnútich, prendiendo la servilleta en el ojal de su caftán de color de guisante —. Perdona, padrecito Kirila Petróvich. Me puse en camino de buena mañana, pero apenas si habría recorrido unas diez verstas, cuando se partió en dos la llanta de una rueda delantera. ¿Qué podía hacer? Afortunadamente, fue cerca de una aldea; pero mientras llegamos a ella, dimos con el herrero y reparamos la avería lo mejor que pudimos, pasaron, justas, tres horas. No tuvimos más remedio que perderlas. No me atrevía a tomar por el atajo, a través del bosque de Kisteniovka, y di un rodeo...
— ¡Vaya! — le interrumpió Kirila Petróvich —. Por lo visto, no eres muy valiente. ¿A qué tienes miedo?
— ¿A qué tengo miedo, padrecito Kirila Petróvich? ¿Y Dubrovski? Puede uno caer en sus zarpas cuando menos se lo piense. El mozo no es de los que se chupan el dedo, no perdona a nadie, y a mí quizá me desollaría dos veces.
— ¿Por qué esa distinción, hermano?
— ¿Cómo por qué, padrecito Kirila Petróvich? ¿Se ha olvidado del pleito con el difunto Andréi Gavrilovich? ¿No fui yo quien, por darle gusto a usted, es decir, obrando en conciencia y en justicia, declaré que los Dubrovski poseían Kisteniovka sin derecho alguno y sólo gracias a su condescendencia? El difunto, que Dios lo tenga en su gloria, prometió entonces ajustarme las cuentas, y el hijo bien puede cumplir la palabra del padre. Hasta ahora, Dios me ha librado de él. No me han saqueado más que un granero, pero mucho me temo que un mal día se presenten en mi casa.
— Pues en tu casa encontrarían con qué lucrarse — observó Kirila Petróvich —. De seguro que tienes la arquilla bien repleta...
— ¡Qué va, padrecito Kirila Petróvich! La tuve llena, pero ahora está vacía del todo.
— Venga, Antón Pafnútich, no mientas. ¡Como si no te conociéramos! ¿Dónde puedes gastar tú el dinero? En tu casa vives como un cerdo, no invitas a nadie y explotas a tus mujiks sin compasión alguna. Tú no haces más que juntar dinero.
— Usted siempre está de broma, padrecito Kirila Petróvich — barbotó, sonriendo, Antón Pafnútich —. Le juro por Dios que nos hemos arruinado.
Para quitarse el mal sabor de boca que le había dejado la chanza de su anfitrión, Antón Pafnútich la emprendió con una aceitosa empanadilla. Kirila Petróvich lo dejó en paz y se dirigió al nuevo jefe de policía, que visitaba la casa por primera vez y estaba sentado en el otro extremo de la mesa, junto al preceptor.
— ¿Qué, señor jefe de policía, piensa usted echar el guante a Dubrovski?
El jefe de policía se turbó, hizo una reverencia, sonrió y, tartamudeando, dijo por fin:
— Pondremos todo nuestro empeño, Excelencia.
— ¡Hum! Pondremos todo nuestro empeño... Hace mucho que vienen ustedes poniéndolo y no sacan nada. Por cierto, ¿para qué cazarlo? Los robos de Dubrovski son una verdadera ganga para los jefes de policía: viajes, investigaciones, coches, y todo eso siempre deja algunos cuartos en el bolsillo. ¿Para qué suprimir a tal bienhechor? ¿No tengo razón, señor jefe de policía?
— Toda la razón del mundo, Excelencia — respondió el jefe de policía, completamente desconcertado.
Los comensales se rieron.
— ¡Bravo! Me gusta la franqueza — dijo Kirila Petróvich —. Sin embargo, siento que no viva Tarás Alexéievich, nuestro difunto jefe de policía. Si no lo hubieran asado, más tranquilo estaría el contorno. ¿Y qué se sabe de Dubrovski? ¿Dónde se le ha visto por última vez?
— En mi casa, Kirila Petróvich — dijo una gruesa voz de mujer —. El martes pasado almorzó conmigo...
Todas las miradas se volvieron hacia Anna Sávishna Glóbova, una viuda bastante sencilla, a quien todos estimaban por su bondadoso y alegre carácter. Los comensales, picada la curiosidad, se dispusieron a escuchar su relato.
— Deben saber que hace cosa de tres semanas mandé a mi administrador al correo para enviar un giro a mi Vaniusha. Yo no mimo a mi hijo, ni podría mimarle aunque quisiera, pues mi fortuna no me lo permite. Sin embargo, ustedes mismos saben que un oficial de la Guardia está obligado a vivir con cierto decoro, y yo reparto con Vaniusha lo mejor que puedo, mis modestas rentas. Pues bien, le enviaba 2.000 rublos. Aunque más de una vez me había acordado de Dubrovski, me dije: la ciudad está cerca, nada más que a siete verstas, y, con la ayuda de Dios, quizá todo salga bien. ¿Y qué me dicen ustedes? Por la tarde regresó mi administrador, pálido, con las ropas destrozadas, y sin caballo ni telega. Me quedé de una pieza. “¿Qué es eso? — exclamé —. ¿Qué te ha pasado?” “Madrecita Anna Sávishna — me dijo —, los bandidos me han desvalijado. Poco ha faltado para que me mataran. Dubrovski en persona estaba allí y quiso colgarme de un árbol, pero se compadeció de mí y me dejó marchar, pero se quedó con el dinero, el caballo y la telega”. La sangre se me heló en las venas. ¡Dios de los cielos! ¿Qué iba a ser de mi Vaniusha? En fin, la cosa no tenía remedio, y escribí una carta a mi hijo refiriéndolo todo y enviándole mi bendición, pero a secas, sin un cuarto.
Pasaron unas dos semanas y, de pronto, entró en mi patio una calesa. Me anunciaron que un general quería verme. Mandé que lo hicieran pasar. Entró un hombre de unos treinta y cinco años, de tez cetrina, cabello negro, barba y bigote, el vivo retrato de Kúlniev. Se presentó como amigo y viejo camarada de mi difunto Iván Andréievich. Me dijo que pasaba por delante de mi finca y no había podido por menos de visitarme, sabiendo, como sabía, que vivía yo allí. Lo agasajé lo mejor que pude, charlamos de esto y de lo de más allá y acabamos hablando de Dubrovski. Le conté mis penas. El general frunció el ceño. “Es extraño — me dijo —. He oído decir que Dubrovski no asalta a todo el mundo, sino a los que tienen fama de ricos, y, aun en esos casos, no les roba todo, sino tan sólo una parte de lo que llevan. Además, nadie ha podido acusarlo todavía de ningún homicidio. ¿No habrá en todo eso alguna superchería? Mande usted llamar a su administrador”. Fueron a buscar al administrador. Cuando se vio en presencia del general, pareció volverse de piedra. El general le dijo: “Cuéntame, hermano, cómo te desvalijó y quiso ahorcarte Dubrovski”. El administrador se puso a temblar y cayó de rodillas a los pies del general, balbuceando: “Pa- drecito, soy culpable. Me tentó el diablo. He mentido”. “Si es así — repuso el general —, ten a bien contar a la señora cómo ocurrió la cosa; yo te escucho”. El administrador no podía serenarse “Vaya — continuó el general —, empieza, di dónde te encontraste con Dubrovski”. — “Junto a los dos pinos, padrecito, junto a los dos pinos”. — “¿Y qué te dijo?”— “Me preguntó quién era mi señor, a dónde iba y para qué”. — ¿“Y después”? — “Me pidió la carta y el dinero”. — “¿Y tú qué hiciste?” — “Se los di.” — “¿Y él qué hizo? ¿Qué hizo?, te pregunto”. — “Perdón, padrecito”. — “Te pregunto qué hizo él”. — “Me devolvió el dinero y la carta y me dijo: “Vete con Dios y lleva esto a correos””.— “¿Y tú?” — “¡Perdóname, padrecito!” —“Ya te ajustaré las cuentas, pichón — dijo amenazador el general —. Usted, señora, ordene registrar el baúl de este granuja y entrégueme al sujeto que quiero escarmentarle. Sepa usted que Dubrovski ha sido un oficial de la Guardia y nunca hará daño a un compañero”. Yo adiviné quién era Su Excelencia y me guardé muy bien de contradecirle. Los cocheros ataron al administrador al pescante de la calesa. Se encontró el dinero. El general almorzó conmigo y se marchó en seguida, llevándose al administrador. Al día siguiente le encontraron en el bosque, amarrado a un roble y hecho una lástima.
Todos habían escuchado en silencio el relato de Anna Sávishna, sobre todo las señoritas. Muchas de ellas simpatizaban secretamente con Dubrovski, en quien veían a un héroe de novela, en particular María Kirílovna, fogosa soñadora saturada de los relatos misteriosos y espeluznantes de Radcliffe'.
— ¿Y tu supones, Anna Sávishna — preguntó Kirila Petróvich —, que era el propio Dubrovski quien visitó tu casa? Estás muy equivocada. No sé quién te visitó, pero seguro que no fue Dubrovski.
— ¿Cómo que no era Dubrovski? ¿Quién, si no él, sale a la carretera para detener y registrar a los viajeros?
— No sé, pero estoy persuadido de que no era Dubrovski. Yo le vi cuando era todavía un niño; no sé si el pelo se le habrá vuelto negro o no, entonces era un muchacho rubio y rizoso, pero lo que sí puedo afirmar con certeza es que Dubrovski cuenta cinco años más que mi Masha y, por lo tanto, no tiene treinta y cinco, sino alrededor de veintitrés.
— Exacto, Excelencia — terció el jefe de policía —. Llevo en el bolsillo las señas de Vladimir Dubrovski. En ellas se dice con toda exactitud que tiene veintitrés años.
— A propósito — dijo Kirila Petróvich —, léenos las señas, y nosotros te escucharemos. No estará de más que las conozcamos. Si tropezamos por casualidad con Dubrovski, no se escapará. ,
El jefe de policía sacó del bolsillo un papel bastante sucio, lo desdobló con grave continente y leyó como salmodiando:
“Señas de Vladimir Dubrovski, según datos de sus antiguos criados.
Edad, veintitrés años: talla media; tez clara; barba no usa; ojos castaños, cabellos rubios; nariz recta. Señas particulares: ninguna”.
— ¿Eso es todo? — preguntó Kirila Petróvich.
— Todo — repuso el jefe de policía, doblando el papel.
— Le felicito, señor jefe. ¡Vaya documento! Con esas señas le será muy fácil encontrar a Dubrovski. Porque, ¿quién no es de talla media, quién no tiene el pelo rubio, la nariz recta y los ojos castaños? Apuesto lo que se quiera a que con esas señas puede uno estar tres horas seguidas hablando con Dubrovski en persona sin adivinar con quién lo ha juntado Dios a uno. ¡Ah, qué listos son nuestros funcionarios!
El jefe de policía se guardó humildemente su papel y la emprendió en silencio con el plato de ganso y col frita que tenía delante. Entretanto, los criados habían dado ya varias vueltas a la mesa, llenando las copas. Muchas botellas de vino del Cáucaso y de Tsimliánskaia habían sido descorchadas ruidosamente y acogidas con toda benevolencia bajo el nombre de champaña. Los rostros empezaban' a adquirir un color subido, las conversaciones iban haciéndose más y más ruidosas, incoherentes y regocijadas.
— Sí — continuó Kirila Petróvich —, ya no volveremos a tener un jefe de policía como el difunto Tarás Alexéievich. Ese no se chupaba el dedo ni pensaba en las musarañas. Lástima que lo asaran, porque no se le hubiera escapado ni un solo hombre de toda la partida. Los habría cazado a todos, y el mismo Dubrovski no habría podido ni escurrirse ni sobornarlo. Tarás Alexéievich habría tomado, sin duda alguna, el dinero, pero no lo habría dejado escapar. Tal era la costumbre del difunto. En fin, ¿qué se le va a hacer? Está visto que tendré que tomar yo cartas en el asunto e ir con mi gente a la caza de los bandidos. Para empezar, enviaré a unos veinte hombres; limpiarán el bosque donde se ocultan los ladrones. Son mujiks valientes, que se lanzan solos al encuentro de un oso, y no se acobardarán ante los bandidos.
— ¿Y qué tal está su oso, padrecito Kirila Petróvich? — preguntó Antón Pafnútich, a quien las últimas palabras de Troekúrov habían hecho recordar a su peludo amigo y ciertas chacotas de las que había sido víctima en un tiempo.
— El oso ha pasado a mejor vida — repuso Kirila Petróvich —. Ha muerto gloriosamente, de cara al enemigo. Ahí tienes a su vencedor — dijo Kirila Petróvich, señalando a Desforges —. Reza por mi francés. El ha vengado tu... ¿Te acuerdas?
— ¿Cómo no voy a acordarme? — dijo Antón Pafnútich, rascándose la nuca —. Me acuerdo muy bien. ¡Vaya, el oso ha muerto! ¡Lo siento, vive Dios que lo siento! ¡Qué divertido era! ¡Y qué inteligente! No se encontrará un oso igual. Pero ¿por qué lo mató el musiú?
Kirila Petróvich narró con gran deleite la hazaña de su francés, pues poseía el feliz don de jactarse de cuanto le rodeaba. Los invitados seguían con atención el relato de la muerte del oso y miraban con asombro a Desforges, quien, sin sospechar que se hablaba de su valor, continuaba sentado tranquilamente y reprendía al pequeño Sasha por sus travesuras.
La comida había durado unos tres horas y tocaba a su fin. El señor de la casa dejó su servilleta sobre la mesa, y todos se levantaron para pasar al salón, donde los esperaban el café, los naipes y la continuación de las libaciones tan magníficamente iniciadas en el comedor.

CAPITULO X


A eso de las siete de la tarde, algunos de los invitados quisieron partir, pero el anfitrión, a quien el ponche había puesto de excelente humor, ordenó cerrar las puertas y declaró que hasta la mañana siguiente no dejaría salir a nadie. Pronto rompió a tocar la música, las puertas del gran salón se abrieron, y comenzó el baile. El dueño y sus allegados habían tomado asiento en un ángulo del salón y libaban vaso tras vaso, contemplando satisfechos cómo se divertían los jóvenes. Las ancianas jugaban a las cartas. Como en todos los sitios donde no está de guarnición una brigada de ulanos, había más damás que caballeros, y todos los hombres que, más o menos, podían bailar fueron requisados. El preceptor se distinguía entre ellos: bailaba más que nadie, todas las señoritas lo solicitaban y coincidían en que valsear con él era un verdadero placer. Bailó varias veces con María Kirílovna y las jóvenes los observaban con maliciosas sonrisas. Por fin, a eso de la medianoche, el anfitrión, fatigado, puso fin al baile, dispuso que sirvieran la cena y se retiró a descansar.
La ausencia de Kirila Petróvich hizo más libre y animada la reunión. Los caballeros se permitieron sentarse al lado de las damas. Las jovencitas reían y cuchicheaban con sus vecinos. Las damas departían en voz alta la mesa de por medio. Los hombres bebían, discutían, reían a carcajadas. En una palabra, la cena, extraordinariamente alegre, había de dejar muy grato recuerdo a los invitados.
Una sola persona no compartía el regocijo general: Antón Pafnútich, sombrío y silencioso, comía distraídamente y parecía muy inquieto. La conversación acerca de los bandidos había hecho acudir a su mente pensamientos poco tranquilizadores. Y bien pronto veremos que tenía razones de sobra para temer a los malhechores.
Al poner a Dios por testigo de que su arquilla estaba vacía, Antón Pafnútich no había mentido ni pecado: la arquilla estaba, en efecto, vacía, y el dinero que en tiempos guardara había pasado a una bolsa de cuero que llevaba pegada al pecho, debajo de la camisa. Esta precaución era lo único que mitigaba un tanto su desconfianza en todos y sus eternas aprensiones. Obligado a pasar la noche fuera de su casa, temía que le hubieran destinado una habitación apartada, en la que les fuese fácil penetrar a los ladrones; sus ojos buscaban a un compañero en quien pudiera confiar y acabó eligiendo a Desforges. Su físico, que denotaba fuerza, y, más que nada, el valor de que había dado pruebas al verse frente a aquel oso que el pobre Antón Pafnútich no podía recordar sin estremecerse, decidieron su opción. Cuando todos se levantaron de la mesa, Antón Pafnútich empezó a dar vueltas en torno al joven francés, carraspeando y tosiendo, y, finalmente, se dirigió a él.
— ¡Hum! ¡Hum! ¿No podría yo, musiú, pasar la noche en su cuchitril? Porque sabe usted...
— ¿Que désire monsieur? — preguntó Desforges, haciéndole una deferente reverencia.
¡Qué desgracia que tú, musiú, no hayas aprendido aún el ruso! Je ve, muá, che vus cucher. ¿Comprendes?
— Monsieur, trés volontiers — respondió Desforges —. Veuillez donner des ordres en consequence...
Antón Pafnútich, muy satisfecho de sus conocimientos de francés, se fue inmediatamente a dar las órdenes oportunas.
Los invitados empezaron a darse las buenas noches, y cada cual se retiró a la habitación que le había sido reservada. Antón Pafnútich se fue con el preceptor al pabellón. La noche era oscura. Desforges alumbraba el camino con un farol, y Antón Pafnútich le seguía con bastante ánimo, apretando de vez en cuando contra su pecho la bolsa secreta para cerciorarse de que su dinero estaba intacto todavía.
Una vez en el pabellón, el preceptor encendió una vela, y ambos comenzaron a desnudarse, pero Antón Pafnútich se paseaba al mismo tiempo por la habitación, examinando los cerrojos y las ventanas y meneando la cabeza pues su revisión no tenía nada de consoladora. La puerta se cerraba con un simple pestillo, y en las ventanas aún no habían colocado los segundos marcos. Intentó quejarse de ello a Desforges, pero sus conocimientos de francés eran excesivamente reducidos para tan compleja explicación; el francés no le comprendió, y Antón Pafnútich se vio obligado a abandonar sus lamentaciones. Las camas estaban colocadas una frente a otra. Ambos se acostaron, y el preceptor apagó la vela.
— ¿Purcuá vu tucher? — gritó Antón Pafnútich, conjugando lo mejor que pudo el verbo ruso “tushit”*(Apagar) a la manera francesa —. Yo no puedo cucher a oscuras.
Desforges no entendió sus voces y le deseó buenas noches.
— ¡Maldito hereje! — gruñó Spitsin, arrebujándose en la manta —. ¡Vaya ocurrencia la de apagar la vela! Peor para él. Yo no puedo dormir sin luz. ¡Musiú. musiú! — gritó —. ¡Je ve avec vu parler!
Pero el francés no le respondió y pronto empezó a roncar.
“Ronca el cerdo del francés — se dijo Antón Pafnútich —. Y yo no consigo pegar un ojo. Los ladrones pueden entrar, cuando menos se piense, por la puerta o por una ventana, y a ese animal no habrá quien lo despierte ni a cañonazos”.
— ¡Musiú!... ¡Eh, musiú! ¡El diablo te lleve!
Antón Pafnútich se calló. La fatiga y los vapores del vino fueron venciendo sus temores, quedó amodorrado y no tardó en sumirse en el más profundo de los sueños.
Un extraño despertar aguardaba a Antón Pafnútich. Entre sueños sentía que alguien tiraba suavemente del cuello de su camisa. Abrió los ojos, y a la pálida luz del amanecer otoñal vio ante sí a Desforges: el francés empuñaba una pistola de bolsillo y con la mano libre desataba la preciada bolsa. Antón Pafnútich se quedó helado.
— Ques que se, musiú, ques que se? — balbuceó con voz trémula.
— Silencio, cállese usted — respondió el preceptor en el más puro ruso —. Cállese o está perdido. Yo soy Dubrovski.

CAPITULO XI

Ahora pediremos permiso al lector para explicar los últimos acontecimientos de nuestro relato, dando a conocer circunstancias anteriores que no hemos tenido tiempo de referir.
En la casa de postas de X., de la que hemos hablado ya, se hallaba, sentado en un rincón, un pasajero de aspecto humilde y calmoso, lo que delataba en él a un modesto intelectual o a un extranjero, es decir, a una persona sin peso ninguno para la posta. Su coche se hallaba en el patio, a la espera de que engrasaran las ruedas. En el vehículo podía verse un maletín, magra prueba de muy mediocre fortuna. El viajero no pedía ni vino ni café, miraba distraídamente por la ventana y no dejaba de silbar, cosa que enojaba sobremanera a la mujer del maestro de postas, sentada en la habitación contigua.
— ¡Vaya un jilguero que nos ha enviado el Señor! — dijo la mujer a media voz —. ¡Ahí le tienes, silba que te silba! ¡Así reviente ese maldito extranjero!
— ¿Y a ti qué más te da? — observó el marido —. ¿Qué mal te hace? ¡Déjale que silbe!
— ¿Qué mal me hace? — replicó irritada la mujer —. ¿No sabes que eso es de mal agüero?
— ¿De mal agüero? ¿Crees que silbar espanta el dinero? ¡Bah! Pajómovna, silbe o no silbe, no tendremos ni un kopek.
— Deja que se marche, Sídorich. ¿Qué ganas con retenerlo? Dale caballos y que se vaya al diablo.
— Que espere, Pajómovna. No tengo en la cuadra más que tres troicas; la cuarta está descansando. Cuando menos te lo pienses, pueden llegar viajeros de calidad, y no quiero exponer mi pescuezo por el francés. ¿No te decía yo? ¡Fíjate con qué prisa viene! ¿No será un general?
Una calesa se detuvo frente a la terracilla. Un criado saltó del pescante, abrió la portezuela, y, segundos después, un joven con capote militar y gorra blanca entraba en la habitación. El criado lo siguió, llevando una arquilla que depositó en el alféizar de la ventana.
— ¡Caballos! — exigió el oficial con voz imperiosa.
— En seguida — repuso el maestro de postas —. Tenga la bondad de darme la hoja de ruta.
— Yo no llevo hoja de ruta. Me dirijo... Pero ¿es que no me conoces?
El maestro de postas, muy nervioso, corrió a apremiar a los postillones. El joven se puso a ir y venir por la habitación, entró en la pieza contigua y preguntó a la mujer quién era aquel viajero que estaba aguardando.
— ¡Dios lo sabrá! — respondió la mujer —. Un francés. Hace cinco horas que está esperando caballos y no para de silbar. Me tiene harta el maldito.
El joven preguntó en francés al viajero:
— ¿A dónde va usted, señor mío?
— A la ciudad próxima — repuso el francés —. Y de allí a casa de un terrateniente que me ha tomado de preceptor sin haberme visto en la vida. Pensaba haber llegado hoy, mas, por lo visto, el señor maestro de postas ha resuelto otra cosa. En esta tierra es muy difícil procurarse caballos, señor oficial.
— ¿A cuál de los terratenientes del contorno va usted a servir? — inquirió el oficial.
— Al señor Troekúrov — contestó el francés.
— ¿Al señor Troekúrov? ¿Quién es ese Troekúrov?
— Ma foi, mon officier... poco bueno he oído decir de él. Cuentan que es un señor altivo, caprichoso y cruel con sus domésticos; que nadie puede vivir a su lado; que todo el mundo tiembla sólo de oír su nombre; que con los precepto- res (avec les outchitels ) no guarda contemplaciones y ha matado a dos a latigazos.
— ¡Pero, hombre! ¿Y, a pesar de todo, ha resuelto usted servir a ese monstruo?
— ¿Qué quiere usted que haga, señor oficial? Me ofrece un buen sueldo: tres mil rublos al año y mantenido. Quizá yo sea más afortunado que los otros. Mi madre es ya vieja, le mandaré la mitad de mi sueldo para que vaya viviendo, y con el resto podré, en cosa de cinco años, juntar un capital que me permita ser independiente en el porvenir; y, entonces, bonsoir, regresaré a París y me dedicaré al comercio.
— ¿Le conoce alguien en la casa de Troekúrov? — preguntó el oficial.
— Nadie — respondió el francés —. Me ha hecho venir de Moscú por mediación de un amigo suyo, a quien me recomendó su cocinero, compatriota mío. Debe usted saber que yo no pensaba consagrarme a la enseñanza, sino a la repostería, pero me dijeron que en su tierra de ustedes la profesión de preceptor es mucho más ventajosa...
El oficial se quedó pensativo.
— Escúcheme — dijo por fin —. ¿Qué diría usted si en vez de ese porvenir le ofrecieran diez mil rublos contantes y sonantes, a condición de que volviera sin demora a París?
El francés miró sorprendido al oficial y movió, sonriendo, la cabeza.
— Los caballos están listos — anunció, entrando, el maestro de postas.
El criado confirmó el aviso.
— Ahora voy — replicó el oficial —. Salgan ustedes un instante.
El maestro de postas y el criado salieron.
— No bromeo — continuó en francés el oficial —. Yo puedo darle los diez mil rublos. A cambio le exijo únicamente que se marche y me entregue sus papeles.
Al decir esas palabras, el oficial alzó la tapa de su arquilla y sacó unos fajos de billetes.
El francés abrió desmesuradamente los ojos. No sabia qué pensar.
— ¿Que me marche... que le entregue mis papeles? — balbuceó estupefacto —. Aquí tiene mis papeles... Pero usted está bromeando. ¿Qué falta pueden hacerle mis papeles?
— Eso no es cosa suya. Yo le pregunto: ¿acepta usted o no?
El francés, todavía sin dar crédito a lo que estaba oyendo, tendió sus papeles al joven oficial, quien los examinó rápidamente.
— Su pasaporte... está bien. La carta de recomendación, luego la leeré. La partida de nacimiento... ¡Magnífico! Bien, aquí tiene su dinero y márchese por donde ha venido. Adiós.
El francés parecía haberse quedado de una pieza.
El oficial volvió a entrar.
— Me olvidaba de lo principal. Déme usted su palabra de honor de que todo quedará entre nosotros. Su palabra de honor.
— Palabra de honor — respondió el francés —. Pero mis documentos... ¿Cómo voy a arreglármelas sin ellos?
— Declare usted en la primera ciudad adonde llegue que ha sido desvalijado por Dubrovski. Nadie lo pondrá en duda, y le extenderán los papeles necesarios. Adiós, y quiera el Señor que llegue usted cuanto antes a París y halle a su madre en perfecta salud.
Dubrovski salió, montó en su calesa y partió al galope.
El maestro de postas miraba por la ventana, y cuando la calesa había partido ya, dijo a su mujer:
— Pajómovna, ¿sabes quién era ese oficial? Dubrovski.
La mujer se precipitó a la ventana, pero era ya tarde: Dubrovski se hallaba lejos. La mujer increpó a su marido:
— ¡No tienes perdón de Dios, Sídorich! ¿Por qué no me lo dijiste antes? Al menos, habría visto a Dubrovski, y ahora tendré que esperar a que tuerza otra vez por aquí. ¡No tienes ni pizca de vergüenza, lo que se dice ni pizca!
El francés no podía salir de su estupefacción. Su trato con el oficial, el dinero, todo le parecía un sueño. Pero los fajos de billetes que tenía en el bolsillo le confirmaban con toda elocuencia la realidad del sorprendente suceso.
Resolvió alquilar caballos para ir a la ciudad. El postillón lo llevaba al paso, y era ya de noche cuando alcanzaron la población.
Antes de llegar a la puerta de la ciudad, donde había, en lugar de centinela, una garita derruida, el francés mandó al postillón que se detuviese, bajó del coche y se alejó a pie, dando a entender por gestos al postillón que le regalaba, para que tomase unos tragos, el coche y la maleta. El postillón quedó tan asombrado de su generosidad, como el francés de las proposiciones de Dubrovski. Pero, después de llegar a la conclusión de que el alemán se había vuelto loco, le expresó su reconocimiento con una profunda reverencia y, considerando innecesario entrar en la ciudad, se dirigió a un establecimiento público de cuyo dueño era buen amigo. Pasó allí toda la noche, y a la mañana siguiente emprendió el regreso con los tres caballos, sin coche ni maleta, pero con la cara hinchada y los ojos enrojecidos.
Una vez en posesión de los papeles del francés, Dubrovski se presentó audazmente en casa de Troekúrov, como ya hemos visto, y se instaló allí. Cualesquiera que fuesen sus ocultos designios (posteriormente llegaremos a conocerlos), nada en su conducta despertaba sospechas. Cierto que se ocupaba muy poco de la educación del pequeño Sasha, a quien permitía todas las travesuras que se le antojaban y no castigaba severamente si no aprendía las lecciones que le daba para guardar las apariencias, pero, en cambio, seguía con gran celo los progresos musicales de su alumna y se pasaba horas muertas, tocando con ella el piano. Todos estimaban al joven preceptor: Kirila Petróvich, por su valentía y su destreza en la caza; María Kirílovna, por su extraordinario celo y su tímida corte; Sasha, por la tolerancia con que perdonaba sus travesuras; y todos los domésticos por su bondad y su desprendimiento, evidentemente incompatible con su fortuna. El francés, por su parte, había tomado, al parecer, mucho apego a todos y se consideraba ya de la familia.
Un mes había transcurrido desde su entrada en la casa como preceptor hasta el día de la memorable fiesta, y nadie sospechaba que el modesto francés fuese el terrible bandido cuyo solo nombre infundía espanto a todos los propietarios del contorno. En todo aquel tiempo, Dubrovski no había salido de Pokróvskoie, pero, gracias a la fantasía de la gente del campo, en todas partes seguía hablándose de sus robos, si bien podía haber ocurrido que la partida continuara operando en ausencia de su capitán.
Al pasar la noche en la misma habitación con un hombre al que podía estimar su enemigo personal y uno de los principales culpables de su desgracia, Dubrovski no pudo resistir la tentación. Conocedor de la existencia de la bolsa, decidió hacerse con ella. Y ya hemos visto el asombro que produjo al pobre Antón Pafnútich con su inesperada metamorfosis de preceptor en bandido.
A las nueve de la mañana, los invitados que habían pernoctado en Pokróvskoie se reunieron en el salón, donde hervía ya el samovar, ante el que estaba sentada María Kirílovna, con vestido de mañana; Kirila Petróvich, en batín de flanela y zapatillas, bebía su tazón, tan grande que parecía un aguamanil. Antón Pafnútich se presentó el último. Estaba tan pálido y parecía tan trastornado, que su aspecto llamó la atención general, y Kirila Petróvich le preguntó si se sentía indispuesto. Spitsin respondió a despropósito, mirando con espanto al preceptor, sentado tan tranquilamente como si no hubiera ocurrido nada. A los pocos minutos, un criado anunció a Spitsin que su calesa estaba aguardándole. Antón Pafnútich se apresuró a despedirse y, a pesar de las exhortaciones de Kirila Petróvich, salió con premura del salón y partió al instante.
Nadie acertó a comprender qué le había sucedido, y Kirila Petróvich creyó que todo era consecuencia de una indigestión.
Después del té y del almuerzo de despedida, se marcharon también los demás invitados. Pokróvskoie quedó pronto vacío, y la vida retornó a su cauce habitual.

CAPITULO XII


Pasaron unos días sin que sucediera nada digno de mención. La vida de los habitantes de Pokróvskoie transcurría uniforme. Kirila Petróvich salía diariamente de caza. La lectura, los paseos y las lecciones de música — sobre todo, las lecciones de música — ocupaban a María Kirílovna. La joven había empezado a comprender su propio corazón y se confesaba, con involuntario despecho, que no era indiferente a las cualidades del joven francés. El, por su parte, no rebasaba los límites marcados por el respeto y más riguroso decoro, con lo que aplacaba el orgullo de la joven y desvanecía sus temerosas dudas. María Kirílovna se abandonaba con una confianza cada día mayor a la dulce costumbre. Se aburría sin Desforges, y en su presencia interesábase constantemente por él, quería conocer su opinión sobre todas las cosas y siempre era de su mismo parecer. Tal vez no estuviera aún enamorada, pero al primer obstáculo opuesto por el azar o a la primera jugarreta del destino, la llama de la pasión debía inflamarse en su alma.
Un día, al entrar en el salón donde la esperaba el preceptor, María Kirílovna advirtió, sorprendida, que estaba pálido y turbado. La joven abrió el piano y cantó algunas notas, mas Dubrovski, pretextando un dolor de cabeza, se excusó, dio por terminada la lección y, al cerrar el cuaderno de música, le entregó furtivamente una esquela. María Kirílovna la tomó antes de haber podido reflexionar y al punto se arrepintió de ello, pero Dubrovski ya no estaba en el salón. María Kirílovna se retiró a su alcoba, desdobló la esquela y leyó lo que sigue:
“Venga a las siete de la tarde a la glorieta junto al arroyo. Necesito hablar con usted”.
María Kirílovna quedó muy intrigada. Hacía ya mucho que esperaba una declaración, y la deseaba y temía a la vez. Le hubiera gustado escuchar la confirmación de lo que adivinaba, pero comprendía que no estaría bien que oyera tal declaración de un hombre que, por su posición, no podía nunca esperar que le fuese otorgada su mano. Había resuelto acudir a la cita, y solamente abrigaba una duda: ¿cómo debería acoger la declaración del preceptor?, ¿con la indignación de una aristócrata, con votos de amistad, con alegres bromas o con callada simpatía? Mientras reflexionaba así, miraba a cada instante el reloj. Oscurecía, en la casa encendieron las velas, y Kirila Petróvich se puso a jugar a las cartas con unos vecinos. En el reloj del comedor dieron las siete menos cuarto. María Kirílovna salió furtivamente a la terracilla, miró en torno y corrió al jardín.
La noche era sombría, el cielo estaba encapotado, y a dos pasos ya no se veía nada, pero María Kirílovna avanzaba en medio de la oscuridad por los senderos que tan bien conocía, y un minuto después llegaba a la glorieta. Se detuvo para tomar aliento y aparecer ante Desforges indiferente
y tranquila. Pero Desforges estaba ya delante de ella.
— Le doy las gracias por no haber desatendido mi ruego — dijo Desforges con voz queda y triste —. Me sentiría desesperado si usted no hubiese accedido a venir.
María Kirílovna respondió con una frase preparada:
— Confío en que no me obligará usted a arrepentirme de mi condescendencia.
Desforges callaba, como si tratase de recobrar su sangre fría.
— Las circunstancias — dijo por fin — mandan que... He de marcharme... Quizá pronto oiga usted... Pero antes de separarnos, debo darle una explicación...
María Kirílovna no respondió. En aquellas palabras veía el prólogo de la esperada declaración.
— Yo no soy quien usted se figura — prosiguió el joven, bajando la cabeza —. No soy el francés Desforges, sino Dubrovski.
María Kirílovna dejó escapar un grito.
— No tema, por Dios; usted no debe temer mi nombre. Sí, soy ese desgraciado a quien su padre privó del último pedazo de pan, arrojó de la casa paterna y lanzó a robar por los caminos. Pero usted no debe temer, ni por su propia persona ni por la de él. Todo ha concluido. Yo he perdonado a su padre. Escuche. Usted lo ha salvado. El debía ser la víctima de mi primera hazaña sangrienta. Yo rondaba su casa, buscando el sitio en dónde debía comenzar el incendio, por dónde se debía entrar en su dormitorio y cortarle completamente la retirada. En aquel momento, usted pasó por delante de mí como una aparición de los cielos, y mi corazón se aplacó. Comprendí que la casa en que usted moraba era sagrada y que ningún ser vinculado a usted con lazos de sangre podía ser maldecido por mí. Renuncié a la venganza como a una locura. Jornadas enteras erré en torno a los jardines de Pokróvskoie, con la esperanza de ver de lejos su vestido blanco. En sus imprudentes paseos, yo la seguía, des- lizándome furtivo de arbusto en arbusto, feliz al pensar que mi secreta presencia la ponía a salvo de todo peligro. Por fin, se presentó una ocasión. Entré en su casa. Estas tres semanas han sido días felices para mí. Su recuerdo será el consuelo de mi triste vida... Hoy he recibido una noticia que me impide continuar aquí. Nos separaremos hoy mismo... dentro de unos instantes... Pero antes quería franquearme con usted, para que no me maldijese, para que no me despreciara. Piense alguna vez en Dubrovski. Sepa que nació para otra vida, que su corazón supo amarla, que nunca...
Sonó un leve silbido, y Dubrovski se calló. Tomó la mano de la joven y aplicó a ella sus ardientes labios. Se repitió el silbido.
— Perdone dijo Dubrovski —, me llaman. Un solo instante podría perderme.
Dubrovski se alejó. María Kirílovna quedó inmóvil. Dubrovski volvió sobre sus pasos y tomó de nuevo su mano.
— Si alguna vez — dijo con voz tierna y conmovedora —, si alguna vez le ocurre una desgracia y no puede contar con la ayuda ni la protección de nadie, ¿me promete que en tal caso recurrirá a mí y me pedirá cuanto sea preciso para salvarla? ¿Me promete no rechazar mi fidelidad?
María Kirílovna lloraba en silencio. El silbido se oyó por tercera vez.
— ¡Va usted a perderme! — exclamó Dubrovski —.No puedo marcharme en tanto no me responda. ¿Me lo promete usted o no?
— Se lo prometo — musitó, pálida, la bella joven.
Emocionada por su entrevista con Dubrovski, la joven volvía por el jardín hacia la casa. Le pareció que los criados corrían en todas direcciones; la casa estaba revuelta; en el patio se había congregado mucha gente; junto a la terracilla aguardaba una troica. Oyó de lejos la voz de Kirila Petróvich y se apresuró a entrar en la casa, temerosa de que hubiera sido advertida su ausencia. En el salón, el padre avanzó a su encuentro. Los invitados rodeaban al jefe de policía, a quien ya conocemos, y lo abrumaban a preguntas. El jefe de policía, vestido de viaje y armado hasta los dientes, les respondía con aire misterioso e inquieto.
— ¿Dónde has estado, Masha? — preguntó Kirila Petróvich —. ¿No has visto a musiú Desforges?
Masha apenas si pudo decir que no.
— Imagínate — continuó Kirila Petróvich —, el jefe de policía viene a detenerlo y me asegura que es Dubrovski en persona.
— Todas las señas coinciden, Excelencia — dijo respetuosamente el jefe de policía.
— ¡Ay, hermano — le interrumpió Kirila Petróvich —, vete con tus señas... tú sabes a dónde! No te entregaré a mi francés mientras yo mismo no haya puesto todo en claro. ¿Cómo se puede creer en las palabras de Antón Pafnútich, tan cobarde y tan embustero? Ha soñado que el preceptor quería robarle. ¿Por qué no me dijo ni una palabra a la mañana siguiente?
— El francés lo atemorizó. Excelencia — respondió el jefe de policía—, y le hizo jurar que guardaría silencio...
— ¡Mentira! —protestó Kirila Petróvich—. Yo desenredaré ahora mismo todo el asunto. ¿Dónde está el preceptor? — preguntó a un criado que acababa de entrar.
— No se lo encuentra — contestó el criado.
— ¡Pues hay que encontrarlo! — gritó Troekúrov, que empezaba ya a dudar —. Muéstrame tus famosas señas — ordenó al jefe de policía, que le tendió inmediatamente el papel.—. ¡Hum, hum! Veintitrés años... Así es, pero eso todavía no prueba nada. ¿Y el preceptor?
— No hay manera de encontrarlo — le respondieron de nuevo.
Kirila Petróvich comenzó a inquietarse. María Kirílovna se hallaba más muerta que viva.
— Estás pálida, Masha — observó el padre —. ¿Te has asustado?
— No, papá — repuso Masha —; me duele la cabeza.
— Ve, Masha, a tu habitación y no te inquietes.
María Kirílovna le besó la mano y se retiró apresuradamente a su habitación. Allí se desplomó en el lecho y rompió a llorar en un ataque de histeria. Las criadas acudieron, la desnudaron y, después de emplear no pocos esfuerzos en calmarla con agua fría e infusiones, la hicieron acostarse. La joven quedó adormecida.
No encontraban al francés. Kirila Petróvich iba y venía por la habitación, silbando imponente su Suene el trueno de la victoria. Los invitados cuchicheaban, y el jefe de policía se veía con un palmo de narices: el francés continuaba sin aparecer. Probablemente había sido advertido con tiempo bastante para que pudiera huir. Mas, por quién y cómo, era un enigma.
Dieron las once, pero nadie pensaba en irse a acostar. Por fin, Kirila Petróvich dijo ásperamente al jefe de policía:
— ¿Qué esperas? No pienses quedarte aquí hasta el amanecer; mi casa no es una fonda. Con tus mañas, hermano, no cazarás a Dubrovski, si de verdad es él. Vete a tu casa y en adelante sé más listo. También es ya hora de que ustedes se marchen — continuó Kirila Petróvich, dirigiéndose a sus visitantes —. Ordenen que les enganchen los coches. Tengo sueño.
Con tal descortesía se despidió Troekúrov de sus invitados.

CAPITULO XIII


Pasó algún tiempo sin acontecimientos dignos de señalar. Pero al comienzo del verano siguiente hubo muchos cambios en la vida familiar de Kirila Petróvich.
A treinta verstas de Pokróvskoie se encontraba la rica propiedad del príncipe Vereiski. El príncipe había vivido largos años en el extranjero, sus posesiones eran administradas por un comandante retirado, y entre Pokróvskoie y Arbátovo no existía ninguna relación. Pero, a finales de mayo, el príncipe regresó del extranjero y se instaló en su aldea, donde no había estado jamás. Acostumbrado a distraerse, no podía soportar la soledad, y al tercer día después de su llegada se fue a comer a la casa de Troekúrov, con quien en tiempos tuviera algún trato.
El príncipe frisaba en los cincuenta, pero se le hubiera dicho mucho más viejo. Excesos de toda clase habían minado su salud e impreso en él una huella indeleble. A pesar de ello, su presencia era agradable, atraía la atención, y sus hábitos de hombre de sociedad le hacían ser cortés, en particular con las mujeres. Sentía una constante necesidad de distraerse y estaba siempre aburrido. Kirila Petróvich se alegró sobremanera de su visita, considerándola un testimonio del respeto de un hombre conocedor del gran mundo. Fiel a su costumbre, quiso complacerlo mostrándole las dependencias de su casa y lo llevó a la perrera. Pero el príncipe estuvo a punto de asfixiarse por el olor que despedían los canes y se apresuró a salir de allí, tapándose la nariz con un pañuelo perfumado. El viejo jardín, con sus tilos podados, su estanque cuadrado y sus rectas alamedas, no le agradó; prefería los parques ingleses y lo que suele llamarse “naturaleza”, aunque lo alababa todo y se fingía admirado. Un criado anunció que la mesa estaba servida. Se dirigieron al comedor. El príncipe renqueaba, fatigado por el paseo, y estaba ya casi arrepentido de haber hecho aquella visita.
Pero en la sala les recibió María Kirílovna, y el viejo calavera quedó prendado de su belleza. Troekúrov hizo que el príncipe tomara asiento al lado de su hija. Animado por la presencia de la joven, el príncipe estuvo muy alegre y con curiosos relatos atrajo varias veces su atención. Después de la comida, Kirila Petróvich propuso un paseo a caballo, pero el príncipe se excusó, mostrando sus botas de terciopelo y quejándose en broma de su gota, y dijo que preferiría dar el paseo en coche, pero a condición de que su bella vecina los acompañase.
Mandaron enganchar. Los ancianos y la bella María Kirílovna se instalaron en el carruaje y partieron. La conversación no languidecía. María Kirílovna escuchaba con placer los lisonjeros y graciosos cumplidos del hombre de mundo cuando, de pronto, el príncipe, dirigiéndose a Kirila Petróvich, le preguntó qué era aquel edificio incendiado que se divisaba y a quién pertenecía... Kirila Petróvich frunció el entrecejo, los recuerdos que en él despertaba el calcinado edificio eran muy desagradables. Aquellas tierras — respondió — eran suyas y en tiempos habían pertenecido a Dubrovski.
— ¿A Dubrovski? — repitió el príncipe —. ¿Cómo, al célebre bandido?
— A su padre — contestó Troekúrov —. El padre también era un bandido de marca mayor.
— ¿Y dónde se ha metido nuestro Rinaldo? ¿Vive aún? ¿No le han detenido?
— Vive y está en libertad, y no le detendrán mientras los jefes de policía se entiendan con los ladrones. A propósito, príncipe, ¿no ha estado Dubrovski en tu Arbátovo?
— Sí, el año pasado; me parece que incendió o robó algo... ¿No es cierto, María Kirílovna, que sería muy interesante conocer de cerca a ese romántico héroe?
— No sería interesante — dijo Troekúrov — porque ya lo conoce. Durante tres semanas seguidas, Dubrovski le dio lecciones de música, y, gracias a Dios, no cobró nada por ellas.
Kirila Petróvich se puso a contar la historia de su pre- ceptor francés. María Kirílovna estaba como sobre ascuas. Vereiski escuchó el relato con mucho interés, le pareció todo muy extraño y cambió de conversación. A la vuelta, el príncipe mandó enganchar su coche y, a pesar de que Kirila Petróvich le rogaba con insistencia que pasara la noche en su casa, se marchó inmediatamente después del té. Pero antes pidió a Troekúrov que fuera con María Kirílovna a visitarlo, y el orgulloso Kirila Petróvich se lo prometió, pues, teniendo en cuenta el título del príncipe, sus dos estrellas y las tres mil almas que poseía, lo consideraba, hasta cierto punto, como a un igual.
Dos días después, Kirila Petróvich, con su hija, devolvía la visita al príncipe de Vereiski. Al acercarse a Arbátovo, quedó admirado de las limpias y alegres isbas de los campesinos y de la mansión señorial, construida al estilo de los castillos ingleses. Ante la casa se extendía un verde prado, en el que pastaban unas vacas suizas, haciendo sonar sus esquilas. Un gran parque circundaba la casa por todos los lados.
El dueño salió a la terracilla para recibir a sus visitantes y ofreció su brazo a la bella joven. Entraron en un suntuoso salón, donde había una mesa servida para tres comensales. El príncipe llevó a sus invitados a la ventana, y un bello panorama apareció ante sus ojos. El Volga corría bajo las ventanas. Por él navegaban barcos cargados, con las velas hinchadas, e iban y venían raudas las lanchas de los pescadores, a las que se había dado el expresivo nombre de “ataúdes”. Tras el río alzábanse las colinas y se extendían los campos; varias aldeas animaban el paisaje.
Fueron luego a las galerías donde estaban los cuadros comprados por el príncipe en el extranjero. El príncipe Vereiski explicaba a María Kirílovna el tema de los lienzos, le relataba la historia de los pintores y señalaba los méritos y los defectos de sus obras. El príncipe no hablaba de los cuadros empleando el lenguaje convencional de un conocedor pedante, sino con sentimiento e imaginación, María Kirílovna escuchaba complacida.
Sentáronse a la mesa. Troekúrov hizo plena justicia a los vinos de su anfitrión y al arte de su cocinero. María Kirílovna no se sentía cohibida ni violenta al hablar con aquel hombre, a quien veía por segunda vez en su vida.
Después de la comida, el príncipe invitó a sus visitantes a salir al jardín. Tomaron café en una glorieta, a la orilla de un gran lago sembrado de islotes. De pronto, se oyó la música de unos instrumentos de viento, y una barca de seis remos atracó al lado mismo de la glorieta. Dieron una vuelta por el lago, en torno a las islas, y visitaron algunas de ellas. En una vieron una estatua de mármol, en otra una apartada gruta, y en otra un monumento con una inscripción misteriosa, que suscitó en María Kirílovna su curiosidad de doncella inocente, curiosidad no plenamente satisfecha por las respetuosas reticencias del príncipe. Pasó inadvertidamente el tiempo. Comenzaba a oscurecer. El príncipe, poniendo por pretexto la humedad y el rocío, se apresuró a volver a la casa. El samovar los esperaba. El príncipe rogó a María Kirílovna que hiciera las veces de dueña de su nido de viejo solterón. La joven servía el té y escuchaba los inagotables relatos del deferente parlanchín. De improviso sonó un disparo, y la luz de una bengala alumbró el cielo. El príncipe ofreció un chal a María Kirílovna y llevó al balcón a sus invitados.
Ante la casa se encendían en la oscuridad policromos fuegos artificiales, que giraban vertiginosamente, se elevaban formando haces, palmas y surtidores, se precipitaban en una lluvia de estrellas y se extinguían para volver a encenderse. María Kirílovna se divertía como una niña. El príncipe se regocijaba al ver su contento, y Troekúrov sentíase muy satisfecho de su anfitrión, pues tomaba tous les frais (*Todos los gastos -fr.) del príncipe como prueba del respeto a su persona y del deseo de serle grato.
La cena no desmereció en nada del almuerzo. Los visitantes retiráronse a las habitaciones reservadas para ellos y, a la mañana siguiente, se despidieron del amable dueño, prometiéndose mutuamente verse de nuevo muy pronto.

CAPITULO XIV

María Kirílovna estaba en su habitación, bordando ante la abierta ventana. No confundía los hilos como la amante de Konrad, que, en su amorosa distracción, bordó una rosa con seda verde. Su aguja reproducía irreprochablemente en el cañamazo los dibujos del original, a pesar de que los pensamientos de la joven no estaban en el trabajo, sino muy lejos.
De pronto, una mano apareció furtiva sobre el alféizar de la ventana, depositó una carta en el bastidor y se escondió antes de que María Kirílovna pudiera recobrarse de su sorpresa. En aquel instante, entró un criado y la llamó de parte de Kirila Petróvich. Temblorosa, María Kirílovna ocultó la carta bajo su pañoleta y se apresuró a presentarse en el despacho de su padre.,
Kirila Petróvich no estaba solo. El príncipe Vereiski hallábase con él. Al entrar María Kirílovna, el príncipe se levantó y la saludó silenciosamente, con una turbación impropia de él.
— Acércate, Masha — dijo Kirila Petróvich —. Voy a darte una noticia que, espero, ha de alegrarte. Aquí tienes a tu prometido. El príncipe pide tu mano.
Masha quedó de piedra, y una lividez mortal cubrió su semblante. No dijo nada. El príncipe se acercó a ella, tomó su mano, y, visiblemente conmovido, le preguntó si consentía en hacerle feliz. Masha no respondió.
— Consiente, claro que consiente — intervino Kirila Petróvich —; pero tú sabes, príncipe, que a una niña le es muy difícil pronunciar esa palabra. ¡Ea, hijitos, besaos, sed felices!
Masha continuaba inmóvil, el viejo príncipe le besó la mano; las lágrimas rodaron, súbitas, por las pálidas mejillas de la joven. El príncipe frunció ligeramente el ceño.
— Vete, vete, vete — dijo Kirila Petróvich —. Seca tus lágrimas y vuelve a nosotros contenta y alegre. Todas lloran cuando piden su mano — prosiguió, dirigiéndose al príncipe —; es la costumbre... Ahora, príncipe, vamos al grano, es decir, hablemos de la dote.
María Kirílovna aprovechó el permiso para retirarse y salió precipitadamente del despacho. Corrió a su habitación, se encerró con llave y dejó fluir libremente sus lágrimas, imaginándose ya la esposa del viejo príncipe, que le pareció, de pronto, repugnante y odioso. El matrimonio la asustaba como el cadalso, como la tumba... “No, no — se decía con desesperación —. Antes la muerte, antes el convento, antes casarme con Dubrovski”. Se acordó entonces de la carta y la leyó con avidez, presintiendo que era de él. En efecto, la había escrito Dubrovski y no contenía más que las siguientes palabras:
“Esta noche, a las diez, en el mismo sitio”.

CAPITULO XV


La luna brillaba. La noche de julio era serena; de vez en cuando soplaba una ligera brisa, y un leve rumoreo animaba el jardín.
Lo mismo que una sombra liviana se acercaba la joven beldad al lugar de la cita. No había nadie aún, pero Dubrovski apareció súbitamente de detrás de la glorieta.
— Lo sé todo — dijo con voz apagada y triste —. Acuérdese de su promesa.
— Usted me ofrece su protección — replicó Masha —, pero no se enoje si le digo que me asusta. ¿Cómo puede usted ayudarme?
— Podría librarla del hombre a quien odia.
— Por Dios, le pido que no lo toque. No se atreva a tocarlo, si es que me ama. No quiero ser la causa de ningún horror...
— No lo tocaré. Su voluntad es sagrada para mí. Le debe a usted la vida. Jamás cometeré un crimen en su nombre. Mis fechorías nunca empañarán su pureza. Pero ¿cómo puedo salvarla de la crueldad de su padre?
— Aún abrigo cierta esperanza. Confío en ablandarle con mis lágrimas y mi desesperación. Es terco, pero me quiere tanto...
— Confía usted inútilmente: en sus lágrimas no verá más que el temor natural y el disgusto propio de todas las jóvenes cuando no se casan por amor, sino por interés. Pero ¿y si se le mete en la cabeza forjar su felicidad a pesar de usted?, ¿y si la llevan mal de su grado al altar para hacer dueño absoluto de su destino a un marido viejo?...
— Entonces no habrá otra salida. Venga por mí y seré su mujer.
Dubrovski se estremeció. Su pálido semblante se cubrió de un intenso rubor y tornóse al punto más lívido aún que antes. Largo rato permaneció callado, abatida la cabeza.
— Reúna usted todas las fuerzas de su alma, implore a su padre, échese a sus pies, píntele todo el horror que la espera, su juventud marchitándose junto a un viejo decrépito y crapuloso. Hágale una dura confesión. Dígale que si se muestra inclemente... hallará usted un defensor terrible... Dígale que la riqueza no la hará feliz ni un instante. El lujo puede consolar a la pobreza, y eso sólo algún tiempo, por falta de costumbre. No le conceda la menor tregua, no se deje intimidar por su cólera, ni por sus amenazas; mientras haya una sombra de esperanza, insista usted, ¡por Dios! Pero si no queda otro remedio...
Dubrovski se cubrió el rostro con las manos. Parecía ahogarse. Masha lloraba...
— ¡Pobre, pobre suerte la mía! — se lamentó Dubrovski, exhalando un amargo suspiro —. Yo habría dado mi vida por usted; verla de lejos, rozar su mano, era para mí un deleite. Y cuando se presenta la posibilidad de estrecharla contra mi agitado pecho y decirle: “¡Angel, muramos!”, yo, desdichado de mí, debo renunciar a la felicidad y rechazarla con todas mis fuerzas... No me atrevo a caer a sus pies y bendecir al cielo por una recompensa incomprensible e inmerecida. ¡Oh!, cómo debería yo odiar a ese hombre; pero siento que en mi corazón no tiene ya cabida el odio.
Dubrovski rodeó con tímido abrazo el esbelto talle de la joven y la estrechó dulcemente contra su pecho. Ella apoyó confiada la cabeza en el hombro del joven bandolero. Y ambos guardaron silencio.
El tiempo pasaba volando.
— Ya es tarde — dijo, por fin, Masha.
Dubrovski pareció salir de un hondo letargo. Tomó la mano de la joven y ciñó un anillo a su dedo.
— Si decide usted recurrir a mí — habló —, traiga aquí el anillo, déjelo caer en el hueco de ese roble, y yo sabré lo que tengo que hacer.
Dubrovski besó la mano a Masha y se perdió entre los árboles.

CAPITULO XVI


La petición de mano del príncipe Vereiski era ya conocida por todos los terratenientes del contorno. Kirila Petrovich recibía felicitaciones; se hacían los preparativos para la boda. Masha aplazaba de un día para otro la explicación decisiva. Entretanto, sus relaciones con el viejo prometido eran frías y tirantes. Sin embargo, eso no preocupaba al príncipe. No tenía amor y se daba por satisfecho con el tácito consentimiento de la joven.
Pero el tiempo iba pasando. Masha se decidió, por fin, a obrar y escribió una carta al príncipe Vereiski en la que trataba de despertar en su corazón sentimientos generosos, le confesaba francamente que no sentía por él ningún afecto y le suplicaba que renunciase a su mano y la defendiera contra la tiranía de su padre. Entregó furtivamente la carta al príncipe Vereiski, que la leyó al quedarse a solas, sin sentirse en absoluto conmovido por la sinceridad de su prometida. Al contrario, el príncipe vio la necesidad de apresurar la boda, y para ello creyó oportuno mostrar la carta a su futuro suegro.
Kirila Petrovich montó en cólera; a duras penas pudo el príncipe convencerlo de que no debía siquiera dar a entender a Masha que conocía la carta. Kirila Petróvich accedió a no decir nada a Masha, pero resolvió no perder tiempo y fijó la boda para el día siguiente. Esta determinación le pareció al príncipe muy razonable y fue a decir a su prometida que su carta lo había apenado mucho, pero que esperaba, con el tiempo, hacerse acreedor a su afecto, que la idea de perderla era insoportablemente penosa y no encontraba en sí la fuerza suficiente para resignarse a su sentencia de muerte. Después le besó respetuosamente la mano y se marchó sin haberle dicho una palabra de la decisión de Kirila Petróvich.
Pero apenas había el príncipe abandonado la casa, cuando el padre entró en la habitación' y dijo sin rodeos a Masha que estuviera preparada para el día siguiente. María Kirílovna, ya alterada por la explicación del príncipe Vereiski, prorrumpió en llanto y se echó a los pies de su padre.
— ¡Papá! — exclamó con voz quejumbrosa —. ¡Papá, no me haga desdichada; yo no amo al príncipe, yo no quiero ser su esposa!...
— ¿Qué es eso? — preguntó enojado Kirila Petrovich —. Hasta ahora callabas y te mostrabas de acuerdo; y cuando todo está decidido, se te ocurre salir con esos caprichos y decir que no quieres. No tontees; de ese modo no ganarás nada conmigo.
— ¡No me haga desgraciada! — repitió la pobre María Kirílovna —. ¿Por qué me aleja de su lado y me entrega a un hombre a quien no amo? ¿Acaso soy para usted un estorbo? Quiero seguir a su lado como hasta ahora. Padrecito, se sentirá usted triste sin mí, y más aún cuando piense que soy desgraciada. Papá, no me obligue, yo no quiero casarme...
Kirila Petróvich se conmovió, pero ocultó su turbación y, rechazando a la joven, dijo severo:
— Todo eso son tonterías, ¿me entiendes? Yo sé mejor que tú lo que debe hacerse para que seas feliz. Las lágrimas no te servirán de nada. Pasado mañana será la boda.
— ¡Pasado mañana! — exclamó María Kirilovna —. ¡Dios mío! ¡No, no, imposible! ¡Eso no será! ¡Papá, escúcheme! Si ha decidido hacer mi desgracia, encontraré a un defensor que usted ni siquiera sospecha; y ya verá, se horrorizará de haberme llevado a tal extremo.
— ¿Qué dices? ¿Qué dices? — rugió Troekúrov —. ¿Amenazas? ¿Amenazas a mí, chiquilla insolente? ¿No sabes acaso que puedo hacer contigo lo que ni siquiera te imaginas? ¿Te atreves a amenazarme con un defensor? Ya veremos quién es ese defensor tuyo.
— Vladimir Dubrovski — respondió desesperada Masha.
Kirila Petróvich creyó que su hija había perdido el juicio y la miró con estupefacción.
— Bien — dijo tras una breve pausa —. Espera al libertador que mejor te parezca; pero, mientras, permanecerás en esta habitación y sólo saldrás de ella para ir a casarte.
Dichas esas palabras, Kirila Petróvich se retiró, cerrando tras de sí la puerta.
La pobre joven lloró largamente, imaginándose lo que la esperaba; pero aquella violenta explicación había calmado un tanto sus nervios, y ahora podía pensar con mayor tranquilidad en su destino y en lo que debía hacer. Lo principal para ella era evitar el odioso matrimonio. Ser la mujer de un bandido parecíale un paraíso en comparación con la vida que le tenían reservada. Miró el anillo que le había dado Dubrovski. Deseaba ardientemente verlo a solas y hablar con él una vez más antes del momento decisivo. Presentía que encontraría por la noche a Dubrovski en el jardín, junto a la glorieta, y resolvió ir a esperarlo en cuanto oscureciese. Cayó la noche. Masha se dispuso a salir, pero la puerta estaba cerrada con llave. Su doncella le dijo del otro lado del panel que Kirila Petróvich había ordenado que no la dejasen salir. Estaba prisionera. Profundamente agraviada, se sentó a la ventana y hasta altas horas de la noche permaneció allí sin desnudarse, puesta en el cielo oscuro una mirada estática. Al amanecer se adormeció, pero tristes visiones turbaban su frágil sueño, y los rayos del sol naciente la despertaron.

CAPITULO XVII

Abrió los ojos, y lo primero que le pasó por la mente fue su horrorosa situación. Tocó la campanilla, entró la doncella y dijo, respondiendo a sus preguntas, que Kirila Petróvich había estado la víspera en Arbátovo, de donde había vuelto muy tarde, dando órdenes muy severas de que no la dejasen salir de su habitación ni hablar con nadie. No se observaban preparativos para la boda, a no ser que se había advertido al pope que no abandonase la aldea bajo ningún pretexto. Después de haberle comunicado esas noticias, la doncella dejó sola a María Kirílovna y cerró de nuevo la puerta.
Las palabras de la doncella exasperaron a la joven cautiva. Su pensamiento se agitaba febrilmente, y su sangre bullía. Resolvió ponerlo todo en conocimiento de Dubrovski y se afanaba por encontrar el medio de hacer llegar el anillo al hueco del roble. En aquel momento, una piedrecilla golpeó el cristal de la ventana, y María Kirílovna miró al patio, donde el pequeño Sasha le hacía señas furtivamente. La joven conocía el afecto que le profesaba el pequeñuelo y se puso muy contenta. Abrió la ventana.
— Buenos días, Sasha' — dijo —. ¿Por qué me llamas?
— He venido, hermanita, a preguntarle si necesita algo. Papá está muy enfadado y ha prohibido a todos los criados que la obedezcan, pero mándeme lo que quiera y yo lo haré.
— Gracias, querido Sasha. Escucha: ¿sabes dónde está el viejo roble con un hueco, junto a la glorieta?
— Sí, hermanita.
— Pues bien, si me quieres, ve allí en un vuelo y deja en el hueco este anillo, pero cuida de que no te vea nadie.
Al decir esas palabras, María Kirílovna tiró a Sasha el anillo y cerró la ventana.
El niño tomó el anillo y salió a todo correr. Tres minutos después estaba junto al roble. Se detuvo, jadeante, miró cauteloso en torno y depositó el anillo en el hueco del árbol. Y se disponía ya a comunicar a María Kirílovna que había cumplido felizmente su encomienda, cuando, de pronto, un chicuelo bizco y pelirrojo, vestido de andrajos, salió como una exhalación de detrás de la glorieta, se precipitó hacia el roble y metió el brazo en el hueco. Sasha se abalanzó sobre él más rápido que una ardilla y se aferró a sus ropas con las dos manos.
— ¿Qué haces aquí? — preguntó amenazador.
— ¿A ti qué te importa? — respondió el chicuelo, tratando de desasirse.
— ¡Suelta el anillo, rojo del diablo, o te enseñaré lo que es bueno! — gritó Sasha.
Por toda respuesta, el mozalbete le asestó un puñetazo en la cara, pero Sasha no lo dejó escapar y gritó a voz en cuello:
— ¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Socorro! ¡Socorro!...
El chicuelo se esforzaba por soltarse. Debía de tener unos dos años más que Sasha y era mucho más fuerte, pero menos ágil. Estuvieron luchando unos minutos hasta que el rojo derribó a Sasha y le atenazó la garganta.
Pero, entonces, una fuerte mano apresó la maraña roja e hirsuta del vencedor, y el jardinero Stepán lo levantó a dos palmos del suelo...
— ¡Ah, monstruo rojo! — profirió el jardinero —, ¿cómo te atreves a pegar a nuestro señorito?...
Mientras tanto, Sasha se había levantado y sacudido el polvo.
— Si no me hubieras cogido por los sobacos — dijo —, no me habrías tirado nunca. Dame ahora mismo el anillo y lárgate.
— ¡Ni hablar! — replicó el rojo, y, revolviéndose súbitamente, logró desasir su maraña de los dedos de Stepán.
El chicuelo salió corriendo, pero Sasha le dio alcance, lo empujó por la espalda, y el perseguido cayó de bruces con toda la fuerza de su carrera. El jardinero lo atrapó nuevamente y lo ató con su cinturón.
— ¡Dame el anillo! — gritó Sasha.
— Espera, señorito, — dijo Stepán —. Lo llevaremos al administrador para que le ajuste las cuentas.
Stepán condujo al prisionero hasta el patio de la casa, y Sasha lo acompañó, examinando inquieto sus pantalones, desgarrados y manchados de hierba. De improviso, los tres se vieron ante Kirila Petróvich, que iba a echar una ojeada a sus cuadras.
— ¿Qué pasa? — preguntó a Stepán.
El jardinero le refirió en pocas palabras todo lo ocurrido. Kirila Petróvich escuchó el relato con atención.
— Dime, diablillo — dijo a Sasha —, ¿por qué te enzarzaste con él?
— Robó el anillo del hueco del roble. Papá, mándele que me devuelva el anillo.
— ¿Qué anillo? ¿De qué hueco?
— María Kirílovna me... Ese anillo...
Sasha, turbado, se hizo un embrollo. Kirila Petróvich arrugó el entrecejo y dijo, moviendo la cabeza:
— ¿María Kirílovna tiene que ver con esto? Cuéntamelo todo o no voy a dejarte hueso sano.
— Papá, le juro, yo... María Kirílovna no me ha mandado nada, papá.
— Stepán, anda y córtame unas varas de abedul...
— Espere, papá, se lo contaré todo. Estaba yo por la mañana jugando en el patio, cuando mi hermanita, María Kirílovna, abrió la ventana. Yo me acerqué, y ella dejó caer el anillo por casualidad, y yo escondí en el hueco del roble y... y... este rojo ha querido robarlo.
— Ella dejó caer el anillo por casualidad y tú querías esconderlo... Stepán, anda, tráeme unas varas.
— Papá, espere, lo diré todo. Mi hermanita, María Kirílovna, me mandó que fuera corriendo al roble y dejase el anillo en el hueco, y yo fui corriendo y dejé allí el anillo, pero este chico malo...
Kirila Petrovich se dirigió al chico malo y le preguntó con voz terrible:
— ¿A quién perteneces?
— Soy de la servidumbre de los señores Dubrovski — repuso el pelirrojo.
El rostro de Kirila Petróvich se ensombreció.
— A lo que se ve, no me reconoces por señor. Muy bien. ¿Qué hacías en mi jardín?
— Estaba robando frambuesas — respondió el chico con gran indiferencia.
— ¡Vaya! El siervo ha salido al señor. A tal pope, tal parroquia. ¿Es que en mi jardín las frambuesas crecen en los robles?
El mozalbete no contestó.
— Papá, mándele que me devuelva el anillo — insistió Sasha.
— Cállate, Sasha — replicó Kirila Petróvich —, no olvides que me dispongo a administrarte un buen castigo. Vete a tu habitación. Tú, bisojo, no me pareces de los que se chupan el dedo. Dame el anillo y vete a tu casa.
El chico abrió el puño para mostrar que no tenía nada en él.
— Si me lo confiesas todo, no te azotaré y, encima, te daré cinco kopeks para que te compres avellanas. Si no me lo confiesas, voy a ponerte como no te imaginas. ¡Venga!
El chico, sin decir nada, permanecía con la cabeza baja y la expresión de un tonto.
— Está bien — dijo Kirila Petróvich —; encerradlo en cualquier sitio y cuidad de que no escape, si no queréis que os desuelle a todos.
Stepán lo llevó al palomar, lo encerró allí y puso de guardia a la vieja Agafia, que tenía a su cargo las aves de corral.
— ¡Que vaya un coche a la ciudad en busca del jefe de policía! — dijo Kirila Petróvich, acompañando al chico con la mirada —. ¡Que vaya cuanto antes!
“No cabe duda. Ha seguido en contacto con ese maldito Dubrovski. Pero ¿será posible que lo haya llamado verdaderamente en su ayuda? — decíase Kirila Petróvich, mientras iba y venía por la habitación, silbando, irritado, su Suene el trueno de la victoria —. Quizá haya dado por fin con su pista y esta vez no se nos escape. Aprovecharemos la ocasión. ¿Qué oigo? ¡Una campanilla! ¡Gracias a Dios, ha llegado el jefe de policía!”.
— ¡Eh! Traed aquí al chico que hemos cazado.
Mientras tanto, había entrado en el patio un pequeño carricoche, y nuestro conocido, el jefe de policía, se personó en la habitación, todo cubierto de polvo.
— Una buena noticia — le dijo Kirila Petróvich —. He cazado a Dubrovski.
— ¡Gracias a Dios, Excelencia! — contestó el jefe de policía, al parecer muy contento —. ¿Dónde está?
— Es decir, no he cazado a Dubrovski en persona, sino a uno de la partida. Ahora le traerán. El nos ayudará a atrapar al atamán. Aquí está.
El jefe de policía, que esperaba ver a un bandido de feroz catadura, quedó sorprendido al encontrarse con un mozalbete de unos trece años y débil apariencia. Se volvió desconcertado hacia Kirila Petróvich, aguardando sus explicaciones. Troekúrov le refirió lo que había sucedido por la mañana, pero sin hacer mención de María Kirílovna.
El jefe de policía escuchó con atención, mirando a cada instante al pequeño granuja, que, fingiéndose tonto, aparentaba no advertir lo que ocurría en torno a él.
— Permítame, Excelencia, que le hable a solas — rogó el jefe de policía.
Kirila Petróvich lo llevó a la habitación contigua y cerró la puerta con llave.
Media hora después volvían a la sala, donde el prisionero esperaba a que decidieran su suerte.
— El señor — explicó el jefe de policía — quería meterte en la cárcel de la ciudad, azotarte y deportarte luego, pero yo he intercedido por ti y he logrado que te perdone. ¡Desatadlo!
El chico fue librado de sus ligaduras.
— Da las gracias al señor — dijo el jefe de policía.
El mozalbete se acercó a Kirila Petróvich y le besó la mano.
— Vete a tu casa — le ordenó Kirila Petróvich —, y otra vez ten cuidado de no robar frambuesas en los huecos de los árboles.
El chico salió, saltó alegremente de la terracilla y echó a correr a campo traviesa, sin volver la cabeza, hacia Kisteniovka. Al llegar al lugarejo, se detuvo junto a una isba semiderruida, la primera a partir del lindero, y llamó a la ventana. Una vieja abrió la ventana y se asomó a ella.
— Abuela, dame pan — pidió el chico —; no he comido nada desde la mañana y me muero de hambre.
— ¡Ah! ¿Eres tú, Mitia? ¿Dónde has andado metido, diablejo?
— Después te lo contaré, abuela. Por Dios, dame pan.
— Entra en la isba.
— No tengo tiempo, abuela. Todavía he de ir a un sitio. Por el amor de Cristo, ¡pan, pan!
— ¡Qué diablo de criatura! — gruñó la anciana —. Toma un cacho.
La vieja sacó por la ventana una rebanada de pan de centeno. El chico la mordió con ansia y, comiendo, siguió inmediatamente su camino.
Comenzaba a oscurecer. Mitia, deslizándose furtivamente por entre almiares y huertos, desembocó en el bosque de Kisteniovka. Al llegar a dos pinos que parecían los centinelas del bosque, se detuvo, miró en torno, lanzó un silbido penetrante y entrecortado y aguzó el oído. Le respondió un silbido leve y prolongado. Un hombre salió del bosque y se acercó a él.

CAPITULO XVIII

Kirila Petróvich andaba y desandaba el salón, silbando su aire favorito con más fuerza que de ordinario. Toda la casa estaba en movimiento: los criados corrían, las doncellas se agitaban, los cocheros enganchaban un carruaje, en el patio agolpábase una muchedumbre. En el tocador de la señorita, ante el espejo, una dama rodeada de doncellas vestía a María Kirílovna, pálida e inmóvil; su cabeza se inclinaba con languidez bajo el peso de los brillantes y su cuerpo estremecíase ligeramente cuando alguna mano poco diestra la pinchaba al prenderle alfileres, pero callaba, mirando al espejo con aire ausente.
— ¿Cuándo van a acabar ustedes? — gritó del otro lado de la puerta la voz de Kirila Petróvich.
— Ahora mismo — respondió la dama —. María Kirílovna, levántese y mire a ver si todo está bien.
María Kirílovna se levantó sin responder. Abrieron la puerta.
— La novia está dispuesta — dijo la dama a Kirila Petróvich —. ¿Manda usted que montemos en el coche?
— ¡Con Dios! — respondió Kirila Petróvich y, tomando de la mesa un icono, dijo con voz emocionada a su hija —: Acércate, Masha. Te doy mi bendición.
La pobre joven se abrazó a las piernas de su padre y rompió a llorar.
— Papá... papá... — decía, arrasada en lágrimas, y su voz se quebraba.
Kirila Petróvich se apresuró a darle su bendición, la levantaron y la llevaron al coche casi en vilo. Con ella tomaron asiento la madrina y una de las doncellas. Se dirigieron a la iglesia. El novio estaba ya aguardando. Salió al encuentro de la novia y quedó sorprendido de su palidez y de su extraño aspecto. Entraron juntos en la iglesia, fría y desierta; la puerta se cerró tras ellos. El pope salió de detrás del altar y empezó inmediatamente el oficio. María Kirílovna no veía nada, no oía nada, y en cabeza alentaba un solo pensamiento: aguardaba a Dubrovski desde la mañana, y la esperanza no la abandonaba ni un instante. Cuando el pope le hizo las preguntas de rigor, se estremeció y quedó petrificada, pero aún quiso dar largas, aún esperaba. Sin aguardar su respuesta, el sacerdote pronunció las palabras irrevocables.
Terminó la ceremonia. María Kirílovna sintió el frío beso del esposo detestado, oyó los alegres votos de felicidad de los presentes, y, a pesar de todo, aún no podía creer que había sido aherrojada de por vida, que Dubrovski no acudiría a salvarla. El príncipe le dijo unas palabras cariñosas, pero ella no las captó. Salieron de la iglesia. En el pórtico se apiñaban los campesinos de Pokróvskoie. La mirada de la joven deslizóse rápida por sus rostros y de nuevo quedó indiferente.
Los recién casados montaron en una carretela y se dirigieron a Arbátovo, donde debía esperarles ya Kirila Petró- vich. Al quedar a solas con su joven esposa, el príncipe no sintió la menor turbación por la frialdad que ella mostraba. No la importunó con palabras empalagosas ni con ridículos arrebatos. Sus razones eran sencillas y no requerían contestación.
Así recorrieron unas diez verstas. Los caballos trotaban veloces por el irregular camino vecinal, y la carretela apenas se balanceaba sobre sus muelles ingleses.
De pronto oyéronse los gritos de unos jinetes que parecían perseguirles, la carretela se detuvo, una banda armada la rodeó, un hombre con antifaz abrió la portezuela del lado en que iba sentada la joven princesa y le dijo:
— Está libre; apéese.
— ¿Qué significa esto? — gritó el príncipe —. ¿Quién eres tú?
— Es Dubrovski — respondió la princesa.
Sin perder la presencia de ánimo, el príncipe sacó una pistola y disparó contra el bandido enmascarado. La princesa lanzó un grito y, horrorizada, se tapó el rostro con las manos. Dubrovski había sido herido en un hombro, y en su traje apareció una mancha de sangre. El príncipe sacó inmediatamente otra pistola, pero no tuvo tiempo de disparar. Unas manos fuertes abrieron la portezuela, sacaron al príncipe del carruaje y lo desarmaron. Unos puñales refulgieron sobre su cabeza.
— ¡No lo toquéis! — gritó Dubrovski.
Sus terribles compañeros se apartaron.
— Está usted libre — repitió Dubrovski, dirigiéndose a la pálida princesa.
—No — contestó ella —. Es tarde. Ya estoy casada. Soy la esposa del príncipe Vereiski.
— ¿Qué dice usted? — clamó desesperado Dubrovski —. No, usted no es su esposa, ha sido forzada, usted no hubiera consentido jamás...
— He consentido y he jurado — objetó con firmeza María Kirílovna —. El príncipe es mi marido; ordene usted que le pongan en libertad y déjeme con él. Yo no lo he engañado a usted. Lo he esperado hasta el postrer instante... Pero ahora, le repito, es ya tarde. Permítanos marchar.
Dubrovski, empero, no oía ya sus palabras: el dolor de la herida y la intensidad de la emoción le habían privado de sus fuerzas. Cayó junto a la rueda, y los bandidos lo rodearon. Tuvo tiempo de decirles unas palabras. Lo subieron a su caballo; dos de ellos lo sostenían. Un tercero tomó el caballo de la brida, y todos desaparecieron, dejando la carretela en medio del camino, la gente atada, y los caballos desenganchados, pero sin haber robado nada, sin haber vertido ni una gota de sangre para vengar la sangre de su atamán.

CAPITULO XIX

En un pequeño calvero, en medio de un bosque inextricable, alzábase un fortín con vallado y foso, tras los cuales había algunas chozas y chabolas.
En el patio, muchos hombres, cuyas dispares ropas y cuyo armamento permitían concluir en el acto que eran bandidos, estaban comiendo, todos con la cabeza descubierta, en torno a una gran marmita común. Sobre la muralla, cerca de un pequeño cañón, un centinela, sentado a la turca, remendaba cierta parte de su ropa, manejando la aguja con un arte que delataba a un sastre experto. A cada instante, el centinela miraba en todas direcciones.
Aunque cierto jarro había pasado ya de mano en mano varias veces, un extraño silencio reinaba entre los hombres. Los bandidos acabaron de comer y fueron levantándose, rezando la oración de gracias. Algunos retiráronse a sus chozas, mientras sus compañeros se dispersaban por el bosque o se tendían a descabezar un sueñecillo, según la costumbre rusa.
El centinela terminó su trabajo, sacudió sus pobres ropas, contempló satisfecho el remiendo, clavó la aguja en su manga, sentóse a horcajadas en el cañón y se puso a cantar a voz en cuello una vieja y melancólica canción:

No rumorees, verde robledal,
No impidas pensar al hombre bravo.

Al momento se abrió la puerta de una de las chozas, y una anciana de cofia blanca, vestida con adusta pulcritud, apareció en el umbral.

— Basta ya, Stepán — dijo ásperamente —. El señor está durmiendo, y tú gritas como si te degollasen. No conocéis ni la vergüenza ni la piedad.
— Perdona, Egórovna — respondió Stepán —. Está bien, no cantaré más. ¡Que duerma y se reponga nuestro padrecito!
La anciana se ocultó en la cabaña, y Stepán empezó a pasearse por el vallado.
En la choza de donde había salido la vieja, detrás de un tabique, Dubrovski yacía, herido, en una cama de campaña. Sus pistolas estaban en una mesita, cerca del lecho; de la cabecera del herido pendía su sable. Las paredes y el suelo de la choza hallábanse cubiertos de ricos tapices, y en un rincón había un juego de tocador de plata y un gran espejo. Dubrovski sostenía un libro abierto, pero sus ojos estaban cerrados; la anciana, que de vez en cuando le miraba desde detrás del tabique, no sabía si dormía o si meditaba.
De pronto, Dubrovski se estremeció: en el fortín reinaba una gran agitación. Stepán metió la cabeza por la ventana.
— ¡Padrecito Vladimir Andréievich! — gritó —. Los nuestros hacen señas. ¡Nos vienen buscando!
Dubrovski levantóse de un salto, cogió las armas y salió de la choza. Los bandidos, en ruidosa muchedumbre, se agolpaban en el patio. Pero, al ver a su jefe, quedaron en profundo silencio.
— ¿Estáis todos? — preguntó Dubrovski.
— Todos, menos los centinelas — le respondieron.
— ¡Cada uno a su puesto! — ordenó Dubrovski.
Cada bandido se situó en el lugar que tenía señalado. Tres centinelas llegaron de una carrera a las puertas del fortín. Dubrovski salió a su encuentro.
— ¿Qué pasa? — les preguntó.
— Los soldados están en el bosque — le respondieron —. Nos cercan.
Dubrovski ordenó cerrar las puertas y fue a inspeccionar personalmente el cañón.
En el bosque oíanse voces, cada vez más próximas. Los bandidos esperaban en silencio. De repente, tres o cuatro soldados salieron de la espesura y retrocedieron al instante, haciendo disparos para avisar a sus compañeros.
— ¡Prepárense para el combate! — dispuso Dubrovski.
Un ligero rumor recorrió las filas de los bandidos, y todo quedó de nuevo en silencio. Entonces se oyó el ruido de las tropas que se acercaban, entre los árboles brillaron armas, y unos ciento cincuenta soldados salieron corriendo del bosque y, gritando, se precipitaron hacia el fortín. Dubrovski aplicó la mecha al cañón. El disparo fue afortunado; arrancó la cabeza a un soldado e hirió a dos. Los asaltantes vacilaron, pero el oficial se lanzó adelante, y sus hombres le siguieron y alcanzaron el foso. Los bandidos descargaban sobre ellos sus escopetas y sus pistolas y defendían a hachazos el vallado, que los enfurecidos soldados, luego de dejar en el foso a unos veinte heridos, trataban de escalar.
Se entabló una lucha cuerpo a cuerpo; los soldados se encontraban ya en la muralla, y los bandidos comenzaron a retroceder; pero Dubrovski, acercándose al oficial, le aplicó la pistola al pecho y apretó el gatillo. El oficial se desplomó. Unos soldados le recogieron y se lo llevaron apresuradamente hacia el bosque; los demás, al verse sin jefe, detuviéronse. Los bandidos, recobrado el ánimo, aprovecharon el momentáneo desconcierto de los soldados, y, con ímpetu arrollador, los arrojaron al foso. Los asaltantes emprendieron la fuga, y los bandidos los persiguieron gritando. La victoria estaba decidida. Dubrovski, fiando en la derrota completa del enemigo, detuvo a los suyos y recluyóse en el fortín, ordenando que se recogiera a los heridos, se redoblara, las guardias y no saliese nadie.
Los últimos sucesos hicieron que el gobierno prestara seria atención a las audaces fechorías de Dubrovski. Se recogió informes acerca del lugar en que se refugiaba y se envió a una compañía de soldados con orden de prenderle vivo o muerto. Algunos hombres de la partida fueron capturados, y por ellos se supo que Dubrovski no estaba ya entre los bandidos. Unos días después de la batalla descrita, reunió a todos sus cómplices, les declaró que abrigaba la intención de abandonarlos y les aconsejó que cambiasen de vida.
— Os habéis hecho ricos bajo mi mando. Cada uno de vosotros tiene un pasaporte con el que puede trasladarse sin riesgo alguno a cualquier provincia lejana y pasar el resto de sus días trabajando honradamente y viviendo en la abundancia. Pero todos sois unos bribones y, probablemente, no querréis abandonar vuestra industria.
Después de ese discurso, Dubrovski los dejó, llevándose consigo a uno de los hombres. Nadie sabía dónde se había ocultado. Al principio, se puso en tela de juicio la veracidad de esas declaraciones: la devoción de los bandidos por su capitán era conocida, y se pensó que trataban de salvarle. Pero los acontecimientos posteriores debían confirmar que eran ciertas: cesaron los asaltos, los incendios y el pillaje. Las carreteras volvieron a ser seguras. Por otro conducto, se supo que Dubrovski había huido al extranjero.


1832—1833.


 

Оригінал твору

Бібліотека ім. О. С. Пушкіна (м. Київ).
А.С. Пушкин. Полное собрание сочинений в десяти томах

 

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